El otro día, comentando
este post sobre cierta clase media el amigo Escriba dejó un sugestivo comentario que decía:
“El tema cuando no te escuchan más es cómo se sigue y no estoy encontrando muchas respuestas al respecto.”
Se refiere a cómo ese sector ganado por el gorilismo y TN se cierra ante los argumentos que desde este lado uno pueda exponer para derribar uno a uno los “títulos” que les coloca el dispositivo mediático.
En el post del debate entre Luís D’Elía y el depredador de boleros, Ignatius comenta:
“Me queda claro que quien miró el programa terminó en el mismo lugar que empezó”
Y es más o menos así, lo mismo que en el debate donde Heller lo corrió a López Murphy hasta debajo de la cama. Los que lo vieron desde la visión de la oposición seguro que no cambiaron de idea.
Esto nos lleva a un punto muy interesante y es preguntarnos si existe la posibilidad de hacer cambiar de opinión a personas que están muy convencidas de algo. Tengo amigos y familiares que aunque me hayan escuchado una y mil veces destruir uno a uno los slogans del dispositivo mediático, terminaron votando a Carrió. No lo pueden fundamentar, no pueden mirarte a la cara y esbozar un par de frases que tengan alguna lógica. Esa es, como con una certeza envidiable escribió María Esperanza,
“la verdadera derrota” Y sin dudas a algo eso se refería Escriba.
Habría que empezar por hacer un diagnóstico para ver cuál es el estado del paciente y cuáles las posibles causas de infección que generaron este cuadro.
Si empezamos por la dictadura, tenemos ocho años de una bajada línea, que luego de los 3 primeros años de Alfonsín, se profundizó centralmente con la habilidad que Tuvo Bernardo Neustadt para penetrar hasta el hueso en el sentido común clasemediero, hasta que en los noventa se consumó el bombardeo ideológico más potente que quizá haya soportado el pueblo argentino en su historia. Luego de la crisis del 2001, a medida que los sectores medios fueron recuperándose económicamente, volvieron al lugar político, ideológico que ocupaban. Quizá uno de los errores sea pensar que, por ejemplo, las victorias de Aníbal Ibarra se debieron a la existencia de cierto “progresismo” en la CABA. Habría que ver si ese voto estuvo motorizado por ciertas miradas reformistas o en que se veía al Frepaso más como una suerte de panradicalismo que otra cosa.
Quiero decir que hay fundamentos de sobra para que hoy la mayoría de la clase media sea profundamente reaccionaria. Y que visto desde este lado podríamos llegar a decir que la existencia de bolsones de “desclasados” que domingo a domingo les damos discusión, o bien con nuestra sola presencia generamos ciertos silencios, es un noticia muy buena.
Sucede que no se puede modificar o erradicar un callo ideológico instalado por años. Son casi treinta años de un discurso hegemónico muy bien trabajado. La derecha, además, fue habilísima para visualizar la importancia del control de los medios de comunicación y no sólo los controló sino que generó cuadros con una gran capacidad de penetración, y fue inteligentísima en los últimos años para incluso captar figuras como Lanata o Tenembaum que venidos desde posturas afines al progresismo hoy operan como excelentes paragolpes ideológicos. Los sectores más “progres” de esa legión social de derecha que es clase media creen que Lanata Y Tenembaum son efectivamente progres cuando en rigor hoy son dos de las más lúcidas personalidades de la derecha.
Sucede también que la línea divisoria entre izquierda y derecha se movió determinando que aquél que coincidía con nosotros en su oposición al menemismo, haya ha quedado del otro lado de esa línea y hoy se opone al kirchnerismo mientras que nosotros lo apoyamos.
Creo entonces que una de las acciones básicas en la etapa es no olvidar que ese sentido común recalcitrante y reaccionario de la clase media, que ese “escupir para arriba” no sucede por casualidad. Es la consecuencia de décadas de formateo ideológico.
Creo también que la clase media ha capitulado ante ese bombardeo ideológico, se ha entregado y entonces naturalmente procesa la irrupción del kirchnerismo como una amenaza a su bienestar. En líneas generales a una persona que le va bien –en la clase media unos están mejor que otros, pero todos llegan a fin de mes y no soportan privaciones- cualquier hipótesis de conflicto la asusta. Y el kirchnerismo en el gobierno molesta, jode, y la clase media no quiere que la jodan. La clase media hoy está mejor quizá que en décadas y quiere que todo siga como está, por eso Macri, por eso el aval a una gestión de gobierno municipal cosmética, que sólo cubre baches y enreja plazas. Porque el resto está más o menos bien, entonces “que no me jodan”…
El problema de esta capitulación de la clase media es que piensa que este bienestar es para siempre, ahí es donde se ve que escupe para arriba. Por ejemplo cuando alegremente apoya los reclamos por la eliminación total de las retenciones. No llega a pensar que ese bache que se generaría sin las retenciones le repercutiría en sus bolsillos, o cuando avala discursos contra el Estado y los subsidios y luego resulta que le sube la factura de la luz y se brota.
Volviendo al planteo de Escriba, hoy por hoy no hay muchos caminos a seguir para cambiarle la cabeza a la clase media. Tener esto claro es un buen punto de partida. Tratar de mantener lo que se tiene, es otro paso importante.
Y hay que seguir corriéndolos como Heller a LP y seguir dando el debate en cada lugar donde sea posible. Porque también hay un sector que duda, que no consume todo el paco que le dan.
Ahí es donde hay una batalla urgente, que hay que librarla con todo el empeño y toda la fuerza, porque ahí sumamos.
Un trabajo de por lo menos dos décadas no se revierte en un puñado de años, eso hay que recordarlo para tener una perspectiva de lo largo que es el desierto que nos espera.