Merced al conflicto que la patronal agropecuaria mantiene con el gobierno nacional recordé cómo desde pequeño, cuando entendí el sentido de “El orejano”, aquél “Hit” de Jorge Cafrune, me intrigó que en la música tradicional de la provincia de Buenos Aires hubiera tan poca rebeldía siendo que es un cancionero que se nutre del dolor de los pobres, de los laburantes y los explotados.
Si uno se devora la obra de José Larralde; Alberto Merlo u Omar Moreno Palacios, por ejemplo, se va dar cuenta rapidito que se enfocan las relaciones laborales, el vínculo entre el peón y el patrón desde un lugar meramente descriptivo. El relato es del peón y se describen problemáticas de distinta índole, pero jamás se plantea que la solución a los problemas del trabajador rural puedan venir de la transformación de los términos de la propiedad de la tierra. Eso de “la tierra para quien la trabaja” no existe en el cancionero surero. Y no solo no existe sino que en buena medida se ensalza la imagen y figura del “patrón”, llegando incluso a mostrarlo bonachón y paternal, como ese que defiende a su peón Segundo Molina cuando lo vienen a detener por desertor.
“¿Qué no ha servido a la patria mi peón Segundo Molina?”
Le dice el estanciero al miliquito que viene con la orden de arresto. Y entonces el patrón enumera las virtudes como trabajador de su empleado, dando a entender inequívocamente que al haberle ofrendado a bajo costo su plusvalía, el hombre ha servido a la patria igual o más que estando en la colimba (Esta obra es de Víctor Abel Giménez, el mismo autor de “Cosas que pasan” y quizá la pluma mas representativa en estas temáticas)
Es notable que un cancionero que básicamente se nutre de las injusticias del paisanaje carezca de rebeldía, se consuele con reivindicaciones pequeñas, se estanque en el tradeunionismo y no persiga una utopía transformadora.
Podríamos decir que la milonga surera se enmarca, desde este punto de vista, en una suerte de “conservadorismo popular” ya que tiene una innegable penetración pero no altera el estado de cosas, no exhibe alternativa.
Se relatan injusticias diversas y por ahí hasta se reniega de los mandamases, pero siempre desde el convencimiento de que eso no va a cambiar y hasta se deja entrever que la injusticia es para siempre.
Se relatan problemas de bajos salarios; de “dotores arrogantes”; de herederos que al hacerse cargo de la estancia son malos patrones; se reniega de los ricachones, etc, pero se da por sentado que esa situación social es inalterable.
Escasean las letras de pequeños propietarios y generalmente las historias transcurren en estancias con el peón como protagonista. Si hasta el mismísimo Atahualpa Yupanqui en su Milonga del peón de campo se rinde a la tentación descriptiva.
Si más tarde o más temprano la canción popular incuba versos libertarios ¿Por dónde andará la llama insurgente de la milonga de mi provincia?
Si uno se devora la obra de José Larralde; Alberto Merlo u Omar Moreno Palacios, por ejemplo, se va dar cuenta rapidito que se enfocan las relaciones laborales, el vínculo entre el peón y el patrón desde un lugar meramente descriptivo. El relato es del peón y se describen problemáticas de distinta índole, pero jamás se plantea que la solución a los problemas del trabajador rural puedan venir de la transformación de los términos de la propiedad de la tierra. Eso de “la tierra para quien la trabaja” no existe en el cancionero surero. Y no solo no existe sino que en buena medida se ensalza la imagen y figura del “patrón”, llegando incluso a mostrarlo bonachón y paternal, como ese que defiende a su peón Segundo Molina cuando lo vienen a detener por desertor.
“¿Qué no ha servido a la patria mi peón Segundo Molina?”
Le dice el estanciero al miliquito que viene con la orden de arresto. Y entonces el patrón enumera las virtudes como trabajador de su empleado, dando a entender inequívocamente que al haberle ofrendado a bajo costo su plusvalía, el hombre ha servido a la patria igual o más que estando en la colimba (Esta obra es de Víctor Abel Giménez, el mismo autor de “Cosas que pasan” y quizá la pluma mas representativa en estas temáticas)
Es notable que un cancionero que básicamente se nutre de las injusticias del paisanaje carezca de rebeldía, se consuele con reivindicaciones pequeñas, se estanque en el tradeunionismo y no persiga una utopía transformadora.
Podríamos decir que la milonga surera se enmarca, desde este punto de vista, en una suerte de “conservadorismo popular” ya que tiene una innegable penetración pero no altera el estado de cosas, no exhibe alternativa.
Se relatan injusticias diversas y por ahí hasta se reniega de los mandamases, pero siempre desde el convencimiento de que eso no va a cambiar y hasta se deja entrever que la injusticia es para siempre.
Se relatan problemas de bajos salarios; de “dotores arrogantes”; de herederos que al hacerse cargo de la estancia son malos patrones; se reniega de los ricachones, etc, pero se da por sentado que esa situación social es inalterable.
Escasean las letras de pequeños propietarios y generalmente las historias transcurren en estancias con el peón como protagonista. Si hasta el mismísimo Atahualpa Yupanqui en su Milonga del peón de campo se rinde a la tentación descriptiva.
Si más tarde o más temprano la canción popular incuba versos libertarios ¿Por dónde andará la llama insurgente de la milonga de mi provincia?