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jueves, 8 de enero de 2026

El mármol de Carrara, los excavadores y Miguel Ángel


por Lidia Ferrari

El último día de 2025 visitamos la Strada del Marmo de Carrara. De lejos, se veían blancas montañas como nevadas. Al irnos acercando los edificios las ocultaban hasta que, de repente, se abrían en su imponencia, como si cayeran sobre nosotros. Desde tiempos romanos se le ha robado a esas montañas su tesoro, el mármol blanco. Admiramos las obras de arte de Miguel Angel pero ignoramos el artificio de la extracción de su materia. Llegamos al pequeño borgo vecino a las canteras, famoso por el Lardo di Colonnata. Se trata de una manteca o grasa de cerdo que se aloja durante meses en cuencos de mármol con sal y hierbas aromáticas. Una receta que perdura desde tiempos romanos. Alimento pobre pero muy calórico para la pesada tarea de los excavadores. El mármol y el lardo no lograron impedir que sus artífices, los trabajadores, fueran los olvidados de esta historia. 

Cuando ascendemos a la pequeña plaza de la iglesia de Colonnata nos golpea el paisaje de la montaña. No eran cimas nevadas: la blancura del mármol nos había engañado. Han construido un monumento al excavador. Un enorme ‘cavatore’ abre sus brazos hacia las canteras. A sus pies un pesebre navideño nos distrae de otro monumento, un gran bloque de mármol donde están esculpidas escenas de la durísima tarea. Emociona no sólo la belleza de su factura sino lo que nos muestra. El trabajo y esfuerzo de vidas humanas para robarle el tesoro a la montaña. 





Miguel Ángel vino varias veces a Carrara a elegir sus mármoles y pasó meses conociendo los secretos de esa dura materia con los excavadores. En este día de fiesta, la montaña, desierta de trabajadores, muestra grandes maquinarias que seguramente alivian la tarea. Hasta no hace mucho ese durísimo trabajo se realizaba con palas y picos por diestras y ásperas manos. El bloque de mármol que casi nadie mira nos lo muestra. No puedo dejar de mirarlas. 

Admiramos la Piedad de Miguel Angel y la emoción que nos despierta hace a la gloria universal de su creador. Tenía apenas 22 años cuando le fue encargado una obra sobre la piedad cristiana. La obra maestra de Miguel Ángel le dio renombre inmediatamente, porque abandonaba pasados estilos rígidos de la escena. No hace mucho se ha descubierto que esa escena ha sido representada artísticamente desde hace milenios: la escena de una madre que acuna en sus brazos al hijo que le han matado. 







Me demoro en las pequeñas escenas que exponen una dimensión ‘real’ del arte: la extracción de una materia prima imprescindible para que otro arte florezca: la escultura. Colonnata -el lugar donde vivían los excavadores- no olvida a quienes con cuyo artesanado supieron conocer y dominar a esa valiosa roca. 

Freud ilustra la diferencia entre la técnica de sugestión hipnótica y la del análisis con las fórmulas de Leonardo da Vinci “per via di porre”: la pintura que pone material sobre material (hipnosis) y “per via di levare”: la escultura que talla, saca material para encontrar la forma (psicoanálisis). Hay quienes dicen que la escultura extrae lo que ya está ahí en la piedra. Una forma del escuchar analítico de lo que emerge en forma de síntomas, como vetas y filones de lo inconsciente. ¿Será debido a eso que Miguel Angel pasaba buena parte del tiempo en las canteras eligiendo el mármol, escuchando sus estrías, sus surcos, sus hendiduras? 









jueves, 17 de junio de 2021

Borges y Perón: “Hacer creer”




por Lidia Ferrari

 a la memoria del '55 

Borges escribe una fuerte diatriba contra Perón en 1955, año en el cual festejaría el derrocamiento del gobierno de uno de sus enemigos ideoló­gicos. Su texto intenta mostrar el procedimiento por el cual alguien puede hacer creer cosas que no son ciertas. Lo que dice en ese pequeño texto para denostar al fenómeno peronista, utilizando la lábil frontera entre ficción y realidad y su manipulación, podría ser utilizado para analizar su propia invectiva. También Borges está proponiendo una lectura y tratando que le crean. Hay un fragmento particularmente provechoso cuando dice que su propósito es “denunciar la ambigüedad de las ficciones del abolido régimen, que no podían ser creídas y eran creídas”. 

Para explicar este “no podían ser creídas y eran creídas” encuentra razones: “Ya Coleridge habló de la willing suspension of disbelief (volun­taria suspensión de la incredulidad) que constituye la fe poética, ya Samuel Johnson observó en defensa de Shakespeare que los espectadores de una tragedia no creen que están en Alejandría durante el primer acto y en Roma durante el segundo pero condescienden al agrado de una ficción. Pareja­mente, las mentiras de la dictadura no eran creídas o descreídas; pertene­cían a un plano intermedio y su propósito era encubrir o justificar sórdidas o atroces realidades”. 

Se trata de un pequeño texto que Borges escribió para la revista Sur y que se llamó Por la reconstrucción nacional. “L’illusion comique”. Borges nos habla de la frontera entre ficción y realidad usada tanto en el teatro como en la vida cotidiana, también para “justificar atroces realidades”. El centro de la cuestión sigue siendo el problema de la creencia y la posibi­lidad de manipular esta relación entre ficción y realidad para “hacer creer” alguna cosa. 

Parecería excesivo que Borges relacione la maniobra de un recurso de la política a través del engaño con la noción de fe poética de Coleridge cuya eficacia está en relación a ciertas condiciones por las cuales el sujeto volun­tariamente suspende su incredulidad, conociendo el estatuto de ficción y de “no real” de lo que se le presenta. Es preciso que el espectador o el lector sepan que no es verdad para que sea verdaderamente libre, dice Octave Mannoni, y se emocione. [...] la ficción tiene un papel simbólico a partir del cual se recupera lo imaginario y se recrea artificiosamente la confusión, supuestamente original, entre lo real y lo imaginario. El sujeto entra en el juego de la ficción y sale de él sabiendo que lo era. 

En el caso de la fe poética no hay engaño ni mentira sino un artificio que convoca a la ilusión del lector o espectador que se entrega a sabiendas de lo que se trata. En la construcción de un discurso engañoso en política, sin embargo, se trata de hacer creer algo que es una mentira, lo que signi­fica una voluntad de engaño. Es cierto que los mecanismos psíquicos son similares, en tanto el sujeto siempre se aferra a “algo que no engañe”, a lo verosímil, a la credibilidad general, más allá de los innumerables engaños a los que está expuesto en su vida cotidiana. Es por esta vocación hacia la credulidad que hay eficacia en el engaño pues, como dirá Michel De Certeau, mientras haya muchos que creen, habrá creencia. 

El uso del engaño y la mentira en política como en las bromas pesadas tienen similar estatuto, ya que la voluntad de engaño toma toda su potencia de la ignorancia del engañado. Por lo tanto, en los dos casos de Borges, ya sea en el de la radio que inventa un fútbol que no existe, como en un régimen político, cualesquiera fuese, que inventa una realidad para engañar, no se está en el terreno de la ficción o de la ilusión teatral, sino en la dimensión del engaño y la mentira, lisos y llanos.


* Fragmento del capítulo “Creencia, credulidad y bromas pesadas” de mi libro La diversión en la crueldad. Psicoanálisis de una pasión argentina, Letra Viva, 2016.

miércoles, 23 de septiembre de 2020

Freud y la Suma incompleta

Hace poco participé en una conversación sobre el famoso ensayo de Freud El malestar en la cultura. Buscábamos sus referencias a la imposibilidad, irrazonabilidad e injusticia de lo que él llama "el mandato cristiano": "Ama al prójimo como a tí mismo". Es un  texto tardío de Freud y en él se propone al mismo tiempo responder a los planteos de un amigo acerca del valor de la religión y pensar cuál es la función de la religión, la ciencia y el arte en la economía libidinal del ser humano. No esperen que resuma su tesis porque el texto es accesible en la red, su lectura no requiere destrezas especiales, digamos que incluso puede leerse sin haber estudiado a Freud durante años, el hilo de texto es perfectamente abarcable. Lo que no quiere decir que no esconda una opacidad disimulada por el tono casi coloquial con el que Freud lo escribió.

No puedo resistirme a percibir en estos grandes textos de la cultura europea ciertos bordes, algunas marcas de la enunciación que permiten pispear dónde estaba parado el autor al escribir lo que escribió, desde dónde se puso a ver lo que avista. Creo que esa es la tarea más digna de un lector: no aprender lo que el tipo quiere decirnos, sino comprender desde qué posición habla, cómo se autoriza a sí mismo, qué garantías deja inscriptas en el propio texto que me permitan aproximarme a ver lo que él dice ver o al menos entender por qué lo dice. Tantos años de lecturas universitarias nos inducen a acopiar los dichos de autores importantes, tipos que aportaron ideas fundantes de nuestra cultura, y terminan por convencernos de que leer a un autor es entender a qué se refiere y confiar en que sabe por qué lo dice de esa forma. Nada de esto es nunca evidente: puedo pasar 30 años leyendo a cualquiera de los grandes referentes de nuestra civilización (Aristóteles, Descartes, Galileo, Newton, Marx, Nietzsche o Freud, por nombrar solo unos pocos) sin nunca haberme propuesto comprenderlos, que no es entender el significado de lo que dicen sino mirar en la dirección que señalan. Para usar una metáfora muy conocida, se estudia a estos autores como los que ante un hombre que señala la luna con el dedo se quedan mirando el dedo, como si en el dedo estuviera la luna. Leer no es mirar el dedo, sino girar la vista hacia la luna.

No resulta muy interesante ponerse a repetir, incluso a discutir si Freud tiene razón cuando atribuye a la especie humana una hostilidad natural que hace impracticable amar al prójimo, sino reparar, por ejemplo, en su necesidad de pensar a la humanidad como especie: ya esta aserción dista de ser evidente. Leer a Freud, leer a cualquier otro, es buscar en sus textos las huellas que deja en su acto de enunciación: lo que mueve un poco secretamente la dinámica de un texto, lo que el texto excluye de la mirada, lo que repite tanto como para que ya no se lo cuestionemos y lo demos por hecho. Por supuesto que este procedimiento se puede, se debe, aplicar a esto mismo que ahora el lector está leyendo. La sospecha que anima esta precaución es algo que conquistamos gracias a las indicaciones del propio Freud: si tenemos que abrir la oreja ante una voz que nos dice algo, para escuchar lo que nos dice sin querer y sin saber que nos lo está diciendo, es entre otras cosas porque Freud nos enseñó que una voz no siempre sabe todo lo que dice ni dice todo lo que sabe.

Entonces, más que asentir o disentir acerca de si la especie humana es hostil, yo me detengo a escuchar la tonalidad con que Freud escribe sobre esto. Y encuentro algunas huellas en estos párrafos:

"La existencia de tales tendencias agresivas, que podemos percibir en nosotros mismos y cuya existencia suponemos con toda razón en el prójimo, es el factor que perturba nuestra relación con los semejantes, imponiendo a la cultura tal despliegue de preceptos. Debido a esta primordial hostilidad entre los hombres, la sociedad civilizada se ve constantemente al borde de la desintegración. El interés que ofrece la comunidad de trabajo no bastaría para mantener su cohesión, pues las pasiones instintivas son más poderosas que los intereses racionales. La cultura se ve obligada a realizar múltiples esfuerzos para poner barreras a las tendencias agresivas del hombre, para dominar sus manifestaciones mediante formaciones reactivas psíquicas. De ahí, pues, ese despliegue de métodos destinados a que los hombres se identifiquen y entablen vínculos amorosos coartados en su fin.

"En un momento determinado, todos llegamos a abandonar, como ilusiones, cuantas esperanzas juveniles habíamos puesto en el prójimo; todos sufrimos la experiencia de comprobar cómo la maldad de éste nos amarga y dificulta la vida. Sin embargo, sería injusto reprochar a la cultura el que pretenda excluir la lucha y la competencia de las actividades humanas. Esos factores seguramente son imprescindibles; pero la rivalidad no significa necesariamente hostilidad: sólo se abusa de ella para justificar ésta".

A ver Sigmund, pará la mano un cachito, y con todo respeto te lo digo, cuando decís "que podemos percibir en nosotros mismos" ¿a quiénes pretende abarcar ese nosotros? ¿A mí? ¿A tu círculo de conversaciones? ¿Todos podemos percibir en nosotros mismos tales tendencias agresivas? ¿Todos llegamos a abandonar como ilusiones las esperanzas juveniles que pusimos en el prójimo? ¿Y vos cómo sabés que abandonamos las esperanzas juveniles? ¿Y qué sabés vos cuántos años tenemos y cuántas esperanzas pusimos en el prójimo? ¿Todos sufrimos la experiencia de comprobar la maldad que nos amarga y dificulta la vida? La primera evidencia que el texto me trae es que está escrito por un hombre amargado y decepcionado. Cuando lo dije en la conversación de la semana pasada, me objetaron que estaba reduciendo el sentido del texto de Freud a un episodio biográfico, que leía el texto a partir de una presunción biográfica. Y no. No apelo nada más que a lo que el mismo texto hace acontecer: un intento de trasmisión de amargura. Freud me pide que al leerlo asienta que todos estamos amargados y él al escribirlo ¿qué podría saber al respecto? En cambio, yo podría detectar en el color de su tinta que el que está amargado y decepcionado, el que abandonó las ilusiones juveniles es él. Cualquier texto que en un momento dice "Todos sabemos que..." apela a este recurso retórico para proyectar en el lector un estado de ánimo, digamos mejor, una predisposición, un encontrarse amargado. Y si uno se deja seducir por esta forma de hablar no entiende bien el significado del texto sino que se amarga. Decir aquí que Freud está amargado no es hacer una desautorización salvaje de sus afirmaciones, sino percibir el tono que impera en su comunicación. ¿Por qué Freud habrá de querer 
compartir conmigo su amargura?

Este tipo de lectura a contrapelo, que yo llamaría simplemente dialogar con el texto, implica no dejarse llevar por las narices por lo escrito, sino percibir los movimientos de la escritura, su despliegue respecto de mí. Porque toda escritura no termina de ser hasta el momento en que es leída. Leyéndolo me leo. Lejos de atribuirle un secreto biográfico que motiva la escritura de Freud, miro en la dirección hacia la que su dedo señala. Eso es comprender qué tipo de cosa es una señal. Cuando lo planteo de esta manera, en círculos freudianos, pero también en círculos foucaultianos, deleuzianos, nietzscehanos o cristianos, me suelo encontrar con gestos de reprobación. No tengo que apresurarme a pensar que de este modo se verifica la hostilidad de la especie humana, incluso la de los freudianos o los foucaultianos. ¿De dónde saca Freud que yo, su lector, abandoné mis ilusiones juveniles? ¿Y qué sabe él cuáles eran mis ilusiones juveniles? Una respuesta de un freudiano típico me dice que Freud está autorizado a hablar así por sus años de experiencia en la clínica. Pero ¿qué sé yo de los años de experiencia en la clínica de Freud? ¿Y qué sabe el que me dice eso de la experiencia de Freud en la clínica? Lo único que tengo ante mis ojos y con lo que puedo hacer algo es el texto  mismo de Freud. Lo cual significa: la verdad del texto se percibe en su propia escritura o no tiene en absoluto ninguna verdad. Pero todo texto tiene algún tipo de verdad, no porque lo que me está relatando haya sucedido efectivamente como me lo dice, sino porque el acto mismo de su escritura, que solo se pone en marcha cuando lo leo, es lo que verdaderamente acontece con un texto.

Se puede tocar el relieve de un texto si se le presta suficiente atención, sin necesidad de postergar una decisión de lector hasta haber terminado de leer el último renglón que escribió.

***


Sé que molesta leer las cosas de cierta manera, tanto más molesta en los círculos que se dedican a leer a un determinado autor de manera sistemática. Y sin embargo no siento que haya dicho nada que no se sepa de hace mucho. No hay garantías ni garantes. ¿A qué libro vamos a acudir a respaldarnos para tomar una decisión? 

El problema del fundamento debe ser el más antiguo de la filosofía. Fundamento es suelo. En alemán Grund. En inglés ground. Una palabra muy sonada en la filosofía del siglo xx es Abgrund, que se suele traducir como "abismo" y literalmente es "sin suelo". ¿Y si empezamos por admitir que el suelo sobre el que pisamos es, al menos, cenagoso? ¿que a veces, quizás los mejores momentos de la vida, nos falta el suelo? Pensemos un poquito: ¿a qué autor vamos a ir a buscar las respuestas a nuestras preguntas? 

Ninguna palabra, por más eficaz que haya resultado, puede constituirse en fundamento para toda ocasión. En cierto momento alguien dice una palabra y se hace la luz. Pero eso no es una propiedad de la palabra, sino del instante en que se la dice, del tono con que se la dice, del contexto en que se dice, de cómo la escuchan los que la escuchan. 

Fuera de eso, creo que hay que asumir que hay verdad porque hay mentira, por la cantidad de veces que tenemos que recurrir a la mentira. Cuando mentimos estamos dando la mejor prueba de que hay verdad: es lo que estamos evitando decir. Así se la reconoce. 

Ahora, si esperamos encontrar la verdad en un libro estamos fritos. 

Los escolásticos creían que la verdad estaba en la Biblia y en Aristóteles, pero esto no es posible porque la Biblia y Aristóteles no dicen lo mismo. Pueden ser dos textos falsos, pero no pueden ser dos textos verdaderos. Lo que trato de decir, no sé si llegué a decirlo, no sé si se me escucha decirlo, es que esa demanda del lugar donde se halla la verdad es imposible de satisfacer. En el instante decisivo en el que uno tiene que hablar está solo y los santos milagrosos no vienen todos en mi ayuda. Esto no va ni contra Freud, ni contra Nietzsche, ni contra Foucault, ni contra Santo Tomás. 

Santo Tomás de Aquino, siglo xiii, escribió la Suma Teológica, en la que a través de miles de páginas trató de acomodar todos los fragmentos de la Verdad, sin que ninguno le quedara colgando. 17 tomos donde se resolvían todas las cuestiones, argumento y contrargumento, antecendentes y conclusiones, teniendo en cuenta la revelación divina, sumada a la racionalidad pleclara de Aristóteles y los comentadores musulmanes. 12 años le llevó solo escribirla. En la fiesta de San Nicolás de 1273, después de dar su misa diaria, rompió con el hábito cotidiano de irse a dictar la continuación de la Suma, que no estaba todavía terminada, a sus amanuenses. En lugar de hacer eso, ese día Tomás se quedó callado. Y nunca retomó el dictado de la Suma. Moriría al año siguiente -y como era tan gordo, no podían hacer pasar su cuerpo muerto por la estrechez de la escalera. 

Antes de morir Tomás le escribió una carta a un amigo: "El fin de mis labores ha llegado. Todo lo que he escrito me parece algo así como paja después de las cosas que me fueron reveladas. No puedo escribir más. He visto cosas que hacen a mis escritos como la paja". No contó lo que vio. Pero era el autor de la Suma Teológica, pasó los mejores años de su vida escribiéndola. Después de muerto, a la Iglesia Católica le pareció tan bueno y verdadero lo que dejó escrito que declaró que ese libro contenía la Doctrina Oficial de la Iglesia y a él, post-mortem, la Iglesia lo declaró Doctor Angélico, Doctor Común y Doctor de la Humanidad. Pero Tomás lo había dejado sin terminar después de  aquello que vio, que nadie sabe qué es. 

Es interesante pensar en esta coda: el tipo ve algo que le hace pensar que toda su magna Suma queda reducida a paja y se niega a concluir. Ya el solo hecho de que la Suma Teológica sea un libro inconcluso termina por revelar lo decisivo sobre la naturaleza del libro en relación a lo declarado en su título.  Pero la Institución consagra el mismo texto que él desdeño en su gesto final. Obviamente, le creo más al gesto de Tomás que a la consagración oficial de su doctrina. Creo que la verdad hay que buscarla más por el lado de aquello que vio que por lo que la Iglesia hizo con lo que él dejó escrito. Hasta hoy en las universidades católicas se sigue estudiando la Suma como Doctrina Oficial. Él se desprendió de esos libros pesados antes de morir. 

Si eso le pasó a Tomás, que de verdad le puso toda la garra a la edificación de la Verdad completa y sin fisuras, si ni él terminó respaldando lo que escribió, ¿por qué habríamos de pensar que los notables esfuerzos de Newton, Hegel, Comte, Nietzsche o Freud por fundar un texto duradero y una visión completa de las cosas serían más consistentes? La Ley de Gravedad, el Espíritu Absoluto, el Estadio Científico Positivo, la Voluntad de Poder, la Economía Libidinal de la Naturaleza Humana... ¿qué tendrían de más sólidos que la Suma Teológica? Si ya nos resulta anacrónico atribuir autoridad a la palabra tomista, a la que su propio autor desautorizó, ¿por qué vamos a buscar otro texto que ocupe su lugar? Quizá ese lugar tenga que quedar vacío. 

Eso no nos fuerza a que cuando alguien nos pida la palabra nosotros se la neguemos.

viernes, 18 de septiembre de 2020

No se puede vivir del amor (le dijo un soldado romano a Dios)

Conversatorio Freud Kierkegaard Amá al prójimo (como a vos mismo)





Tercer encuentro mensual convocado desde el espacio virtual de lecturas kierkegaardianas denominado "Las obras del amor" (en http://meet.jit.si/LasObrasDelAmor), coordinado desde General Villegas y hacia el universo por Graciano Corica. Estos encuentros mensuales se proponen hacer entrar en fricción la escritura kierkegaardiana -esas voces que nos hablan- con otras perspectivas. La intuición que nos anima es que, cuando se encuentran dos perspectivas, a primera vista distantes, en un cruce de caminos que nosotros mismos propiciamos, estas vocen empiezan a decirnos más, o quizás sería mejor decir: empezamos a oír en ellas cosas que cuando las considerábamos por separado no aparecían. La fricción de lo imprevisto o la de lo inhabitual. El primer mes fue la presentación de esa clave que es "Escuchar una voz" como vía regia para introducirse en el laberinto escritural de Kierkegaard. El segundo mes hicimos que se encontraran dos tipos bien distantes: Kierkegaard y el escritor villeguense Manuel Puig, que creó toda su obra literaria a partir del momento en que, totalmente desorientado acerca de cuál era su lengua propia, escuchó la voz de una tía que le hablaba desde su infancia en Villegas y se largó a escribir, siguiendo esa voz, "30 páginas de banalidades" que fundan el comienzo de su no-estilo. Inquieta en Puig el silencio del narrador que funcionaría como administrador del estilo de sus novelas, para que cada voz, sin administración audible, hable en su propio estilo. Puig, como Abraham en el Génesis y en Temor y temblor, hizo su tarea porque escuchaba voces.

El tercer encuentro de la serie marca hasta ahora el punto culminante de un crescendo. Dos potencias se saludan: Kierkegaard -que no sabe nada de psicoanálisis por razones obvias- y Freud -que no podía admitir la posibilidad ni la justicia del mandato "Amarás al prójimo como a ti mismo", la que podría ser la voz que organiza y altera toda la obra de Kierkegaard como escritor. Todos los caminos conducen a AMOR (Roma al revés).

En un escrito de senectud, El malestar en la cultura, Freud se topa con el mandato cristiano -dice él, aunque ya estaba en el antiguo testamento- "Amarás al prójimo como a ti mismo". Y Freud, un poco en conversación con un amigo religioso, un poco impelido por completar su edificio teórico para determinar la función que en la economía libidinal tienen el arte, la ciencia y la religión, se ve en la necesidad de ajustar cuentas con ese mandato que evidentemente le resulta molesto y por eso quiere sustraer de la naturaleza humana. Porque aún cuando a los psicoanalistas les complace recordar que las dos metas a las que apunta la clínica son poner al sujeto a trabajar y a amar, el propio Freud en ese escrito de 1929/1930 se encarga de afirmar que proponerse amar al prójimo es una insensatez.

Yo había leído a Freud siendo muy chico, La interpretación de los sueños (1899-1900, el problema  de un siglo que se resuelve en el siguiente). No sé qué buscaría yo ahí en ese libro a mis 16 años ni sé qué encontré en aquella lectura, pero sé que este libro marcó de manera indeleble un siglo que era el mío. Todavía nos movemos bajo el embrujo de ciertas estrategias desplegadas por Freud astutamente e incluso a costa de sí mismo. Debe haber una relación entre la impronta freudiana del siglo xx y la recusación del autor a admitir el amor al prójimo como una de las tareas posibles del humano. No se puede vivir del amor (al prójimo). No se debe vivir sin amor. Dos canciones.

A Freud el mandato del amor al prójimo lo escandaliza y ahí hay un cruce de encuentro con Kierkegaard. Porque, contra lo que podrían sospechar los que solo conocen la versión blandengue y careta de la cristiandad, amar al prójimo como a ti mismo no es tampoco para Kierkegaard una tarea simpática y su valor decisivo radica justamente en que se la perciba como escandalosa. Cualquier cualunque puede ponerse a enumerar por qué es intolerable amar al prójimo, porque el prójimo tiene tantos defectos que solo estoy esperando que me muestre su costado más odiable para odiarlo con furia y pedir que se pudra en la cárcel. ¿Quién no ha sentido que un tipo insoportable solo merece pudrirse en una celda infecta si acaso le perdonamos la vida? Eso lo entiende cualquiera y lo puede explicar Baby Etchecopar cada noche con lujo de detalles. Pero resulta que Jesús tomó el mandato de amar al prójimo como a ti mismo de las antiguas escrituras y, por si no se había entendido bien, le dio otra vuelta de tuerca y aclaró que se trataba de amar al enemigo. Eso ya es demasiado. Kierkegaard conoce perfectamente los motivos por los que hay que considerar ese precepto una demasía y de ahí señala que quien no se escandaliza por eso es que no entendió bien lo que se está pidiendo. Freud en El malestar en la cultura dice que, a pesar de haberlo escuchado tantas veces deberíamos hacer el esfuerzo de escuchar ese pedido (si no les gusta mandato, le pongo: ruego) como si fuera oído por primera vez. "Ama al prójimo como a ti mismo". Si dijera "Ama al prójimo tal como el prójimo te ama a ti", Freud cerraría trato, pero amarlo como a uno mismo es, dice Freud, injusto para con quienes nos quieren de verdad. Sutilmente el problema de amar se troca en la condición de ser amado. Primero amame vos y después vemos. Ahi Kierkegaard y Freud tienen un punto de encuentro y otro de no: si no nos escandalizamos, es porque no entendimos bien el pedido: coincidence. Ahora las reacciones de Freud y  Kierkegaard ante el escándalo casi se podría decir que son drásticamente inconciliables. Mientras Freud dice algo así como: "no me vengan con eso, yo ya estoy grandecito, soy el padre del psicoanálisis y sé con qué monstruos me toca lidiar; aparte inventé esta práctica tan fabulosa que provocó un antes y un después frente a la concepción del aparato psíquico del hombre y ni siquiera me han reconocido como me lo merezco, no me vengan con que tengo que amar, si ustedes se mostraron incapaces de amarme a mí, con todo lo que les di". Mientras, medio siglo antes, Kierkegaard manda a decir por todos lados (y sin mucha expectativa de cosechar aplausos, medallas y besos por eso) que amar al prójimo es la única salida de la desesperación.

Me explico: si yo no lo malentendí, Kierkegaard dice que todos los arreglos que uno quiera hacer con la vida y con los semejantes desembocan en la desesperación, que también late en el rincón más cálido del corazón de las personas felices, ellos también están desesperados, a menos que ames al prójimo como a ti mismo. Pero ¿qué es el amor, Kierkegaard? Lo que tenés que hacer. ¿Y quién es mi prójimo? El primero que veas. ¿Y cómo lo tengo que amar? Como a ti mismo. ¿Y cómo tengo que amarme a mí mismo? Como si fueras tu prójimo, no como Narciso, tarado. Como si fueras tu enemigo. Quizás sos tu propio enemigo y sin embargo, o con embargo, pero por eso mismo, porque tu peor enemigo podés ser vos, es que tenés que amarte de la misma manera en que has de amar al prójimo.

Amar al prójimo no es un don que uno le concede al otro, quien tal vez no se lo merece, como si yo me arrancara una parte de mí y se la diera a otro por pura dadivosidad, sino que el amor al prójimo es lo único que puede sacarme de la desesperación, mientras que cualquier otra transacción, monetaria, libidinal o afectiva por la cual yo me proponga hacer un intercambio de favores con el otro me va a conducir a la decepción, porque el prójimo es decepcionante, a los celos, porque el prójimo no se deja poseer, al odio, porque el prójimo es, como dice Freud, una bestia salvaje. Pero lo que no parece contemplar Freud es que amarlo es la posibilidad, la única, de salir de la desesperación.

Acá pueden ver el desarrollo de este encuentro en el que se escuchan otras voces que no son la mía, que dicen cosas que acá yo no digo pero ellos ahí sí, en la que a veces mi voz no se escucha o se escucha con alguna interferencia, o alguien aparece o desaparece o aparece lo que no tenía que aparecer.Al final algunas cosas aparecen. El video tiene la sintaxis propia de esta época de conversatorios virtuales. Esta sintaxis dificultosa tiene algo de divertida precisamente en esos momentos en los que la técnica falla, y de interesante cuando la técnica no falla, porque al final hay un montón de personas que quedan en encontrarse a cierta hora a preguntarse cosas que a la notebook no le solemos preguntar y al celular menos.


Lo que conversamos dejó mucha tela para cortar y en las horas siguientes se siguió debatiendo en grupos de wassap y probablemente esto traiga cola. Permítanme terminar este post con una canción alusiva.

miércoles, 16 de septiembre de 2020

«Ama al prójimo como a ti mismo»: Lo imposible de Freud


Quizá hallemos la pista en uno de los pretendidos ideales postulados por la sociedad civilizada. Es el precepto «Amarás al prójimo como a ti mismo», que goza de universal nombradía y seguramente es más antiguo que el cristianismo, a pesar de que éste lo ostenta como su más encomiable conquista; pero sin duda no es muy antiguo, pues el hombre aún no lo conocíaen épocas ya históricas. Adoptemos frente al mismo una actitud ingenua, como si lo oyésemos por vez primera: entonces no podremos contener un sentimiento de asombro y extrañeza. ¿Por qué tendríamos que hacerlo? ¿De qué podría servirnos? Pero, ante todo, ¿cómo llegar a cumplirlo? ¿De qué manera podríamos adoptar semejante actitud? Mi amor es para mí algo muy precioso, que no tengo derecho a derrochar insensatamente. Me impone obligaciones que debo estar dispuesto a cumplir con sacrificios. Si amo a alguien es preciso que éste lo merezca por cualquier título. (Descarto aquí la utilidad que podría reportarme, así como su posible valor como objeto sexual, pues estas dos formas de vinculación nada tienen que ver con el precepto del amor al prójimo.) Merecería mi amor si se me asemejara en aspectos importantes, a punto tal que pudiera amar en él a mí mismo; lo merecería si fuera más perfecto de lo que yo soy, en tal medida que pudiera amar en él al ideal de mi propia persona; debería amarlo si fuera el hijo de mi amigo, pues el dolor de éste, si algún mal le sucediera, también sería mi dolor, yo tendría que compartirlo. En cambio, si me fuera extraño y si no me atrajese ninguno de sus propios valores, ninguna importancia que hubiera adquirido para mi vida afectiva entonces me sería muy difícil amarlo. Hasta sería injusto si lo amara, pues los míos aprecian mi amor como una demostración de preferencia, y les haría injusticia si los equiparase con un extraño. Pero si he de amarlo con ese amor general por todo el Universo, simplemente porque también él es una criatura de este mundo, como el insecto, el gusano y la culebra, entonces me temo que sólo le corresponda una ínfima parte de amor, de ningún modo tanto como la razón me autoriza a guardar para mí mismo. ¿A qué viene entonces tan solemne presentación de un precepto que razonablemente a nadie puede aconsejarse cumplir?

Examinándolo con mayor detenimiento, me encuentro con nuevas dificultades. Este ser extraño no sólo es en general indigno de amor, sino que -para confesarlo sinceramente- merece mucho más mi hostilidad y aun mi odio. No parece alimentar el mínimo amor por mi persona, no me demuestra la menor consideración. Siempre que le sea de alguna utilidad, no vacilará en perjudicarme, y ni siquiera se preguntará si la cuantía de su provecho corresponde a la magnitud del perjuicio que me ocasiona. Más aún: ni siquiera es necesario que de ello derive un provecho; le bastará experimentar el menor placer para que no tenga escrúpulo alguno en denigrarme, en ofenderme, en difamarme, en exhibir su poderío sobre mi persona, y cuanto más seguro se sienta, cuanto más inerme yo me encuentre, tanto más seguramente puedo esperar de él esta actitud para conmigo. Si se condujera de otro modo, si me demostrase consideración y respeto, a pesar de serle yo un extraño, estaría dispuesto por mi parte a retribuírselo de análoga manera, aunque no me obligara a ello precepto alguno. Aún más: si ese grandilocuente mandamiento rezara «Amarás al prójimo como el prójimo te ame a ti», nada tendría yo que objetar. Existe un segundo mandamiento que me parece aún más inconcebible y que despierta en mí una resistencia más violenta: «Amarás a tus enemigos.» Sin embargo, pensándolo bien, veo que estoy errado al rechazarlo como pretensión aun menos admisible, pues, en el fondo, nos dice lo mismo que el primero.

Llegado aquí, creo oír una voz que, llena de solemnidad, me advierte: «Precisamente porque tu prójimo no merece tu amor y es más bien tu enemigo, debes amarlo como a ti mismo.» Comprendo entonces que éste es un caso semejante al Credo quia absurdum.

Sigmund Freud, El malestar en la cultura, V

sábado, 13 de junio de 2020

Pandemónium

Notas sobre el desastre: el nuevo libro de Jorge Alemán

por Lidia Ferrari

Jorge Alemán en su último libro Pandemónium. Notas sobre el desastre reflexiona, entre otras interesantes cuestiones, sobre el declive de la autoridad simbólica. Este es el nombre que permite situar las condiciones y legalidades necesariamente compartidas para vivir en sociedad. Es necesario pensar la función de autoridad simbólica para entender, como plantea Wittgenstein, dónde se afirman esas proposiciones que deben quedar al margen de la duda, para que se pueda dudar; los puntos de orientación de nuestra experiencia, aún la más incierta y errática. 

Alemán plantea en el libro la ausencia de líderes políticos u organizaciones internacionales a la altura del desafío para la salida de la pandemia. Esta caída de la autoridad simbólica está estrictamente ligada con la maquinaria corporativa financiera internacional que funciona en automático. La pregunta es si no será allí, en los pliegues o fisuras de la relación entre la caída de una autoridad simbólica y la homogeneidad del neoliberalismo, que puede acontecer alguna contingencia política. La homogeneidad neoliberal no puede ser pensada como totalidad lograda sino a riesgo de eliminar la idea de la política, y también de las nociones de lo contingente y de la heterogeneidad radical. La pregunta es si no será posible pensar que esos dos rasgos de la actualidad (declinación de la autoridad simbólica y homogeneidad neoliberal) pueden catapultar no sólo a derechas y neofascismos varios, sino también la emergencia de una heterogeneidad radical, del lado populista de la razón, que se manifiesta en los feminismos, en las sacudidas de movimientos populares como el del actual anti racismo. 

El duelo por la figura de la autoridad simbólica podría posibilitar la emergencia de movimientos que no pueden ser apropiados ni por la maquinaria neoliberal ni por una dirección política al modo del siglo XX. Esto abriría paso a la emergencia de movimientos de los cuales no podemos calcular sus maneras ni sus consecuencias pero que, sin duda, podrían marcar una diferencia. Las actuales e inciertas circunstancias pueden ser el suelo sobre el cual proliferen las confusionales y estrafalarias teorías complotistas pero también podrían fecundar movimientos de signo popular de resistencia al orden neoliberal, de una manera más ligada a esa estructura casi caótica en la cual vivimos.

viernes, 15 de mayo de 2020

Lo que no queremos ver de la salida al final del túnel de la pandemia

Desde Italia

La trabajadora humanitaria Silvia Romano, vestida con un atuendo somalí, vuelve a su casa en Milán

por Lidia Ferrari

Ya hace más de dos meses que Italia está en cuarentena. Si bien se aflojó un poco en esta fase 2, recién a partir de la semana que viene parece que será más flexible y abrirán una gran cantidad de actividades económicas y negocios, aunque escuelas y universidades seguirán cerradas hasta septiembre. El problema es que no se trata de que se abrirán las puertas y el mundo estará igual que cuando se cerraron. Estos dos meses de inactividad económica han socavado la economía y muchos no podrán reabrir sus puertas. La debacle después de la cuarentena es la escena más temida, en tanto el virus no estará desalojado sino que habrá que convivir con él, pero todos -salvo los de siempre – seremos un poco o mucho más pobres.

En el primer tiempo, el gobierno gozó de los favores de la ciudadanía porque se sintió cuidada. Las medidas impuestas por Conte y su gobierno han sido eficaces a la hora de reducir los contagios y obtuvo los resultados que permiten ahora pensar en reabrir Italia. Pero el tiempo pasa. Y con el tiempo los ánimos se van desesperando y la realidad económica se va agravando. Así, en este último tiempo hay factores cruciales para que el gobierno sea vapuleado. Por un lado, en los mismos que celebraban que fuera este gobierno y no otro el que tuviera a su cargo la gestión de la emergencia, el factor tiempo hizo lo suyo. El tiempo del encierro, llegado a un límite, ya no puede ser tolerado sin provocar ansiedades, desesperación, malhumores y frustraciones. El efecto de los problemas económicos que se van agrandando también recae sobre las personas que han suspendido todo o casi todo. El impacto psíquico y su correlato en echarle la culpa a alguien de lo que sucede es efecto también de las dificultades económicas que se avizoran, pues si estamos, es lo que pareciera, al final de la salida del túnel, se vislumbran los problemas que habíamos suspendidos en virtud de la emergencia sanitaria. Los italianos están impacientes. Una impaciencia justificada pero que recae, invariablemente, en las acciones u omisiones del gobierno a cargo de la emergencia. ¿Las medidas tomadas o por tomar no son las adecuadas? Creo que el problema crucial es que las medidas que se tomen no alcanzarán para retrotraer a la situación previa de la emergencia. Es porque es una emergencia que a la salida nos encontraremos con los problemas que hoy estaban en stand by.

Leyendo algunos informes freudianos después de la primera guerra mundial acerca de lo que había sucedido y sus secuelas se pueden encontrar algunas resonancias con esta emergencia. Los factores son muy diferentes, pues no hay una guerra emprendida por seres humanos con quienes enojarse o hacerles responsables de esa desgracia, si bien el efecto traumático de la guerra no requiere de sujetos causantes para dañar psíquicamente a la población. Aunque no se trata de neurosis de guerra, se pueden ver ciertos efectos de “narcisismo infantil” que, como dice Ferenczi de los enfermos afectados por la guerra, “desearían ser acariciados, cuidados y arrullados como los niños”. Pero precisamente, en esta pandemia, es lo que está prohibido. Será necesario poner en la cuenta de esta prohibición de contacto los efectos a futuro en la salud psíquica de la población. Observaban estos psicoanalistas que recién comenzaban a usufructuar el psicoanálisis para un acontecimiento tan devastador como una guerra mundial que una respuesta posible ante la desventura es la de accesos de rabia y de cólera como “forma muy primitiva de rebelarse contra una fuerza superior”.

El Coronavirus no es culpa de nadie, es una experiencia contingente a la que, eso sí, los estados y sus gobiernos pueden responder de modo más o menos responsable. Esas diferencias pueden tener efectos políticos de aprobación o rechazo. Pero, lo que puede verse en el actual momento de la epidemia en Italia, es que, si bien importa lo que cada gobierno haga para resurgir de la emergencia, hay un efecto global negativo y desastroso que ninguna medida podrá cancelar. Esto es, no sabemos lo que ocurrirá en el futuro, ni tenemos un cálculo exacto de los daños, pero lo que sí sabemos es que nada volverá a ser igual y que, con certeza, en términos socio económicos será devastador. Esta eventualidad, que como seres humanos que somos no estamos dispuestos a admitir, la ponemos en suspenso para enterarnos cuando deba advenir. Pero una cosa es cierta, la crisis socioeconómica la sufriremos todos (salvo los que siempre hacen negocios con todos y los saqueadores profesionales). El actual gobierno italiano, que ayer lanzó un paquete de medidas extraordinario de otros 55 mil millones de Euros, no podrá evitar que el descontento, el infortunio que cayó sobre la vida de empresas y trabajos no le caigan encima. La derecha, que es de una crueldad y de una inescrupulosidad infinita, cabalga sobre esta desventura. Y encuentra siempre a quienes están lastimados y cansados, dispuestos a encontrar a un culpable y lincharlo, porque lo que hacen estos políticos profesionales de la carroña sobre los más débiles es darles de comer argumentos para encontrar culpables y no responsables. En una emergencia de esta magnitud no hay narcisismo que no sea tocado pero, para muchos, ese narcisismo se creerá ileso frente a la desventura que lo roza o lo golpea apelando a encontrar culpables de su desdicha. En Italia el gobierno actual es un candidato aventajado para ello.

Una anécdota tremenda de estos días muestra que el estado de ánimo de la población es algo que los políticos deberían tener en cuenta, porque en una situación de emergencia como la presente es de una fragilidad inmensa. Sucedió que se logró rescatar a una joven de 25 años que había estado secuestrada en Somalía durante 18 meses. Ella regresó el 9 de mayo a Italia, después de una operación de inteligencia. El Premier Conte y el Ministro de Exteriores fueron a recibirla. La joven baja del avión vestida como una musulmana. Tanto la recepción de los más altos cargos de gobierno, como el triunfo de una operación de rescate y la actitud de la chica que habló bien de sus raptores y de su decisión de convertirse al Islam fuero un boccato di cardinale para la derecha y sus ataques racistas, sexistas, fascistas. En otra ocasión haré un texto sobre el asunto. Aquí sólo quería mencionar que un episodio que en otra ocasión podría ser tomado como un logro del gobierno, se transformó en un asunto que muchísimos italianos utilizaron para descargar todo su odio y su desesperanza. Así, se convirtió en un episodio sin igual para la derecha recalcitrante e inhumana y para quienes, debilitados por la situación, intentan desmentir la desventura social que se anuncia. Para ello, encontrar un culpable del padecimiento nos mantiene con la ilusión de que las cosas podrían ser diferentes. Es cierto, como hemos visto, que las decisiones que tomen los estados y los gobiernos serán definitorias para lo que se avecina. Pero de las consecuencias adversas del detenimiento de la economía, además de traer algún grado de consciencia positivo del funcionamiento desastroso del sistema capitalista en que vivimos, no podremos escapar. Obviamente, deseamos que haya algún grado de sensatez en los gobernantes como para que esos efectos sean lo más leves posibles para la mayoría de la población. Pero, de todos modos, hagan lo que hagan, será necesario que todos podamos tener presente que no hay retorno al lugar de partida, que ese lugar ya era problemático y que nos tocarán momentos difíciles, como los de una reconstrucción después de una guerra.

miércoles, 6 de mayo de 2020

El Estado para el neurótico, el antiperonista y el sujeto neoliberal


por Lidia Ferrari

Un anciano italiano, célibe y solitario, que vivió toda su vida bajo la tutela de su autoritaria madre hoy se lamenta porque el Estado no se ocupa de viejos como él para procurarles una compañía. Esa compañía que nunca buscó por sí mismo sería tarea exigible al Estado.

Cuán cercano está el empresario neoliberal de un sujeto neurótico cuyas desgracias son culpa de algo o alguien, mientras que sus pocos momentos dichosos son fiesta para su narcisismo. El sujeto neoliberal le pide al Estado que lo salve en tiempos de crisis y cuando le va fenómeno acumula en paraísos fiscales. En tiempos duros y críticos como los actuales se multiplican los que saben lo que debería hacerse pensando sólo en su propio ombligo. Está siendo claro que el Estado debe ser fuerte para enfrentar las inmensas tareas que tienen por delante los países golpeados por la pandemia. Pero también es evidente que ese Estado será sobre exigido por los poderes de siempre que lo parasitan y lo usan para su beneficio, así como presionan a sus gobiernos cuando no realizan lo que ellos desean. En ese sentido los poderes neoliberales se espejan en estos sujetos neuróticos que sólo saben demandar. Esto que se observa también en posiciones de izquierda que critican a un gobierno popular que no realiza todos sus anhelos, por lo que se sienten más cómodos con gobiernos oligarcas que les presentan un rostro ‘totalmente’ reprochable.

El sujeto antiperonista es de la misma factura que un neurótico clásico y que un neoliberal. Despotrica contra los beneficios que el Estado prodiga a las clases populares mientras los aprovecha sin renunciar a ellos. Tuve la ocasión de coordinar un programa en la formación de Residentes en Salud Mental. Formación que ofrece el sistema público de salud y educación de la Argentina. Pocos países en el mundo ofrecen este tipo de espacio donde el Estado les procura un salario para formarlos. Sin embargo, escuchaba en esos jóvenes privilegiados continuas quejas y críticas al sistema del cual eran beneficiarios, a pesar de que muchos de esos jóvenes irían a trabajar al exterior o al sistema privado de salud. Siempre pensé que en esos espacios se hacía necesario transmitir un análisis crítico acerca de la relación Estado, gobierno y ciudadanía, para comprender cuándo el Estado está presente o ausente y su relación con los diferentes gobiernos.

El significante Estado es el lugar donde la doxa, es decir, el sentido común neurótico colectivo, ubica un Otro sin tachar. El Estado se convierte en el lugar donde todos pueden exigir, tanto la protección como la exención de los impuestos.

sábado, 15 de febrero de 2020

El coronavirus y el virus de la información


por Lidia Ferrari

Uno puede identificar el carácter viral, es decir, extendido, contaminado de una noticia, cuando todo el mundo la reproduce. Cada individuo actúa de reproductor hasta que se extiende sobre todo el cuerpo social. Es notorio que se habla del carácter viral de noticias por su reproducción en las redes sociales y en los medios de comunicación. Así, una noticia se esparce por doquier no sólo desde las usinas de la información, sino porque cada uno de nosotros actúa como una fuente de irradiación. 

Ahora bien, hay noticias que toman un carácter pandémico, pues no dejan lugar sin infectar y se irradian como una bomba de hidrógeno. Así, el actual coronavirus, aunque hubo otros terriblemente amenazantes en este siglo XXI que mostraron más la potencia del periodismo para expandir el miedo que la del virus temido. Porque son noticias que muestran el colosal poder de esa irradiación que ya no es la de una enfermedad que exige para su transmisión de un cuerpo presente o de alguien que lo posea y lo transmita a otro ser. Como dice la ciencia médica, si se aíslan los contagiados el virus queda reducido a ese estrecho lugar y desaparece la irradiación. 

Claro, en un planeta hiperconectado pueden algunos infectados viajar y esparcirlo. Pero siempre será necesario ese contacto corporal. En cambio, la noticia del virus, es decir, la palabra coronavirus se sigue esparciendo al infinito por las redes sociales, por el mundo de las noticias. Todos hablan de ello. En las escuelas los chicos no hacen chistes sino del coronavirus. Cuando alguien tose en el planeta infectado de las palabras coronavirus y China, sus vecinos se sobrecogen por el temor, reaccionan como si todo el sentido de la vida pasara, ahora, por el virus y su carácter mortal.

Lo que se extiende como una epidemia sin remedio es el virus de la palabra que inocula cada alma y la obliga a pensar sólo en eso. El lenguaje te apresa y, si todos hablan de eso, no hay manera de que no seamos inoculado por ese virus cuyo minúsculo ser concreto quizás ya haya sido aislado, controlado.

Existen algunas palabras particularmente virales: son aquellas que anuncian una amenaza de algún tipo y usufructúan de este carácter contagioso de la palabra. Cuando alguien expande el carácter amenazante de la palabra, todos quedarán conmovidos y, como ocurre con el contagiado, será un propagador de esa amenaza.

El valor extremo, excesivo, que tienen los medios de comunicación y las redes sociales muestra que la palabra es el medio por el cual cualquier enunciado puede volverse viral y que es ella, la palabra, la que muestra su carácter letal esparciendo una amenaza, una sospecha, una calumnia, un estigma.

domingo, 19 de enero de 2020

El totalitarismo de las redes sociales y la relación con nuestros líderes



por Lidia Ferrari
Ilustración: Carmen Cuervo

En la tradición intelectual occidental, en el siglo XX, hubo una marcada inclinación a pensar en la relación entre líder y pueblo con el sesgo de las experiencias nazis, stalinistas y fascistas. También la lectura del central texto de Freud, Psicología de las Masas y Análisis del Yo, condujo a considerar la relación entre el líder y la masa con la manera en que Freud analizaba al Ejército y a la Iglesia. La manera de considerar la relación entre líder y pueblo quedó ligada a las experiencias totalitarias y la idea de líder político a la imagen de Hitler, Stalin o Mussolini. El pueblo que le corresponde a esas experiencias se convirtió en masa y cada persona había perdido su individualidad. No se advierte que la idea más totalitaria y vencedora del siglo XX es la de la consolidación del capitalismo de mercado y su ideología del libre consumidor. La representación de la libertad en nuestra sociedad capitalista es la de que el individuo es dueño de sus elecciones, de sus actos y no está sujetado a ningún liderazgo. Así constituido este imaginario en el siglo XX, los líderes que han sabido construir una relación fuerte con su pueblo fueron leídos como experiencias totalitarias y negativas para la vida democrática. El sujeto correlativo a la democracia es el individuo consciente, dueño de emitir sus opiniones, independiente y seguro de sí mismo y de sus ideas. Las redes sociales y la posesión de los dispositivos tecnológicos nos permiten ver lo que queremos, cuando queremos, sin necesidad de espacios comunes, tanto como para prescindir salir de la habitación para comer o para intercambiar con otros. Estamos convencidos también de que esta clase de vida auto suficiente está en las antípodas del individuo que pierde su identidad en la experiencia totalitaria. Con este individuo tan consciente de sí mismo, de sus ideas y de lo que quiere hay que construir un sujeto político colectivo. Aquí radican las dificultades del presente.

Los líderes se sostienen en las redes sociales pero las redes sociales, manipuladas por las grandes corporaciones mediáticas, pueden fragilizarlos rápidamente. Las redes sociales nos han dado megáfonos a cada uno de nosotros. Cada uno de nosotros es dueño de una idea, de un gusto, de una elección política y reclama que esa voz sea escuchada. Pero esa no es la voz del pueblo. Es una voz individual. No hay posibilidad de construir un sujeto colectivo sumando individualidades donde cada reivindicación o demanda tiene su lugar propio y no se articula con la de otros.

Lo que me interesa con este largo preámbulo es advertir la situación delicada que se puede producir al mes de asumir el nuevo gobierno de Frente de Todos. La labor ardua, estratégica de los líderes, empezando por la genial estratega Cristina, donde cada uno de los que se unió en ese Frente renunció a su singularidad para hacer algo común, esa tarea ardua y gigante, que unió a quienes no estaban bien juntos, se realizó básicamente por la postergación de las singularidades de estos líderes. Sin esa donación no habría gobierno popular en Argentina y estaríamos definitivamente habitando el infierno. Pero como el infierno de la devastación que dejó el macrismo está presente y no va a ser fácil salir de ello, se debe seguir unidos a pesar de las diferencias. 

Los líderes, nuestros representantes han construido esa unidad y la sostienen. Pero muchos de nosotros, desde el llano, estamos inoculando sospechas, dudas, objeciones, reivindicaciones varias a este flamante gobierno. No son los líderes que se empiezan a pelear, como suele ocurrir. Los electores macristas le reclamaban al kirchnerismo que no podían comprar el té de Ceylan. No voy a hacer la lista de los reclamos, reivindicaciones, objeciones, sospechas que se empezaron a producir por las redes sociales. Estamos en nuestro derecho, porque somos individuos democráticos y el capitalismo nos ha enseñado que querer es poder y, si quiero algo, tengo derecho a reclamarlo y adquirirlo. Pero es el peor escenario que puede ocurrir: que los propios protesten y reclamen. Las sospechas, las dudas socavan la esperanza y la confianza que son los bienes que nos ha donado este gobierno, hecho de líderes que han sabido postergar sus intereses, por el bien común. Muchas cosas buenas tienen las redes sociales, pero a veces, cuando aparecen las agresiones, las patoteadas, los compadritos y también compadritas, se nubla todo y aquello que fue una tarea común para poder lograr la realidad de un triunfo tan ansiado se puebla de resquemores y dudas. Los argentinos heredamos el temple agresivo, irreverente, soberbio y también la lucidez y la super inteligencia para saber qué es lo que debe hacer primero un gobernante recién asumido en un país devastado.

Me preguntaba en 2011 si nos merecíamos a Cristina, porque nos llevaba varios cuerpos de delantera, a nosotros, al pueblo argentino. Los líderes, como Néstor, Cristina y ahora Alberto, están adelante nuestro, tomando decisiones delicadas, claves, y pueden equivocarse, claro. Debemos seguirlos. Esto puede ser leído como algo no democrático. Es la línea ideológica que hemos mamado desde pequeños. La democracia es que cada uno exprese lo que piensa y tome lo que quiere. El totalitarismo capitalista ha hecho la mejor propaganda del siglo XX y XXI. Nos ha convencido de que los totalitarios son los otros. Nosotros, que elegimos lo que queremos y pensamos como se nos ocurre y eso es lo que está bien, somos libres y democráticos. Así estamos hoy horadando a aquellos que hemos elegido y que tienen una tarea titánica por delante.

Recuerdo hace dos años en Madrid cuando escuchaba a militantes de Podemos hablar de modo destemplado acerca de los errores de todos. Hablaban descarnadamente criticándose unos a otros, sobre lo que no hicieron, sobre lo que no lograron, sobre lo que podrían haber sido y también críticas a sus dirigentes. No conozco demasiado de la política española. Con lo que vi y escuché de los propios protagonistas, Podemos parecía estar liquidado. No podía comprender cómo podían denostar tanto algo que estaban recién empezando a construir. Lo mismo he visto en Italia con el M5S. La horizontalidad en su constitución condujo a tanta gente a criticar todo, a no dejar títere sin cabeza. Por suerte tienen algún líder que los mantiene unidos para poder hacer su programa. Que la crítica feroz se haya desencadenado de este lado del tablero ahora en Argentina me hace sospechar no en nuestros líderes. Me hace volver a preguntarme, como en el 2011, si nos merecemos los líderes que hemos sabido acompañar. Los líderes son imprescindibles, porque tienen la decisión en sus manos. Nosotros, los que opinamos desde detrás de una computadora, deberíamos ser más humildes ya que no nos jugamos nada, salvo algún prestigio imaginario de las redes sociales. Ellos están trabajando para tratar de poder mejorarnos la vida. Quizás debamos modificar nuestra idea de los líderes, deconstruir la lectura de que ellos son todopoderosos y que perdemos nuestra individualidad si los seguimos. Más humildad no es ser rebaño. Quizá sea tiempo de ensayar otras lecturas de la relación del sujeto colectivo que se construye entre líder y pueblo.

sábado, 18 de enero de 2020

La calumnia


por Lidia Ferrari, desde Treviso
Ilustración: Carmen Cuervo

“No es, sin embargo, cosa insignificante y sencilla [la calumnia], como cabría suponer: requiere gran destreza, no poca astucia, y cierto grado de precisión; pues la calumnia no causaría tantos males de no producirse con cierta verosimilitud, ni triunfaría sobre la verdad, que es más fuerte que todo, de no cuidar previamente su atractivo, su verosimilitud y otros mil detalles frente al auditorio. Suele sufrir la calumnia con especial frecuencia quien goza de favor y es por ello envidiado de quienes deja tras de sí. Todos apuntan sus flechas contra él, por considerarlo un impedimento y obstáculo, y cada cual espera ser el primero tras expugnar al gran encumbrado y privarle del favor”.

Así habla de los males de la calumnia Luciano de Samosata en el siglo segundo después de Cristo. Nada ha cambiado. Ahora hay más dispositivos para que la calumnia se expanda y se convierta en una única voz, pero el funcionamiento es el mismo. Luciano advierte que la calumnia prospera donde no puede funcionar la justicia, esto es, donde no hay posibilidad de la parresía, esto es, escuchar a ambos contendientes, en igualdad de condiciones. No funciona: “Y no dictes sentencia, hasta escuchar de entrambos el relato”.

Así han operado y siguen operando contra Cristina, Alberto y todos los que quieren modificar algo el programa neoliberal. Así se hace en todos lados, en Inglaterra y Francia, acusando a Corbyn y a Melénchon de antisemitas, por ejemplo. Así lo hacen ahora, salvajemente en Italia contra Luigi di Maio, el capo político del M5S. Lo hacen contra todas las medidas populares que toman o que intentan tomar. Pero tienen la hegemonía de los medios y, sobre todo, ese semblante de verosimilitud que exige la calumnia. También porque toca puntos sensibles en la idiosincrasia de algunos pueblos: su necesidad de mirar alto porque se sienten bajos, o el provincialismo que impera en Italia, país en el que vivo; este provincialismo no creo que pueda adjudicarse al pueblo argentino *. Pero, sobre todo, la calumnia es calumnia porque no rige, como dice Luciano, una emisión justa e imparcial de acusaciones con derecho de defensa del acusado. 

El calumniado está inerme, en nuestros tiempos, ante la potencia de la prensa hegemónica, ante la corporación periodística y política que no deja casi resquicio para que se filtren otras voces y, sobre todo, no se vea el gesto escondido de la calumnia. Pues la calumnia se viste de santa, esconde sus malas intenciones. La calumnia es una acusación sin fundamento, injusta e impía. Pero se reviste de santa verdad. En nuestros tiempos, pero también en tiempos de Luciano, la calumnia servía y sirve a los poderosos y prospera en los ambientes donde “cobra más fama el más adulador y el más experto en esas infames prácticas”. En este mundo de la potencia colosal de las redes sociales y de los aparatos mediáticos concentrados sería una buena práctica sospechar cuando frente a alguien se disparan calumnias, maledicencias y acusaciones de manera compacta y unívoca y, sobre todo, cuando no se tiene acceso a la voz del calumniado.

* Como decía Borges: “Uno de los mejores rasgos del alma argentina es la generosa curiosidad por lo que ocurre no sólo aquí, sino en cualquier lugar del planeta. La modestia de nuestra tradición nos obliga a ser menos provincianos que los europeos”.

martes, 17 de septiembre de 2019

Catherine Millot, su libro "La vida con Lacan" y la deconstrucción femenina


por Lidia Ferrari

Desconozco el valor del premio literario que le han dado a Catherine Millot por su libro La vida con Lacan, un compendio de anécdotas de la vida con quien fue su analista y su amante, que no posee mayor mérito narrativo. El libro convoca nuestra curiosidad por esas anécdotas que muestran a Catherine Millot como geisha de Lacan durante algunos años de su juventud, y nos muestra su posición femenina frente al amo dominante. No se trata de juzgar la vida privada de Millot, pero cuando se hace pública, alguna palabra se puede decir, al menos sobre lo que ella nos narra. La Catherine Millot que se muestra está lejos de un modelo femenino de los tiempos actuales. En su relato no aparece ninguna crítica o algún malestar en relación con su posición subordinada al deseo de un anciano Lacan. Es cierto, nos muestra algo de la satisfacción que obtuvo de ello. El único momento que muestra un acto de insubordinación es cuando Lacan le pide nuevamente compartir un viaje con su otra amante, y lo rechaza por los celos que le procuraba. Es decir, el padecimiento estaba en relación a perder el lugar de favorita del patriarca, más que a una rebeldía hacia Lacan. Un libro publicado en 2016, con el movimiento de mujeres que arrecian por todos lados, parece ignorar estas coordenadas epocales, que bañan con una diversa luz la relación entre una joven mujer y un hombre prestigioso y anciano. Pero puede servir para, desde las militancias feministas, interrogarse sobre el goce femenino de ser la elegida del amo.

Su lectura, muy rápida, por cierto, me recordó mis reflexiones a propósito de Artemisia, pintora italiana del siglo XVII. En ese trabajo yo analizaba cómo, a partir de movimientos feministas y de denuncias de acoso sexual, las mujeres teníamos la posibilidad “de construir una diferente versión de esa escena habitual donde el poder fascina” [1] . Porque sigo pensando que una ganancia clara de estas nuevas posiciones de las mujeres es no sólo la de denunciar lo que han sufrido y hacer oír su voz. Se trata de autorizarnos a “responder de otra manera que como seducidas o fascinadas. Se están escribiendo otras maneras de leer el propio drama. En algunos casos se trata de una nueva mirada a una misma escena. Casi todas las mujeres podríamos confesar situaciones que vivimos en un ámbito donde alguien usufructuaba de un lugar transferencial de poder y donde nuestra fascinación nos impedía entender y/o reaccionar frente a lo que sucedía” [2]. Nos habría gustado que Catherine Millot hubiera escrito un apéndice acerca de sus reflexiones actuales sobre lo vivido con Lacan. No es su obligación, por cierto. Pero expresar cómo se inscribió esa experiencia con un hombre prestigioso y poderoso al que siguió en todos sus deseos como si fueran propios, desde una reflexión actual, hubiera sido interesante.

Como hemos dicho: “La seducción proviene de ciertos lugares simbólicos que fascinan. Una fragilidad de las mujeres, pero una fragilidad compartida por todos los seres humanos frente al otro que ocupa un lugar de prestigio, de poder. El amo, el padre, el maestro, el analista son lugares que pueden llegar a vampirizar esa materia llamada transferencia. Se trata del lugar simbólico que ocupa cada quien en la jerarquía de las relaciones humanas. Los efectos que resultan de la investidura, como muestra Lacan, transforman a aquel que pasa de un cargo inferior a uno más elevado, pero no se trata de capacidades sino de investidura. Son lugares de cierta calificación simbólica a cuyos efectos imaginarios hombres y mujeres sucumben”. Mi mención a lo que señala Lacan en el Seminario 1 nos interroga. ¿Cuáles son las consecuencias que el psicoanálisis puede tener sobre un sujeto si sus presupuestos teóricos no se ponen a jugar en el dispositivo analítico? 

Al final del libro, Catherine narra su estatuto de analizante de Lacan después de habernos contado sus vicisitudes como acompañante y amante. Sólo avanzada la relación con Lacan, cuando aparece la pregunta por la maternidad, su análisis parece propiciar el poder soltarse de esa relación. Imagino, porque desconozco, que habrá habido polémicas y discusiones a propósito de este libro. La única que me interesa después de haberlo leído es la de interrogarnos las mujeres si esta movida en la que estamos comprometidas puede llegar a sostener un cambio de posición respecto de los lugares de poder, que generalmente son ocupados por hombres, esos lugares que fascinan, seducen y por los que nos quieren fascinadas y seducidas.

“Reconocer en la mujer su fascinación no es sino ubicar las coordenadas que llevan a que haya un sujeto del lado de la mujer que puede llegar a ser acosada. […] Hay otras situaciones en las cuales una mujer se puede encontrar en estado de vulnerabilidad por su mismo carácter deseante” [3].

Podría tomarse el libro de Millot como una delación de la omnipotencia y voluntad de dominio de Lacan, pero nos muestra más bien que hay allí una mujer “libre” que acepta ocupar voluntariamente el lugar de acompañante súbdita. Para nuestra tarea actual “no sólo se trata de desnaturalizar los gestos aprendidos y encontrarles un lugar diferente en la narración de nuestra historia y de la historia de las mujeres” [4]. Porque además de pretender que se deconstruyan los sujetos masculinos en sus modos machistas de conducirse, también las mujeres debemos deconstruir un modo de ser que nos quiere fascinadas. Debemos denunciar el maltrato del poderoso, pero también deconstruirnos en nuestra fascinación por los lugares masculinos de poder. ¿Será posible?

NOTAS

[1] Ferrari, Lidia. Decir de mujeres. Escritos entre psicoanálisis, política y feminismo. Buenos Aires, Letra Viva, 2019. Pag. 22-
[2] Ibidem. Pag. 23. 
[3] Ibidem. Pag. 23. 
[4] Ibidem. Pag. 26.