El complejo cívico-militar que hegemonizó la escena política
argentina desde 1955 a
2003 se anotó varios triunfos. El primero – y por lejos el más significativo – fue
invisibilizarse, camuflándose centralmente en el entramado de grandes medios
hegemónicos desde donde fue modelando día a día y minuto a
minuto, el sentido común de buena parte de los argentinos. Los resultados están
a la vista y pudieron observarse en el entrelíneas que dejó la nota del
periodista Juan Miceli al referente de La Cámpora Andrés "Cuervo" Larroque. Cuando
el periodista le plantea al diputado que la solidaridad con los inundados es
una “causa nacional apartidaria” no hace otra cosa que exponer una de las
principales victorias discursivas de ese complejo cívico-militar: la noción de que la solidaridad debe ser apartidaria, algo muy distante a pensarla como algo “multipartidario”
y “multisecorial”, pero no es casual. Conceptualmente lo “multisectorial”
refiere a las sumatoria de todas las organizaciones sociales y en ese colectivo
están las fuerzas políticas. En cambio lo “apartidario” niega el sentido de
sumatoria de las diversas fuerzas y organizaciones de la sociedad civil. Es que
el plan fue convencernos de que la solidaridad debe ser gestionada por instituciones
que, según esa lógica, “no persiguen fines políticos e ideológicos” como la iglesia
y sus satélites. Esto se complementó con los golpes de estado y la gestión del gobierno nacional a cargo de las fuerzas armadas, que, como sabemos, tampoco hacían política...
El punto es que acá tenemos un hueso muy duro de roer ya que resulta muy costoso hacerle entender a mucha gente bien intencionada que la iglesia es la institución milenaria que más política ha hecho y hace. Tantas décadas de denostar a la política partidaria y de contraponer entonces lo “apartidario” como superador de “lo político” ha generado las condiciones propicias para que luego sectores importantes de la ciudadanía reproduzcan mecánicamente esa suerte de sentido común ante determinadas situaciones críticas.
El punto es que acá tenemos un hueso muy duro de roer ya que resulta muy costoso hacerle entender a mucha gente bien intencionada que la iglesia es la institución milenaria que más política ha hecho y hace. Tantas décadas de denostar a la política partidaria y de contraponer entonces lo “apartidario” como superador de “lo político” ha generado las condiciones propicias para que luego sectores importantes de la ciudadanía reproduzcan mecánicamente esa suerte de sentido común ante determinadas situaciones críticas.
Esto se complementa con el también muy extendido
razonamiento de que si
se colabora desde la militancia política no ocultando la identidad, en realidad
se persiguen los más espurios y perversos fines electoralistas cuando en
realidad lo que intenta expresar la militancia kirchnerista es una práctica
de “democracia participativa”, la misma de la que tanto se hablaba durante la
reapertura democrática, cuando hasta el mismísimo presidente Raúl Alfonsín
repetía que la democracia no consistía solamente en votar cada dos años, que
había que comprometerse con la modificación de la realidad en el barrio y en
los distintos frentes de masas. Pero de poco sirvió. La identificación partidaria sigue generando rechazo, como también la política engendra rechazo en esa porción de la sociedad
que por default abraza lo “apartidario”. Varias las décadas de martilleo han dado frutos.
Después irrumpe el acoplado de los prejuicios, donde el más
repetido es “que lo hacen para ganar elecciones”. Claro, mucha de la gente que reproduce
esa idea no sabe que La Cámpora
o el Movimiento Evita realizan permanentemente el trabajo militante en los
barrios, por eso se asombraron cuando apareció Emilio Pérsico manifestando su
alegría por el nombramiento de Jorge Bergoglio como Papa pues le reconoce que
siempre estuvo estrechamente vinculado a los curas villeros con los que el
Evita trabaja codo a codo todos los días.
Se está librando una batalla sin cuartel en torno a la política
o si quiere sobre qué tipo de política queremos para nuestro país. Por un lado
está la política del complejo cívico-militar, que fue la que imperó durante décadas,
por el otro la que desde el 2003 se está intentando modelar al calor de la
experiencia kirchnerista. Esa es la gran batalla que tras bambalinas se viene
dando en la Argentina
del presente y de cuyo desenlace depende la orientación que tendrá nuestro país
en las próximas décadas.