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domingo, diciembre 19, 2010

Las Cantarerías. Números 1 al 10. Vélez-Rubio.

pedazo de camiseta.
 Las Cantarerías da nombre en plural a una calle, en singular, de Vélez Rubio. Concretamente es donde vive mi abuela Concha y donde eché yo las tardes en lo que va de los tres o cuatro años a los trece o catorce. Lo que viene siendo la infancia vaya. Las Cantarerías limitan al oeste con El Carril y al este con el patio del convento. Pero para mí empezaban en el supermercado del Carujo y terminaban en la carpintería de un señor de pelo cano.

miércoles, noviembre 03, 2010

El fútbol era así.

si alguien tiene una foto nuestra jugando al fútbol que me lo diga
Entre los ocho y los doce o trece años no había otra cosa más importante para nosotros que el fútbol. Y cuando digo el fútbol no me refiero a sentarse en el sofá o irse al bar y ver al Madrid o al Barça. Estoy hablando del fútbol de verdad, el que jugábamos en la Calle del Tinte y en las Cantarerías, pegando pelotazos a una portería pintada en el muro del cine o atinando a meterla entre un par de piedras rematadas con una chaqueta de chándal. Normalmente aquellos partidos eran siempre un tres contra tres. En un equipo El Jose, su hermano Jesús y El Ginés. En el otro, El Antonio, El Jose Juan y un servidor.

domingo, septiembre 26, 2010

Maestros.


Desde siempre he tenido yo en la cabeza el runrún de ser maestro de escuela. Me encantan los críos y debe ser una cosa bonita estar ahí todos los días enseñándoles cosas y sorprendiéndote con sus ocurrencias. Además está el tema de las vacaciones. En fin, ya es un poco tarde, pero en una de esas existencias paralelas imaginadas, sin duda, habría sido “maestro escuela”. De nenes pequeños a ser posible, como mucho de diez años, de ahí para delante me da que es complicado lo de enseñarle nada a nadie. Raro es que el que a los diez años era un prenda no haya acabado enredado en alguna pillería de mayor. Pero bueno, que me pierdo, a lo que iba, que imagino que esto de la vocación frustrada debe ser cosa de haber tenido unos maestros estupendos.

domingo, septiembre 05, 2010

Mi bisabuela Huertas y el realismo mágico

Como a todo el mundo que ha leído a García Márquez, cuando leí algo suyo, en mi caso “El amor en los tiempos del cólera”, que a día de hoy sigue siendo una de mis novelas favoritas, tuve una especie de enganche que me llevó a devorar todo lo que pillé con no poco gusto. Escribe el hombre historias hermosísimas, tristísimas las más de las veces, y con mucho arte siempre. Conecté con todo, pero en especial, con todo esto del “realismo mágico”. Y es que no era la primera vez que me las veía yo con fenómenos paranormales acontecidos así de forma cotidiana y sin pasmo de nadie. Ya debe saber todo el mundo por aquí que soy de un pueblo pequeño, y allí estas cosas pasan de verdad. Ejemplos muchos, pero yo me quedo con el de mi bisabuela Huertas, gabarrona ella.

lunes, marzo 22, 2010

Las pulsaciones por minuto y el pinball






Debía tener yo nueve o diez años cuando me emperré en sacarme el título de máquina, que así era como le decíamos en mi pueblo a un papel que nos daba el Miguel El Quiles cuando el hombre estimaba que ya éramos expertos mecanógrafos. Se supone que aquello ocurría cuando alcanzábamos unas pulsaciones por minuto determinadas. A mi todo aquello de las pulsaciones me importaba un pimiento. Lo que sí que me había llamado la atención era una carpetilla azul que le había visto a mi prima mari. Dentro guardaba unas cuartillas de folio que se compraban en la imprenta. Lo que yo quería era tener una excusa para poder comprar aquellas cuartillas inmaculadas que te envolvían en un paquete con papel vegetal sellado con celofán. Como digo, lo suyo era guardarlas en una carpeta en la que uno estampaba a rotulador, bien grande y con toda la finura de la que era capaz en ese momento, el nombre, y debajo, un poco más pequeño: “clases de máquina”.

martes, febrero 09, 2010

Ciudadanos notables de Vélez-Rubio (II): El Jojois


Hace unos cuantos meses me propuse hacer memoria a propósito  de los personajes imprescindibles de mi imaginario infantil, mi particular y subjetivo retrato de algunos ciudadanos notables de Vélez-Rubio que todavía hoy recuerdo. Empecé con El Conejo y mi siguiente paso, por aquello de seguir con la fauna local, era El Lobillo.  Gracias a mi singular inconstancia, quedó este inventario en mera declaración de intenciones.  Y eso que a los pocos días de escribir el primer episodio me encontré con que El Lobillo era uno de los protagonistas de “El Coro de la Cárcel”. Resulta que Juan Pedro, que es como se llama, lleva algo así como once años de penal en penal, su historia, bigger than life, la dejo para otro post, que bien se merece este hombre un retrato a conciencia.Hoy sin embargo, estaba comiéndome un tomate y me ha venido a la cabeza un episodio traumático que tuve hace veintitantos años con El Jojois.

lunes, noviembre 09, 2009

Maradona, las Cantarerías y El Carujo


las mías eran a rosca...

Cuando era un crío, al salir del colegio en vez de ir a mi casa, que vivía en un noveno en los pisos del Manteco, me iba a las Cantarerías, que así es como se llama la calle donde viven todavía hoy mi abuela Concha y mi abuelo Quico. Ella me preparaba un bocadillo de jamón-tomate-aceite-y-queso que guardaba una relación directa con el tamaño de mi barriga y yo me pasaba la tarde pegando pelotazos o inventando las diabluras que hasta un tipo tan sensato como era yo de crío hace al menos un par de veces por semana. Mis amigos eran el josejuán y el antonio. El josejuán tenía dos años menos que el antonio y yo. Los tres cumplíamos años en septiembre. Con suerte ahora los veo de año en año. No queda la cosa más que en un intercambio cordial de saludos. Pero fuimos uña y carne los tres.

miércoles, septiembre 23, 2009

El oro de España estaba en Polonia y la plata de Los Fucking en San José



Hace un par de días la selección española ganó la final del europeo de baloncesto. Da gloria verlos jugar a estos zagales. Sorprende que un deporte tan atractivo quede oscurecido, como casi todo lo que pasa en el mundo, por el fútbol, deporte extremadamente más tedioso que el de la canasta, pero que algo debe tener cuando nos tiene a todos subyugados. Mientras escribo esto escucho por la radio como sigue arrasando el Barça… Pero el que no se haya emocionado con estos muchachos del baloncesto es que ni tiene corazón ni nada. Además de que juegan como los ángeles (lakers), es que caen bien, desde el primero al último. Se ve que hay buen rollo entre ellos, y las enchufan que da gusto. Vaya, que es difícil no epatar con un grupo así, buena gente y ganadores natos. Ocurre que de repente, España, sin negros nacionalizados, juega como lo hacían los equipos de la NBA. Los de aquellas finales de conferencia que daban en la tele por las tardes, con Magic Johnson dando asistencias mirando al tendido, viendo volar a Michael Jordan, o el gancho del cielo de Kareem Abdul-Jabbar, y los triples de Larry Bird,… Ahora resulta que aquí también se saben hacer alley-oops, mates de espaldas a la canasta y demás repertorio de virguerías. Y los hacen en una final. Y lo petan. Pena de arbitraje que nos hicieron en la final de las olimpiadas de Pekín, porque ese partido, ay madre, qué cerca estuvieron…

Como Los Fucking, pronúnciese “los fakin”. Hubo unos juegos comarcales en que rozamos el cielo. El evento en cuestión se celebraba en las pistas de San José de Vélez Rubio. Nuestro equipo lo conformábamos el Mateo en la portería, un servidor atrás de cierre, un par de alas, el Lobitas (Antonio López) y el Mechas (Ginés Jesús) y en punta el Poveda (Jose), también estaban el JoséJuan y el Jesús (los dos también Povedas). Nos llamábamos así porque las camisetas eran unas que le prestaban sus tíos al Mateo. Los tíos del Mateo y sus colegas se conoce que eran unos calaveras buenos. Porque no se les ocurrió otra cosa que, para una vez que jugaron las 24 horas de fútbol sala (furbito) del pueblo, hacerse unas camisetas verde limón que tenían pintado por delante, además del distinguido nombre del equipo, que las cosas como son, nos daba mucha risa, un cuervo gigante fumándose un porro. El animalito en cuestión lucía chupa de cuero y alrededor suyo había jeringuillas, lo que con los años descubrí que era un condón usado, una botella de whisky y a saber qué lindezas más que no recuerdo. Por detrás tenían el número, y los apodos de lo más selecto de una generación velezana famosa por darse a todo tipo de vicios en La Brasa, ahora una pizzería restaurante, y en tiempos, un antro lúgubre al que me tenían prohibida terminantemente la entrada mis padres, y de cuya parroquia se pueden contar con los dedos de una mano los supervivientes. En fin, que allí estábamos nosotros, unos críos de diez o doce años, vestidos con unas camisetas que nos venían grandísimas metidas por dentro del pantalón, llevando al cuervo tarambana por delante y el mote de algún prenda local por detrás. Y el número. Yo llevaba el 3. Como Migueli. Las camisetas olían fatal. Y eso que lavadas estaban, porque tenían unas buenas manchas de lejía. Pero ni con esas les había sacado punta la madre del Mateo. Así que a eso de las diez de la mañana nos enfundamos aquellas camisetas apestosas y comenzamos a competir. Poco parecía que podían hacer a priori dos orejones (el mechas y el mateo), un gordito cabezón (un servidor) y otro cabezón más (el jose). Pero resulta que el Lobitas estaba fino, y el resto más o menos hicimos el papel. Nos conocíamos de jugar juntos todas las tardes, y jugábamos de memoria que se dice. Con ligeras imprecisiones, pero de memoria. Y pasamos la primera fase. Y nos metimos en cuartos, que se jugaban ya por la tarde. Sobra decir que nadie daba un duro por nosotros, y que jugar a las tres de la tarde a mi madre le parecía un disparate. No me acuerdo contra quien jugamos, pero sí del momento antes de empezar, conjurándonos para pasar a semis. Recuerdo también que hacía mucho calor y que no podía casi ni menearme de la panzá de arroz y pavo que me había pegado en lo de mi abuela, que los sábados comíamos allí. El caso es que ganamos y nos plantamos en la semifinal. Jugábamos contra el equipo del Largo, y del Nacho, que era uno que militaba en las categorías inferiores del Murcia, y que después se fue al Madrid, y que incluso llegó a la selección, pero que se dio a los placeres de la vida, y por ahí anda, en segunda b o tercera… Estaban las gradas llenísimas de familiares y en contra de todos los pronósticos otra vez, llegamos al final del partido empatados. Fue faltando cosa de un minuto que el Ezequiel (árbitro) señaló córner. Y allí me fui yo, a la esquina. Y no se me ocurrió otra cosa que meterle a aquel balón la uña en todo el medio, pero dándole un efecto retorcido que hizo que la pelota saliera de mi bota al segundo palo, y de allí, al fondo de la red. Vaya, que metí un golazo directo. Fue, sin ningún género de duda, el mayor momento de gloria de mi infancia. Recuerdo como todo el mundo cantó el gol (éramos los que íbamos a perder así que toda la afición estaba con nosotros), y recuerdo correr gritando, y todos detrás de mí, y abrazarnos como locos. Fue la puta bomba. Lo dimos todo en aquella semifinal. Siete críos con taras varias, metiéndose en la final del campeonato con aquellas camisetas tan perturbadoras. Un delirio. Después, Los Fucking perderíamos la final, pero todavía guardo aquella medalla de plata como un tesoro.

viernes, septiembre 18, 2009

el verano del 94 (parte I)

panadero de Las Vertientes

"Mirémonos a la cara. Nosotros somos hiperbóreos. Sabemos sobradamente hasta qué punto vivimos aparte"
de El Anticristo de F. Nietzsche.

Organizando las Billy dí anoche con El Príncipe de Maquiavelo. Al abrirlo para ojearlo cayeron dos papeles, una entrada de adulto de color rosa para la piscina municipal de mi pueblo válida para el 13 de julio de 1994, y un ticket de autobús amarillento de la empresa Salvador Tudela Pérez para el trayecto Vélez Rubio – Las Vertientes fechado el 19 del mismo mes y año. 135 pesetas costaba el billete de autobús y el de la piscina no lo pone, pero más o menos por ahí andaría. Fue justo el verano antes de entrar en la universidad. El billete de la piscina está claro para lo que lo usaría, y no tiene más historia, el del autobús, sí. Para el que no lo sepa, Las Vertientes es una cortijada a medio camino entre Chirivel, de Almería, y Cúllar de Baza, de Granada, pueblos bastante miserables dicho sea de paso. De allí era El Pedrusco, Don Pedro, catedrático de Química y profesor mío en el instituto, célebre por elaborar un explosivo capaz de volar un cerro entero porque allí tenía la madriguera la zorra que se le comía las gallinas, y hombre que se vanagloriaba ante sus alumnos de haber domado a una cría de gato salvaje en pelotas. También era conocido en el IB José Marín por llegar a clase achispado cuando tenías con él a última, cosa esta natural después de echar la mañana en la cantina chato de vino viene y va. Don Pedro merece un post aparte con sus cosas, y fue sin duda mi profesor favorito en los cuatro años del instituto. Estimaba él que Las Vertientes, de donde como he dicho era natural, tenía doscientos habitantes contando gallinas y conejos. Esto, como todo lo que decía este hombre, es exagerado. Atravesaba al pueblo la carretera nacional que va de Murcia a Granada, y este se desparramaba, pero poco, a los dos lados. Mis únicos puntos de interés en el pueblo eran la panadería, extraordinario despacho del mejor pan casero, que al pisarlo por las mañanas se me antojaba el cielo de los aromas, y la gasolinera, que no olía bien, pero que era a donde estuve trabajando aquel verano surtiendo al personal con derivados del petróleo, además de frutos secos, pinos ambientadores y cintas de vhs porno, que no veas la salida que tenían. Las cintas las testaba todas el hijo de Eustaquio (el dueño). Un gordinflón simpático que se las llevaba a su casa y las devolvía con el plástico roto. Un día un tipo que se llevó como ocho o diez me dijo que si no le hacía un descuento porque estaban todas abiertas… Yo también me llevé una un día, pero como no tenía vídeo tuve que ir a lo de mi vecino, y allí en su salón le echamos un vistazo en plan furtivo. Recuerdo que era horrorosa, pero imagino que haría su papel. Aparte de lo del porno, me compré a precio de coste la película de Oliver Stone sobre los Doors y las cintas rojas y azules de casete de los Beatles. A Las Vertientes me iba en el correo de baza, el correo era un minibús conducido por un anciano muy simpático al que le faltaba una oreja, así que había que hablarle por la otra. Llevaba el hombre a la ida una botella de coca cola de litro y medio rellena con vino del terreno. Botella que para el trayecto de vuelta volvía ineluctablemente siempre vacía.

Y no cuento más por hoy… en la segunda parte aparecerán el Anticristo de Nietzsche, unos testigos de Jehová, casi toda la obra publicada en español de Herman Hesse, Daniel, el argentino al que rentaban el hotel restaurante de al lado de la gasolinera, y que compatibilizaba los menús para camioneros con sus labores de proxeneta, una de sus empleadas pidiendo auxilio al gasolinero adolescente, (yo), Maquiavelo, un viaje en autostop, y otro en bicicleta, un accidente con muertos, y la casi desaparición del conductor de mi minibús en pleno trayecto. ¿He dicho que durante todo ese verano, el único que viajaba la mayoría de los días en aquel bus era yo? Siniestro, ¿a que sí?.

En fin, aquel verano leí muchísimo por las mañanas. Por las tardes, imagino que me iba a la piscina.

jueves, septiembre 03, 2009

vélez rubio de cine (negro)



Acabo de volver de unos días en el pueblo. Esto de ir de visita al pueblo de uno es cosa que siempre reconforta. Ves a la familia, a los amigos, te pones ciego de beber (antes), de tocinillos y demás grasas saturadas varias a la parrilla (ahora) y descansas. A todo da tiempo. Incluso a enterarse de cotilleos. Cada vez me cuesta más saber quiénes son los protagonistas por más que me dicen sí hombre, el que la mujer está casada con el sobrino del vecino del alcaina, el de los cerricos, el primo de la del llano... pero que se fue con otro y que ahora ha vuelto, y que fíjate. Hace unos meses apareció uno en el polígono industrial atado a una farola, en pelotas y con una flor en el culo. Al parecer tenía el hombre ínfulas de Don Juan y así le aplaudieron la función. No tengo ni idea de quién es, pero sabiendo que es del pueblo tiene como más gracia... Pasa que el pueblo aparte de cosas de cuernos, y anécdotas simpáticas como esta, tiene un lado oscuro del cagarse... todo el mundo conoce a todo el mundo, y todos parecemos respirar la misma atmósfera serena del lugar... pero resulta que, y esto lo digo con todo el respeto para con las familias y protagonistas de la historia truculenta de la villa, es raro el mes que no aparece uno colgado en una era, que la espicha de sobredosis un zagal, o a algún desalmado o desalmada no se le ocurre otra cosa que borrar a la mujer o al marido del mapa... Estas cosas pasan en las ciudades e imagino lo único que hacen es alterar alguna estadística, pero en el pueblo... ¡joder! pero si ayer me crucé yo con él... Pensaba yo que estas cosas ocurrían sólo de un tiempo a esta parte, pero como desde que ando exiliado me ha dado por la espeleología velezana, leyendo un periódico local de hace como un siglo, me sorprendió el que más que una gacetilla de eventos sociales parecía El Caso en sus mejores tiempos... entre otras venía la noticia de uno que se le disparó la escopeta en la rambla y mató a dos (ríete tú de la bala que mató a JFK). Salió absuelto. Sin investigación ni nada. Dicen que es el aire que pega por allí, que vuelve a la gente loca, pero yo creo que es el agua. En adelante siempre que vaya llevaré cantimplora y reservas de agua mineral. Porque la de los caños del Blanco* a saber en qué clase de bicho me puede mudar.

Y más chascarrillos del pueblo: al parecer unos ingleses tenían una plantación de marihuana brutal... cuentan que la colonia inglesa de los alrededores asistió con lágrimas en los ojos al arrancamiento de matas por parte del personal del ayuntamiento (que dicho sea de paso se les ve de un tiempo a esta parte con los ojos entornados y mucha hambre); y siguiendo con el tema que quema, escuchas al más puro estilo The Wire (y yo ahí creyéndome que esto era cosa sólo de Baltimore) desembocaron en una redada con gente descolgándose de helicópteros en cortijos. De cine oiga...


(*) Vélez Blanco: villa vecina a la de Vélez Rubio, famosa mundialmente por que el patio renacentista de su expoliado castillo señorial luce en el metropolitano de Nueva York, además de por tirar al santo por el barranco después de que el pasearlo por el pueblo diera infructuoso resultado pluvial.

jueves, agosto 13, 2009

de como la que iba a ser la segunda parte de las fiestas acabó siendo otra cosa

Tengo una tendencia bastante reincidente a dejar las cosas a medias, desde las más insignificantes a las más trascendentales. Con catorce o quince años y con el dinero de un par de cupones que me había dado mi padre para cobrar (veinticinco mil pesetas me parece que eran), me compré una guitarra en lo de Pascual. Un arrebato. Había dos o tres en los grupos de la catequesis que se me antojaba a mi que ligaban una cosa bárbara. Sobra decir que yo no me comía una rosca. Así que cogí aquella guitarra con las mismas ganas que hubiera agarrado a alguna muchacha de las de entonces. Desesperadamente. Mis padres me buscaron un profesor, porque el primer fascículo de una colección que compré en la librería de Jose no daba los resultados que yo esperaba. Estuve un par de días tocando el greensleeves en el mástil directamente. El profesor en cuestión era Miguel El Gitano. Conocido también como el encargado de las huertas, arbolado vario y demás terrenos que rodeaban el José Marín (célebre Instituto de Bachillerato de mi pueblo). El hombre trato de enseñarme, pero tenía una artrosis considerable, y unos días podía mover los dedos y otros no. Aprendí a tocar las parrandas (baile popular de la zona), pero me atranqué en las malagueñas, que tenían cejilla. Harto de apretar el dedo y viendo que tal y como pintaba aquello tocando parrandas y malagueñas me iba a comer todavía menos de lo que me comía, que ya iba a ser difícil ahora que lo pienso, le regalé un décimo de lotería de navidad a Miguel por los servicios prestados, me cogí la guitarra, la metí en la funda y no volví más a las clases. No iría más de diez o doce veces...

Juro por Dios que pensaba escribir la segunda parte del post de las fiestas. Iba a empezar hablando de que me dejo cosas a medias, pero que este post no. Y mira...

martes, agosto 11, 2009

las fiestas de mi pueblo



El otro día me preguntaba Carmen si este fin de semana eran las fiestas de mi pueblo. Eché cuentas y resulta que sí. Que tal día como ese, en vez de estar tirado en el sofá burguillero, otros años andaba yo recuperándome de los excesos de los dos o tres días que ya me hubiera festeado y dispuesto a pegarme otra noche más dando tumbos por lo que ha venido siendo el nómada recinto ferial de la villa.

Las fiestas de Vélez Rubio imagino tienen un programa parecido al del resto de pueblos de entre cuatro y seis mil habitantes del sur de España. Esta población se multiplicaba por cuatro o cinco esos días. Por cosa de la emigración, el pueblo era invadido por hordas de catalanes, valencianos, franchutes y demás repatriados estivales, que ahora que lo veo con un poco de distancia, la mayor de las veces no eran sino gentes del extra-radio de urbes como Barcelona a las que sus padres se habían mudado para sobrevivir, pero que eso sí, cuando venían al pueblo se daban unos aires que no veas. Las cosas como son, les cogí coraje a un gran porcentaje de nuestros visitantes estivales. Básicamente al porcentaje masculino. Las féminas eran otra cosa. A estos forasteros les tenía tirria, aparte de porque las mozas se quedaban embobadas con ellos, porque eran tontos. Y lo dejo, y sigo con el programa porque me pierdo. Las fiestas empezaban con la coronación de la reina y sus damas. Esto, lo sabe todo el mundo, estaba MUY amañado. No hay otra explicación para ver las bellezas con que nos deleitaban en el famoso “El libro de las fiestas”, señera publicación velezana, sufragada con la aportación de los comerciantes listados, en la que el alcalde de turno saludaba a sus paisanos y lectores con bien poco arte. Ahí venían que si los conciertos, que si la verbena, que si el pasacalles, que si la carrera de cintas... en fin, grandes eventos todos en los que al final siempre acababan desfilando los mismos. Célebre es el golf descapotable de la hija de Tortosa. Con todo siempre entraba un cosquilleo cuando iba llegando el día. Daba gusto ver tanta gente, acostumbrado uno como estaba a que en cuanto oscureciera no quedara ni un gato en la calle. Y el pueblo, oye, de punto en flor...

Y ahora no tengo más tiempo de escribir... a ver si me animo y escribo una segunda parte y cuento lo de cuando me firmó Regina Do Santos en una barra de pan.

martes, agosto 04, 2009

el diario de patricia (que ya ni es de patricia ni nada), manolo escobar y la inyección

Fui fan yo en su tiempo de Patricia, la del diario. En principio pensaba que era uno de esos programas basura que no conviene ver si no quieres quedarte tarado, pero no sé cómo y todavía hoy no sé si aquel dato fue verídico, alguien me dijo que la tal Patricia era sobrina de Manolo Escobar. Huelga decir que siendo yo de Vélez-Rubio y perteneciendo este municipio a la provincia de Almería, no tengo por más cojones que ser fan de Manolo Escobar, de sus hermanos los guitarristas que sacó del hambre, y de todo quisqui que tenga algo que ver con él, que para eso, y hasta la llegada de Bisbal (otro día hago un post para este y sus admiradoras del Chirivel), ha sido el nativo más insigne que ha dado mi tierra. Mi infancia tiene mucho que ver con cintas de casete sonando en modo bucle en nuestros viajes de verano (y ojo, que nos cruzábamos España, que un viaje de Vélez Rubio (Almería) a Plan (Huesca) da para muchas vueltas a la cinta), y películas de sobremesa con Manolo Escobar arrancándose a cantar cuando le parecía, ya fuera vestido de cura, de marinero o de vividor... Esto no se crean que es una cosa mía única, es cosa de familia y creo yo de provincia, que una vez me impresionó a mi sobremanera, estando de visita en casa de unos parientes en Aviñón, la visión en el salón a modo de enciclopedia espasa calpé, de TODA la colección completa de uvehacheses. Y me centro, que me pierde la pasión porompopera. A lo que iba, al programa de Antena 3, que tuvo su momento, con una Patricia en estado de gracia que se ganaba a invitados, público y audiencia por este orden, llevando magistralmente sus "entrevistas" a las buenas gentes que iban a contar sus historias, mostrando una empatía exquisita con sus huéspedes y tan natural ella oye... vale que alguna vez las historias eran un poco truculentas, que otras eran verdaderas tragedias, pero siempre sabía darle su punto... claro, aquí lo malo no era la anfitriona, que como he dicho era familia de Manolo Escobar, eran los invitados, que se acababan los buenos, y empezó a tirar de una patulea bastante chunga, y a llevar cosas a su casa que no tenía que llevar, y la pobre, después de unos episodios penosos, y el consiguiente linchamiento público, abandonó el barco, y por ahí anda dando tumbos... estos días, por aquello del descanso estival, llego a casa más temprano de lo habitual, y algún día, unos años después, me he visto el programa con la presentadora nueva, que no sé ni como se llama la verdad, lamentable... en la mejor de las ocasiones lo único que hacen es evidenciar el manifiesto grado de retraso o tara mental (y/o físico) de los invitados, y lo hacen sin vergüenza ninguna y sacándose unas buenas perras con los anuncios que meten en medio de las historias de estos desgraciados (en el sentido más misericordioso de la palabra)...

peeeeeerooo... pero merece la pena verlo diez o quince años todas las tardes sólo para darse la panzá de reír que me he dado yo viendo este caso que corto pego (youtube mediante)




si pudiera, repescaba el vídeo de cuando salió uno del pueblo, o una... se hacía llamar sina... y que no es ni otro ni otra que la alfonsina... no tuvo mucha gracia, pero era del pueblo, aunque no se dignara a mentarlo... cosa que por cierto mis abuelos agradecieron...

viernes, marzo 06, 2009

le llaman conejo



Me llaman conejo me repartieron malas cartas en esta partida pero sabes? no me quejo.


Gran esquetche el otro día en muchachada nui. No hubo grandes carcajadas, pero me pareció un muy gracioso y glorioso ejercicio del reyes & company. Esta gente no tienen vergüenza ninguna, lo mismo cargan contra Mecano que contra los previsibles esquemas del cinema vérité de barrio patrio.


El caso es que a mi me vino a la cabeza un tipo de mi pueblo al que llaman “el conejo”. Es un tipo que no llegara al metro y medio, con el pelo corto pero enredado, un rubiales bastante peculiar que espero no sepa que existen los blogs. Lo contrario podría suponerme un problema. Es uno de esos tipos, mitad mito, mitad hombre... en los pueblos está la gente normal, la que trabaja en el ayuntamiento, de dependienta en lo del ramoncillo o lo del manchón, que por cierto, en navidades vi que estaba cerrando... menuda trauma.... allí descubrí los levis-605-etiqueta-naranja que eran como los 501, pero más baratos... como me apretaban aquellos pantalones por dios... cada vez que me acuerdo se me encogen los cataplines... pero que me pierdo, sigo con las gentes normales, los que tienen un bar y los que se van a estudiar fuera, los primos de Francia y la tía de Barcelona, los maestros y el fragüero, el de los seguros y el del banco, el de la panadería de arriba y el de la de abajo, los de la tiendecilla y los del super... el que compra la almendra y el de la almanzara, los que van a echar el agua al alporchón, y los que van al cortijo en mobileta... las que andan por el camino a la parroquia y el cura... en fin... mucha gente normal, como un servidor. Pero luego, luego están los tipos que marcan la idiosincrasia de una villa. El conejo, sin duda, sería uno de estos (otros ejemplos podrían ser el alfonsón, el porrongo, el ganga, el misisipi, el julio, el atocha, el pinino, el carlón,...), yo no habría nacido cuando él ya empezaba a fundamentar la leyenda en la que se convertiría en mi imaginario infantil, aventuras en las vegas y las pepas, riñas de bar y pérdidas legendarias a las caras en la gasolinera... pero hay un episodio que marcó sin duda su entrada en la mitología velezana... y es cuando tras pararlo la guardia civil, este, lejos de achantarse, les conminó diciendo: ¿acaso no sabéis quien soy? (pobres diablos), estos gendarmes, que probablemente acaban de llegar a la comandancia de huercal overa (leer güercalovera todo junto), se quedaron perplejos, y este, sin darles tiempo a sacar la porra, les dijo, con el orgullo que sólo puede tener un pigmeo cabezón criado a base de bellotas y vino con sopas: yo soy, yo soy el famoso, “er conejo”. Cágate. Mientras la mitad del vulgo, aún teniendo todos los papeles en regla y no habiendo catado ni gota de alcohol no puede evitar que se le encoja el estómago al acercarse a un control de la benemérita, este hombre no dudó ni un momento en marcar el terreno y exhibir su fabuloso poderío y celebridad. Grande conejo.


Quizás sólo esté a su altura otro personaje magnífico velezano, el lobillo, pero habrá que esperar a que los de muchachada hagan otro esquetche sobre animalicos para que venga a cuento mentarlo.


martes, diciembre 23, 2008

a qué me sabe vélez rubio


Ayer me llegó una carta del censo electoral. Es un documento de estos que se abre rasgando por donde la línea de puntos que comienza con unas tijeritas. Normalmente este sistema se sigue sólo por un lado y por el otro se tira a lo bruto. El resultado, un desplegable en el que básicamente se constata mi cambio de padrón. Y es que desde hace unos meses oficialmente soy burguillero, de Burguillos (Sevilla). Suena fatal, ¿verdad?. Once we were great, y yo era de Vélez-Rubio (Almería), un pueblo perdido donde se acaba Andalucía y empieza Murcia. De hecho, mi acento (ya desvirtuado por mis doce o trece años en Sevilla) es básicamente murciano. Mi pueblo sabe a pan recién salido del horno del cortijo que hacía mi abuela debidamente condimentado con un chorreón de aceite y una pizca de sal, a las cabras de mi abuelo, a las migas de cuando llueve y a las gachas para ponerse guapo de grande. Al camión del carujo y el carro del alfonsón, a las cantarerías y a la carrera del carmen, al camino real y a las pistas de san josé. A engancharme en las ramas de los almendros en septiembre y a ordeñar olivos en navidad. A tortas fritas en carnaval. A cuándo habéis venido y cuándo os vais. A partidas de tute después de comer y a buenos ratos con los amigos. A buena gente y vecinas tan amables como cotorras, a de-qué-se-trata y a qué-pasa-nene. A los Mortadelo y Filemón de la biblioteca mezclados con la vieja espasa que plagiaba para los trabajos del instituto. A clases de máquina en lo del Quiles aprendida en artilugios dignos de la mismísima fletcher en los que repetía en cuartillas de la imprenta el asdfg al principio y pasajes del quijote al final. Me encantaban los paquetes de cincuenta de cuartillas, iban envueltos cuidadosamente en papel marrón rematado con celo. Y para paquetes, en los que buscábamos tebeos en el disparate que era la librería de jose. A ponerse guapo para ir a misa el domingo. Al cepillo, a futbolín y a la risa floja. A la balsa del mesón y la fuentes de los molinos, del gato o del piojo. A las quinielas en lo de las quinielas y a mangar unos donetes en el carmen. A clases de inglés en lo de la pía y al pollete de enfrente por el que rescullarse mientras se hacía la hora. A las catequistas y al mercado. A cinco duros de churros, y diez de cortezas. A partirme el diente con la bicicleta y jugar a los cartones. A porterías con cajas de tabaco y a pelotas de papel albal. A pedir maderas en la carpintería y a tirachinas hechos con bocas de botella y un globo, o un cacho de madera y dos pinzas y una púa. A los alatones y las allozas, a albaricoques que hacían que se te saltaran las lágrimas y a un corzo de habas. A mi bisabuela rezándome y quitándome el mal de ojo que me echaban porque tenía los ojos claros y a la burra del bancal de enfrente. Ahora mismo me desayunaba un bocata de aquellos de tortilla con mayonesa del bocatas (60 ptas) o uno de calamares con tomate de los de la cantina (75 ptas). A sesos de las pepas y a hamburguesa completa en lo de gaspar. A la alcancía y al botijo de barro del puerto lumbreras. Al ochoa y al guirao, a la torta con mucha molla o con poca. Pero sobre todo sabe al bocadillo que me hacía mi abuela de jamón-tomate-aceite-y-sal. Y a un montón de cosas más, pero es que dejo de escribir que es que es navidad y me voy a empaparme de todos esos sabores, me voy al pueblo, al mío, que no es en el que estoy empadronado ya, pero que es donde nací y me crié, Vélez Rubio. Es el que salé en la foto, entre los almendros y las faldas del Mahimón. Mi casa no se ve, pero está ahí.
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