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jueves, 23 de julio de 2015

Personal y político (de nada sirve escaparse de uno mismo)

Un ejemplo de interrogación: Sócrates


Mencionábamos ayer la interrogación de Agustín acerca del tiempo como una de las formulaciones más concisas del modo de preguntar filosófico. El hecho de que esta pregunta aparezca en su libro Confesiones nos dice algo acerca del grado de intimidad que alcanza la filosofía cuando es capaz de ir al fondo de la cuestión, de modo que aquel que se pregunta se ve personalmente involucrado de ella y no le resulta posible guardar una distancia puramente contemplativa respecto de eso por lo que se pregunta. Así, decíamos, preguntar filosóficamente por el tiempo es a la vez preguntar por el tiempo del que dispongo o el tiempo que me falta, y eso nunca admite ser tratado como una mera curiosidad teórica: la pregunta filosófica interpela en primer lugar a quien la formula. Preguntar “¿qué es saber?” conduce irresistiblemente a hacerme la pregunta por mi propio saber: ¿qué sé? ¿cómo reconozco el saber o el error en mí?

Pero estas preguntas comparten la doble condición de ser personalísimas, porque conmueven el fundamento en que la existencia de cada uno se apoya, y a la vez comunes a otros, en la medida en que son cuestiones que nos ligan a ellos. El carácter comunitario que alcanzan las preguntas fundamentales se reconoce también por el hecho de que una pregunta formulada por San Agustín hace 1500 años puede repercutir con igual potencia en las personas del siglo xxi: preguntándonos, formamos parte de comunidades que no se limitan a un solo lugar o a una sola época, sino que atraviesan continentes y se extienden por siglos. Esta perdurabilidad no implica necesariamente que se trate de preguntas “eternas” o que formen parte de una naturaleza humana siempre idéntica a sí misma. El modo de preguntar filosófico y las preguntas mismas son históricos, con un nacimiento situado en una época y en un lugar determinados, pero su temporalidad no es fugaz ni coyuntural. En filosofía la originalidad absoluta es rara y excepcional, si es que acaso es posible, mientras que es más habitual encontrarnos pensando en el seno de tradiciones persistentes. Las preguntas fundamentales insisten porque los fundamentos de las existencias personales y comunitarias no cambian tan rápido como las modas. Su persistencia y dificultad, a pesar de la sencillez con que aparecen formuladas ("¿qué es...?") se vincula con que, al preguntarnos de este modo, tenemos que dar cuenta siempre de nuestros propios fundamentos, nunca completamente dados, siempre problemáticos y siempre sujetos a diversidad de perspectivas y a controversias. No es que las preguntas filosóficas no hayan tenido respuestas, al contrario. Pero su problematicidad y la exigencia de examinar cada vez sus fundamentos renueva siempre la potencia de las preguntas, en busca de aquellos supuestos infundados que se esconden en las respuestas ya dadas. La dinámica de la filosofía consiste en descubrir esos supuestos que los otros o nosotros mismos no sabemos cómo sostener. No hay garantía de que esos fundamentos sean hallados, mucho menos de que podamos hallarlos rápidamente. Una pregunta reverbera en nosotros todo el tiempo que sea necesario. De hecho, las preguntas fundamentales de la filosofía –algunas de las cuales ya citamos- persisten mucho más allá de aquellas personas que fueron las primeras en formularlas. El tiempo propio del pensar filosófico no es el del hallazgo de una respuesta, sino el del extenso e incierto trayecto de la pregunta.

Intimidad y comunidad no son aspectos contrarios y excluyentes, decíamos. Las preguntas filosóficas atañen a cada persona que es capaz de cuestionarse y al mismo tiempo inquietan el vínculo que nos une con los otros. Podría decirse de este modo: todo preguntar filosófico es a la vez personal y político, porque siempre se pregunta en el marco de una comunidad, incluso cuando para sostener una pregunta debamos quedarnos solos o ir en contra de los otros. Quedarse solos o ponerse contra los otros son actitudes que únicamente puede hacer alguien que vive en comunidad. El vivir con otros es la condición previa no solo para acordar un proyecto común sino también para aislarse, disentir o ser condenado al exilio.

El pensar filosófico antiguo surge en el ámbito de la polis (ciudad) ateniense, allá por los siglos VI y V a. C., en un contexto en el que las deliberaciones en las asambleas, las discusiones en la plaza pública (el Agora) y la posibilidad de caer en el engaño eran hábitos cotidianos. Un contexto en el que la sofística (la técnica para pasar por sabio sin serlo realmente, mediante el manejo de los vericuetos del discurso) era un arma polémica, requerida y criticada al mismo tiempo por los ciudadanos. Un pueblo apasionado por la discusión, como lo fue excepcionalmente en el mundo antiguo el ateniense, se familiarizó con las técnicas del engaño y la confusión, riesgos que era necesario reconocer para no ser víctima de ellos, o también para tratar de persuadir o de cautivar a los otros. Así los atenienses desarrollaron una capacidad especial para sospechar de lo que se dice públicamente, y para considerar el habla como un arma de poder. Ese clima social propicia el surgimiento de una agudeza nueva para despejar los problemas de la comunicación, para tratar de formularlos con precisión, para hacer distinciones donde otros quieren crear una confusión, para denunciar los supuestos no declarados, para detectar las formas tramposas del discurso. Y para preguntarse si existe la posibilidad de que la palabra se convierta también en un elemento portador de verdad. Pero esa verdad anhelada no surge como la estatua de una divinidad solitaria e impoluta, sino tortuosamente mezclada en una trama de posibles mentiras y engaños.

Para reconocer esta articulación no existe mejor ejemplo que el de Sócrates (Atenas, ¿470?– 399), uno de los pensadores claves de la historia occidental, de influencia tan vasta que, a pesar de no haber escrito de su propia mano ni un solo libro, los ecos de sus preguntas nos llegan hasta hoy. Conocemos a Sócrates por los escritos de sus discípulos, y especialmente por el más brillante de ellos, Platón (Atenas o Egina ¿427? -347 a. C.), otro pensador de relevancia crucial en el destino histórico de la filosofía. En los libros de Platón, la mayoría de ellos escritos en forma de diálogos, el protagonista principal es siempre Sócrates. De manera que no es posible separar, en la historia de la filosofía, las figuras de Sócrates y Platón. Siendo ellos pensadores muy diferentes, cada vez que queramos comprender el pensamiento de uno tendremos que vincularlo, aun en sus diferencias, con el del otro. La forma del diálogo que elige Platón para hacer aparecer en sus libros las interrogaciones socráticas (y también las suyas propias) no responde a una preferencia caprichosa por un cierto género literario, sino a una huella de origen de la filosofía ateniense en ese clima polémico al que nos referíamos en el párrafo anterior. Las preguntas filosóficas nacen en el contexto de un diálogo, que siempre contiene la posibilidad de una discrepancia, a veces subsanable y otras no. El consenso no es un valor necesario de la filosofía, a diferencia de lo que ocurre con otras formas discursivas que parecen fortalecerse cuando se sostienen en acuerdos generalizados. El motor de la filosofía es el desacuerdo y su potencial se despliega cuando un pensamiento surge en tensión con otros. La práctica del filosofar conlleva el riesgo de volverse peligrosa, para los demás y para uno mismo. La pregunta requiere de la capacidad y la exigencia de la escucha que aporta la presencia del otro, quien puede cuestionar lo que pensamos o sentirse cuestionado por nuestros pensamientos. Sócrates fue para sus contemporáneos de Atenas un personaje inquietante y molesto, tanto es así que su vida culmina en la condena a muerte a la que lo someten las instituciones de su ciudad.

Sócrates se distinguió entre sus conciudadanos porque adoptó un modo de vida que daba una importancia crucial a liberarse de las falsas opiniones, a las que consideraba un peligro para la existencia personal: el riesgo de vivir en el error y no advertirlo. Uno piensa muchas cosas y no sabe por qué las piensa. Son meras opiniones, ideas ajenas que adoptamos sin crítica y condicionan nuestros actos. Liberarse de ellas y ayudar a sus conciudadanos a liberarse de ellas fue para Sócrates una misión, incluso en la acepción más religiosa de esta palabra. Por eso, cuando hablamos de la filosofía de Sócrates, esto no debe llevarnos a pensar en una doctrina formulable de manera teórica, sino más bien en una actitud: una forma de vida. Michel Foucault (El coraje de la verdad, FCE, 2010) señala que en Sócrates la filosofía es un modo de vida: la veracidad (parrhesía), una vida regida por la misión de decirse y decir la verdad a sus conciudadanos, aún a riesgo de exponerse por ello a romper el vínculo que lo unía a los otros e incluso en el peligro de perder por ello la propia vida, cosa que efectivamente sucedió. ¿Cómo llegó Sócrates a volverse tan peligroso?

jueves, 6 de febrero de 2014

Los mejores discos de la historia del rock argentino: esta es mi lista

Encuesta realizada entre 300 personalidades por el blog La música es de aire

Kamikaze (Spinetta, 1982)


La esencia spinettiana más pura, crudo y despojado, sin afeites ni solos interminables. La estructura de la canción desnuda, casi en estado de demo: lo que hace más evidente su genialidad irrepetible.



Pequeñas anécdotas sobre las instituciones (Sui Generis, 1974)

Charly logró, a sus 23 años (¿milagro? ¿evidencia de que hay generaciones más resueltas y dotadas que otras?) un disco que es foto de época, estado de la mente y clásico perenne. Los colchones de sintetizadores podrían haber fechado el sonido de manera irreparable, pero la estructura de las canciones es tan lograda y la producción artística tan precisa que sigue sonando fresco, inquietante, misterioso. Sus letras (intervenidas por la autocensura que no permitía decir las cosas de manera más directa, en la época de la triple A) logran un balance inmejorable entre la lírica y el testimonio. Un disco al que no se puede dejar de volver. Y volver.



Artaud (Pescado Rabioso, 1973)

El Citizen Kane del rock argentino. Citizen Luis. Podría estar en primero o segundo lugar. Lo que no puede es no estar: o mejor dicho, si el disco no hubiera sido grabado, nosotros no estaríamos aquí. Hay que contenerse para no usar un superlativo detrás de otro. Si Spinetta hubiera grabado este solo disco, igual se habría ganado la gloria eterna.



Manal (Manal, 19710)

"Si consiguen el primer disco de Manal, recomiendo escuchen esos blues. No se volvió a hacer algo igual" dijo el Indio Solari a su público en 2010, y esa vez tuvo razón. Son contados los casos en que una obra funda un género y a la vez encarna su culminación. Esto pasa con Manal (1970) el disco debut de Manal. Hay que poner el vinilo en la bandeja como si se escuchara por primera vez, hay que olvidarse de todo lo que vino después, o hay que hacer todo lo contrario: situarse en el contexto de mediados de 1969 (¡Onganía!), en Buenos Aires, Argentina, cuando todo era nada y era nada el principio... (sigue acá).



Yo soy Ramsés (Tanguito, 1967/2009)

Acá estoy reparando una injusticia flagrante: estoy casi seguro de que ningún otro encuestado votó este disco entre sus 15 preferidos (si alguno otro lo votó, es mi alma gemela). Hay algunas explicaciones para esta omisión tan escandalosa: el disco se compone de grabaciones caseras registradas... ¡en 1967!, cuando nada parecido existía. Una serie de contingencias hicieron que se hicieran públicas 35 años después. Tanguito ha sido subestimado por la mayoría de sus camaradas de entonces, la película que pretende inspirarse en su vida no hace sino perpetuar el malentendido y todos lo consideran aquel zarpadito que andaba dando vueltas por ahí. Pero en estas grabaciones seminales (realizadas mucho antes del único disco póstumo suyo que se conoció por décadas) están sentadas las bases de la parte más original y audaz del rock argentino. Quizás sea Spinetta el único que le ha rendido el tributo merecido: es que Luis le debe mucho a este pibe raro y extraviado.



Pescado 2 (Pescado rabioso, 1973)

Otra vez Spinetta, inevitablemente. Este disco lo hizo a los 23, en el mismo año que Artaud. Believe or not, it´s all true. Acá sí hay una banda, una de las más libres que hayan existido: David Lebón, Carlos Cutaia, Black Amaya y Luis. Hicieron juntos esta anomalía absoluta y no pudieron más. Es comprensible. "Como el viento voy a ver", "Viajero naciendo", "Hola dulce viento", "Credulidad", "Hola, pequeño ser", "La cereza del zar": nombro solo algunas piezas maestras, para no nombrarlas todas. Quien no las escuche, no habrá conocido el mundo cabalmente.



Almendra (Almendra, 1969)

¿Ya hablé de Spinetta? Bueno, antes que nada estuvo en Almendra y puede decirse que nunca abandonó este temple. Tenía 18 años y unos compañeros formidables cuando hizo "Laura va", "Figuración", "Fermín", "Muchacha" y "A estos hombres tristes". Ya sé: no es posible que alguien de 18 años haga algo así. Pero es real.



La hija de la lágrima (Charly García, 1994)

Ecce Homo: hubo un tiempo en que Charly llegó a ser el que era. La Hija de la Lágrima tiene un argumento que nunca se entenderá, como una película de Lynch, con un oscuro pasadizo que conduce a una caverna. Las grandes canciones, las que Charly sabía hacer, emergen de un fondo ominoso y se van desmembrando. Un sonido espeso, un acorde de frecuencias ultra bajas atraviesa la noche. (Completo acá).



Durazno Sangrando (Invisible, 1975)

Ok: soy terco e insistente, pero no se puede ser justo y no elegir este disco entre los mejores. Se tiene el derecho de desconocerlo, pero una vez escuchado ya no hay excusas. Este es el Spinetta más deforme, el imposible de emular. Y algo más. el trío con Pomo y Machi es la formación más ajustada y severa que haya conocido el rock de cualquier parte del mundo. Sus extensos temas tienen una estructura inconcebible. Y junto a ellos, dos gemas del folk de una belleza diáfana: "Durazno sangrando" y "Dios de adolescencia". Este es el aguante: este es mi lugar.



Invisible (Invisible, 1974)

Ja. Spinetta. ¿Piensan que exagero? "Invisible es el nombre apropiado para una música que emerge de las sombras como una ciudad que se percibe con los ojos cerrados y juega todas sus chances a la arquitectónica auditiva. Spinetta logra con Invisible radicalizar y destilar los principios estéticos del rock porteño y los de su propia obra: un estilismo feroz y sofisticado que no descansa en la busca de un sonido urbano contemporáneo, que no cede a modas coyunturales y por eso alcanza instantáneamente la estatura de clásico. “Suspensión” y “El diluvio y la pasajera” permanecen como cimas inigualables..." (completo acá).


Piano bar (Charly García, 1983)

Después del neoyorquino y, para mi gusto, algo sobreproducido Clics modernos (canciones apabullantes que fundaron la década del 80 y descolocaron una vez más a sus fans), Charly hace otra movida inexplicable y a la postre sabia. Piano bar es un gesto radical, un disco urgente, de canciones desnudas, tan confiadas de su estructura inexpugnable que no necesitaba de ningún cortinado sonoro. Paredes peladas, actitud y contundencia.



Ciudad de las guitarras callejeras (Moris, 1973)

Podría haber elegido 30 minutos de vida, porque es un disco que tiene todo lo que a mí me rinde incondicionalmente, pero en realidad los dos primeros discos de Moris son igualmente buenos (tanto como el primero que hizo en España, Fiebre de vivir: Moris durante una década larga estuvo tocado por Dios). Elegí este porque están "Mi querido amigo Pipo" y "Muchacho del taller y la oficina", y si le quisiera explicar a alguien qué es el rock nacional, con estos dos temas sería suficiente.



Beat n° 1 (Los Gatos, 1969)

La otra omisión imperdonable de todas las encuestas realizadas hasta el presente. Litto Nebbia logró con este álbum de Los Gatos (para colmo el ingreso de Pappo al grupo) la psicodelia más refinada que se haya conocido en idioma castellano. Hay un programa estético que podría desprenderse de este disco y aún no ha sido explorado. Por si no se ha entendido: este disco pertenece aún al futuro de la música.


El salmón (Andrés Calamaro, 2000)

A principios del siglo XXI Calamaro se encerró a hacer el disco más reciente de mi top 15. Es un desborde de canciones como jamás se conoció, una película de horror en el interior de Camboya profundo. Un disco oscuro y adorable, desprolijo, antojadizo y genial. El propio Andrés lo supo explicar mejor que nadie: "Quiero arreglar todo lo que hice mal/ todo lo que escondí hasta de mí/ debo contar lo que yo solo sé/ uh perdón, Victor Sueiro también". Quien es tan consciente de su propia misión está millas adelante del resto.



El amor después del amor (Fito Páez, 1992)

Una seguidilla de hits perfectos, el pop más dramático y ameno. Desde que suena el acorde inicial de teclados en el tema que da nombre al disco hasta que "A rodar mi vida" va apagándose en fade, no hay un solo segundo desperdiciado ni en rimas ni en ritmos. Si viviera una eternidad, yo lo escucharía siempre.


Esta lista, que hice en respuesta al pedido de Santiago Segura para su blog, la confeccioné el 4 de julio del año pasado: como es bien sabido para todos los que hacen listas, las posiciones cambian de tiempo en tiempo; de todos modos, aunque alguno podría estar ahora más arriba o abajo, y otro que no entró antes podría entrar ahora, la lista me sigue representando. A partir de esta noche en Antojo iremos revelando los treinta primeros lugares de la gran encuesta realizada por el blog La música es del aire entre más de 300 personas vinculadas a la música o a la crítica musical (solo ocasionalmente el top 30 coincide con estos discos que yo elegí. El resultado final lo empezarán a saber hoy a la medianoche en FM La Tribu..

domingo, 22 de enero de 2012

Creo que son tonterías



Nocturno de princesa by Antonio Birabent on Grooveshark

Aquí estoy ahora esperando a nadie, esperando nada
y una coca-cola tan roja y helada
y en el aire suenan miles de palabras
pero destruiría todas las palabras
yo te sumergiría y te ahogaría
y en una mirada me comprenderías
o son tonterías?

Aquí estoy ahora en el Vip's de Princesa
y en aquella mesa hay varias duquesas
una rubia inglesa toma su hamburguesa
en la barra un tío toma su cerveza
la musica negra por los altavoces
y los camareros que tú ya conoces.

Y yo escribo y describo lo que voy mirando
los Beatles ya viejos mirando a la gente
hay mil flores de plástico, un disco fantástico
Drácula que mira a King Kong con ira
y el Che Guevara gira que te gira,
gira que te gira, gira, gira...

Y por la ventana casi ningún niño
tan sólo una escultura de duro aluminio
hay árabes franceses, tíos que parecen
hippies o burgueses
y un mundo borracho que va haciendo eses
que va haciendo eses
eses, eses...

Aquí estoy ahora esperando a nadie, esperando nada
y una coca-cola tan roja y helada
y en el aire suenan miles de palabras
pero destruiría todas las palabras
yo te sumergiría y te ahogaría
y en una mirada me comprenderías
o son tonterías?
creo que son tonterías.

jueves, 18 de agosto de 2011

Post


por Oscar Cuervo

Se hace evidente desde los años 80 una especie de impulso ineludible a inscribir el presente en una serie; lo pre-moderno, la modernidad, la posmodernidad.

El fin de la historia como triunfo del liberalismo político, desde aquel célebre artículo de Francis Fukuyama que decretaba el comienzo de la post-historia, a partir de una cierta interpretación de Hegel.

El fin de la política.

La muerte de la filosofía (ya anunciada por Heidegger en los años 60).

La muerte del cine (tema recurrente en los años 90, en intervenciones resonantes de Susan Sontag y Jean Luc Godard, entre otros).

En la crisis del 2001 las masas de televidentes movilizados en defensas de sus ahorros bancarios acuñaron una consigna destinada a ser memorable: que se vayan todos. Parecía el fin. El fin de algo.

Y el insistente recurso al prefijo "post": la post historia, la post modernidad, la post política, el post cine, el postporno...

Hace un par de años Mariano Grondona instaló, a través de un “librito” que dijo haber escrito en sus vacaciones en Punta del Este, un concepto: el post-kirchnerismo. Más recientemente Jorge Asís habló del kirchnerismo póstumo.

A lo que nadie se animó hasta ahora es a pronosticar el fin del mercado. Ayer en la televisión pública alguien dijo que nos resulta más fácil concebir el fin del mundo que el fin del capitalismo.

Necesidad de comprender el presente, de ponerle nombre, de arrancarle una clave, aún cuando el rostro verdadero del presente no se nos termina nunca de mostrar. Pero ¿será posible hacer esto: ponerle nombre al presente, arrancarle su clave secreta?

Todas las profecías sobre los diversos fines (de la historia, de la modernidad, de la política, de la filosofía, del arte, del cine) aún no terminan de consumarse. Elisa Carrió se convirtió en una especie de profetisa oficial, vino anunciando el fin de un régimen y el nacimiento de lo nuevo. Esta semana lo único que parece haberse terminado es su carrera política y, quizás también, su carrera profética.

La primera década del nuevo siglo podría nombrarse, para ser fiel a este impulso de inscribir el presente en una serie, así: es el fin de todos los fines, pero no porque todo se vaya a acabar, sino porque nada se ha acabado:

La historia, a esta hora del jueves 18 de agosto de 2011, aún no terminó; la política, por lo visto, tampoco: lo más interesante que nos viene pasando a los argentinos, lo mucho más interesante que la filosofía, el arte, el cine, lo más interesante que nos está pasando en estos días, es la política. Ahora dicen que hay crisis en el mundo, cuando vemos las imágenes de Grecia, de España, de Italia, cuando nos enteramos de que las calificadoras de riesgo le bajan la nota a los Estados Unidos, todos nos acordamos del clima que vivimos hace diez años en Argentina. Probablemente no se trate de exactamente lo mismo, porque nunca sucede exactamente lo mismo. Pero, cuando escuchamos estas noticias, encontramos al menos un aire de familia con nuestra experiencia.

El fin del fin.

Se terminó el fin de la política, o de su asesinato en manos del mercado. Aún no murió el estado. El mercado hoy recurre a los fondos del estado para que acudan a su salvataje. No se fue nadie: están, todavía, todos: entre nosotros están aún Perón, Evita, la Patria Socialista, la CGT, el trosquismo, Duhalde, Alfonsín, Menem, la Sociedad Rural, los Mitre, la Federación Agraria, los Noble Herrera. Néstor vive. Está aún Fidel Castro. Y por supuesto está el estado y está eso que hasta ahora nadie se atrevió a anunciar como terminado: el mercado. La política no se terminó.

Quizá se haya terminado la posmodernidad; pero no para dar lugar a una post-post modernidad, sino para obligarnos a dejar atrás esa manía a dar por terminadas las cosas: nada de la modernidad aún se ha terminado, con excepción, quizá, del estado soviético. Pero a la luz de la resurrección de tantos otros estados, afecciones, sustancias y accidentes que dimos por muertos, no convendría apresurarse: quizá dentro de unos años tengamos que reconocer que los soviets no se habían terminado aún, que solo se tomaron un descanso.

viernes, 12 de agosto de 2011

Barrio pobre, yo adivino tu pesar




Te conozco, barrio pobre
madrugada, mate y sobre
avalanchas del futuro
eterno grito social.

La esperanza de un obrero
del camionero de cuero
y del noble camarero
que te sirve tu café.

Barrio pobre, canta el tango
la mañana
la mañana y el mango
rumbo al típico malambo y trajinar, sí.

Barrio pobre, muy sencillo
paso a paso en el camino
barrio pobre, yo adivino
tu pesar.

Arrancó
arrancó la sinfonía
inconclusa
inconclusa de arrabal
sube y baja
sube y baja de la vida
barrio pobre
yo adivino tu pesar.

Te conozco, barrio pobre
madrugada, mate y sobre
yo adivino tu pesar.

Barrio pobre
arrancó la sinfonía
inconclusa de tu vida
barrio pobre
melodía de arrabal
sube y baja de la vida
(yo adivino tu pesar).

Te conozco, barrio pobre
con tu salario en el sobre
avalancha y democracia
eterna masa social.

Yo te conozco, barrio pobre.

(Moris, Antonio Birabent, 2011)

Habrá + del nuevo disco de padre e hijo el domingo a la medianoche en La otra.-radio.

sábado, 22 de noviembre de 2008

Moris en la radio



El mendigo del Dock Sud - Moris

EL MENDIGO DE DOCK SUD

Yo soy el mendigo de Dock Sud,
vivo debajo del puente hormigón
y soy feliz.

Hoy el sol brilla, 15 de mayo,
y yo sentado al final del Riachuelo
soy feliz.

Las palomas vuelan de fábrica en fábrica,
el río de aceite parece contento,
como el Mar Negro de mis libros de historia.

Yo conozco la historia del Dock Sud industrial,
yo fui obrero de la Shell.

Yo soy el mendigo del Dock Sud,
y conozco el fin del Riachuelo,
ahí dónde comienza el aceite estancado,
y la civilización.

Yo soy el mendigo del Dock Sud,
dónde está la nafta y el petróleo,
ahí están los ríos llenos de basura
volcándose hacia el mar.

El mar forma erizado caminos mágicos,
debajo del mar.
El mar no canta su canto,
hay cantares de mar.
Una mariposa blanca se ha posado
más blanca

Yo soy el mendigo, sí, del Dock Sud,
y conozco el fin del Riachuelo,
Resplandecen al sol del planeta
montañas de dorado y negro.

El domingo a la medianoche, escuchamos a una de las figuras claves de la música moderna argentina. FM La Tribu, 88.7, http://www.fmlatribu.com/