Cuentan los mayores que supo haber un cura en mi pueblo que en realidad era un pobre diablo, un pobre tipo. Hijo de esas familias que determinaban mandatos imposibles de incumplir, a él le tocaron las sotanas, sotanas que siempre aborreció. Por eso se enfrascaba en amores con alguna que otra solterona y aseguran también que con una adolescente de una familia importante, que se vestía de varón para mandarse a la parroquia con las primeras sombras nocturnales.
Cuentan que cuando lo trasladaron a la ciudad de 9 de Julio, algunas noches iba en su auto con sus amantes al embarcadero del ferrocarril, que estaba alejado del centro y le garantizaba cierta intimidad para dar rienda suelta a sus pasiones irrefrenables.
Cuentan que unos vagos conocedores de este hábito del cura, una noche cerraron con candados todas las tranqueras del embarcadero y el pobre diablo no sólo tuvo que volverse a pata hasta la parroquia sino que se las vio en figurillas para explicarle al día siguiente al Jefe de Estación cómo había llegado hasta ese lugar su auto…
Estas y muchas otras historias por el estilo cuentan los mayores de mi pueblo. Aventuras y desventuras de un cura cuando alumbraba la década del sesenta y la sociedad no estaba tan corrompida “por la droga y la pornografía”.
Historias que todo el mundo conocía.
Y callaba.
De esto me acordé cuando días pasados, y con la gracia y talento que lo identifica, Lucas Carrasco recomendó en La Bloguera que aquellas mujeres que quieran tener un amante lo busquen en la política, porque si quedan embarazas podrán reclamar. Todo lo contrario de lo que puede ocurrirles si el galán es un hombre de la Iglesia porque ahí no tienen derecho al pataleo.
Dijo también Lucas que esa es una de las ventajas de la democracia en tanto posibilita que un señor tenga que hacerse cargo de su pasado. Esto viene a cuento porque el presidente paraguayo tiene que responder ahora por lo que nunca hubiera respondido de haber seguido con la sotana puesta.
La pregunta que me atormenta es si el problema es de la Iglesia o de la sociedad. Dudo entre pensar que es la institución la que acalla cualquier reclamo de esta índole o que la ciudadanía siente que a un presidente se le puede exigir lo que a un obispo jamás se le pediría.
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martes, 28 de abril de 2009
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