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jueves, 23 de mayo de 2024

Carta a una señorita en París - Nicolás Prividera - 2024

Creo que era Truffaut el que dijo que hacía cada película contra la anterior, como si la inercia de lo que no pudo filmarse fuera apropiándose del rumbo de su obra. De una manera aproximada, no exacta, este principio puede aplicarse a la filmografía de Nicolás Prividera: en lugar de expandir un sentido antes establecido, parecería que su cine fuera hundiéndose en un abismo espiralado que va desenterrando el núcleo íntimo y renuente de lo que antes sonaba muy claro. Este movimiento paradójico, hacia abajo, hacia adentro, lucha contra una superficie en la que la voz del propio Prividera, desde M hasta Carta a una señorita en París, pretende sobredeterminar el sentido de un misterio que no cesa de escaparse.

Wittgenstein sentenció que todo lo que puede ser dicho debe decirse claramente y de lo que no se puede hablar hay que guardar silencio. Este doble mandato tuvo en la filosofía contemporánea un efecto equívoco: a partir suyo se cimentó una doctrina que ponía el peso en el lugar menos decisivo, un positivismo lógico de la claridad que intentaba abolir lo místico. Wittgenstein tuvo que sobrevivir a una guerra por la que sus entusiastas discípulos se jactaron de cancelar el movimiento que él sólo había desencadenado. Después de que sus fieles lo vieron volver, tuvieron que escucharlo desbaratar su escuela instituída: mi libro, dijo -el Tractatus-, consta de dos partes: todo lo que está escrito y eso que callé, pero esto último es lo único que importa. No sé si Prividera se reconocería en esta paradoja, tal vez no: sus ensayos, incluso el personaje que encarna en su primera película, parecen demandar -¿o me equivoco?- el deber cívico de decirlo todo y decirlo totalmente. Pero desde M se percibe una inquietud que hace temblar el suelo de sus aparentes certezas. 

En su obra crítica, Prividera es especialista en exponer los motivos por los que las películas a menudo fracasan: tiene una nariz para detectar el aroma de lo que cada autor no ha logrado resolver, algo que se esconde detrás del perfume pero hiede. Quizás su especialización para detectar fracasos no sea sino su secreta poética. El fracaso al exponer es el fuera de campo que da al cine su vitalidad. Se sigue filmando porque hay un plano que falta y ninguna vociferación puede detener esa fuga hacia lo íntimo.

Así, en M se inció un movimiento que parecía exigirle a la memoria de los testigos que dijeran todo lo que habían callado, para terminar chocando con una resistencia tenaz, colectiva, anónima, a reponer lo silenciado -¿su fracaso? ¿o su éxito? Esa imposibilidad de los fallidos atestiguantes podría juzgarse como mera cobardía para dar su testimonio, pero también podría indicar el rigor de algo que se sustrae a todo intento de declaración. Tierra de los Padres, Adiós a la memoria y ahora Carta a una señorita en París parecen engendrarse a partir de restos de lo que cada película anterior no logró manifestar, a pesar del rigor de su ética de la manifestación. Hay un rigor más insistente que cualquier imperativo, eso que Wittgenstein denominaba lo místico, lo único verdaderamente importante. Al avanzar mi interpretación en esta dirección parezco ponerme en contradicción con la figura pública de Prividera, probablemente él mismo rechazará esta perspectiva de su obra. Pero es mi vocación expresarla a pesar de todo: hay en Carta a una señorita en París algunos planos cinematográficos que se revelan como el off scene de M. Lejos de encontrar en esto un menoscabo del valor de su obra, ese impulso hacia lo que se oculta en toda manifestación es lo que le da vitalidad a su fimografía. Si a primera vista su obsesión quiere desentrañar los pliegues más ocultos de la memoria, una mirada que invierta la Gestalt de su forma y su fondo puede descubrir el peso de una presencia por la cual el pasado no se resigna a constar en actas. Lejos de olvidar la historia, esa renuencia indica que esta historia puede estar más viva que toda la actualidad. Creo que Carta a una señorita en París acierta -es decir, no fracasa- cuando los planos cinematográficos reavivan las miradas de unos ojos que pretendemos pretéritos. La flecha del tiempo se invierte y son esos ojos, los de Mona Lisa, los de Martha en París, el momento más feliz de su vida, años antes de su secuestro, los que ahora nos miran. Si la inversión se consuma, el cine de Prividera deja de mirar incesantemente a los muertos y ellos empiezan a mirarnos a nosotros. Esta tensión logra articular las divergencias cinematográficas entre la imagen y la palabra y cambian el centro de gravedad de sus películas, no ya hacia lo pretérito sino en dirección a lo que no ha terminado de llegar. Esta es una potencia que el cine puede reavivar mucho mejor que la más explícita de las declaraciones. Esas miradas nos divisan desde el plano, en su singularidad irreductible, a quienes apenas contemplamos. Indagan nuesta presunta presencia, como si conocieran un secreto que llevamos a cuesta. Ninguna historia escrita está más viva que esos ojos que nos miran.

Si mi presentimiento no está tan errado, su próxima película intentará dar alguna respuesta a esta carta a una señorita en París.

viernes, 2 de agosto de 2013

"Cuando se tiene miedo a la verdad, como me ocurre a mí ahora, no se presiente la entera verdad"

El problema con los racionalistas


El problema con los "istas": los racionalistas no son racionales en su valoración de los límites de la razón.

No digo "el problema con la razón", sino con los racionalistas. La razón es más racional si acepta toparse con sus propios límites. Y menos racional cuando se vuelve racionalista.

Wittgenstein se hizo más racional cuando se topó con el límite de la Lógica y descubrió eso de lo que no puede hablarse.

Bertrand Russell se volvió más racional al chocarse con la paradoja de los conjuntos normales y se deprimió.

Había sido un fundamentalista de la razón. Quería completar el proyecto moderno de matematización de la razón.

Proyecto que venía desde Descartes y Galileo, como mínimo.

Kant le dio una gran mano a ese proyecto. Era un tipo de racionalista sobrio y reconoció sus límites.

Kant quizá haya sido el gran racionalista de la modernidad. El más racional. Por ese reconocimiento de los límites.

Después, en el siglo 19, llegó Frege. Y poco después Russell: quisieron llevar a cabo hasta el fondo el proyecto de matematización de la razón.

Pero Russell tuvo dos problemitas: la paradoja de los conjuntos normales y un alumno que le apareció: un tal Wittgenstein.

La paradoja. En matemática de conjuntos hay conjuntos normales y conjuntos anormales.

Los conjuntos normales son los que no se incluyen a sí mismos como elementos de sí mismos. Por ejemplo, el conjunto de todos los perros no es un perro.

Los conjuntos anormales son los que se incluyen a sí mismos como elementos de sí mismos: el conjunto de todos los entes matemáticos es un ente matemático. El conjunto de los entes matemáticos está incluido dentro del conjunto de los entes matemáticos. Forma parte de sí mismo.

El conjunto de todas las cosas que se pueden nombrar con palabras es una cosa que se puede nombrar con palabras. Es un conjunto anormal. Es parte de sí mismo. Se incluye a sí mismo como un elemento más de sí mismo, entre todas las cosas que se pueden nombrar con palabras .

El conjunto de todos los paraguas no es un paraguas, sino un ente matemático. No sirve para taparse de la lluvia. Es un conjunto normal.

Hasta acá todo bien. Si paramos acá, no hay problemas aún para la teoría de conjuntos.

Pero Russell tuvo la necesidad de ir más allá. O la honestidad de ir más allá.

Pensemos en todos los conjuntos normales: el conjunto de todos los perros, el conjunto de los paraguas, el de los tintoreros japoneses, el de los egresados de la UBA...

Hagamos con todos los conjuntos normales un conjunto. Ese conjunto estará formado por todos los conjuntos que no se contengan a sí mismos.

El conjunto de todos los conjuntos normales.

¿Es normal o anormal?

Si opto por decir que el conjunto de todos los conjuntos normales es normal, entonces se contiene a sí mismo, o sea: no es normal.

Si digo que el conjunto de todos los conjuntos normales es anormal, entonces no se contiene a sí mismo. O sea: no es anormal.

Es decir: cualquiera de las dos respuestas implican su contradictoria.

Si el conjunto de todos los conjuntos normales es normal, entonces no es normal.

Si el conjunto de todos los conjuntos normales es anormal, entonces no es anormal.

Russell quería racionalizar las matemáticas ligándola a la lógica de conjuntos. Pero advirtió que la lógica de conjuntos es autocontradictoria.

Ese es el punto culminante del pensamiento de Russell. Se lo comunicó en una carta a un amigo en 1902. Vivió 70 años más, pero los dedicó a escribir huevadas.

Cuando Russell se dio cuenta de que su proyecto de reducir la razón a cálculo matemático no funcaba, se deprimió.

Unos años más tarde, dando clases, Russell conoció a un joven estudiante austríaco algo extravagante: Ludwig Wittgenstein.

Wittgenstein era un alumno imbancable: acribillaba a Russell a objeciones durante las clases. Se enardecía tanto hablando de los fundamentos filosóficos de las matemáticas que se ponía loco.

"Tengo un austríaco loco en la clase" le escribía Russell a un amigo.

Por las noches, Russell recibía la visita invasiva de Wittgenstein, que quería seguir discutiendo el tema de la clase.

Wittgenstein hablaba y daba vueltas alrededor de una mesa, se enfurecía. Russell le tenía toda la paciencia. No se animaba a echarlo porque lo veía angustiado.

"Lo vi anoche tan angustiado que temí que si interrumpía la discusión y le pedía que se fuera, se iría a suicidar" le escribió a un amigo.

Pero el asunto no termina ahí.

El motivo por el que Russell bancaba a Wittgenstein era que el austríaco loco no quería demolerle el proyecto sino perfeccionarlo.

Wittgenstein se angustiaba porque tenía una necesidad extrema de encontrar el sentido de su vida en una razón de fundamentos precisos e inobjetables. No pretendía destruir la teoría de Russell, sino ponerla a salvo de las paradojas.

Años después, Russell admitió que las objeciones de Wittgenstein eran correctas. Es decir: lo bancaba porque el alumno le estaba enseñando.

En la Primera Guerra Mundial Wittgenstein seguía mal; para salir de la desesperación se enroló en el ejército a combatir por su patria.

En la guerra, Wittgenstein escribió un diario. En las hojas derechas del cuaderno seguía obsesionado con sus especulaciones lógico matemáticas.

En las hojas izquierdas Wittgenstein escribía sobre su desesperación. Extrañaba a su *mejor amigo*, que combatía en el ejército enemigo.

En las hojas izquierdas escribía sobre lo imbancables que le resultaban sus camaradas de armas.

Decía "pensaba encontrar a hombres movidos por el heroísmo y solo son mezquinos y estúpidos".

Wittgenstein lado izquierdo: "Me encuentro en camino hacia un gran descubrimiento. ¿Llegaré a él? Hoy he vuelto a masturbarme. Afuera hace un tiempo gélido".

Wittgenstein lado derecho: "Una proposición como 'este sillón es marrón' parece decir algo enormemente complicado. Si quisiera expresarla sin que nadie le objetara la más mínima ambigüedad, la proposición tendría que resultar infinitamente larga".

Wittgenstein lado izquierdo: "Siento un frío helado que me viene de adentro. Hoy trabajé poco. No acierto a reservar todo mi ser para la vida del espíritu. Puedo morir dentro de una hora o dos. Puedo morir dentro de un mes o dentro de algunos años. Nada puedo hacer a favor ni en contra. Así es esta vida. ¿Cómo vivir para salir airoso a cada instante? Vivir en lo bueno y en lo bello hasta que la vida se acabe".

Wittgenstein lado derecho: "En la proposición componemos experimentalmente las cosas, tal como estas no necesitan componerse en la realidad. De existir proposiciones totalmente generales, ¿qué componemos experimentalmente con ellas?".

Y después, en la misma hoja derecha, parece colársele una oración del lado izquierdo:

"Cuando se tiene miedo a la verdad, como me ocurre a mí ahora, no se presiente la entera verdad".

Rarísimo: un lógico extremo hablando de miedo. A la verdad.

Nada raro: un desesperado temiendo a la verdad.

Ese miedo de Wittgenstein, así como la decepción de Russell ante la aparición de su paradoja son los momentos más sinceros del racionalismo contemporáneo.

Después vino el joven matemático Gödel que demostró mediante un teorema que la aritmética era o bien incompleta o bien contradictoria.

Pero no esperen que desarrolle el teorema de Gödel en un post.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Ahora que se acerca el fin del mundo quisiera aclarar un malentendido

por oac

Hay algo en el amor que deja expuesta la naturaleza misma del malentendido. Digo: no de un malentendido accidental, sino de uno necesario e irrevocable, algo que no se puede despejar mediante la pulcritud del lenguaje. Pienso en Wittgenstein, en su necesidad juvenil de hallar la palabra precisa, esa que sería capaz de aislar un hecho tan simple como una estrella fija. Es la hora anterior al alba, me conecto con J y le propongo que salgamos a ver, cada uno por su lado, lejos, la misma estrella. Pero está nublado. Así que, en lugar de stella matutina, veo nubes. Las estrellas fijas fueron, en la época de Copérnico, centro de disputas astronómicas, teológicas, físicas, metafísicas. El mundo había vivido equivocado: Galileo mostró, mediante el simple recurso de apuntar un telescopio al cielo, que tampoco en él hay algo fijo. Pero varios siglos después Wittgenstein aún quería poner a prueba la capacidad del lenguaje para referir un hecho simple. Los enamorados desde hace siglos miran el cielo, siempre la misma metáfora, los enamorados pasan y las metáforas quedan. Y el amor humano, el que podemos llegar a hacer los hombres, se parece más a una nube, no hay duda.

Así que lo que magnetiza en la experiencia amorosa es esa lucha desesperada, perdida de antemano, contra el malentendido. Necesitamos arrimarnos a ese abismo para descubrir que no hay puntos fijos, ni en el cielo ni en la tierra que pisamos, que nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos, que nunca, quizá, los hayamos sido, que nos buscamos ahí donde, quizá, ya no estaremos.

Así que no hace falta entender nada: sólo hace falta amar.



¿Cuánto más puedo estar en este café perdido
antes de que la noche se vuelva día?
Me pregunto por qué tengo tanto miedo de la aurora.
Todo lo que tengo y todo lo que sé
es este sueño de ti que me hace seguir vivo.

Hay un momento en que
todas las cosas viejas se vuelven nuevas otra vez
pero ese momento puede ir y venir.
Todo lo que tengo y todo lo que sé
es este sueño de ti que me hace seguir vivo.

Aparto la mirada pero sigo viendo
no quiero creer pero lo sigo creyendo
las sombras bailan en la pared
sombras que parecen saberlo todo.

¿Soy demasiado ciego para ver?
¿acaso mi corazón me hace trampas?
Estoy perdido en la multitud,
todas mis lágrimas se han ido.
Todo lo que tengo y todo lo que sé
es este sueño de ti que me hace seguir vivo.

Todo lo que toco parece desaparecer
a cualquier lado que vaya tú siempre estás ahí
voy a correr esta carrera hasta mi muerte terrenal
voy a defender este lugar con mi último aliento.

En una habitación sombría
desde la penumbra vi una estrella fugaz,
me di vuelta y volví a mirar, pero se había ido.
Todo lo que tengo y todo lo que sé
es este sueño de ti que me hace seguir vivo.
BD

martes, 1 de marzo de 2011

Sin salida

Rompecabezas Wittgenstein 5

por oac

(viene del capítulo anterior) Una proposición tan simple como “la sábana es azul” no puede ser comprendida si sólo se la toma como representación de un hecho real –y recordemos que este tipo de proposiciones son el núcleo puro y duro de la filosofía positivista. No conocemos objetos simples por nuestra percepción, conocemos objetos complejos: vemos una superficie azul, no vemos los puntos azules que la componen. Esto Wittgenstein ya lo advertía en su diario de guerra. Además, ¿cómo podemos saber que comprendemos el significado de la palabra “azul”? ¿y cómo saber si otro comprende esta palabra? Podríamos aventurar que comprenderla es saber cómo los hombres la utilizan, pero esto no resuelve el problema, ya que abre otros frentes de conflicto. “¿Comprendo una palabra cuando describo el modo como es aplicada? ¿Comprendo su propósito? ¿No me estoy engañando acerca de algo importante?... No sé por qué los hombres que usan esta palabra actúan así, no sé cómo interviene el lenguaje en sus vidas... ¿No es el significado de la palabra la manera en que este uso interviene en la vida?... El lenguaje interviene en mi vida y lo que se llama lenguaje es un ser que consiste de partes heterogéneas y la manera en que interviene en la vida es infinitamente diversa.” (Gramática filosófica, 1931).

La concepción positivista -que reduce la realidad a un conjunto de hechos representables mediante proposiciones simples- conduce a un callejón sin salida, porque sólo hay “simples hechos” si hay proposiciones simples que al nombrarlos, los delimitan; y las proposiciones simples son, en sentido estricto, simplemente imposibles. Wittgenstein llegó a esta conclusión después de haberse tomado en serio el proyecto positivista y de haber caminado por ese callejón hasta el fondo. O sea: ser positivista es no ir hasta el final, no querer llegar.




¿Cuánto te tocará vivir la otra mitad?

¿Alguna vez tuviste la experiencia de estar a salvo? Digamos, no a salvo de una tormenta, porque en medio de la noche encontrarás un refugio; no a salvo de la tristeza, porque la persona a la que amás también te ama. No: sentirte a salvo, pase lo que pase. Aunque estés a la intemperie, empapado y helado, despreciado por la persona que amás: a salvo. Esto es la experiencia del amparo, absurda para una mentalidad científica, dado que el amparo no es representable en el lenguaje proposicional, porque desborda el límite de lo que una proposición puede contener: una taza de te sólo puede recibir el volumen de una taza, por más que se vierta  en ella un litro. La experiencia del amparo, pase lo que pase, es un sinsentido que queda afuera de la cadena de los hechos naturales (es de noche, llueve, hace frío, el techo es blanco, las sábanas son azules, etc.). El amparo no es de este mundo, y sin embargo es lo único que le puede dar valor a una vida.

Esta experiencia absurda nos lleva a arremeter contra los límites del lenguaje. No se puede escribir un libro sobre ella o, mejor dicho, si pudiera escribirse un libro sobre ella, en el acto se pulverizarían todos los otros libros del mundo.

Esto les decía Wittgenstein a unos oyentes algo sorprendidos, que el 2 de enero de 1930 asistieron en Cambridge a escuchar su Conferencia sobre ética.




Citizen Wittgenstein

¿Tendrá sentido escribir este texto? ¿Se podrá conocer a un hombre por medio del relato apurado de unas páginas que mezclan versiones de su vida y versiones de su pensamiento? ¿Es lícito hacerlo justamente con Wittgenstein, quien por años tejió tan amorosamente su silencio? ¿Habrá sido así, como yo lo escribo? Las palabras son como la piel sobre el agua profunda. ¿Y si pudiera decir yo algo, no con palabras sino entre los puntos y aparte? ¿Y si Wittgenstein fuera sólo el pretexto para señalarlo no a él: a otro?

The End

No, Wittgenstein no se suicidó, murió de cáncer a los 62 años, el 29 de abril de 1951. Fue enterrado en el cementerio de St. Giles, por el rito católico.

(Quizá  no sea el fin todavía)

sábado, 26 de febrero de 2011

La solución final

Rompecabezas Wittgenstein 4


(viene del capítulo anterior)

En su cautiverio, Wittgenstein reanudó la correspondencia con Russell y comenzó la preparación del Tractatus, en base a las anotaciones del lado derecho de sus cuadernos de guerra. Ya liberado, se resistió a volver a la vida académica, renunció a heredar su fortuna familiar, incluyó en su renuncia una clásusula por la cual comprometía a sus hermanos a que no le permitieran arrepentirse aunque él mismo se los pidiera, y se fue a trabajar varios años como jardinero en un monasterio, donde los monjes hacían votos de silencio. Después, ya como maestro de escuela, intentó aplicar con los alumnos sus ideas sobre el lenguaje; pero como perdía fácilmente la paciencia y castigaba a los chicos, los padres hicieron un petitorio para que lo despidieran.

Al poco tiempo de terminar de escribir el Tractatus, Wittgenstein empezó a distanciarse de su obra, sin saber del todo por qué. Se desentendió de la suerte del libro, que fue publicado en su ausencia gracias al empeño de Russell, en 1922. Fue su único libro publicado durante su vida.

Pocos obras en la filosofía contemporánea fueron tan influyentes y pocas tan mal entendidas. La oscuridad del asunto contradecía las intenciones del autor, que estaba convencido de que todo lo pensable puede decirse claramente. Precisamente el libro se proponía fijar de modo definitivo los límites del lenguaje, de lo que se puede decir y pensar. La dificultad radica en que para hacerlo no se permitió recurrir a otra cosa más que al mismo lenguaje. Todo lo escrito allí queda de este lado de lo decible, ya que Wittgenstein quiso evitar caer en los vicios del lenguaje en que habían caído los filósofos anteriores, entre ellos el mismo Russell. Por eso, para no violar sus propias reglas, muchas de las ideas escritas en los diarios de guerra quedaron reducidas en el Tractatus a escuetas alusiones, lo que le da al libro un tono hermético y por momentos impenetrable. El suponía que, si lograba presentar claramente lo decible –lo pensable-, de esta forma estaría señalando (oblicuamente) lo indecible. Por ese tiempo, escribió una carta a un amigo en la que decía que el libro tenía dos partes: 1) lo que estaba escrito, y 2) todo lo que no había sido escrito; y esta segunda parte... ¡era la más importante! “Creo que todo aquello sobre lo que muchos parlotean, yo lo puse en evidencia en mi libro, guardando silencio sobre ello.”

Gran parte del Tractatus está dedicada a resolver los aspectos insuficientes de la filosofía russelliana y lo hace con éxito, inventando algunos instrumentos lógicos que luego fueron adoptados por el positivismo. En sus proposiciones principales, el libro dice que el mundo es todo aquello que acaece: la existencia de los hechos simples. El pensamiento es la figura lógica de los hechos y su expresión es el lenguaje proposicional. Pensamiento, lenguaje y hechos tienen la misma forma, por lo que los límites del lenguaje son los límites del mundo; no podemos decir ni pensar cómo sería un mundo ilógico. Gran parte de lo escrito sobre filosofía, sostiene Wittgenstein, no es ni siquiera falso:  apenas carece de sentido, precisamente por desconocer los límites dentro de los cuales puede decirse algo con sentido. Todo lo que puede decirse se refiere en última instancia a los hechos simples, y en esa referencia se decide su verdad o falsedad. Esta crítica a los usos del lenguaje y los aportes lógicos de Wittgenstein encandilaron a los positivistas lógicos, que en la segunda década del siglo formaron el Círculo de Viena, tomando como base de su escuela filosófica al Tractatus.

Pero

Pero para hacerlo, los positivistas debieron prescindir de las últimas páginas del libro, en las que el pensamiento muestra un giro imprevisto, incomprensible para ellos (un poco como si a los evangelios les quitáramos la parte del calvario y la cruz). Por empezar, las generalizaciones acerca de hechos, como las que forman las ciencias naturales ("todos los metales se dilatan con el calor"), no tienen fundamentación lógica, sino psicológica (cosa que después de todo ya había dicho David Hume hacía mucho, mucho). Que el sol salga dentro de un rato porque ha salido ayer y anteayer y antes de anteayer es sólo una hipótesis (y esto significa que no podemos saber si saldrá). La idea moderna de que la naturaleza está sometida a leyes constantes es para Wittgenstein una ilusión. Los modernos se aferran a las leyes naturales como los antiguos se aferraban a Dios y al destino; ambos tienen razón y no la tienen. Pero los antiguos eran aún más claros, dado que reconocían un límite preciso, mientras que el sistema moderno quiere aparentar que todo está explicado.

Porque (acá viene el hueso duro de roer) existe ciertamente lo inexpresable, lo que, atravesando lo decible, se muestra a sí mismo. Esto es lo místico. Ante esto, todo aquello de lo que se puede hablar carece de  la más mínima importancia. Y de lo que no se puede hablar, se debe callar.

Los positivistas se mostraron algo desorientados ante esta modulación mística de las últimas páginas del Tractatus, pero creyeron posible pasarla por alto, como si fuera el epílogo prescindible de un libro valioso. Valoraron más bien el aporte instrumental que el libro brindaba en sus aspectos lógicos (Wittgenstein inventó, como quien no quiere la cosa, las bases de la moderna lógica proposicional, lo que en su camino personal fue un tránsito necesario pero, una vez atravesado, carente de valor). La extrañeza del planteo wittgensteiniano se acentúa por la manera seca y tajante con que lo presenta en su breve prólogo:

"primero ... la verdad de los pensamientos aquí comunicados me parece intocable y definitiva. Soy, pues, de la opinión de que los problemas han sido, en lo esencial, finalmente resueltos. Y si no estoy equivocado en esto, el valor de este trabajo consiste, en segundo lugar, en el hecho de que muestra cuán poco se ha hecho cuando se han resuelto estos problemas".

Mezcla de arrogancia filosófica extrema y humildad desconcertante, la declaración produce una especie de comicidad involuntaria (lo cómico como reflejo oblicuo del misterio). Para un libro que al principio se jacta de haber resuelto todos los problemas de la filosofía, el final parece una broma decepcionante:

"Mis proposiciones son esclarecedoras de este modo: quien me comprende termina por reconocer que carecen de sentido, siempre que el que comprenda haya salido a través de ellas, fuera de ellas. (Debe, pues, por así decirlo, tirar la escalera después de haber subido). Debe superar estas proposiciones; entonces tiene la justa visión del mundo".

Un extraño libro que dice resolverlo todo e invita inmediatamente a ser olvidado, un trazo que se borra cuando termina de trazarse.

Tal era el efecto auto-anulador de la filosofía del Tractatus que el propio autor lo abandonó a su suerte. Russell, en cambio, quedó deslumbrado por los instrumentos lógicos que el Tractatus proveía a su programa filosófico y levemente perplejo por su final anticlimático. Por eso, se  encargó personalmente de traducirlo al inglés (W. lo había escrito en alemán) y de prologarlo, destacando lo que a su juicio eran los aportes decisivos de quien había sido su discípulo. El prólogo selló el malentendido, porque hizo que la obra empezara a leerse en la clave que Russell proponía. El Tractatus se abrió camino mientras su autor estaba desaparecido. Inlcuso muchos pensaban que quizá Wittgenstein hubiera muerto en la guerra. Mientras tanto, él se había sumido en el silencio al que su tratado invitaba:

"De lo que no se puede hablar, se debe guardar silencio".

El triunfo en los círculos positivistas solo fue posible amputando una parte del libro y tergiversando la otra. En torno a él se reunió una generación de jóvenes filósofos en Viena, con la pretensión de subordinar definitvamente la filosofía al rol de auxiliar del conocimiento científico. Desgraciadamente (para los positivistas) su autor no había muerto: unos años después apareció vivito y coleando. Y les dijo en sus caras que no lo habían entendido en absoluto y que nunca lo entenderían. Pero el intento de aclarar el malentendido no fue asumido por Wittgenstein con la suficiente convicción, porque él mismo empezó a odiar al  libro que le había conquistado una fama que despreciaba. 

El Tractatus quedó como una fotografía de lo que él había pensado durante un cierto período de su vida, en sus años de guerra. Era solamente un pasaje hacia otra cosa, a pesar del tono terminante de su escritura. Este movimiento paradójico hizo que el libro fuera aplaudido por aquellos contra quienes había sido escrito. Wittgenstein dedicó el resto de su vida a reformular su pensamiento, que quedó expresado en libros sólo publicados póstumamente, tomados de apuntes de clases, de cuadernos de anotaciones, de notas escritas al margen de libros ajenos. El malentendido nunca terminó de despejarse, hasta el día de hoy.

El verano mengua y mi corazón palpita. ¡Cuánto pienso en ti! ¿Pensarás en mí, al menos la mitad?

jueves, 24 de febrero de 2011

La guerra de un solo hombre

Rompecabezas Wittgenstein 3
(viene del capítulo anterior)

por oac

Durante sus años de guerra Wittgenstein llevó un diario, escrito en cuadernos escolares, con un llamativa distribución: en las hojas del lado derecho escribía sus áridas reflexiones sobre la lógica proposicional; del lado izquierdo, y en una clave secreta, dejaba testimonio de su tormento personal. Creo que nunca se ha expresado de manera tan patente la íntima fisura y la oculta tensión que existen entre la verdad científica y la angustia existencial. Los lectores de Wittgenstein, sus equívocos discípulos, sus herederos intelectuales, no han cesado de ahondar la disociación.

15 de agosto de 1914
Hoja izquierda:
Son tantas las cosas que ocurren que un solo día me parece tan largo como una semana. Ayer me destinaron a prestar servicio en el reflector de un barco que hemos requisado y que patrullará por el Vístula. ¡La tripulación es una banda de cerdos! ¡De entusiasmo, nada! ¡Son increíbles su grosería, su estupidez y su maldad! No es cierto que la gran causa común ennoblezca necesariamente a las personas. Esto hace también que las tareas más desagradables se conviertan en una labor de esclavos. Resulta notable ver cómo son las propias personas las que hacen de sus tareas un tormento aborrecible. A pesar de las circunstancias externas, las tareas en nuestro barco podrían procurarnos un período magnífico, feliz... ¡y en cambio! Sin duda resultará imposile entenderse aquí con la gente. Por tanto, hay que ejecutar las tareas con humildad y, por amor a Dios, ¡no perderse a sí mismo! Pues cuando uno quiere darse a los demás es cuando más fácilmente se pierde a sí mismo.

5 de septiembre de 1914
Hoja izquierda:
Me encuentro en camino hacia un gran descubrimiento. ¿Pero llegaré a él? Noto mi sensualidad más que antes. Hoy he vuelto a masturbarme. Afuera hace un tiempo gélido y tormentoso.

19 de septiembre de 1914
Hoja derecha:
Una proposición como “este sillón es marrón” parece decir algo enormemente complicado, dado que si quisiéramos expresar esta proposición de modo tal que nadie pudiera hacernos objeciones acerca de su ambigüedad, tendría que resultar infinitamente larga.

7 de octubre de 1914
Hoja izquierda:
Siento un frío helado que me viene de dentro. ¡Si al menos pudiera dormir lo suficiente otra vez antes de que comience la cosa! Trabajé poco. Aún no acierto a cumplir con mi deber simplemente porque es mi deber, ni a reservar todo mi ser para la vida del espíritu. Puedo morir dentro de una hora o dentro de dos. Puedo morir dentro de un mes o dentro de algunos años. No puedo saberlo y nada puedo hacer ni a favor ni en contra: así es esta vida. ¿Cómo he de vivir para salir airoso a cada instante? Vivir en lo bueno y en lo bello hasta que la vida se acabe.

15 de octubre de 1914
Hoja derecha:
En la proposición componemos, por así decirlo, experimentalmente las cosas, tal como estas no necesitan componerse en la realidad. No podemos componer, sin embargo, algo ilógico, porque para eso tendríamos que salirnos en el lenguaje fuera de la lógica. (...). De existir proposiciones totalmente generales, ¿qué componemos experimentalmente con ellas? Cuando se tiene miedo a la verdad, como me ocurre a mí ahora, no se presiente la entera verdad. He considerado aquí las relaciones entre los elementos proposicionales y sus referencias, como si fueran tentáculos, por decirlo así, por medio de los cuales la proposición entra en contacto con el mundo exterior; por eso, la generalización de una proposición equivaldría a la contradicción de los tentáculos; hasta que al fin la proposición general estaría totalmente aislada. Pero, ¿es válida esta figura?

11 de noviembre de 1914
Hoja izquierda:
Hemos oído el estampido de los cañones desde las fortificaciones. He enviado una carta a David. ¡Cuánto pienso en él! ¿Pensará él en mí, por lo menos la mitad?

Hoja derecha:
¿Acaso no corresponde mi estudio del lenguaje al estudio de los procesos mentales que los filósofos consideraron siempre tan esenciales para la filosofía de la lógica? Lo que ocurre es que siempre se perdieron en disquisiciones psicológicas inesenciales, e igual peligro se corre con mi método.

21 de noviembre de 1914
Hoja izquierda:
Incesante cañoneo. Mucho frío. Explosiones casi ininterrumpidas desde las fortificaciones. Trabajé bastante. Pero soy incapaz de pronunciar la única palabra redentora. Doy vueltas a su alrededor, muy cerca, pero aún no he podido agarrarla. Sigo preocupado por mi futuro, porque no reposo del todo en mí.

Hoja derecha:
En este punto intento expresar otra vez lo que no resulta expresable.

25 de mayo de 1915
Hoja derecha:
¿Se nos aparece en el campo visual algo mínimo visible como indivisible? Lo que tiene extensión es divisible. ¿Hay en nuestro campo visual partes carentes de extensión? ¿Las estrellas fijas, por ejemplo?
El impulso hacia lo místico viene de la insatisfacción de nuestros deseos por medio de la ciencia. Sentimos que incluso una vez resueltos todos los posibles problemas científicos, nuestro problema ni siquiera habría sido aún rozado. Ninguna otra cuestión quedaría ya en pie, olbviamente, y esa sería la respuesta.

***
Austria terminó siendo derrotada en 1918. Wittgenstein fue hecho prisionero por las tropas italianas. Estuvo cautivo diez meses en Montecasino. Quienes administraron su herencia filosófica publicaron póstumamente en 1960 las hojas del lado derecho, con el título Diario filosófico (1914-1916) e hicieron desaparecer durante décadas toda referencia al lado izquierdo: "Del contendido de los diarios hemos dejado afuera muy poca cosa. Las omisiones afectan casi solo a los esbozos de simbolismos que no pudimos interpretar o que por otros motivos carecen de interés" escribieron los editores en la introducción al Diario filosófico. Recién en 1985 fueron publicadas bajo el título Diarios secretos las páginas izquierdas del diario de guerra de Ludwig.

(continuará)

miércoles, 23 de febrero de 2011

Dos potencias se saludan

Rompecabezas Wittgenstein 2

(viene del post anterior)

por oac

El encuentro de Russell y Wittgenstein en Cambridge resultó decisivo para los dos. En 1911 Russell era, a sus 40 años, una autoridad académica cuyas tesis sobre filosofía de las matemáticas eran estudiadas en todo el mundo; estaba trabajando para concretar el objetivo de máxima de la metafísica occidental: demostrar que la realidad es enteramente representable por el lenguaje proposicional de sujeto y predicado; es decir: por la ciencia. (Una metafísica, digamos, que ni siquiera se reconoce como tal). Wittgenstein era un estudiante de 22 años inadaptado, de vocación no del todo definida y con serios problemas anímicos. Así lo vio Russell en sus primeros encuentros:

"Mi amigo alemán amenaza ser un suplicio. Después de mi clase me acompañó a mi casa y estuvo discutiendo conmigo hasta la hora de la cena; lo hacía de un modo testarudo y extravagante, aunque me parece que no es nada estúpido".

Wittgenstein tenía que tomar una decisión: o dedicar su vida a la aeronáutica o dedicarla a la filosofía. Le fue a preguntar a Russell si veía en él algún talento filosófico, porque si así no fuera estaba dispuesto a abandonar para siempre esa disciplina. Russell le dijo que no estaba seguro de sus reales aptitudes pero, después de leer un ensayo que Wittgenstein le acercó, se convenció de su genio y lo alentó a seguir. En sus memorias, Russell lo recuerda así:

"Fue el ejemplo más perfecto de genio que encontré en mi vida: apasionado, profundo, intenso y dominante... Cada medianoche me visitaba y durante tres horas, sumido en un nervioso silencio, se movía de un lado para otro como un animal salvaje. Una vez le pregunté: '¿Usted está pensando sobre lògica o sobre sus pecados?'. 'Sobre las dos cosas' me contestó y siguió moviéndose por la habitación. Yo no quería mencionarle que ya iba siendo hora de acostarse, porque temía que se fuera a suicidar si lo hacía ir'".


La relación entre maestro y discípulo se fue invirtiendo con el correr del tiempo. Wittgenstein se tomaba las tesis del atomismo lógico como una cuestión personal, con su incapacidad tan característica para ponerle límites a su obsesión, que lo obligaba a perseguir una idea hasta extraer las últimas consecuencias y descubrir los puntos débiles de cualquier argumentación. Ludwig concordaba, en principio, con el programa científico de Russell, pero encontraba serios inconvenientes en el concepto de representación; esto es: en la capacidad del lenguaje para hacer referencia a los hechos. ¿Cómo es posible que haya una concordancia entre una proposición simple y un hecho? ¿Hay en nuestra experiencia 'hechos simples'? Las proposiciones negativas, como por ejemplo "vos no estás aquí", ¿se refieren a hechos negativos? ¿a "no hechos"? ¿Tiene algún sentido hablar de un hecho negativo - un "no estás"-? ¿o los hechos son simplemente lo que son? ¿Cuál es el sentido entonces de una proposición negativa? ¿Y qué pasa con una proposición general, como por ejemplo "todos los metales se dilatan con el calor"? ¿Se refiere, en razón de la infinitud de hechos a los que alude, a algo real, a una infinitud real de hechos? ¿O es sólo una manera de hablar?

Los cuestionamientos a Russell se fueron haciendo cada vez más duros, hasta bordear la violencia. Ludwig le dijo que estaba totalmente equivocado, que él ya había ensayado recorrer ese camino hasta convencerse de que no conducía a ninguna parte. Las críticas hicieron tambalear a Russell. Años después, el filósofo inlgés reconocería que el encuentro con Wittgenstein fue "un acomntecimiento importantísimo en mi vida, que afectó todo lo que he hecho desde entonces. Vi que él tenía razón y que yo no podría hacer ya ninguna tarea fundamental en la filosofía". De hecho, Russell no produjo ya grandes novedades en su pensamiento filosófico después de cruzarse con Wittgenstein y, a pesar de que vivió hasta los 98 años, sus intereses se fueron desplazando cada vez más hacia la causa pacifista, los derechos humanos y el feminismo.

La distancia entre ambos aumentó hacia 1914, no sólo por razones filosóficas: sus actitudes de vida eran totalmente opuestas. Russell era un librepensador, un antirreligioso que se burlaba de los escrúpulos de Wittgenstein sobre el pecado y de su misticismo; el inglés tenía todo el sentido del humor y la sociabilidad que le faltaban al austríaco. Solo el brillo intelectual de Wittgenstein y el respeto y la paciencia que Russell le llegó a profesar le permitían disculparlo por los continuos desplantes que su discípulo tenía contra las normas académicas y las convenciones sociales.

Cuando empezó la Primera Guerra Mundial, Russell pudo profundizar su militancia pacifista, precisamente en el momento en que Wittgenstein decidió enrolarse como voluntario en el ejército austríaco. Esa era su oportunidad para romper con la comodidad y el vacío de la vida burguesa que tanto despreciaba. Creyó encontrar en la guerra un remedio extremo, el sentido fuerte del que su existencia hasta ese momento carecía.

(continuará)

martes, 22 de febrero de 2011

Aeronáutica y desesperación

Rompecabezas Wittgenstein 1 *


por oac

Todo lo que puede decirse, puede decirse claramente; y de lo que no se puede hablar, se debe guardar silencio. Resulta gracioso, pero estas frases están escritas en el Tractatus Logico-philosophicus, un libro oscuro y desconcertante, fuente del más sorprendente equívoco de la filosofía del siglo XX: los positivistas lo erigieron como una especie de libro sagrado, sin haberlo comprendido, precisamente por no haberlo comprendido. Su autor, Ludwig Wittgenstein -que pudo haberse dedicado a la ingeniería aeronáutica o haberse suicidado a los 20 años, pero no- persiste como enigma, a pesar suyo. Lo que nos da que pensar es su silencio.

Pudo haberse suicidado como lo hicieron tres de sus nueve hermanos. Hijo menor de una familia de la alta burguesía austríaca de origen judío, Wittgenstein nació en Viena el 26 de abril de 1889, bajo el signo de Tauro. Su padre era un capitán de la industria metalúrgica que destinaba una parte de su fortuna al mecenazgo de artistas como el pintor Gustav Klimt, el escultor Auguste Rodin o el músico Gustav Mahler, pero no se tomaba en serio ninguna profesión más que la de ingeniero y, sobre todo, le disgustaba que sus hijos tuvieran inclinaciones artísticas, como las que manifestaron Hans y Rudolf, quienes, para colmo, eran homosexuales declarados. Los hermanos mayores de Ludwig no habrán sido capaces de soportar las exigencias paternas, porque lo cierto es que se suicidaron poco después de cumplir los 20 años. Ludwig estudió ingeniería aeronáutica y estuvo varias veces al borde del suicidio, tal vez atormentado por la culpa que le producía su a duras penas velada homosexualidad, o quizás por su desbocada sed de Dios. El ánimo de Wittgenstein siempre penduló entre la ciega desesperación y la experiencia de un amparo invulnerable. Para esta guerra no tuvo palabras.

Como técnico, pronto se destacó en el diseño de una hélice de propulsión por reacción. El tema lo obsesionaba y, sin que se lo propusiera, desde las cuestiones físicas fue deslizándose hacia los fundamentos de las matemáticas, y de ahí hacia la filosofía. En 1908 llegó a sus manos un libro de Bertrand Russell, Los principios de las matemáticas. Wittgenstein decidió escribirle una carta a su autor.

El novio del átomo

El techo es blanco, la cama es de madera, las sábanas son azules y esta mano tiene cinco dedos. Y así sucesivamente. La realidad es una colección de hechos simples que son descriptibles por medio de proposiciones igualmente simples. A cada hecho le corresponde una proposición. "El techo es blanco" es una proposición verdadera si y sólo si el techo es blanco. El lenguaje es una figura de la realidad. La realidad y el lenguaje tienen la misma forma. Ambos pueden descomponerse hasta llegar a sus elementos simples -o atómicos- que los componen. El todo es la suma de las partes (la cama es de madera, las sábanas son azules, etc.). La realidad no es ambigua ni contradictoria, nuestra forma de hablar de ella puede a veces serlo. Pero para solucionar eso (para curar esa enfermedad del habla) está la filosofía. Ella tiene que determinar con claridad la forma lógica del lenguaje, para erradicar las contradicciones. Tiene que purgar las ambigüedades y las vaguedades en el uso de los términos, para figurar los hechos con precisión. Tiene que mostrar que la mayoría de los problemas planteados por la filosofía tradicional son pseudo-problemas originados por un mal uso del lenguaje. Si la filosofía logra esto -y está en vías de lograrlo- , entonces el lenguaje y el pensamiento humanos conquistarán la precisión del cálculo matemático (esta mano tiene cinco dedos, etc.). El resto es silencio.

El párrafo anterior describe el programa del atomismo lógico, el proyecto filosófico puesto en marcha por el filósofo inglés Bertrand Russell hace ya más de un siglo y continuado por el Círculo de Viena en los años 20 del siglo pasado. Aún hoy es el pensamiento dominante de los departamentos de filosofía de aquí, allá y de todas partes. En realidad estas tesis pasan en limpio el craso sentido común, al que tratan de formalizar. La filosofía clara de una época oscura. Es más fácil resumir este programa en 15 renglones que llevarlo acabo en sus articulaciones y detalles. A Russell y acólitos les llevó décadas el intento y en el camino se encontraron con paradojas aún no resueltas, tal vez insalvables. ¿Falta mucho para llegar a las verdades simples y precisas (el techo es blanco, las sábanas son azules, etc.)? El desafío fue una tentación que Wittgenstein no pudo o no quiso evitar. En 1908 encontraba un fundamento sólido para seguir viviendo o se mataba.

(continuará)


Bonus track: Yo ya tengo quien me plagie


* El texto que antecede (y que continuaré publicando en próximas entregas) fue editado en el número 2 de la revista PARTE DE GUERRA (noviembre de 1997), que yo codirigía por entonces, junto con el psicoanalista Héctor Fenoglio. En el día de ayer se me ocurrió reeditarlo en este blog. Cuando estaba buscando a través de Google imágenes para ilustrarlo, me encontré con una sorpresa mayúscula: en el blog de una tal  Rosa Aksenchuk, (quien se presenta de la siguiente manera: "Lic. en Psicología. Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Su actividad se circunscribe a la Clínica con orientación psicoanalítica. Actualmente brinda atención a adultos y adolescentes. Desde el 2006 dirige Psikeba, Revista de psicoanálisis y estudios culturales") se plagia mi texto, incluso su título, sin citarme para nada. La licenciada Aksenchuk me copia descaradamente, intercalando de vez en cuando algunas pocas frases de otra cosecha. La fecha del post de Aksenchuk es el miércoles 8 de julio de 2009, 12 años después de que yo lo publicara en mi revista. Desconozco si el resto de los textos que doña Rosa se atribuye en su blog los afanó de otro lado.

Sabía que los estudiantes secundarios suelen presentar, como trabajos prácticos de las materias que cursan, monografías que copian de internet. No sabía que licenciadas en Psicología de la UBA, que brindan atención a adultos y adolescentes y dirigen revistas de psicoanálisis y estudios culturales, incurren en semejantes latrocinios. El subtítulo del blog de Rosa reza "Intertextualidades", lo cual puede intepretarse como una velada confesión del plagio. Desconozco si, además de haber plagiado mi texto en su blog, la señora Aksenchuk se lo atribuyó también en alguna publicación impresa. Curiosamente, la cabecera del blog lleva un epígrafe: "Es mientras escribo que encuentro", cita de un tal JL (¿Jacques Lacan?). Rosa, parece que primero encuentra y después lo escribe.

La plagiaria, Rosa Aksenchuk


Me gustaría conocer a algún paciente o a algún alumno de la licenciada Rosa.