Siguiendo con la temática del post de ayer, se me ocurre recordar una frase célebre de Bernardo Neustadt:
"Prefiero una privatización mala que un Estado bueno"
¿Hay algo más que agregar?
Sólo resta decir que tras la creciente corriente de opinión que analiza los dilemas del presente sosteniendo que muchos problemas son ocasionados por un cierto desequilibrio de Néstor Kirchner, se esconde un reflujo fortísimo de los ejes discursivos que Neustadt utilizó para instalar en buena parte de los sectores medios la noción de que la solución a los problemas estructurales del país pasaban por privatizar y destruir el Estado.
El presidente de la reaccionaria y golpista Sociedad Rural no se sonrojó al hablar de un "Estado insaciable" como tampoco le había temblado la voz al otro halcón oligárquico -Llambías- al elogiar a Martínez de Hoz (sin distinción de generaciones pues ese apellido está ligado al cipayismo de la peor estofa)
Es complejo apelar a la memoria en una tierra que la ha maltratado tanto, pero no obstante lo hacemos: Repasemos cuánto ganamos con las políticas instauradas como consecuencia de la predica neustadtiana y fijémonos adonde nos condujo ese proceso.
Luego analicemos el proceso iniciado en 2002 y la recuperación consiguiente que, según la mayoría de los analistas, se detuvo en 2007.
Releamos el documento de AEA y reescuchemos el discurso del presidente de la golpista y reaccionaria Sociedad Rural Argentina.
Quizá luego de estos ejercicios entenderemos qué es lo que está en juego, qué representan ciertos actores de la actividad privada y cómo muchos de los que los apoyan desde la clase media están corriendo el riesgo de ser las primeras víctimas de sus políticas.
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domingo, 2 de agosto de 2009
sábado, 7 de junio de 2008
Murió el cuadro más lucido de la derecha mediática
Tengo ese reflejo que me ablanda cuando enfrento a la muerte y que me lleva a sentir cierta piedad por el fallecido o a justificar ciertos costados de su vida.
No es este el caso.
No hay piedad ni justificación. En todo caso hay un reconocimiento de virtudes y temor porque se castigue esta actitud. Pero no importa, no nos gusta engañarnos pensando que siempre perdemos por nuestros errores. Los enemigos también tienen sus méritos y a Neustadt se le deben reconocer los suyos.
Ha muerto el cuadro mediático más lúcido que dio la derecha argentina.
Ha muerto un creativo como pocos, admirable en su inventiva y temible en su perversidad.
Ha muerto el tipo que lideró desde un programa de televisión el lavado de cabeza que se le imprimió a nuestra sociedad en los albores de la democracia recuperada en 1983.
Neustadt fue el que más mintió, el que más estafó, pero con esa temible habilidad para vestir a la mentira con atuendos de verdad irrefutable y para inventar frases con una carga de sentido común tal que entraban como obuses en la cabeza de los televidentes. ¿Qué decir sino de la fantástica “Doña Rosa”?
¿Qué hacer sino rendirse a un invención con una potencia demoledora? ¿Cuántos libros se quemaban cuando en Tiempo Nuevo a un político se le pedía una explicación para que lo entendiera “Doña Rosa”?
Neustadt le hizo creer a mucha gente que el Estado era el freno para el despegue argentino (¿Acaso el antiestatismo cerril del piquete rural del presente no proviene de allí?)
No es este el caso.
No hay piedad ni justificación. En todo caso hay un reconocimiento de virtudes y temor porque se castigue esta actitud. Pero no importa, no nos gusta engañarnos pensando que siempre perdemos por nuestros errores. Los enemigos también tienen sus méritos y a Neustadt se le deben reconocer los suyos.
Ha muerto el cuadro mediático más lúcido que dio la derecha argentina.
Ha muerto un creativo como pocos, admirable en su inventiva y temible en su perversidad.
Ha muerto el tipo que lideró desde un programa de televisión el lavado de cabeza que se le imprimió a nuestra sociedad en los albores de la democracia recuperada en 1983.
Neustadt fue el que más mintió, el que más estafó, pero con esa temible habilidad para vestir a la mentira con atuendos de verdad irrefutable y para inventar frases con una carga de sentido común tal que entraban como obuses en la cabeza de los televidentes. ¿Qué decir sino de la fantástica “Doña Rosa”?
¿Qué hacer sino rendirse a un invención con una potencia demoledora? ¿Cuántos libros se quemaban cuando en Tiempo Nuevo a un político se le pedía una explicación para que lo entendiera “Doña Rosa”?
Neustadt le hizo creer a mucha gente que el Estado era el freno para el despegue argentino (¿Acaso el antiestatismo cerril del piquete rural del presente no proviene de allí?)
Le hizo creer que las privatizaciones eran la solución a los problemas estructurales del país ocultando desfachatadamente el rol de los Estados en ese “Primer Mundo” que él vendía como panacea. Sentó así las bases ideológicas para que el bloque dominante acometiera como pocas veces en la historia contra el pueblo argentino en los noventa.
Hay que reconocerle virtudes porque fue en muchos aspectos fundacional. El tipo creaba a cada segundo. Lástima que esa inventiva haya estado al servicio de los enemigos del pueblo. Lástima que tanto talento haya hecho tanto daño.
Entre sus tantas habilidades tenía la casi inhallable virtud de editorializar hasta con una pregunta, por los que muchas veces los entrevistados se sumergían derrotados en la respuesta porque sentían que el estiletazo había sido certero y que ninguna explicación podría sanar la herida causada por el veneno neustadtiano.
Es que poseía una tremenda sensibilidad para percibir los estados de ánimo de la clase media. Quizá ahí radique la base de todo lo que luego construía. En ese fino, muy fino olfato que tienen muy pocos para saber, ante cada noticia, cómo va a reaccionar la clase media, basaba su accionar posterior, logrando casi siempre hacer creer que el “sentido común” estaba de su lado.
Vaya que no es poca cosa.
Hay que reconocerle virtudes porque fue en muchos aspectos fundacional. El tipo creaba a cada segundo. Lástima que esa inventiva haya estado al servicio de los enemigos del pueblo. Lástima que tanto talento haya hecho tanto daño.
Entre sus tantas habilidades tenía la casi inhallable virtud de editorializar hasta con una pregunta, por los que muchas veces los entrevistados se sumergían derrotados en la respuesta porque sentían que el estiletazo había sido certero y que ninguna explicación podría sanar la herida causada por el veneno neustadtiano.
Es que poseía una tremenda sensibilidad para percibir los estados de ánimo de la clase media. Quizá ahí radique la base de todo lo que luego construía. En ese fino, muy fino olfato que tienen muy pocos para saber, ante cada noticia, cómo va a reaccionar la clase media, basaba su accionar posterior, logrando casi siempre hacer creer que el “sentido común” estaba de su lado.
Vaya que no es poca cosa.
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