Conozco mucho a Oscar Valdovinos. Milité con él en Partido Intransigente y compartimos el espacio que en 1987 se pronunció por la alianza con Antonio Cafiero. Lamentablemente fuimos derrotados y ello marcó el fin del PI como experiencia política influyente en la vida nacional. Lo considero uno de los analistas políticos más lucidos
de nuestro país. El 7 de junio, Oscar fundamentó
en esta nota publicada en Miradas al Sur porqué entiende que es más conveniente apoyar a Daniel Scioli y pongo en
negritas algunos pasajes que me parecen centrales.
Escribe OSCAR VALDOVINOS
El discutible método que se utilizó para reducir la oferta
de candidatos presidenciales produjo varias consecuencias negativas, entre
ellas, que Jorge Taiana dejara de ser una opción que, sin duda, hubiese
recibido el apoyo de un sector relevante del electorado más comprometido con la
corriente nacional, popular y transformadora que se expresa a través del FpV. Hay que reconocer que las opciones
sobrevivientes, en cambio, están poco dotadas de matices como para atraer a ese
electorado. No obstante, los que apoyamos la conducción de Néstor y Cristina
Kirchner en estos 12 años, tenemos un primer deber insoslayable que consiste en
asegurar que el próximo gobierno pertenezca al Frente para la Victoria. No hay
consideración política alguna que justifique, bajo ninguna circunstancia, dejar
de hacer todo lo posible para conservar el gobierno.
No ignoro que algunos han consideran la posibilidad de replegarse, resguardando
la pureza de las banderas -y, de paso, atribuyéndose su monopolio- para
retornar, dentro de cuatro u ocho años, en condiciones más propicias. Adoptar una táctica semejante, tengo la
certeza, conduciría hacia un error imperdonable.
Es indudable que el proceso tenderá a polarizarse entre quien en definitiva sea
el candidato del FpV y Macri. Sabemos que Macri expresa a un neoconservadurismo
engañoso que encubre el propósito de impulsar un proceso regresivo que recorte
derechos, reimplante prácticas represivas, profundice las tendencias a la
primarización, extranjerización y concentración de la economía, consolide las
políticas causantes de marginalidad y exclusión y ahonde la brecha de la
desigualdad. Todo eso bajo la apariencia marketinera y descontracturada de
líder sin brillo intelectual y sin vocación por el esfuerzo. Nadie tiene
derecho a facilitar esos designios porque no se entusiasme por el candidato.
La nueva derecha llegó después que el trabajo sucio hecho por los que manejaron
el mundo desde Ronald Reagan y Margaret Thatcher. El neoliberalismo ya rediseñó la economía y la escala de valores que rigen
la sociedad universal. El Estado fue declarado “culpable”, la política
considerada una actividad innoble, los pueblos pasaron a ser “gente”, las
causas colectivas se diluyeron y sólo el éxito económico individual quedó como
ideal en una sociedad insolidaria, que se banaliza minuto a minuto. En ese escenario debutó la derecha cool,
aparentando llegar desde afuera de la política, sólo preocupada por la
eficiencia de la gestión, como si el conflicto no existiera y ella fuera ajena
a los intereses de clase. Esa prédica neocon, después de la catástrofe de
principios de siglo, ha colonizado el sentido de gran parte de la clase media
urbana. Y la clase media urbana es un componente indispensable de la
mayoría electoral que se necesita para llevar adelante la transformación de la
sociedad por medios democráticos.
La coyuntura es propicia para recordar
que la Historia no espera. Los dirigentes y los militantes quizá puedan
esperar, pero no tienen derecho a hacerlo a costa del sufrimiento de las masas
populares ni del retroceso en el terreno ya ganado ni del riesgo de que los
derechos humanos vuelvan a ser una abstracción sin culpables ni genocidas.
El segundo deber consiste en ayudar a que quien gobierne por el FpV lo haga lo
mejor posible. O sea, contribuir -participando, colaborando, presionando- para
que las políticas correctas se mantengan y desarrollen y para que los errores
se corrijan en un sentido favorable a la causa de la liberación. Esa labor
empieza ahora, pactando los resguardos instrumentales y programáticos
indispensables para asegurar que se promoverá el desarrollo pleno de nuestro
potencial productivo y que la riqueza producida se pondrá al servicio de la
inclusión, de la justicia social y de la igualdad entendida no sólo como la
distribución equitativa de los bienes materiales sino también como garantía del
acceso de todos a la excelencia educativa, al conocimiento científico y al goce
de los frutos de la creación artística, en el marco de un nuevo consenso social
y del rediseño de una sociedad moderna y justa.
Scioli, Randazzo, fortalezas, debilidades y polémicas. Daniel Scioli dista de colmar las
aspiraciones de quienes evaluamos la etapa kirchnerista como el intento más
serio, después del primer peronismo, de cambiar la sociedad desde el Estado.
Está claro que no coincide con el “identikit” del candidato imaginado por el
kirchnerismo avanzado. Tampoco lo pretende. En verdad, él aspira a expresar al
peronismo kirchnerista promedio y por eso, seguramente, posee la mayor
intención de voto. No obstante, Néstor y Cristina le confiaron las más altas
responsabilidades y fue leal a ese mandato. Su pertenencia al espacio del FpV
es incuestionable.
También Florencio Randazzo pertenece legítimamente a ese espacio. Ahora bien, de allí a creer que está a la
izquierda de Scioli y que expresa una propuesta articulada para afrontar el
futuro extendiendo y profundizando lo ya hecho, media una distancia que sólo
podría recorrerse con una imaginación excesiva o una candidez importante.
Está claro que el único candidato con posibilidades ciertas y amplias de
derrotar a Macri en primera vuelta o en un eventual ballotage es Scioli. Sólo él asegura conservar el gobierno, que
es el primer objetivo a alcanzar. No
es el candidato del kirchnerismo más comprometido, pero es el candidato de los
más y el único que suma votos adicionales, porque ha logrado permear los
prejuicios de sectores medios que tampoco quieren un cambio regresivo.
Seguramente no asegura la profundización de los ejes del proyecto ni ir por
todo “lo que falta”. Pero es precisamente para eso que están los sectores más
cercanos a Néstor y Cristina, para ayudarlo, impulsarlo, exigirle y, si fuera
necesario, enfrentarlo. Y esta parte de nuestro papel debe empezar a ejecutarse
ahora, no cuando todo esté resuelto y la capacidad para incidir se exhiba
menoscabada por no haberla ejercido oportunamente.
La militancia no es un juego ni un medio para preservar el confort
espiritual. Por el contrario, es una misión dura, riesgosa, muchas veces
amarga, porque suele alejar a de otros deberes entrañables como son los que
imponen los vínculos familiares, la amistad, el amor. Pero es así y el
militante lo elige. En ese marco hay que
tomar decisiones con responsabilidad y adoptar la mejor opción posible, la que
mejor sirva al proyecto colectivo, evitando ser funcional a Macri.
No es más revolucionario el que se aísla
en la solitud altanera y desdeñosa de las vanguardias. Sí lo es, en cambio,
el que se compromete genuinamente con la construcción de una sociedad más
justa, sabiendo que sólo puede ser el
fruto de una obra colectiva y que, porque lo sabe, avanza con el conjunto,
a su mismo paso, procurando desde allí, junto a todos, acelerar el ritmo de
marcha, elevar el nivel de conciencia, clarificar los objetivos y convertir a
ese conjunto en un sujeto político capaz de cambiar el rumbo de la historia.