Mostrando entradas con la etiqueta Mauricio Percara. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mauricio Percara. Mostrar todas las entradas

martes, 23 de febrero de 2016

La jaula


por Mauricio Percara *

Hay un momento en que los hombres descansan, lejos, al otro lado del mundo, donde el sol se pone y las cigarras dan lugar a los grillos. Las mamás arropan a sus hijos, algún mate lavado, un café tibio y las voces incontables que retumban gritando los recuerdos del día que se fue. Justo en ese momento es que Beijing despierta.

Antes de que los primeros rayos del sol más amarillo alcancen las calles que aún bostezan, un hombre pasea a su pájaro por el parque. El ave no canta ni vuela, no sabe qué sabe, ni vive lo que vive sin querer vivirlo. Pero el señor, con sus 76 años, silba y se mueve adiestrando su cuerpo siempre joven en las artes del Tai chi chuan. El pájaro quisiera volar, como todos, como los hombres. El pájaro desea ser libre, como su dueño. El hombre salta, hace ejercicio. El ave, en un ataque frenético, aletea rápidamente y aún más aceleradamente se arrepiente de su arrebato de esperanza al chocar su cuerpo debilitado por el cautiverio contra el muro de alambre. El pájaro se sabe entonces pájaro y confirma que no fue creado para volar como un pájaro.

El hombre camina mirando al suelo y sueña despierto un rato, camina más lento, se detiene, el hombre sabe. El vientito sopla en el verano más caluroso que la Capital del Norte haya visto.

El pájaro no silba, porque el pájaro está muerto aunque no lo sabe, porque es un pájaro y los pájaros no tienen permitido pensar o sentir o quejarse por morir o silbar como pájaros. El hombre va al lago, mira su reflejo como por primera vez, como enamorado, como sintiéndose loco y extraño a sí mismo. Se observa detenidamente, sin pretenderlo.

El hombre se ve, sacude sus alas polvorientas deseando ver ese mundo que está fuera de su jaula, ese mundo del que hablan los pájaros.

Silencio, mudo, quieto. Hay gente que duerme en el piso de abajo.


* Publicado originalmente en el blog de Mauricio Percara.

domingo, 25 de octubre de 2015

Seguramente


por Mauricio Percara *

MUERE LEYENDO EL PERIÓDICO

Un individuo se encontraba en la comodidad de su hogar dando lectura al periódico, cuando sufrió un dramático Accidente Cerebrovascular (ACV) que lo condujo a su muerte. Sus familiares más próximos se encuentran desolados, ya que el difunto no contaba con ningún seguro de vida.


Ni siquiera leyendo el diario está uno seguro. Este tipo que se muere y sus familiares que no cobran un centavo. No asegurarse es ilógico. Que descaro el no hacerlo en estos tiempos que corren.

Ventanas cerradas, puerta con doble cerradura y llaves fuera del cerrojo, alarma antirrobos y contra incendios activadas, rodilleras bien colocadas ante posibles caídas, pañal de doble absorción bien sujeto —no hace falta una explicación aquí— y seguro de vida al día, como debe ser.

La existencia no es sencilla, es una incógnita constante. Nos pasamos las horas, los días y los años preguntándonos qué puede ocurrirnos y, definitivamente, tiene que ser de esta manera porque, como ya dije, la vida es un enigma.

Caminás sabiendo que podés tropezar, corrés conociendo los riesgos de lesionarte y jugás rugby olvidando que sos un ser mortal. Tan sólo tomarnos un segundo para meditar es suficiente para decidirnos o convencernos de que hacer eso que estamos por hacer es peligroso, predeciblemente dañino, tremendamente arriesgado. No digo que no comprendo a la gente que realiza actividad física, sino que no entiendo a aquellos que no toman los recaudos necesarios en ésa o cualquier situación de la vida.

Yo pago mensualmente veintitrés seguros. Puede parecer una exageración para un ignorante en el tema, a mí me parece una cifra completamente moderada. Son apenas los recaudos necesarios.

Si llega el fin del mundo, tengo un bunker preparado para la ocasión. ¿De verdad creen eso? ¡No soy un demente humanoide ermitaño oculto en una cueva y conviviendo con lobos!

Jamás llegaría a esos extremos, no creo que alguna vez el mundo llegue a su fin. Si es cierto que tengo un refugio preventivo para tornados. El último tornado registrado en mi ciudad data de hace 31 años, pero en esa ocasión fallecieron tres personas y un gato siamés. Seguramente quién escuche la historia se quedará pensando en el gatito, el pobre felino, pero también hubo tres personas que dejaron el mundo que conocemos, lo que significa una cifra importante a mi entender y, sobre todo, para una población de doce mil personas. Y sí, un hermoso gatito del que no se oyó jamás otro maullido.

No presto especial atención a las vacunas, quizás pueda resultarle extraño a algún distraído que me haya vacunado contra el ébola.

Asegurado en mi habitación, caminando descalzo sobre el cómodo piso de goma, me dirijo a la heladera y me preparo para disfrutar de un refresco. Me coloco mis pantuflas anatómicas, no es cuestión de confiarse del piso aislante, y abro el refrigerador. Agua tónica es mi elección.

Noto una hendidura en la pared, una pequeñísima grieta. Me preocupo, ninguno de mis seguros cubre roturas en las paredes. Comienzo a rasgar con mis dedos para descubrir que tan grave es esta situación. Acerco una silla de madera, ya que está algo elevada esta pequeñísima ranura. Me siento un poco enclenque sobre este asiento, acerco una reposera metálica: mucho mejor. Decido rápidamente que quitarme las pantuflas es un buen plan, utilizar las puntas de los pies para alzarme es una buena herramienta en esta ocasión. Me siento muy estable con el metal bajo mis pies descalzos.

Sigo rompiendo, analizando el porqué, cual es la razón de esta falencia en la pared. Utilizo una aguja de tejer para raspar más fuerte. En mi búsqueda alcanzo un cable, mi herramienta metálica rasga el plástico y creo un conducto perfecto para la electricidad. Sufro. No sé si mi seguro cubrirá una muerte tan sospechosa.


* Fragmento de Historias errantes de almas perturbadas, novela corta de Mauricio Percara, que se puede leer completa clickeando acá.

sábado, 22 de agosto de 2015

Crespo, Entre Ríos / Hong Kong


Mi amigo Mauricio Percara desde hace más o menos un año se consiguió un trabajo como locutor... ¡en China! Y desde allå edita un blog que se llama Mate in China. Ayer posteó esta nota, que me hizo acordar de mi viaje a la provincia de Entre Ríos en invierno de 2010:

En compañía de calor y humedad, un turista en Hong Kong se puede sentir acosado ante la venta de copias de relojes. Pero la vida va más allá de eso en la isla. Apreciar su Buda Gigante es una opción más amena, ver esa magnánima construcción que parece tan antigua pero que no se acerca siquiera al siglo de existencia. Pero si algo verdaderamente golpeó a las puertas de mi atención, fue lo menos esperado.
A escasos metros de mi hospedaje se emplaza la Avenida de las Estrellas. Y ahí estuve, por un rato. Jet Li, Bruce Lee, caras conocidas con forma de estrella. Y la sorpresa. Y el recuerdo. Y la película de mi vida dirigida por Wong Kar-wai.
Aparece ante mi mirada perdida una pareja, de esas que no se miran ni se tocan, de las que se hablan con cierta distancia. Dos personas que se unen ante la necesidad de unirse para no estar solos en una vida de caminos que siempre se pierden en la noche o en los días salvajes. Dos humanos que se reconocen crédulos ante el amor, pero que jamás se animarán a practicarlo como las bestias que caminan por su espalda.
Y recordé una noche de gloria. Esa velada en que me acerqué a este director, que se presenta ante mí en este suelo isleño como la simplificación de un cuerpo celeste. Oscar Cuervo habla acerca de un director de cine de Hong Kong y la ciudad de Crespo lo observa, como a un extraño que se pierde ante la vastedad de lo invisible en una ciudad gigante de unos veinte mil habitantes. Oscar trajo una película para compartir con el pueblo y él mismo ve con curiosidad la pantalla que le presenta, quizás por centésima vez, Con ánimo de amar.

La pareja no se besa y tampoco se ama, pero la mujer me sonríe con sus ojos de sufrimiento, ese que está siempre guardado en un rincón del armario más viejo.

Sólo quiero agregar que esa noche que estrenamos Con ánimo de amar en la ciudad de Crespo hacía en la sala un frío de cagarse, pero de todos modos nos quedamos un rato largo hablando de la película con aquella amable concurrencia, fascinada por Wong Kar-wai. Y a raíz de esa charla escribí el texto que pueden leer clickeando acá.