por Guillermo Cichello
“…estaban frente a una asociación inmensa,
mitad de idiotas, mitad de cobardes; lo que se llamaba,
y lo que se llama, el mundo de las buenas gentes”
J. Michelet, Historia de la revolución francesa
La reciente controversia suscitada por la revocación de la licencia, a instancias de la Secretaría de Comunicaciones del Estado, de la compañía de internet Fibertel, permitió escuchar reiteradamente cierta voz de la calle quejándose por la clausura de esa vía -queja propalada a gusto por las grandes empresas de comunicación-, que se situaba “en el medio de una pelea entre el gobierno y el grupo Clarín”. Se trata de una voz indiferente a los intereses en juego en el conflicto, indolente de las razones que animan tal cancelación y muy ceñida a su propio y afectado interés de cliente. Una voz neutra que se enuncia desde un lugar pretendidamente equidistante de los polos que debaten en conflicto, que “no tiene nada que ver” con esa pelea cuyas consecuencias afectan su equilibrada individualidad.
Conocemos esa media voz, esa voz media, que pretende no tener nunca nada que ver, ni quiere saber nada que vaya más allá de su parcela privada. Ama ese desconocimiento –esa voluntad expresa de no saber nada-, como odia el conflicto (hoy día se abjura del clima de crispación), no por un particular y razonado apego a la paz, sino porque el conflicto reclama decisión, toma de partido, fijar posición. El equilibrio, la mesura, la independencia y la neutralidad son consideradas sus virtudes mayores, porque haciendo profesión de ellas se exime de involucrarse en una resolución.
“¿Qué tengo que ver yo con esta pelea entre los Kirchner y Clarín?” –continúa rezongando, pero no muy fuerte, a media voz, nuestro pacífico señor que no interviene en una batalla que se le antoja ajena, extraña, pero que le ha salpicado justo en el medio de su equilibrado cuerpo, resultando que mañana no podrá conectarse a la red con su servidor favorito, no sabe bien porqué –ni quiere-, pero lo que más le molesta es que se metan con él, justo con él que no hizo nada, y de pronto se encuentra a mitad de camino de una balacera incomprensible.
Si uno rastrea los pasados pronunciamientos de esa voz media, de ese susurro imparcial, a media agua de cualquier decisión asumida, los encuentra en la abominable aceptación de la desaparición a manos de la dictadura de los “extremistas” (nombrados así, claro, porque perdieron el centro equilibrado), no queriendo saber muy bien porqué, pero balbuceando a media voz que “por algo debía ser…en algo andarían…no se sabe, pero estarían metidos en algo”. La misma falta de pronunciamiento expreso acudió en el apoyo silencioso y negligente al neoliberalismo de los noventa, que quizá conduciría al cataclismo colectivo –qué se yo-, pero mientras tanto ofrecía créditos en cuotas y un dólar a un peso. También en el favor tibio concedido a un Mauricio Macri, quien lo logró por haber pulsado la cuerda media de esa clase y presentarse como alguien mesurado que, viniendo de un espacio distinto, neutral, ajeno a la política partidaria, gestionaría asépticamente “porque nunca tuvo que ver con nada”.
Pero más allá de sus veleidades neutrales o moderadas, cuando esa voz media se pronuncia siempre coincide (porque está formada a su imagen) con la prominente voz de las grandes corporaciones (las empresas multinacionales, la Iglesia, las Fuerzas Armadas, la Sociedad Rural), que imponen la suya como la voz general e instituyen su interés como el de todos.
Entonces, sin analizar el modo o la oportunidad en que el actual gobierno instala los temas en la discusión pública, lo más interesante de este momento histórico que sin dudas el kirchnerismo comanda, es que intima, casi obliga, a pronunciarse, a tomar partido, a comprometer una decisión. Sin anular la cómoda –aunque más falsa- neutralidad, resulta cada vez más difícil declararse “yo… argentino”.