Pido disculpas por hacer un post “de padre” pero sucede que hay temitas que a uno le dan vueltas por la cabeza permanentemente y se activan al leer notas como ésta que sale hoy en Clarín y que refiere a cómo cambiaron los juegos cuando se compara la infancia de los padres con la de sus hijos. Los chicos –que pueden- ahora se refugian en la compu y la Play y se me disparan algunos pensamientos. Por ejemplo me pregunto qué hubiera hecho yo de haber tenido la Play y todos estos videojuegos de los que disfruta mi hijo.
En mi niñez lo único que había eran los flippers (así los llamábamos) esas maquinolas que te daban tres pelotitas por ficha y un partido de regalo por superar determinado puntaje o por embocar la bola en los famosos “When Light”.
Recuerdo, sí, que cuando en el Bar Español traían una máquina nueva nos la pasábamos metidos ahí sin ver la luz del día ¿Qué hubiéramos hecho de tener toda esta parafernalia de juegos de video que hoy tiene mi hijo?
La próxima vez que vaya a Tres Lomas chequearé en profundidad cuánto dedican los chicos de ahí a los juegos al aire libre y a la Play, seguro que siguen disfrutando y mucho del aire libre pero seguro también que está más “conectados” que lo que podíamos nosotros, que no teníamos ni siquiera TV en muchos casos (en casa llegó cuando tenía 13 años cumplidos)
Lo que sí es cierto es que ser niño en una ciudad como Buenos Aires supone un nivel de pérdida de libertad total. En los pueblos y ciudades chicas lo pibes aún pueden agarrar la bici y perderse en sus mundos de aventura. Mi Juan Manuel no lo puede hacer: tiene una bici comprada hace poco en la que sólo puede dar alguna que otra vuelta en la plaza, lo que de por sí es bastante poco copado.
Sufro por ver que mi hijo no tiene esa libertad de la que pude disfrutar hasta el empacho en mi niñez, pero al mismo tiempo lo envidio porque el tipo tiene juegos en la compu que son fascinantes, porque puede chamuyarse niñitas por el chat y porque tiene la posibilidad ilimitada de acceder vía Internet a un mundo nuevo y fascinante.
Es complejo el tema por eso no voy a entrar en esas temáticas trilladas en correos spam de viejos chotos que ensalzan los tiempos idos con esos típicos ¿Te acordás?
Los niños de ciudad tienen limitaciones, sí, pero también acceso a divertimentos que nosotros habríamos pagado fortunas por poseer.
En mi niñez lo único que había eran los flippers (así los llamábamos) esas maquinolas que te daban tres pelotitas por ficha y un partido de regalo por superar determinado puntaje o por embocar la bola en los famosos “When Light”.
Recuerdo, sí, que cuando en el Bar Español traían una máquina nueva nos la pasábamos metidos ahí sin ver la luz del día ¿Qué hubiéramos hecho de tener toda esta parafernalia de juegos de video que hoy tiene mi hijo?
La próxima vez que vaya a Tres Lomas chequearé en profundidad cuánto dedican los chicos de ahí a los juegos al aire libre y a la Play, seguro que siguen disfrutando y mucho del aire libre pero seguro también que está más “conectados” que lo que podíamos nosotros, que no teníamos ni siquiera TV en muchos casos (en casa llegó cuando tenía 13 años cumplidos)
Lo que sí es cierto es que ser niño en una ciudad como Buenos Aires supone un nivel de pérdida de libertad total. En los pueblos y ciudades chicas lo pibes aún pueden agarrar la bici y perderse en sus mundos de aventura. Mi Juan Manuel no lo puede hacer: tiene una bici comprada hace poco en la que sólo puede dar alguna que otra vuelta en la plaza, lo que de por sí es bastante poco copado.
Sufro por ver que mi hijo no tiene esa libertad de la que pude disfrutar hasta el empacho en mi niñez, pero al mismo tiempo lo envidio porque el tipo tiene juegos en la compu que son fascinantes, porque puede chamuyarse niñitas por el chat y porque tiene la posibilidad ilimitada de acceder vía Internet a un mundo nuevo y fascinante.
Es complejo el tema por eso no voy a entrar en esas temáticas trilladas en correos spam de viejos chotos que ensalzan los tiempos idos con esos típicos ¿Te acordás?
Los niños de ciudad tienen limitaciones, sí, pero también acceso a divertimentos que nosotros habríamos pagado fortunas por poseer.
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