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miércoles, 8 de mayo de 2024

Hoy nací

Hoy adivino qué me pasa 
porque mi nombre no soy yo 
porque no tengo una casa 
porque estoy solo y no soy 
porque hoy nací 
hoy nací 
hoy, recién hoy 
el sol me alumbró 
y el viento de los vivos me despertó. 

La franqueza declarada en las palabras se sostiene en el sonido. Los arreglos son depurados, como si estos muchachos estuvieran de vuelta del virtuosismo y la estridencia y quisieran despojarse de las vanidades (cuando en realidad estaban fundándolo todo). La producción artística es milagrosa: la voz de Javier en primer plano, dándole un peso inusual a la enunciación, y el trío instrumental un poco detrás, el pulso firme de la batería, el bajo robusto, serio, una guitarra ligeramente jazzeada, con una naturalidad que el jazz rock, años después, ya no podría recrear. Son demasiadas ideas demasiado bien plasmadas. El arte de tapa (la bomba a punto de estallar con la cara de los tres adentro, las letras rojas sobre fondo amarillo) indican el grado de autoconciencia de lo que se traían entre manos. 

Segunda pista: "Porque hoy nací" -una cumbre del rock, de cualquier parte que ustedes quieran-, viene a ser la contracara del manifiesto social de "Jugo de tomate frío": lo existencial es político y lo político es existencial. Habla un hombre herido y no un predicador ni un candidato trotskista: “Porque hoy nací…/ hoy nací. / Hoy, recién hoy/ el sol me quemó/ y el viento de los vivos me despertó”. La voz cavernosa de Martínez adquiere una profundidad inusitada, las palabras se estiran y parecen querer tragarse a la ciudad entera. La intimidad lograda entre la voz y el órgano blusero es tan perfecta que asusta. Hay que saber, además, que la versión que quedó registrada en el vinilo es un demo y que el demo es la canción como ya no podría mejorarse. 

Y así, pista tras pista, la música de Manal va derramándose por la ciudad como una mancha de petróleo: "Avenida Rivadavia", "Todo el día me pregunto"; por los suburbios: "Avellaneda blues", "Una casa con diez pinos" (“hacia el sur hay un lugar, ahora mismo voy allá”)… para terminar con "Informe de un día".

martes, 25 de marzo de 2014

Golpe



por Willy Villalobos

Bum, bum, bum, (golpes en la pared).

¿Qué pasa?, le digo al compañero de la celda de al lado a través del caño de la pileta que nos comunicaba.

¡Golpe militar, los milicos dieron el golpe!

¿Como sabés?, le pregunté.

Me dijeron que un compañero lo escuchó de la radio del pasarela del muro. (Estos tipos son los que caminan por un pasillo que rodea toda la cárcel).

Así nos enteramos los cuatro que convivíamos en una celda de tres por tres que los milicos habían tomado el poder el 24 de marzo de 1976 en el celular primero de la cárcel de Devoto. Después fueron llegando "bembas", así le llamábamos a las noticias que no podíamos confirmar; que venían los militares, que los milicos estaban rodeando el penal, que los del servicio penitenciario de Devoto se negaban a dejar el penal en manos de los milicos, que nos iban a trasladar a todos, y qué sé yo cuantas cosas mas.

Estábamos nerviosos, no sabíamos que iba a pasar y decidimos anotarnos para el médico, el dentista, o cualquier otra cosa que nos permitiera salir de la celda para tratar de averiguar algo, nos mataba la incertidumbre.

Era gracioso el relato de los compañeros que habían ido al dentista y trataban de hablar con el torno en la boca.

No fue una sorpresa el golpe cívico militar y eclesiástico. Sabíamos que en cualquier momento podía pasar, los asesinatos de la Alianza Anticomunista Argentina, cuyo jefe era López Rega, el hombre más cercano a Perón y el quilombo que había en el país, nos hacían pensar que en cualquier momento los milicos iban a pegarle una patada en el orto a Isabelita. Muchos pensábamos que·la agudización de las contradicciones entre el pueblo y los sectores reaccionarios iba a ser favorable para acelerar el proceso revolucionario.

También sabíamos que en cualquier momento podían entrar los milicos y matarnos a todos.

De pronto, en el medio de una discusión tensa con los compañeros de celda, en el fondo estábamos todos cagados, se me ocurre proponer cantar el estribillo de una canción de Manal que dice: "Cada minuto es un minuto menos", del tema que, si no me equivoco, se llama "Necesito un amor". Era muy gracioso ver a esos cuatro presitos encerrados, a horas del golpe militar, cantando. Mi esperanza era que pasaran las horas, que no nos mataran de una.

El mejor análisis político, la mejor conclusión de lo que estaba pasando en la calle, me la dijo mi vieja en la visita unos días después. "Qué suerte que estas acá, hijo", me dijo ante mi sorpresa, "la calle es un horror", concluyó Cholita, así la llamábamos.

Nunca pensamos que se venía la noche como se vino, pero a medida que nos fuimos enterando de la masacre tampoco se nos ocurría imaginar que un día uno de nosotros iba a sentarse en el sillón de Rivadavia para impulsar el juicio y castigo a los culpables.

Ojalá ahora podamos juzgar a los civiles que aprovecharon para amasar fortunas y a los curas que confesaron a los torturadores, confundieron a nuestros familiares con noticias falsas y bendijeron las armas con las que asesinaban a los compañeros.

La mejor manera de celebrar la democracia sería arreglar con los docentes.

lunes, 17 de febrero de 2014

Aquí están, estos son: los mejores del rock

Los ganadores de la gran encuesta del rock argentino. Un ANTOJO para escuchar clickeando acá



Anoche en Antojo le dimos -bajo la dirección de Santiago Segura- la puntada final -aunque no tan final- a un trabajo descomunal: en julio pasado Santiago, editor del blog La Música es del Aire, se propuso la insensata tarea de hacer una gran encuesta que diera cuenta de la totalidad de la producción artística del rock argentino desde su nacimiento hasta hoy. Una tarea ambiciosa para llevar a cabo por un medio de comunicación pequeño e independiente, pero necesaria. A Santiago, nos contó anoche, la idea se le ocurrió después de leer un post de La otra, "Un extraño ranking de la Rolling Stone", en el que yo expresaba mi disidencia por la manera bizarra y descuidada con que la revista Rolling Stone había manoseado el canon musical rockero argentino mediante un refrito hecho sin rigor y con excesivo oportunismo. Santiago recogió esa disidencia y la llevó como bandera hasta la victoria. Donde aquí habíamos puesto disconformidad, él puso trabajo y llevó a cabo una verdadera superproducción. Grande por donde se lo mire: varios centenares de encuestados, un pluralismo sostenido con rigor, una lista que incluye a algunas figuras señeras de la música, el arte y el periodismo y a jóvenes de toda juventud, con todo lo que puede haber en el medio. Santiago no se contentó con solo consultarlos y computar los votos para armar un Top 100 (que por culpa de múltiples empates terminaron siendo 109), sino que se propuso la demencial idea de que cada uno de los 109 discos ganadores fueran acompañados de un texto analítico, de publicar todos los textos y (próximamente) cada uno de los votos individuales y apostillas varias. A los que hacemos Antojo nos encantó participar votando primero, escribiendo algunos de los textos después y, finalmente, dedicarle 4 horas de radio a dar a conocer los resultados de la encuesta. Acá, para acompañar el audio del programa de anoche, les dejo fragmentos de algunos de los textos escritos para la ocasión y los invito a que los lean completos en el blog La Música es del aire. Estos, entonces, son los discos ganadores de la encuesta:



#1  Artaud, Pescado Rabioso. Talent Microfón - 1973
(Texto de José Miccio):
Artaud pone en escena la disputa entre la desesperación del escritor francés y la terquedad anímica del rock. O lo que es lo mismo: entre la locura y el amor. O mejor: entre Artaud y Lennon, como el mismo Spinetta dijo una vez y todos repetimos (sensatamente) a partir de entonces. Cantata de puentes amarillos es el acto mayor del drama. Dos imágenes aparecen enfrentadas al comienzo: el camino, que abre el mundo a la experiencia, y la sangre, que confunde e idiotiza. En su desarrollo modular y tortuoso la canción asocia a cada una de estas imágenes otros elementos (el pájaro y la jaula, el alma y el encierro, el puente y el carrusel), siempre en situación de forcejeo, hasta que al final la borrasca cesa y el amor impone su dominio. Lo que pasa en Cantata pasa en las otras canciones o entre ellas. Es como si Artaud pusiera a Spinetta ante el abismo y Spinetta sacara del vértigo que lo sacude una obra sublime como respuesta al sobresalto que le produce leer. Hay discos en los que ciertos estados de ánimo parecen dar con sus notas esenciales, de manera que lo que le sucede a su autor no es distinto de lo que les sucede a todos los que atraviesan una situación del mismo nombre. Blood on the tracks no trata del divorcio de Dylan sino de todos los divorcios. El amor después del amor no dice sobre Páez más que lo que dice sobre todos los enamorados. Artaud es el disco de la conmoción de la lectura. (Leer completo acá)


#2 Almendra, Almendra. RCA - 1969
(Texto de Litto Nebbia)
Si bien el disco tiene gran cantidad de canciones de Spinetta, la excelencia del trabajo es producto de la noble química grupal que tenían en esos momentos. Todo el proyecto Almendra, eran “otra gente” para el panorama de esa época. Eran distintos pero dentro de una estética natural que les pertenecía. Nótese que los aportes vocales de Emilio del Guercio y también los compositivos, estaban muy emparejados con los de Luis. En calidad y estilística. Las maneras de integrar la percusión y la labor guitarrística de Rodolfo Garcia y Edelmiro Molinari, siempre estaban atentas a despegarse de cualquier formato roquero ya establecido. Hasta la portada del disco es una raritie para ese tiempo. Creo que es un producto super “argentino”, lleno de calidad y originalidad. De aquí su trascendencia y esta maravillosa posibilidad de seguir “creciendo” a través del tiempo. En lo personal, quizá el tema que más me gusta es A estos hombres tristes, sin que esta elección opaque a ninguna de las otras bellas canciones que lo integran. (Leer completo acá)


#3 Clics modernosCharly García. SG Discos - 1983
(Texto de Martín Zariello)
Las letras de Clics modernos captan ese instante lírico en el que tras un tema de amor se esconde una declaración política (Los dinosaurios, Plateado sobre plateado). Ojos de videotape es un cóctel de melodía sensible para piano y programaciones anti-clímax. No soy un extraño, paseo reflexivo de rocker maduro, explora las posibilidades sonoras del tango del futuro. El estado de gracia de Charly se adivina hasta en el título del disco. Pensaba llamarlo Nuevos trapos, pero es fotografiado sobre un paredón con un grafiti que dice "Modern Clix": automáticamente argentiniza el nombre y lo transforma en Clics modernos. Ésa apropiación de lo segregado por la alta cultura (el nombre de una bandita menor de postpunk) no sólo habla del modo de hacer música de Charly García, sino también de cómo concibieron sus obras maestras los grandes artistas de este país. No sé en qué puesto estará Clics modernos, pero de algo estoy seguro: es el mejor disco de la historia del rock argentino. (Leer completo acá)


#4 Manal, Manal. Mandioca - 1970
(texto de Oscar Cuervo)

"Si consiguen el primer disco de Manal, recomiendo escuchen esos blues. No se volvió a hacer algo igual" dijo el Indio Solari a su público en 2010, y esa vez tuvo razón. Son contados los casos en que una obra funda un género y a la vez encarna su culminación. Esto pasa con Manal (1970) el disco debut de Manal. Hay que poner el vinilo en la bandeja como si se escuchara por primera vez, hay que olvidarse de todo lo que vino después, o hay que hacer todo lo contrario: situarse en el contexto de mediados de 1969 (¡Onganía!), en Buenos Aires, Argentina, cuando todo era nada y era nada el principio. Y entonces escuchar cómo Manal, pista tras pista, se va adueñando del universo con una determinación inaudita. (Leer completo acá)


#5 Oktubre, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Wormo - 1986
(Texto de Juan Manuel Pairone)

Oktubre será siempre recordado por su estética bolchevique y su contenido lírico tan encriptado como embanderable. Pero lo cierto es que, más allá del sentido político del gesto artístico -retomar la Revolución Rusa en plena crisis del modelo soviético y con la todavía débil democracia argentina como telón de fondo- y de la presencia indeleble del arte de Rocambole en el espacio público, Oktubre es un álbum definitivo del rock local porque es el producto de un cancionero que parece simple y arrollador pero se anima a ser todoterreno. Porque muestra la versatilidad de una banda supuestamente masiva pero sumergida en un modernismo atrapante. Y porque, en definitiva, tiene una huella de época innegable y por demás atractiva, pero, con casi tres décadas de vida, sigue sonando fresco, urgente y provocador. Como si se hubiera propuesto viajar al futuro en la línea del tiempo de la música popular argentina. (Leer completo acá)


#6 Piano Bar, Charly García. SG Discos - 1984
(Texto de Pablo Schanton)

#El país y yo/ Un tipo encerrado en su casa durante la guerra. La escena fundacional (82) en la carrera solista de Charly García recrudece en Piano Bar (84), y eso que se acabó la guerra. Se acabó la Dictadura. La Democracia se ha puesto a hacer promesas sobre el bidet. Pero aquel refugiado sigue cantando “Me siento solo y confundido a la vez”. ¿Por qué no es capaz de abrazar y abrasar la esperanza política, como otros rockeros que aportan el necesario “poptimismo” a la coyuntura, a bordo de sus Tirá para arriba, Hay que salir del agujero interior o No se desesperen? Atención al “De acuerdo” de Promesas sobre el bidet: un grito que tropieza con una síncopa. Si todo el disco pudiera sintetizarse a nivel letra/música no deberíamos soslayar ese momento. “¿¿¿¿¡¡¡¡¡De acuerdo!!!!!????”, aúlla Charly en el cenit del desesperado cuestionamiento del álbum. Ahí la canción parece desorquestarse, desconcertarse, deshacerse. Ahora bien, ¿no era que Promesas… era simplemente una canción sobre la crisis que atravesaba la relación del músico con su novia?


#7 El amor después del amor, Fito Páez. Warner - 1992
(Texto de Federico Anzardi y Santiago Segura)

La figura de Cecilia Roth y las canciones de amor de pareja le dieron históricamente la chapa de cursi a un disco extenso, denso y pesado. Vuelvan a escuchar El amor...: no todo es juntar margaritas del mantel y comprar revistas en el metro, felices, porque no importa un carajo más. La desesperanza de Tráfico por Katmandú y la lascivia de Sasha, Sissi y el círculo de baba (una porno violenta) y la Balada de Donna Helena (para que Pappo no lo joda con que no es rock, Fito se hace de metal) son hachazos dignos de las épocas más oscuras. Tumbas de la gloria es amor y muerte, mirando el mundo propio desde la relación más íntima (el amor que cambia la vida) pero con un ojo en la vida descontrolada de los astros del rock and roll (¡no me dejes caer!). Decir que es una de las diez canciones más certeras de los ’90 sigue siendo poco. (Leer completo acá)


#8 Canción animal, Soda Stereo. Sony Music - 1990
(Texto de Pablo Schanton)

Liberando sus primeras influencias, Cerati estiliza al máximo -hasta borrar pátinas de vintage, con Daniel Melero en el papel de Eno- lo absorbido de Pescado, Color Humano y Vox Dei, para proponerse como link con la nueva generación de rock argentino de los ’90/’00 que repasa el de los ’70 sin haberlo vivido: Carca, Pez, Los Natas, primero; Mostruo!, el último Aristimuño, Las Diferencias y otros, hoy día. Ricardo Mollo, de su misma generación, se sacude el post punk importado por Luca y, a la altura de La era de la boludez, también reescribe el rock setentista. La clave radica en el vocativo “Nena”. (Leer completo acá)


#9 Kamikaze, Luis Alberto Spinetta. Ratón Finta / Interdisc - 1982
(Texto de Florencia Ruiz)

Me regalaron Kamikaze mucho tiempo después de querer tenerlo y llegó en un momento muy especial -estaba dejando el CBC para dedicarme a hacer y enseñar el arte de combinar sonidos. Posiblemente éste es el álbum que más me ha influenciado, me arriesgo a decir, mientras escribo estas líneas y me recuerdo a la distancia sentada en el piso del cuarto de la casa familiar mirando por la ventana pasar los coches y escuchando al Luis de los 80s. 15 años más cerca del ahora. Kamikaze es un hermoso disco, lleno de canciones bellas, amorosas. Un disco que solo L.A.S. puede hacer y que encierra años de trabajo y de luz. Es increíble que lo haya armado con piezas que no habían encontrado lugar en otros álbumes y que aquí parecen haberse hermanado para siempre. (Leer completo acá)


#10 Pescado 2, Pescado Rabioso. Talent Microfón - 1973
(Texto de Eduardo Fabregat)

Más allá de las pretensiones conceptuales, lo cierto es que Pescado es una obra única de una banda efímera: ya no era el power trío inspirado en Pappo’s Blues y Manal de Desatormentándonos sino un cuarteto con las océanicas profundidades del Hammond de Carlos Cutaia, la garra de David Lebon, el tempo de Black Amaya. Y un Spinetta inspiradísimo, influido por Rimbaud (de allí el díptico de Iniciado del alba e Poseído del alba) pero con su propio vuelo lírico, capaz de perlas como Credulidad, Madre Selva y Cristálida (Aguas claras de Olimpos), ese cierre monumental con una orquesta del Colón que lo quiso cancherear a Cutaia y debió seguir al pie de la letra sus arreglos. Luis también tuvo la generosidad de abrirle juego a Lebon para que grabara el bellísimo Mañana o pasado, mientras asumía sin miedo el rol de guitar hero en tormentas eléctricas como Sombras de la noche negra, el inoxidable blues Como el viento voy a ver o los llameantes nueve minutos cuarenta de ¡Hola, pequeño ser!. Furia rockera y lirismo delicado; punteos de campeonato y climas de cuelgue; la rabia y la ternura de un pez con hidrofobia que hizo historia, en un disco cuyo vinilo contenía un libro hoy invaluable con textos y dibujos del mismo Luis. El Pescado de Pescado: más que aguas claras, aguas eternas.  (Leer completo acá)

Puestos 11 al 16 (que también escuchamos ayer en Antojo, cuyos textos pueden leerse acá):
11- El jardín de los presentes, Invisible.
12- Divididos por la Felicidad, Sumo.
13- Vol. 3, Pappo's Blues.
14- After Chabón, Sumo.
15- Don Cornelio y La Zona, Don Cornelio y La Zona.
16- Invisible, Invisible.

Y en el programa también se nos antojó reparar dos omisiones de los primeros lugares de la encuesta, discos y artistas a nuestro juicio imprescindibles.



Para escuchar el programa completo, clickear acá.

jueves, 6 de febrero de 2014

Los mejores discos de la historia del rock argentino: esta es mi lista

Encuesta realizada entre 300 personalidades por el blog La música es de aire

Kamikaze (Spinetta, 1982)


La esencia spinettiana más pura, crudo y despojado, sin afeites ni solos interminables. La estructura de la canción desnuda, casi en estado de demo: lo que hace más evidente su genialidad irrepetible.



Pequeñas anécdotas sobre las instituciones (Sui Generis, 1974)

Charly logró, a sus 23 años (¿milagro? ¿evidencia de que hay generaciones más resueltas y dotadas que otras?) un disco que es foto de época, estado de la mente y clásico perenne. Los colchones de sintetizadores podrían haber fechado el sonido de manera irreparable, pero la estructura de las canciones es tan lograda y la producción artística tan precisa que sigue sonando fresco, inquietante, misterioso. Sus letras (intervenidas por la autocensura que no permitía decir las cosas de manera más directa, en la época de la triple A) logran un balance inmejorable entre la lírica y el testimonio. Un disco al que no se puede dejar de volver. Y volver.



Artaud (Pescado Rabioso, 1973)

El Citizen Kane del rock argentino. Citizen Luis. Podría estar en primero o segundo lugar. Lo que no puede es no estar: o mejor dicho, si el disco no hubiera sido grabado, nosotros no estaríamos aquí. Hay que contenerse para no usar un superlativo detrás de otro. Si Spinetta hubiera grabado este solo disco, igual se habría ganado la gloria eterna.



Manal (Manal, 19710)

"Si consiguen el primer disco de Manal, recomiendo escuchen esos blues. No se volvió a hacer algo igual" dijo el Indio Solari a su público en 2010, y esa vez tuvo razón. Son contados los casos en que una obra funda un género y a la vez encarna su culminación. Esto pasa con Manal (1970) el disco debut de Manal. Hay que poner el vinilo en la bandeja como si se escuchara por primera vez, hay que olvidarse de todo lo que vino después, o hay que hacer todo lo contrario: situarse en el contexto de mediados de 1969 (¡Onganía!), en Buenos Aires, Argentina, cuando todo era nada y era nada el principio... (sigue acá).



Yo soy Ramsés (Tanguito, 1967/2009)

Acá estoy reparando una injusticia flagrante: estoy casi seguro de que ningún otro encuestado votó este disco entre sus 15 preferidos (si alguno otro lo votó, es mi alma gemela). Hay algunas explicaciones para esta omisión tan escandalosa: el disco se compone de grabaciones caseras registradas... ¡en 1967!, cuando nada parecido existía. Una serie de contingencias hicieron que se hicieran públicas 35 años después. Tanguito ha sido subestimado por la mayoría de sus camaradas de entonces, la película que pretende inspirarse en su vida no hace sino perpetuar el malentendido y todos lo consideran aquel zarpadito que andaba dando vueltas por ahí. Pero en estas grabaciones seminales (realizadas mucho antes del único disco póstumo suyo que se conoció por décadas) están sentadas las bases de la parte más original y audaz del rock argentino. Quizás sea Spinetta el único que le ha rendido el tributo merecido: es que Luis le debe mucho a este pibe raro y extraviado.



Pescado 2 (Pescado rabioso, 1973)

Otra vez Spinetta, inevitablemente. Este disco lo hizo a los 23, en el mismo año que Artaud. Believe or not, it´s all true. Acá sí hay una banda, una de las más libres que hayan existido: David Lebón, Carlos Cutaia, Black Amaya y Luis. Hicieron juntos esta anomalía absoluta y no pudieron más. Es comprensible. "Como el viento voy a ver", "Viajero naciendo", "Hola dulce viento", "Credulidad", "Hola, pequeño ser", "La cereza del zar": nombro solo algunas piezas maestras, para no nombrarlas todas. Quien no las escuche, no habrá conocido el mundo cabalmente.



Almendra (Almendra, 1969)

¿Ya hablé de Spinetta? Bueno, antes que nada estuvo en Almendra y puede decirse que nunca abandonó este temple. Tenía 18 años y unos compañeros formidables cuando hizo "Laura va", "Figuración", "Fermín", "Muchacha" y "A estos hombres tristes". Ya sé: no es posible que alguien de 18 años haga algo así. Pero es real.



La hija de la lágrima (Charly García, 1994)

Ecce Homo: hubo un tiempo en que Charly llegó a ser el que era. La Hija de la Lágrima tiene un argumento que nunca se entenderá, como una película de Lynch, con un oscuro pasadizo que conduce a una caverna. Las grandes canciones, las que Charly sabía hacer, emergen de un fondo ominoso y se van desmembrando. Un sonido espeso, un acorde de frecuencias ultra bajas atraviesa la noche. (Completo acá).



Durazno Sangrando (Invisible, 1975)

Ok: soy terco e insistente, pero no se puede ser justo y no elegir este disco entre los mejores. Se tiene el derecho de desconocerlo, pero una vez escuchado ya no hay excusas. Este es el Spinetta más deforme, el imposible de emular. Y algo más. el trío con Pomo y Machi es la formación más ajustada y severa que haya conocido el rock de cualquier parte del mundo. Sus extensos temas tienen una estructura inconcebible. Y junto a ellos, dos gemas del folk de una belleza diáfana: "Durazno sangrando" y "Dios de adolescencia". Este es el aguante: este es mi lugar.



Invisible (Invisible, 1974)

Ja. Spinetta. ¿Piensan que exagero? "Invisible es el nombre apropiado para una música que emerge de las sombras como una ciudad que se percibe con los ojos cerrados y juega todas sus chances a la arquitectónica auditiva. Spinetta logra con Invisible radicalizar y destilar los principios estéticos del rock porteño y los de su propia obra: un estilismo feroz y sofisticado que no descansa en la busca de un sonido urbano contemporáneo, que no cede a modas coyunturales y por eso alcanza instantáneamente la estatura de clásico. “Suspensión” y “El diluvio y la pasajera” permanecen como cimas inigualables..." (completo acá).


Piano bar (Charly García, 1983)

Después del neoyorquino y, para mi gusto, algo sobreproducido Clics modernos (canciones apabullantes que fundaron la década del 80 y descolocaron una vez más a sus fans), Charly hace otra movida inexplicable y a la postre sabia. Piano bar es un gesto radical, un disco urgente, de canciones desnudas, tan confiadas de su estructura inexpugnable que no necesitaba de ningún cortinado sonoro. Paredes peladas, actitud y contundencia.



Ciudad de las guitarras callejeras (Moris, 1973)

Podría haber elegido 30 minutos de vida, porque es un disco que tiene todo lo que a mí me rinde incondicionalmente, pero en realidad los dos primeros discos de Moris son igualmente buenos (tanto como el primero que hizo en España, Fiebre de vivir: Moris durante una década larga estuvo tocado por Dios). Elegí este porque están "Mi querido amigo Pipo" y "Muchacho del taller y la oficina", y si le quisiera explicar a alguien qué es el rock nacional, con estos dos temas sería suficiente.



Beat n° 1 (Los Gatos, 1969)

La otra omisión imperdonable de todas las encuestas realizadas hasta el presente. Litto Nebbia logró con este álbum de Los Gatos (para colmo el ingreso de Pappo al grupo) la psicodelia más refinada que se haya conocido en idioma castellano. Hay un programa estético que podría desprenderse de este disco y aún no ha sido explorado. Por si no se ha entendido: este disco pertenece aún al futuro de la música.


El salmón (Andrés Calamaro, 2000)

A principios del siglo XXI Calamaro se encerró a hacer el disco más reciente de mi top 15. Es un desborde de canciones como jamás se conoció, una película de horror en el interior de Camboya profundo. Un disco oscuro y adorable, desprolijo, antojadizo y genial. El propio Andrés lo supo explicar mejor que nadie: "Quiero arreglar todo lo que hice mal/ todo lo que escondí hasta de mí/ debo contar lo que yo solo sé/ uh perdón, Victor Sueiro también". Quien es tan consciente de su propia misión está millas adelante del resto.



El amor después del amor (Fito Páez, 1992)

Una seguidilla de hits perfectos, el pop más dramático y ameno. Desde que suena el acorde inicial de teclados en el tema que da nombre al disco hasta que "A rodar mi vida" va apagándose en fade, no hay un solo segundo desperdiciado ni en rimas ni en ritmos. Si viviera una eternidad, yo lo escucharía siempre.


Esta lista, que hice en respuesta al pedido de Santiago Segura para su blog, la confeccioné el 4 de julio del año pasado: como es bien sabido para todos los que hacen listas, las posiciones cambian de tiempo en tiempo; de todos modos, aunque alguno podría estar ahora más arriba o abajo, y otro que no entró antes podría entrar ahora, la lista me sigue representando. A partir de esta noche en Antojo iremos revelando los treinta primeros lugares de la gran encuesta realizada por el blog La música es del aire entre más de 300 personas vinculadas a la música o a la crítica musical (solo ocasionalmente el top 30 coincide con estos discos que yo elegí. El resultado final lo empezarán a saber hoy a la medianoche en FM La Tribu..

miércoles, 22 de enero de 2014

La bomba



Manal, Manal (1970)

"Si consiguen el primer disco de Manal, recomiendo escuchen esos blues. No se volvió a hacer algo igual" dijo el Indio Solari a su público en 2010, y esa vez tuvo razón.

Son contados los casos en que una obra funda un género y a la vez encarna su culminación. Esto pasa con Manal (1970) el disco debut de Manal. Hay que poner el vinilo en la bandeja como si se escuchara por primera vez, hay que olvidarse de todo lo que vino después, o hay que hacer todo lo contrario: situarse en el contexto de mediados de 1969 (¡Onganía!), en Buenos Aires, Argentina, cuando todo era nada y era nada el principio. Y entonces escuchar cómo Manal, pista tras pista, se va adueñando del universo con una determinación inaudita.

“La tierra que te da la vida/ da un tiempo para decidir/ eligiendo inteligentemente/ todo el mundo podrá ser feliz/ Jugo de tomate frío/ jugo de tomate frío/ en las venas deberás tener”.

Parece que está todo dicho (pero habrá mucho más). Un manifiesto ideológico que quedará marcado a fuego en el espíritu de la modernidad porteña. Después de un riff de blues sobrio y conciso, la voz de Javier Martínez hace la diferencia. No solo porque es demasiado cruda en relación con lo que se había escuchado en discos argentinos (como si las grabaciones fonográficas hubieran tenido hasta entonces personajes de ficción y Manal, por primera vez, hiciera aparecer una voz documental), sino por su dicción, insólitamente argentina para apropiarse del blues en un mestizaje perfecto. Se suele decir que Manal era la adaptación del sonido de la banda inglesa Cream al rock nacional. Es una manera muy burda de entender la sofisticada operación cultural que Martínez, Gabis y Medina estaban concretando. Veamos: de pronto las calles de Buenos Aires vuelven a tener una música en sintonía con el presente, cosa que no sucedía desde la época de oro del tango. Javier canta como se habla acá en 1969, sin ningún amago de ablandar la lengua. Y sin tratar de acercarla a una sonoridad anglo, pronuncia cada vocal y cada consonante con la rudeza oral del porteño. Los acentos de cada verso están puestos donde corresponde, sin deformar. Es necesario remarcarlo, porque este rigor poético lingüístico no se mantuvo. ¡Rock en castellano, señores! (un desafío a dos puntas: a la pacatería chauvinista de los tangueros y a la incredulidad de los que estaban convencidos de que el rock solo se canta en inglés).

La franqueza declarada en las palabras se sostiene en el sonido. Los arreglos son depurados, como si estos muchachos estuvieran de vuelta del virtuosismo y la estridencia y quisieran despojarse de las vanidades (cuando en realidad estaban fundándolo todo). La producción artística es milagrosa: la voz de Javier en primer plano, dándole un peso inusual a la enunciación, y el trio instrumental un poco detrás, el pulso firme de la batería, el bajo robusto, serio, una guitarra ligeramente jazzeada, con una naturalidad que el jazz rock, años después, ya no podría recrear. Son demasiadas ideas demasiado bien plasmadas. El arte de tapa (la bomba a punto de estallar con la cara de los músicos adentro, las letras rojas sobre fondo amarillo) indican el grado de autoconciencia de lo que se traían entre manos.

Segunda pista: “Porque hoy nací” -una cumbre del rock, de cualquier parte que ustedes quieran-, viene a ser la contracara del manifiesto social de “Jugo de tomate frío”: lo existencial es político y lo político es existencial. Habla un hombre herido y no un predicador ni un candidato troskista: 

“Porque hoy nací…/ hoy nací. / Hoy, recién hoy/ el sol me quemó/ y el viento de los vivos me despertó”. 

La voz cavernosa de Martínez adquiere una profundidad inusitada, las palabras se estiran y parecen querer tragarse a la ciudad entera. La intimidad lograda entre la voz y el órgano blusero es tan perfecta que asusta. Hay que saber, además, que la versión que quedó registrada en el vinilo es un demo y que el demo es la canción como ya no podría mejorarse.

Y así, pista tras pista, la música de Manal va extendiéndose por la ciudad como una mancha de petróleo: “Avenida Rivadavia”, “Todo el día me pregunto”; por los suburbios: “Avellaneda blues”, “Una casa con diez pinos” (“hacia el sur hay un lugar/ ahora mismo voy allá”)… para terminar con “Informe de un día”.

Un clásico es una obra cuya inexistencia nos parece inconcebible: no imaginamos que el mundo pueda existir sin él, quizás porque las condiciones de nuestra sensibilidad lo suponen. Todos fuimos hechos por este disco. Pero un día antes de que se diera a luz, nada podía anticiparlo.