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sábado, 7 de agosto de 2010

De Caetano Veloso al kirchnerismo sin escalas

Cada vez que Caetano Veloso viene a dar recitales a Buenos Aires se da el lujo de llenar cuatro o cinco veces el Gran Rex, a razón de 4000 personas por vez y siempre llama la atención cómo se renueva su público, se puede observar a una gran cantidad de gente jóven, de chicos que andan en los "veintipico".

Llama también la atención que si uno chequea cuántas veces se lo emite a Caetano en las radios argentinas, o cuánto se pasan sus vídeos en la televisión la suma le dará cero. En los medios audiovisuales argentinos no se difunde la música de Caetano Veloso. Entonces uno se se pone a investigar, dado que se encuentra ante el fenómeno peculiar de que un artista no difundido convoque cada vez que viene entre 20.000 y 30.000 personas, y a poco de andar aparecen las explicaciones en bolsones de esa clase media que ha heredado el gusto por la buena música popular latinoamericana. En esos hogares la transmisión de los gustos musicales la da el hecho de que se escucha mucha música en el equipo de audio, que la música la ponen los padres y los chicos van creciendo con un sonido que luego casi por regla general modela su propio gusto musical independientemente de los grupos de rock y pop que cada generación tiene. La idea que intento desarrollar es que en aquellos hogares donde la música la programa la familia y no la radio, se produce una herencia, un traspaso directo del gusto por, pongamos, Caetano, Chico Buarque, Luis Eduardo Aute, Rubén Blades, Alfredo Zitarrosa, etc. Hay como dos planos musicales que marchan paralelos y ahí está la explicación a que mañana, en cualquier recital de una figura de la música popular -e incluso del jazz- la platea esté compuesta de mucha gente que apenas ha superado los veinte años. Se va reciclando constantemente el público que degusta expresiones musicales con nula difusión en el gran aparato de promoción de música comercial.

Algo parecido viene ocurriendo con el piso de adhesión que mantiene el kirchnerismo e incluso con el crecimiento que viene experimentando durante 2010 y que fue definitivamente legitimado por Héctor Magnetto días pasados al convocar a una cena a los cinco dirigentes del menemismo federal. En otras circunstancias esta reunión jamás habría trascendido. Se la "publicó" para dar un claro mensaje de que las condiciones políticas están siendo seriamente desfavorables para el espectro opositor.

El kirchnerismo logró mantener aún en los peores momentos un piso del 30 % a nivel nacional y a partir de ahí comenzó su asombrosa levantada, logrando incluso que se generen hechos como la autoconvocatoria de seguidores de 678 el viernes 12 de marzo en Plaza de Mayo y la sanción de leyes como las de medios o de matrimonio igualitario que indudablemente impactan de lleno en un sector de la población que merced a ello fue repensando su vínculo con el gobierno.

Es acá donde encuentro puntos en común entre las adhesiones que sigue cosechando el kirchnerismo y el ejemplo del público que reúne Caetano Veloso. Todo indica que estamos atravesando por una etapa donde se han caído muchos mitos y están emergiendo elementos intangibles y muy novedosos que giran centralmente en el tema internet y redes sociales. Mientras el dispositivo mediático sigue difundiendo su relato del gobierno y la realidad argentina, se verifica que su mensaje no sólo llega cada vez a una audiencia que se achica, sino que al estar infectado explícitamente de intereses empresarios queda malherido en su corazón, que es la credibilidad. El problema de los grandes medios hoy no es sólo cuantitativo sino cualitativo. Clarín ha llegado al punto máximo de descrédito que puede tener un diario y es que ya no se lo puede leer, es un diario al que se le sospecha hasta la información meteorológica y eso es virtualmente inlevantable. La Nación sigue manteniendo niveles de seriedad profesional que la mantienen incluso en leve ascenso.

Mientras esto sucede con Clarín, se potencia en progresión geométrica el tráfico en las redes sociales y se fortalece un debate horizontal donde el kirchnerismo ha logrado una sucesión importante de victorias que centralmente trasuntan el plano ideológico. En una suerte de remake loca de Farenheit 541, mientras la gran pantalla va emitiendo "el mensaje" oficial, pululan centenares de escuadrones por la red que van librando una suerte de guerra de guerrilla comunicacional que está acorralando muy seriamente a lo que en este blog denominamos "dispositivo mediático". El gran aparato de medios hegemónicos no encuentra la forma de frenar la ofensiva constante. No se pueden parar las capturas de pantalla, no se puede evitar que cuando se edita un video para eliminar un fragmento donde queda muy mal parado un candidato del Grupo A como Felipe Solá, alguien suba a la red la versión original del programa y quede expuesto ante todo el mundo el modus operandi oprobioso de la empresa.

Pero nada de esto sería posible sin un dato central y es el hecho de que el kirchnerismo logra estas victorias porque es la única expresión que desde 1983 a la fecha a reparado, ha devuelto derechos y ha demostrado con la sanción de leyes, esto es con hechos incontrastables, que se puede aunque sea un poquito, ganar algunas batallas que antes se creía imposible dar. El kirchnerismo le ha demostrado a mucha gente que se puede ganar y eso tiene un valor simbólico altísimo. A nosotros nos habían formateado desde 1983 a la fecha en la certeza de que estábamos condenados a perder cada una de las contiendas importantes y que sólo nos quedaba el pequeño grupo familiar o de amigos para resistir a una realidad que nos avasallaba. Tarde o temprano había que morder el freno y masticar derrotas. Pero eso cambió con el kirchnerismo y la potencia de ese cambio, la potencia del mensaje que arroja esa transformación explica en buena medida el mejoramiento del gobierno y la fuerza política que lo sostiene.

Es por estos lados, creo, donde hay que buscar las explicaciones de porqué pese a la demonización de que es objeto y las manipulaciones mediáticas que padece, el kirchnerismo sigue dando batalla y devolviendo golpe por golpe, siendo en los hechos una fuerza política con tanta potencia política, pero más que nada ideológica.

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