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viernes, 8 de octubre de 2010

Boleros a la Palmieri





Escuchen cómo hace los boleros Eddie Palmieri y después me cuentan. Este es un extracto del programa de anoche.

lunes, 12 de julio de 2010

Se acabó, Olga


Por sobre todas las cosas hay que mirar a Olga Guillot como inventora de un estilo que te puede gustar o no, pero seguro que no te va a pasar desapercibido, lo mismo que La Lupe, quién se hizo conocida en Cuba ganando un concurso de imitadoras de la gran Olga.

Políticamente repugnante, lo mismo que Celia Cruz, Bebo Valdés o Rolando Laserie. Tan repugnante y tan grande como ellos. Fue sin dudas la creadora de un estilo de teatralización del bolero que siempre estuvo al borde de la cursilería y en más de una ocasión se desbarrancó en una sumatoria de clichés patéticos, pero también tuvo la virtud de meterse las canciones bajo la piel para así lograr una comunicación muy potente con el público.

Han habido muchísimas cantantes mejores que Olga Guillot, qué duda cabe, pero ella fue única, única e irrepetible. Única e irrepetible por la pose, por el fraseo, por ser una de esas mujeres con una imagen poderosa como Lola Flores, verdaderas divas que ya estaban ahí como fabricantes de su arte.

Muchos creíamos de chicos que el bolero era propiedad de Tito Rodríguez y Olga Guillot, pensábamos que ellos habían inventado un tipo de canción que nos parecía música de viejos,hasta que los años y las canas nos fueron llevando a nosotros mismos por los callejones de la infidelidad, de las pasiones más frenéticas y los amores no correspondidos y así, un buen día, caímos en la cuenta de que estábamos viviendo lo que Olga nos cantaba desde la radio cuando eramos pequeñitos y que esas canciones de buenas a primeras estaban musicalizando nuestras propias peripecias sentimentales.

Ahí, recién ahí la comprendimos a Olga, y hasta dejamos de engancharnos con su conservadurismo político y sus clichés para reconocernos, al fin y al cabo, como unos más entre tantas vulgares personitas que pasan por el mundo tratando de llevarse bien con el amor.

Seguimos no obstante degustando cantantes muchísimo más finas y técnicas que ella, pero nunca logramos dejar pasar más de dos o tres tardecitas de sábado sin castigarnos con sus discos.

miércoles, 28 de noviembre de 2007

El gordo cantaba...


Apareció Claudio con el cassette del gordo Porcel y casi me muero: Hace mucho que peno por disquerías de usados tras este disco que el gordo hizo allá por 1980 con producción de Mochin Marafioti y arreglos y dirección orquestal del gran “Calandra”, Jorge Calandrelli (Sí, el mismo que luego sería el director de orquesta de Tony Bennett, el mismo que grabó con Cheo Feliciano, el mismo que hizo un homenaje a Piazzolla con Yo Yo Ma, el mismísimo Calandrelli que hoy es uno de los orquestadores mas respetados y cotizados de USA)
Le damos al Play y al toque llega la ratificación: El gordo “cantaba”...
Uno escucha y piensa en el final tórrido de Porcel pero al instante recuerda las carcajadas que le arrancó y se sumerge en un mar de contradicciones y pensamientos enfrentados. Es que el gordo fue muy argentino, con todos los vicios y virtudes criollas.
Gordo reaccionario; gordo que tranzó con la taquería; gordo emocional cuando el Polaco cantaba con su camiseta calamar; gordo a la derecha de Dios en Miami...
Pero cuando te canta “Tu mi delirio”, de César Portillo de la Luz es capaz de arrancarte un perdón, aunque sea por esos pocos minutos que dura la canción. O cuando recrea maravillosamente “De repente” esa obra cumbre del recientemente fallecido maestro venezolano Aldemaro Romero, o ¨Mia” de Armando Manzanero y ni hablar de “Contigo en la distancia”, también de Portillo de la Luz.
Cantar no es nada fácil, y mas aún cantar Boleros. Si no fíjense en Luis Miguel, que grita todo parejito parejito. No señora, así no se canta el bolero, no se confunda. El cuate afina bien, es cierto, pero es como esas minas bonitas a las que una cierta escasez de curvas las vuelven un tanto monótonas ¿me explico?
El cuate no conoce de inflexiones y su expresión es siempre tan altisonante que termina aturdiendo.
Mucho barullo ¿sabe?
Usted puede gritar un poco una letra como “Y” porque es medio una carajeada y ahí se puede levantar la voz medio patoteramente porque se está pasando una factura, pero jamás me puede subir el tonito si lo que me está cantando es “Soy lo prohibido”, fantástico monumento a las peores trampas. ¿Se entiende la idea?
No no no, el bolero es otra cosa: Bolero canta Cheo Feliciano; bolero cantaba el gran Vicentico Valdés o Tito Rodríguez. Y ni hablar de Daniel Riolobos...
En este arte de entender el sentido de las letras para recién luego ver cómo se las interpreta, el maestro Goyeneche dijo alguna vez que “Los mareados” no se puede arrancar a fondo:
(RAAAARAAAAAAAA COOOMOOOOO ENCENNNNNDIIIDAAAAA.....)

dado que es un historia triste, una despedida. Y generalmente no se grita en las despedidas. Bien, esto es lo que pasa con el bolero. Hay que estirar una frase, acortar otra y, fundamentalmente, “decir”, decir mucho, transmitir, contar, pintar.
Y el gordo dice, transmite, cuenta y pinta. Lo hace, eso sí, con un soporte orquestal que si bien delata en algunas pinceladas la firma de Calandrelli, se queda a medio camino. Es como que no se esmeró demasiado. Con arreglos un poco mas audaces el disco hubiera logrado otro brillo dado que el repertorio está bueno y hasta contiene una digna versión de “Si todos fossem iguais a voce”, himno de Tom Jobim y Vinicius.

miércoles, 7 de noviembre de 2007

Dos Gardenias para tí...




Dos Gardenias, el programa dedicado al bolero que Eduardo Aliverti conduce los domingos de 23.00 a 24.00 por Radio Nacional, suma elementos no muy usuales en la radiofonía porteña: Por empezar es un programa que pasa música... y además no aborda al bolero desde ese lugar común que lo asocia a la melosidad dado que pocas cosas se enfrentan tan a menudo a lo meloso como, precisamente, el bolero.
Lamentablemente es usual escuchar en la radio frases del tipo “Vamos a ponernos cachondos y escuchar unos boleros” y a continuación se emite “Nosotros” , esa despedida desoladora, muy poco erotizante por cierto, que escribió el cubano Pedro Junco cuando se enteró que moriría de tuberculosis... No es extraño que suceda esto en un país que practicamente no se enteró de la existencia de Daniel Riolobos, uno de los interpretes mas exquisitos del genero.

Es en este contexto que Dos Gardenias acierta con fino tacto situando al bolero en los tiempos afectivos exactos: La pasión del comienzo, el amargor de la traición y la tristeza del final, etapas donde el bolero mejor hace de las suyas. Alguna vez el gran Tite Curet Alonso, autor de buena parte de los éxitos de La Lupe, Cheo Feliciano y Héctor Lavoe dijo algo así como que no era noticia para el bolero lo bien que le iba a una familia muy normal...
Vale la pena preguntarse si, acaso, existiría el bolero en un mundo exento de pasión y traición ¿no?
Quizá en el programa haya dos elementos que merecen mayor dedicación: Uno, el de la selección musical. Y esto no es una crítica pues conocemos lo difícil que es “saber” de bolero y música tropical en general en Buenos Aires (*)
El otro aspecto es que por momentos suena muy “leído”y eso enfría, quita clima mientras que cuando hay invitados el programa suma calidez.
Independientemente de estas observaciones, esta propuesta de Aliverti y su equipo nos ofrece una vez a la semana (y en repeticiones por Radio Eter) una propuesta inteligente y demuestra que se pueden hacer bellísimos productos sonoros con uno de los géneros más bellos y originales de nuestro continente.





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(*) Lamentablemente aquí el bolero nos llegó muy “mexicanizado” y eso ha influido para que nos haya resultado complejo conocer la gran cantidad de artistas que lo han honrado fuera del territorio azteca.
En líneas generales nos llegó todo lo que irradiaba México y eso tiene sus costos. Indudablemente buena parte de las mejores plumas están allí, pero tanto Lara, tanto Los Panchos, tanto Pedro Vargas opacó otras expresiones del género que básicamente provenían de Cuba, Puerto Rico y Nueva York y probablemente se haya debido a manejos de la industria discográfica. Por ejemplo, la música tropical hecha en Nueva York, no logró trascender los límites del ghetto, entonces, sin ir mas lejos, voces como la de Graciela, la hermana del gran Machito, virtualmente no trascendieron los límites del Barrio y algo similar ocurrió con la gran cantidad de orquestas y solistas básicamente de origen cubano y puertorriqueño que desplegaban buena parte de su actividad en la Gran Manzana.
Aquí nos llegó, entonces, un bolero musicalmente muy mexicanizado. Esto es: Esmerilado rítmica e instrumentalmente, con la percusión en un segundo plano cuando es un componente central de su génesis rítmica y sonora.
Hay un disco en vivo grabado por el gigante Pedro Vargas en el Carnegie Hall que sirve de ejemplo: La orquesta, dirigida por Chucho Zarzosa, es soberbia, pero el set de percusión está tomado a lo lejos con lo cual queda subalternizado y casi inaudible.
Esta es quizá la gran crítica que se le puede hacer a México en su tratamiento de este ritmo. Porque un bolero sin la percusión al frente se desnaturaliza. Es como si en el tango mandáramos la línea de bandoneones al fondo. Todo un crimen.
Chico Novarro ha contado que, a veces, para que las discográficas no le rebotaran propuestas, le sacaba los bongoes a sus boleros y los retocaba en lo rítmico, disfrazándolos un poco de baladas. ¿Quizá este razonamiento fue practicado antes en la tierra de Alvaro Carrillo para que “el mercado” no rechazara un género que se creía vetusto?
Otro elemento que juega en esto de la mutilación rítmica e instrumental del bolero es el famoso disco que en la década del sesenta edita el puertorriqueño Tito Rodríguez con arreglos y dirección orquestal de Leroy Holmes: "From Tito Rodríguez With Love". Ese disco, el que contiene la inolvidable versión de “Inolvidable”, se transformó en un suceso en toda América y en lo instrumental se caracteriza por la preeminencia de las cuerdas y la subalternación de la percusión. Vaya paradoja la de Rodríguez, quien luego de haber protagonizado los momentos más gloriosos de la música tropical, en la época del Mambo y el cha cha cha, al frente de una orquesta que supo contar entre sus miembros nada menos que al gran Cachao, a René Hernández o Vitín Paz, haya elegido un camino que le granjeó muchos dólares pero lo estancó artísticamente.
Otro elemento que nos alejó a los argentinos no solo del bolero sino del complejo de la música tropical es que la industria discográfica se volcó de lleno en los sesentas al rock y Pop. Ello representó que dejaran de llegar sonidos del caribe. Todo el auge de la Salsa, por ejemplo, que va desde mediados de la década del sesenta hasta fines de los setenta, aquí paso absolutamente desapercibido. Recién en 1982 el negro Guerrero Marthineitz comenzó a difundir “Pedro Navaja” del album “Siembra” que Rubén Blades y Willie Colón habían editado en 1978...
Está el caso de La Lupe, a quien recién descubrimos en las películas de Almodóvar cuando ya en 1965 era una estrella rutilante en toda América latina cantando con la orquesta de Tito Puente.

(Este tema es fascinante y probablemente será vuelto a tratar en otro post.)

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