Soy hincha de River y pasé la mayor parte de mi vida
disfrutando más de las derrotas de Boca que de las victorias de la banda. Hasta
que las propias miserias dirigenciales nos mandaron a la B. Ahí comprendí que
Boca no tenía nada que ver en nuestro descenso, que las razones eran propias,
internas, absolutamente riverplatenses.
En el Nacional B no estaba Boca y había que ganarlo igual. Y
se lo ganó. Fui comprendiendo de a poco que hay algo defectuoso en eso
de alegrarte porque le vaya mal a tu contrario, hay algo de impotencia. Y todo
eso explota en esta tarde en que Brasil ha pasado una vez más a la historia por una goleada sin precedentes en su propia casa. Qué querés que te diga: en un punto hasta son
envidiables por eso, porque ganaron 5 mundiales, porque le dieron al mundo
jugadores majestuosos y porque hasta fueron capaces de devorarse su propia
historia y perpetrar este 8 de julio de 2014.
Pero ¿Sabés qué? No me alegra esta derrota brasilera, entre
otras cosas porque me hubiera gustado ganarles la final, si mañana dejamos atrás
a Holanda -tarea harto complicada-
El punto es pensar hasta dónde nos daña esto de celebrar la
derrota del contrario. Porque una cosa es la gastada, la cargada, algo natural,
pero muy otra ese deseo de que al otro le vaya horrible, porque en un punto eso
delata cierta falta de fe en la fuerza propia y eso me hace ruido.
El fútbol es una usina de generación de ideología y, la
verdad, que lo que ha generado el nuestro en las últimas décadas es penoso.
Nuestro mundo del fútbol llegó a darnos un relator que cuando el Santos perdió
la final de una Libertadores con Boca y se aprestaba a recibir el premio dijo
"Recibe su trofeo el mejor de los perdedores". Nuestro mundo del fútbol celebró aquella frase de Bilardo referida a que deseaba que se
cayera el avión cuando regresaban luego de perder la final del 90. Nuestro fútbol
tuvo mucho que ver en es esta concepción tan argenta de ganar como sea. Así no ha ido en los últimos
25 años...
No estoy feliz con el desastre de Brasil, para nada, entre otras cosas porque esta pesadilla de Belo Horizonte estaría insinuando que el resultadismo obtuso también infectó a una de las reservas futbolísticas más importantes de la humanidad.
Y eso, eso tendrá implicancias que nunca son favorables.
Nada tuvo que ver Brasil en la paliza que nos dio Alemania en 2010, nada tuvo que ver Brasil en los penales del 2006, nada tuvo que ver en la vergüenza del 2002, nada tuvo que ver en la boludez del burrito Ortega en 1998, tampoco en la efedrina del 94 ni mucho menos en el penal de Codesal en el 90.
Ese costado de cierta argentinidad me da cada vez más nauseas.
Ese costado de cierta argentinidad me da cada vez más nauseas.