Leyendo este correo que refrita una antigua columna de opinión de Martín Caparrós se me dio por tirarle la pelota a los lectores del blog que, como era de esperar, fueron dejando comentarios de mucho ingenio.
La lectora “musidora” saca un smash con una carga tal de picardía que avergonzaría al más pintado: La idea de que un intelectual anarquista no debe escribir en un diario burgués termina abruptamente toda discusión, antes que nada porque se nutre de las mismas gansadas que Caparrós para plantear la zoncera de que los funcionarios públicos deben mandar sí o sí sus hijos a la escuela pública. Musidora recoge la misma carga de pedorreces que inspiraron a un Caparrós al que el paso del tiempo está deteriorando seriamente en lo ideológico y le asesta un mandoble fenomenal usando, al mejor estilo de ciertas artes marciales orientales, la propia fuerza de las pelotudeces conceptuales en las que abrevó el otrora respetable intelectual porteño.
La verdad es que esta idea caparrosiana proviene de cierto discurso taxi, que recoge hitos como aquel planteo de que Mercedes Sosa si era tan comunista debía irse a vivir a Cuba o la URSS o que los diputados y los funcionarios públicos deben ganar lo mismo que el obrero peor remunerado.
La matriz es la misma.
El asunto es que estas ideas se van reproduciendo a un ritmo estresante en la red, en primer lugar porque como entre las tantas carencias en materia legislativa que padecemos no contamos aún con la debida legislación sobre la opción “reenviar”, innumerables seres bienpensantes reenvían con adictiva pasión montañas de sandeces, muchas de las cuales no resisten un par de minutos de análisis. Si la gente pensara un poco más o si debiera tributar 5 centavos al fisco por cada reenvío no cabe duda que el tráfico en la red estaría muchísimo menos congestionado porque, la verdad, cuando entre las 18.00 y las 21.00 decenas de miles de internautas abren su Bandeja de Entrada, no hay banda ancha que pueda soportar el peso de tanta obviedad, tanto sinsentido y tanta hipocresía que empieza a surcar digitalmente los cielos de la patria.
La persona que me reenvió este correo es profesional, sabe mucho de música, ama a les Luthiers, tiene hijos viviendo en el exterior y se conmueve por la pobreza y la inequidad. La persona que me reenvió este correo, al igual que miles, no se detiene a pensar que la opción para erradicar la pobreza no es que los funcionarios vayan a vivir a una villa. La idea de Caparrós prende y vende porque se monta en cierto oportunismo de muchas gentes que sí les encantaría que los hijos de los funcionarios fuesen a la escuela pública aunque ellos ni mamados lo harían escudándose con toda seguridad en que no son funcionarios públicos.
El desafío es que la educación en su conjunto mejore, porque su deterioro se verifica tanto en la escuela pública como en la privada desde hace décadas: Mauricio Macri es en sí mismo una muestra de lo que estamos afirmando.
Pero entrando de lleno al tema de la escuela pública debemos decir que la cuestión del nivel educativo es bastante más compleja de lo que parece. Digamos desde ya que aún hoy existen serias diferencias entre las mismas escuelas públicas y lo que define el mayor o menor nivel es la calidad de vida del alumnado. En el ámbito de la CABA, dentro de cada distrito hay escuelas que se destacan y otras que dan pena. Busque usted las causas y las encontrará en el alumnado. Aquellas escuelas con alumnos con un nivel de vida aceptable, con alimentación correcta, tendrán un nivel más alto que otras adonde concurran chicos más pobres o directamente marginales. En el primer caso usted encontrará, por ejemplo, cooperadoras activas que contribuyen notablemente al sostenimiento de la institución (y mucho más a partir del gobierno del PRO) mientras que en el segundo directamente no encontrará una cooperadora.
La diferencia entre escuelas de un mismo distrito también se da en la calidad de los maestros: El escalafón de los docentes se basa en el puntaje que es una valoración de la calidad de los trabajadores de la educación. Se supone que un docente con mucha formación y dedicación tendrá más puntaje que otro que es un poco más “tranqui”. Esto determina que cuando hay que elegir cargos, aquellos docentes con mejor puntaje escojan las escuelas que se presumen mejores y entonces sucede que a las escuelas desechadas van los docentes con peor puntaje. La consecuencia obvia es que nos encontramos con escuelas donde la comunidad es socioeconómicamente muy pobre y encima los docentes también son bastante más flojos que la media.
Si nos vamos a la provincia de Buenos Aires el esquema se repite: Una escuela del centro de Lomas de Zamora no es para nada lo mismo que una de Budge. Y en el interior directamente la gran mayoría de los pibes van a escuelas públicas y salvo en las grandes ciudades no existen las privadas.
En suma: La calidad de la escuela pública está ligada a la calidad de vida de su alumnado.
Todo lo dicho es meramente descriptivo e intenta arrojar un poco de luz sobre lo complejo que es el tema de la escuela pública. De esto se desprende naturalmente la necesidad imperiosa de reformular la educación, de modernizarla, pero lo que está en la base es la certeza de que sólo puede funcionar aceptablemente la escuela pública cuando el niño que concurre a ella tenga las necesidades básicas satisfechas.
El tema, entonces, queridos reenviadores compulsivos de basura conceptual, es un poco más denso. En un país con pleno empleo, con redistribución de la riqueza, la escuela pública no le envidia absolutamente nada a la privada.
En muchos países de esos que han acogido a vuestros hijos (formados en nuestra escuela, nuestro secundario y nuestra universidad PU BLI CA) los funcionarios envían a sus hijos a la escuela pública.
Ah, y los intelectuales anarquistas vuelan un poco más alto.
La lectora “musidora” saca un smash con una carga tal de picardía que avergonzaría al más pintado: La idea de que un intelectual anarquista no debe escribir en un diario burgués termina abruptamente toda discusión, antes que nada porque se nutre de las mismas gansadas que Caparrós para plantear la zoncera de que los funcionarios públicos deben mandar sí o sí sus hijos a la escuela pública. Musidora recoge la misma carga de pedorreces que inspiraron a un Caparrós al que el paso del tiempo está deteriorando seriamente en lo ideológico y le asesta un mandoble fenomenal usando, al mejor estilo de ciertas artes marciales orientales, la propia fuerza de las pelotudeces conceptuales en las que abrevó el otrora respetable intelectual porteño.
La verdad es que esta idea caparrosiana proviene de cierto discurso taxi, que recoge hitos como aquel planteo de que Mercedes Sosa si era tan comunista debía irse a vivir a Cuba o la URSS o que los diputados y los funcionarios públicos deben ganar lo mismo que el obrero peor remunerado.
La matriz es la misma.
El asunto es que estas ideas se van reproduciendo a un ritmo estresante en la red, en primer lugar porque como entre las tantas carencias en materia legislativa que padecemos no contamos aún con la debida legislación sobre la opción “reenviar”, innumerables seres bienpensantes reenvían con adictiva pasión montañas de sandeces, muchas de las cuales no resisten un par de minutos de análisis. Si la gente pensara un poco más o si debiera tributar 5 centavos al fisco por cada reenvío no cabe duda que el tráfico en la red estaría muchísimo menos congestionado porque, la verdad, cuando entre las 18.00 y las 21.00 decenas de miles de internautas abren su Bandeja de Entrada, no hay banda ancha que pueda soportar el peso de tanta obviedad, tanto sinsentido y tanta hipocresía que empieza a surcar digitalmente los cielos de la patria.
La persona que me reenvió este correo es profesional, sabe mucho de música, ama a les Luthiers, tiene hijos viviendo en el exterior y se conmueve por la pobreza y la inequidad. La persona que me reenvió este correo, al igual que miles, no se detiene a pensar que la opción para erradicar la pobreza no es que los funcionarios vayan a vivir a una villa. La idea de Caparrós prende y vende porque se monta en cierto oportunismo de muchas gentes que sí les encantaría que los hijos de los funcionarios fuesen a la escuela pública aunque ellos ni mamados lo harían escudándose con toda seguridad en que no son funcionarios públicos.
El desafío es que la educación en su conjunto mejore, porque su deterioro se verifica tanto en la escuela pública como en la privada desde hace décadas: Mauricio Macri es en sí mismo una muestra de lo que estamos afirmando.
Pero entrando de lleno al tema de la escuela pública debemos decir que la cuestión del nivel educativo es bastante más compleja de lo que parece. Digamos desde ya que aún hoy existen serias diferencias entre las mismas escuelas públicas y lo que define el mayor o menor nivel es la calidad de vida del alumnado. En el ámbito de la CABA, dentro de cada distrito hay escuelas que se destacan y otras que dan pena. Busque usted las causas y las encontrará en el alumnado. Aquellas escuelas con alumnos con un nivel de vida aceptable, con alimentación correcta, tendrán un nivel más alto que otras adonde concurran chicos más pobres o directamente marginales. En el primer caso usted encontrará, por ejemplo, cooperadoras activas que contribuyen notablemente al sostenimiento de la institución (y mucho más a partir del gobierno del PRO) mientras que en el segundo directamente no encontrará una cooperadora.
La diferencia entre escuelas de un mismo distrito también se da en la calidad de los maestros: El escalafón de los docentes se basa en el puntaje que es una valoración de la calidad de los trabajadores de la educación. Se supone que un docente con mucha formación y dedicación tendrá más puntaje que otro que es un poco más “tranqui”. Esto determina que cuando hay que elegir cargos, aquellos docentes con mejor puntaje escojan las escuelas que se presumen mejores y entonces sucede que a las escuelas desechadas van los docentes con peor puntaje. La consecuencia obvia es que nos encontramos con escuelas donde la comunidad es socioeconómicamente muy pobre y encima los docentes también son bastante más flojos que la media.
Si nos vamos a la provincia de Buenos Aires el esquema se repite: Una escuela del centro de Lomas de Zamora no es para nada lo mismo que una de Budge. Y en el interior directamente la gran mayoría de los pibes van a escuelas públicas y salvo en las grandes ciudades no existen las privadas.
En suma: La calidad de la escuela pública está ligada a la calidad de vida de su alumnado.
Todo lo dicho es meramente descriptivo e intenta arrojar un poco de luz sobre lo complejo que es el tema de la escuela pública. De esto se desprende naturalmente la necesidad imperiosa de reformular la educación, de modernizarla, pero lo que está en la base es la certeza de que sólo puede funcionar aceptablemente la escuela pública cuando el niño que concurre a ella tenga las necesidades básicas satisfechas.
El tema, entonces, queridos reenviadores compulsivos de basura conceptual, es un poco más denso. En un país con pleno empleo, con redistribución de la riqueza, la escuela pública no le envidia absolutamente nada a la privada.
En muchos países de esos que han acogido a vuestros hijos (formados en nuestra escuela, nuestro secundario y nuestra universidad PU BLI CA) los funcionarios envían a sus hijos a la escuela pública.
Ah, y los intelectuales anarquistas vuelan un poco más alto.
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