
Ha vuelto a quedar en evidencia que la salida a la calle es la única herramienta que le queda a los sectores que se oponen a las políticas del gobierno nacional y no encuentran representación ni liderazgo en las fuerzas del Grupo A. El componente político e ideológico básico de esta movilización coincide en líneas generales con el discurso que emana del espectro mediático y político opositor pero lo que saca a las clases medias opositoras a las calles es la comprobación de que el gobierno fue eficaz en la utilización de la mayoría parlamentaria obtenida en 2011. Cuando comenzaron a vislumbrar que no había forma de parar la aceitada maquinaria oficialista de sancionar leyes, se encontraron a la intemperie. Los más nostálgicos ya no contaban con el recurso militar y el conjunto venía de observar el triste espectáculo de las fuerzas opositoras que demostraron una impericia manifiesta para imponer en los hechos la mayoría que habían obtenido en las elecciones de 2009. Ahora los esperaba un vendaval de iniciativas contra las que jamás encontraron una batería argumentativa como para, al menos, enhebrar discursos creativos en las sesiones transmitidas casi en directo por la mayoría de los canales de cable, sin contar papelones como el del radicalismo en la recuperación de YPF, que salió con los tapones de punta y terminó acompañando al ver que el proyecto contaba con un inmenso consenso nacional o el del macrismo, que se opuso al voto a los 16 años en el congreso y ahora lo apoyó en la legislatura porteña.
Es que hay mucha gente que no encuentra representación política ni mucho menos una dirigencia que la pueda conducir y esto está en la base del dilema cacerolo. Desde 1983 en adelante hubo poder repartido, básicamente entre radicalismo y peronismo y cuando eso se quebró, la mitad que hegemonizó -el menemismo- no planteó, ni mucho menos, una ruptura con lo establecido, más bien se alió con los sectores dominantes para perpetrar una profundización salvaje de las políticas de exclusión que terminarían generando las condiciones para la explosión de 2001 que, entre otras cosas, se llevó puesta a la UCR y eso explica en buena medida que el espectro opositor esté tan compartimentado e imposibilitado de mostrar una coalición sólida.
La novedad del 54 % es que por primera vez, desde 1955 a la fecha, aparece un gobierno impulsando reformas que alteran el diseño delineado por las clases dominantes y a medida que el kirchnerismo empieza a demostrar prestancia en la gestión de su mayoría parlamentaria, los sectores medios opositores comprueban que no tienen herramientas para batallar, salvo los dos grandes diarios con sus satélites, la corporación judicial y el recurso de la manifestación callejera. Y respecto a la protesta, hay que decir que el gobierno podrá estar acertado o equivocado, por ejemplo en la instrumentación del cepo al dólar, pero tiene derecho a sostener una posición al respecto e implementarla. Cuando desde los medios se dice "el gobierno debe escuchar" en realidad se plantea que "el gobierno debe cambiar su política" y la verdad es que eso no tiene por qué suceder. El gobierno escucha, obvio que lo hace, mas una cosa es escuchar y muy otra tararear melodías que siente ajenas.
Pero lo importante para los kirchneristas es entender que la carencia de representación de las expresiones que disienten con el gobierno los deberá resolver ese colectivo. El oficialismo, por su parte, acertará si utiliza esta manifestación a modo de coartada y se pone revisar muchas cosas que no vienen del todo bien ¿Qué quiero decir? Que no me molesta que sectores medios de Capital, San Isidro, Quilmes o Trenque Lauquen salgan a protestar. Me preocupa el silencio de los nuestros, me preocupa que la AUH está muy retrasada, me preocupa pensar en cómo pudimos llegar a un estado de desastre tan fabuloso en los ferrocarriles, me preocupa que los resultados óptimos de la mayoría de las paritarias nos impidan ver que hay una porción inmensa de trabajadores en negro que no la está pasando bien. Que llega un momento en que tener trabajo se naturaliza y que lo que se quiere ahora es, por ejemplo, pasar a estar en blanco.
Más que escuchar a los de ayer, el kirchnerismo debe parar la oreja ante el silencio de los que lo votan y debe prestar mucha atención a las murmuraciones que hay por lo bajo dentro de su propia tropa.
Ayer protestó una porción de la sociedad que está en blanco, nosotros tenemos que preocuparnos por el silencio estruendoso de los que están en negro, que son ni más ni menos que la razón de ser de nuestra acción política. A Carlos Auyero le explotó el corazón gritando en Canal 9 que los excluidos clamaban por inclusión a como dé lugar. Mucho se hizo en ese sentido de 2003 en adelante, pero falta más. Muchos fueron incluidos pero la inflación les pega duro en el chino mientras otros tienen una asistencia que no alcanza ni para lo imprescindible.
Ahí está el desafío de lo que falta. Se hizo muchísimo, qué duda cabe, pero todo lo que se hizo es poco comparado con lo que falta, por ahí debería venir el análisis político del kirchnerismo inteligente.
Percibir que a los que salen a protestar, proporcionalmente les ha ido mejor desde el 2003 a la fecha que a los que permanecen en silencio, habilita a pensar que hay que redoblar los esfuerzos y no olvidar cuánto tenemos por delante.