El miércoles, mientras
Graciela Camaño abofeteaba a
Carlos Kunkel, Cristina visitaba a la chiquita que se había caído en el pozo y mi hija por la noche manifestó cierto enojo porque sólo había ido a ver a
Vanesa entendiendo que debía visitar a todos los chicos que por ejemplo están en los hospitales.
Maite se ha criado en un hogar donde
Cristina es casi parte de la familia. Su crítica en realidad es un pedido.
Quiere que Cristina visite a más chicos. Y lo va a hacer, hija mía. Lo va a hacer porque a esta altura del partido sólo compite contra su sombra.
Es una especie de Federer de la política argentina.
El establishment conmovido hasta los huesos
no puede contener tanta pus que le brota por los poros y mientras muchos la vemos triste y el pueblo quiere apapacharla sus escribas sólo ven premeditación y alevosía política.
Cristina está triste, tiene una pena imposible de llenar.
Cristina ha cambiado. La vida la golpeó con una dureza que no se merecía. Y en esa mutación grave emerge una mujer agradecida con su historia y con su origen que sabe que lo único que le puede ayudar a calmar tanto dolor es verificar que día a día la gente del pueblo esté un poquito mejor.
Cristina podría retirarse el año que viene con el récord de una presidencia qué sólo admite discusión con la de
Perón, pero va a seguir y esto es letal para una sector de las clases dominantes que ya no pueden evitar que cuando el rayo ilumine las callecitas, se las vea repletas de personitas encolumnadas para agradecer que están mejor.
Cristina ya tiene plata, tiene poder y todo el oropel por el que la mayoría se desvive.
Cristina sólo busca amor.
Eso la vuelve temible.