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martes, 30 de junio de 2009

Elogio de la derrota

La derrota tiene un gusto extraño y un dejo agridulce en el final del bocado. La derrota jode, complica, crispa y bajonea, pero pasados los primeros instantes empieza a darte algo de paz, como que te calmás un cacho y de pronto te sentís, digamos, en cierta manera liberado de algunos pesos.
Recuerdo el alivio que me dio saber que gracias al Cleto no iba a tener que justificar una victoria por un voto, cuando ese voto era nada menos que el de Ramoncito Saadi...
Me sentí descomprimido y hasta me pareció que el cletazo nos venía perfecto para escabullirnos en la maraña de las acusaciones varias de traición al mendocino y así no tener que rendir cuentas por la triste realidad que significaba el hecho de que cuando le llegó la hora de votar al vicepresidente, la derrota política ya era un hecho.
La derrota te corre del centro de la escena y los que se ponen cuanto antes al costado revelan mayor sabiduría mientras que los aprendices niegan la realidad y se incendian en la plaza pública, como en cierta medida Cristina ayer en la conferencia de prensa donde hizo una lectura pobre de la derrota, una lectura obvia, cerrada, propia de alguien a quien le faltan derrotas y experiencia en esto de morder el freno.
El día que algún dirigente político se plante frente a la derrota de manera diametralmente opuesta a lo conocido se dará vuelta una página importante en el acervo político argentino.
La derrota te baja los humos, te cachetea y te dice:

- ¿Viste, gil, que nada es para siempre?

La derrota te acerca más a tus hijos y a un montón de “boludeces” de esas de las que la victoria te aleja.
La derrota te baja línea mejor que Manolo y que cualquier otro capo de esos que tenés como referentes.
La derrota te abre el zapallo y te ayuda a ordenar el despelote que impone la victoria. Te pone canastos con cartelitos para ir acomodando cada cosa en su lugar: Las chicanas acá; las boludeces allá; los análisis voluntaristas en aquél otro; las convicciones en éste y las anteojeras allá, bien al fondo.
Y te suministra una dosis de apertura para, por ejemplo, ponerte a revisar el blog, reclasificar todo lo que escribiste y releer algunos comentarios que si antes parecían paparruchadas, ahora parecen tener otro sentido.
La derrota te oxigena como esas largas caminatas o corridas que te limpian y bien la cabeza.
La derrota te ayuda a separar lo importante de lo accesorio.
Y en mi caso la derrota me deja un saldo muy favorable. Es la certeza de que este frenesí kirchnerista me ofrendó un montonazo de nuevos compañeros con los que nos estamos lamiendo las heridas así como una bandada de bichos raros que han sido apaleados a más no poder.
Nos estamos apapachando, acariciando, abrigando en medio de un clima mediático y político de una aridez inusitada.
Y en el fondo de la mirada de esa compañera que lagrimea en silencio se deja entrever una llamita, una lucecita tipo Terminator, que no se apaga y que incluso hasta parece cobrar vida a medida que van pasando las horas.



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