En este mismo cuarto hace 4 años consolaba a mi hijo Juan Manuel, que lloraba con un desconsuelo que hasta me hizo sentir culpable por haberlo infectado con sangre riverplatense. Le exponía razones, le decía que en la vida hay cosas más importantes...Ni yo me las creía.
En ese mismo cuarto, cuatro años después nos abrazamos una sola vez: cuando Carlín anotó el penal. Juan lloraba otra vez y su madre nos miraba emocionada. Ahí tuvimos la certeza de que el triunfo ya no se nos escapaba.
Juan es un hincha distinto a mí, y según dicen mis amigos de la banda, sus hijos también. Nuestros pibes tienen muchísima más garra que nosotros, el descenso los templó en acero. Es que la B fue lo mejor que le pudo suceder al alma riverplatense, porque tuvo que renacer de sus cenizas y reinventarse para volver a ganarse ese lugar de equipo grande. A fines de 2011 lo único grande que le había quedado a River era el estadio y nosotros, los hinchas. Por eso el descenso nos vino bien, porque eramos medio parecidos a esos hijos de grandes ricachones que nunca tuvieron que yugarla. Hubo que ir a jugar con Boca Unidos, pintarle la cara para que el Gato Sessa atajara ese sábado lo que nunca en su carrera y que en un centro postrero nos embocaran en 1 a 0. Esa travesía por el Nacional B nos reconfiguró y las pruebas están a la vista, ese equipo que sale a morder y acosar al arquero y la defensa rival como perros de presa es quizá la postal anímica que evidencia la metamorfosis.
* Aclaración: La banda invertida que se ve en la primera foto es culpa del pintor, que es de Racing. Cuando tengamos moneda la cambiaremos