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lunes, 15 de febrero de 2010

Dicen que dijo que le dijeron pero parece que no dijo lo que dicen que dijo

(Clarin online, Miercoles 10 de febrero de 2010)


La línea que se bajó en un primer momento fue clara: “El baterista de Callejeros quemó a su mujer en medio de una discusión.”

Automáticamente esa noción corrió como reguero de pólvora por todos los medios ¿Sobre qué pruebas se fundaba esta “certeza”?

Sobre algunos dichos que aparentemente habría lanzado alguien a quien supuestamente la víctima le había comentado que había sido atacada

Se agendó entonces que el baterista, sin dudas presa de serios conflictos como consecuencia de los sucesos de Cromañón donde hasta perdió a su propia madre, volvía a coquetear con el fuego intentando matar a su pareja. No faltaron incluso los especialistas en psicología y psiquiatría que le dieron una pátina “científica” al hecho, tal cual como en su momento lo hicieron para explicar los arranques violentos de Fernando Pomar…

Ahora pareciera ser que en realidad la persona que dicen que dijo que le habían dicho dice que en ningún momento dijo lo que dicen que dijo y el fantasma Pomar vuelve a renacer mientras que con una impunidad monumental los mismos medios van cambiando “el ángulo de la información” como si aquí nada hubiera pasado y ya nadie se acuerda del nombre, apellido y matrícula de los especialistas que opinaron sobre los conflictos del drummer.

No está para nada claro este caso y no nos interesa en este blog aclararlo ni meternos en estas cuestiones. Pero nos parece procedente tomarlo de ejemplo para volver a plantear cómo se construye agenda a cada minuto, cómo la sociedad va enterándose de las cosas que pasan y cómo la contaminación de la información con la opinión causa estragos en la cabeza de la gente.

La verdad es que todos, o al menos la mayoría, creímos desde un primer momento en lo que se dijo porque en rigor “cerraba” que un pibe como Vásquez tuviera serios quilombos en el mate y tal como ocurre en las películas usara nada menos que el fuego para atacar a su pareja. Eso caló profundamente, eso “entró” hasta el caracú. Eso fue creíble.

Imaginemos cómo penetra en la sociedad, o al menos en una porción, la metralla mediática continua hacia el gobierno nacional y el oficialismo. Imaginemos cuánto estrago causan las constantes manipulaciones, las operaciones y la permanente siembra de “mala honda”.

Cuando nos rompemos la cabeza tratando de entender porqué un taxista que reconoce que luego de treinta años logró acceder a un Cero Km hace dos y que está trabajando realmente bien pide a los gritos que los saquen a los K cuanto antes del gobierno; cuando intentamos razonar porqué la jubilada, que obtuvo ese beneficio por Cristina, la putea a discreción y cuando observamos cómo sectores que se beneficiaron con la gestión K la abominan, estamos ante un cuadro generado por la prédica salvaje desde el dispositivo mediático.

El caso Pomar demostró que todo lo que se había elucubrado era pura mentita. El caso del baterista de Callejeros está aún muy fresco y lo único que hay es que, en apariencia, los hechos no habrían sido como se dice que fueron. El problema con el gobierno es que los hechos nunca se resuelven, que a una operación la sucede otra y que nunca hay una retractación, una aclaración o un reconocimiento de que tal o cual noticia fue tratada equivocadamente.

Sin ir más lejos, el caso de la salida de Nelson Castro de Radio Del Plata fue presentado como un flagrante acto de censura perpetrado por una empresa amiga del gobierno. Por empezar nunca se dijo claramente desde el dispositivo mediático que el periodista fue indemnizado tal cual como lo estipulaba el contrato que tenía con la emisora (cobró cerca de cien mil dólares) pero mucho peor es que luego, la auditoría realizada por la UTN demostró que la denuncia presentada en su momento por el diputado de la C.C Juan Carlos Morán no tenía sustento y que por ende la sospecha tendida desde los micrófonos de Del Plata por Castro dejaba mucho que desear. Sólo Víctor Hugo Morales tuvo la decencia de pedir ante su audiencia las disculpas del caso por haber tomado como información veraz lo que en rigor era una suma de sospechas.



(Ver acá)

No obstante, si hoy se realizada un sondeo sobre este asunto, sin dudas arrojaría un altísimo porcentaje de respuestas sosteniendo que castro fue censurado en Del Plata. La noción ya se instaló y listo, no hay con qué darle. Lo mismo que si le preguntamos a cualquier persona sobre quién mató al floristo de Susana Giménez. Sin dudas la mayoría de las respuestas se inclinaría por atribuir el crimen a un típico caso de “inseguridad” cuando en verdad las pesquisas indicarían que fue un ex amante de Lanzavecchia quien lo habría asesinado.



(ver acá)

Ni la denuncia que hizo Castro en su momento fue nunca aclarada ni tampoco se aclaró quién mató al colaborador de la diva de Miami, pero quedó, bien que quedó, la idea de que el periodista fue censurado por decir la verdad y que Lanzavecchia fue una victima más de la inseguridad.

Pensemos ahora en qué puede pensar una porción importante de la sociedad respecto al gobierno cuando diariamente, minuto a minuto sólo recibe carne podrida.



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