Había estado unas noches antes solo, hablando con el mar, prometiéndole que si me daba una mano pasaría mis últimos días a su lado. Es que cada vez con más fuerza se me aparece la idea de vivir en un pueblito que tenga dos cosas: banda ancha y mar.
Antes, venir a la gran ciudad era acercarse a la civilización.
Antes, hoy me permito dudar.
Desde mi Tres Lomas de los setenta veía que los discos, los diarios, las películas, el saber, el mundo estaban en Buenos Aires. Luego de casi treinta años viviendo acá siento que las dos únicas grandes virtudes de Buenos Aires siguen siendo la posibilidad de conocer innumerables personas y que no te conozca nadie cuando te alejas dos cuadras de tu barrio.
Esa noche le pedí una mano al mar, que me ayudara a terminar de criar a mis hijos, que puedan emplumarse de la mejor manera, que puedan armarse para el mundo que les toca y luego, yo iría a hacerle el aguante en mis últimos años. Y el domingo aparece esta foto de Tomás Eloy Marínez en la tapa del suplemento Radar de Página/12 que me sigue conmoviendo más y más cada vez que la miro porque nos viene a representar a muchos ¿no?
Dice su autor, Gonzalo Martínez:
"La tomé hace quince días, tal vez no sea una gran foto, pero sí fue un gran momento, como todos los que me acompañaron a lo largo de la vida con el viejo. Papá quería quería volver a ver el mar. Llegó, lo acarició con sus dedos, se dejó caer sobre la arena y nos dijo: "Ya está, volvamos. Tengo que seguir escribiendo."
De paso, ya que estamos, les dejo este inmenso texto de TEM sobre periodismo: "Los hechos de la vida"
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