Uno espera que pasen las horas para tratar de abordar el drama de las inundaciones con la debida profundidad, superando la tentación de la chicana política pequeña pero, la verdad, es muy difícil. La idea a desarrollar, cuando estén las cosas más claras, le pertenece a Mario Wainfeld, quien ha dicho ayer en la radio y en DDD que se niega a suponer que el desastre en la CABA se debió a la falta de obras y a la negligencia del gobierno de Macri y el de La Plata a una mera desgracia de la naturaleza. Todo pareciera indicar que en ambos casos hay mucho de "tsunami climático" pero también de desidia por parte de las administraciones respectivas. Pero más allá de esto, en medio del dolor reaparece la certeza de que en materia de infraestructura seguimos dentro de un subdesarrollo estructural agobiante. El agua viene a cachetearnos de la peor manera porque nos exhibe en todo su esplendor nuestra precariedad pero también porque genera condiciones para que fluya un análisis histórico de las causas donde todo pareciera ser culpa de "los argentinos" y no de los proyectos políticos que formatearon deliberadamente un país sin infraestructura desde 1955 en adelante.
La falta de obras de infraestructura no son una casualidad ni consecuencia de la "argentinidad", responden a un patrón político que orientó al país en una dirección agroexportadora y de servicios donde todo lo demás importa poco, excepto los barrios privados donde se refugian los favorecidos por ese diseño que, bueno es recordarlo, nunca se inundan...
Es sabido -y ocultado por los dispositivos comunicacionales- que los grandes emprendimientos residenciales de alta gama alteran los cauces de ríos y arroyos, es sabido también que si una sociedad construye sus ciudades contradiciendo las reglas básicas de las pendientes para el escurrimiento de las aguas y no realizando obras alternativas para compensar ese desaguisado, tarde o temprano lo pagará carísimo. En La Plata, sin ir más lejos, hay quienes sospechan que la autopista que la comunica con la CABA ha funcionado como un muro de contención, lo real es que a diferencia de capital, el agua se quedó largas horas sin bajar porque, obvio es decirlo, no encontraba forma de escurrirse.
El punto es que ese subdesarrollo no es consecuencia del azar. Ha sido deliberadamente planificado por una clase dominante de rapiña, a ver si lo entendemos de una buena vez. Un país agroexportador no requiere grandes obras pero además, un modelo así dirigenciado por las visiones retrógradas de la oligarquía está condenado a lo peor, porque es precisamente la mentalidad oligarca la que desprecia el desarrollo del conjunto puesto que sólo piensa en su propio lucro de clase. Ahí la diferencia con esa burguesía paulista de la que tanto nos hablan hipócritamente las mismas usinas que históricamente defendieron la razón de ser de la oligarquía apátrida que colonizó buena parte del sentido común político argentino.
Por eso uno tiene que andar sofrenando el mancarrón para no brotarse con chicanas tales como las botas que usó Cristina cuando fue a recorrer las zonas anegadas en ambos distritos y desea que el tamaño de este drama sirva para que desde este lado del mostrador seamos capaces de analizar con justeza la etapa y no dudemos en poner el hombro mirando para el mismo lado. Estos desastres sirven para crecer y madurar, la propia Cristina lo demostró el miércoles, por suerte.
El desafío es nuestro porque somos los que estamos comprometidos con la edificación de un modelo de sociedad superador al que planificó la oligarquía y profundizó el neoliberalismo. Dura tarea la de construir y al mismo tiempo defenderse del chicaneo y el boicot de los otros, pero bueno, en esa estamos.