
Por José Miccio
I
“Porque ¿con qué otra puta época del Siglo de lo Real podemos decir lo que decimos del ’68: que tenemos con ella una
relación de alegría?”. Con esta pregunta concluye Alan Pauls su contribución de cuatro columnas al cuadragésimo aniversario del Mayo francés. “
La relación cero y la alegría” es su título; el suplemento
Radar del último domingo su lugar de publicación. Se trata, aquella, de una pregunta elegante, como elegantes son siempre los textos de Pauls, incluso (sobre todo) esos, curiosísimos, que dice como presentación de las películas que Primer Plano proyecta en I-sat y que más que dichos parecen leídos, tan exquisita es su sintaxis, tan precisos sus juegos retóricos. Allí están, en la cita, esas mayúsculas lacanianas para referir un siglo entero y esas cursivas finales de espíritu carnavalizador. Y sobre todo está allí la huella léxica de la historia que Pauls celebra: la palabra
puta como signo de un compromiso máximo, político y existencial, con el tema del que habla. A decir verdad, es esa palabra, que carece de una tipografía que le otorgue relieve, la que, sin embargo, está marcada. Porque Pauls no gusta de esas rupturas estilísticas tan evidentes (y por lo tanto tan poco elegantes); en otras palabras: Pauls no escribe puta sino cuando escribir puta es, digámoslo así, necesario. En ese sentido hay en su texto algo subrayado; y eso, claro, no atañe a la educada estética que Pauls practica con tan buenos resultados y que ha legado a nuestros ensayos y a nuestras conversaciones ese adjetivo que lleva consigo el máximo de los elogios: sutil. Por esta razón, ese final no termina el texto sin devolverlo a su comienzo y a sus zonas intermedias, nunca de manera sencilla, nunca por una calle de dirección única. Y está bien que así sea; porque Pauls es, como sus modelos intelectuales, un hombre del texto: nunca un
écrivant; siempre un
écrivain.
II
¿Y cómo empieza Pauls su ensayo? Así, con una clasificación de las reacciones que Mayo del ’68 ha provocado:
“1) ‘Mayo del ’68 es responsable de todos los males que vivimos hoy: falta de autoridad, relativismo absoluto, crisis de valores’;
2) ‘Mayo del ’68 es responsable de todas las conquistas de las que puede jactarse el presente: pluralismo, derechos de las minorías, laicismo, antiautoritarismo’;
3) ‘Mayo del ’68 tuvo cosas geniales y cosas estúpidas’”.
Pauls volverá a hacer uso de sus irónicas prosopopeyas cuando presente al personaje sobre el que arreciarán sus broncas: el cliente de la Historia. Por ahora se contenta con establecer un escenario: el de los cuarenta años que han pasado desde Mayo. Lo hace, dice, grosso modo. Entonces tenemos tres reacciones y sus respectivos tipos ideológicos: el ofendido, el celebrante y el mesurado. ¿En cuál se inscribe Pauls? En la segunda, arriesgamos. Pero no. Estamos frente a un fenómeno conocido: el del humano que clasifica humanos y se mantiene, sin embargo, fuera de todas sus categorías. Se trata de un escándalo lógico: o bien la clasificación no sirve o bien quien la realiza no es humano. Pero no hay por qué llevar las cosas a este lugar: Pauls no escribe un tratado sino un ensayo que habrá de publicarse en un periódico; su interés no es lógico sino ideológico; su medida no es la adecuación sino la persuasión. En ese sentido, lo que dice es otra cosa: dice su bronca sin por ello ser el ofendido; su alegría sin por ello ser el celebrante; su razón sin por ello ser el mesurado.
III
El problema está justamente en esto último, es decir, en su razón (en su trama argumentativa, quiero decir). Sus tres reacciones típicas son deliberadamente arbitrarias y su objetivo es, creo, provocar irritación. Son como tres cubeteras donde caben todos los que dicen algo sobre Mayo menos él. ¿Cómo va a entrar Pauls en alguna si esos útiles domésticos enfrían y sacan todo lo que producen de igual forma? ¿Cómo, si él es irreducible (Pauls escribiría irreductible, seguramente) a un modelo y es, sobre todo, caliente? Porque hay que decirlo, el habitual (y a mi juicio valioso) distanciamiento de Pauls respecto de los temas de sus ensayos no tiene lugar aquí. Quiero decir: a Pauls le importa mucho Mayo, tanto como para terminar su texto con una descarga emocional depositada en la palabra puta. Entonces, como Pauls es trascendente respecto de sus clasificaciones, puede juzgar sin demasiados inconvenientes. Lo peor es la mesura, así que a quien forma parte de la última categoría lo salpica de adjetivos que alternan ascos intelectuales y políticos: mediocre, conformista, ignorante, reaccionario. ¿Qué sucede con las dos primeras categorías? ¿Hay que tomar partido? Ya sabemos que Pauls no hace eso. Tal vez alguien mediocre e ignorante piense que vale la pena el esfuerzo de ajustarse, pero Pauls sabe muy bien que ambas son muy semejantes; es más, podríamos decir, foucaultianamente, que su oposición es meramente doxológica ya que las dos hunden su positividad en la misma episteme; los tipos ideológicos uno y dos son, entonces, reliquias de un mismo nivel arqueológico: el del presente. Así describe Pauls las dos primeras reacciones: “… son desoladoras porque son apenas una representación vaguísima de dos categorías vaguísimas, derecha e izquierda, que ya ni siquiera necesitamos decir qué son para que no nos interesen”. Y, por si fuera poco, “…parecen diseñadas para impactar mentes extraordinariamente básicas”.
IV

Pero no hay que equivocarse; no todo es lo mismo. Las reacciones uno y dos son superiores a la tres: “…al menos postulan alguna relación de tensión – por retrógrada que sea - con la Historia de la que forman parte”. Llegamos entonces a la presentación del personaje más deplorable de este drama pequeño pequeño: el ya mencionado
cliente de la Historia. A él pertenece la tercera reacción, la que sopesa, mide, compara. Pauls escribe en primera persona del plural, pero, sabemos, nada tiene que ver él con su tipo ideal: “Decimos que Mayo del ’68 tuvo cosas geniales y cosas estúpidas con el mismo tono con que, enfrentados con el escándalo de un producto que no fue lo que esperábamos, un servicio que no nos sació o un espectáculo que dejó que desear, debatimos en silencio si estamos en condiciones de exigir que nos devuelvan el dinero”. En esto – creo – Pauls tiene razón. Y también – y sobre todo - en la caracterización que hace de la memoria del amnésico, esa persona “…para quien el único sentido que tiene la Historia es probarle si hizo bien o no en invertir en determinado acontecimiento”.
V
Pero las metáforas económicas que usa Pauls tienen sus trampas. Y estas se hacen evidentes en un paréntesis muy desafortunado. Inmediatamente después de exponer que el cliente de la Historia piensa en Mayo como en una insatisfactoria mercancía y debate entonces si está en condiciones de reclamar su dinero, Pauls escribe: “(Lo sofisticado es que aquí no se trata de dinero. Aquí el capitalismo no necesita dinero para funcionar. Aquí el único capital es hablar cuando Mayo del ’68 ya ‘está muerto’)”. En otras palabras, Pauls dice aquí lo que Mayo nos dejó decir, sin rubor, tantas veces: dice capitalismo como si este se tratase ante todo de una moral y no de una relación social de producción; bajo la misma sombrilla podría haber dicho revolución social como si esta se tratase solo de unos versos nuevos o de una ropa extraña y no de una confrontación de clases. Es esta una idea diseñada por una mente extraordinariamente básica, y no importa cuán (justamente) prestigioso sea su nombre. Se trata del - a esta altura - viejísimo truco de la completa reducción de las relaciones sociales a estados del espíritu. Un poco de Marcuse acá; otro poco de Deleuze allá y tenemos todo: tranquilidad de conciencia y discurso crítico, esto es, un elegante pensamiento burgués.
VI
Es probable que esto no suene elegante, pero no está de más recordarlo: el capitalismo es un modo de producción y un modo de relación social; el dinero puede ser su religión y la banalidad el estado dominante de la vida espiritual de quienes viven en su trama histórica (es decir, todos nosotros) pero su crítica es también (y a mi juicio necesariamente) no solo una crítica del espíritu burgués sino también una crítica de la propiedad burguesa. De eso Pauls no dice nada. Más fácil es, parece, hablar pestes de los mediocres y los ignorantes, esos que no tienen, como él, la arenilla dorada. Y aún más fácil es dictaminar una vez más el fin de polaridad izquierda-derecha, esas categorías sometidas al pensamiento binario (como explotador-explotado, como lucha de clases) y “que ya no nos interesan” (y el plural aquí es inclusivo, no irónico; es el de los que saben sobreponerse a las tramas que dominan a los otros pobres hombres, los a-lumnos, es decir, los sin luz; es el plural del plano de Música nocturna que muestra a los amigos de Filipelli, entre los que se encuentra, cómo no, el mismo Pauls). Todo esto es más bien un mal chiste. Como el del atribulado macho que le habla así a su pene: “pensar que nacimos juntos y te moriste primero”. No más izquierda y derecha: esa antigualla nació con el capitalismo pero murió antes. A nosotros nos queda la impotencia; a Pauls, la gracia aristocrática.
Pero tuvimos una fiesta. Pauls escribe muchas veces, y con mayúscula, la palabra Historia, pero Mayo es para él (y no solo para él) un relato mítico como el que solo una revuelta inocente - es decir, sin muertos y sin poder - puede regalar. La pos-izquierda puede celebrar hoy el empuje estudiantil de aquellos años y cuestionar el conformismo proletario o la manipulación de los sindicatos. La conclusión es la misma: los trabajadores son conservadores o sumisos o directamente imbéciles. Esta frase la dice uno de los jóvenes de Los amantes regulares: “Tendremos que hacer la revolución para los obreros sin los obreros”. Y el asunto no se terminó allí. Como a Negri - es solo un ejemplo - no le gusta hablar de imperialismo (esa cosa que suena a Lenin, ¡aj!) prefiere hablar de Imperio. ¿No es ese el libro que fue saludado como el manifiesto y la teoría de las nuevas luchas? ¿No es la multitud el nuevo sujeto histórico? ¿Y no es de Mayo de donde toma impulso un proyecto como este? Lo cierto es que algo hemos aprendido: podemos no decir nada diciendo todas y cada una de las palabras más rimbombantes de la filosofía politica. ¿O no es así, Foucault? ¿O no es así, Deleuze? ¿O no es esa una (la peor) de las contribuciones de Microfísica del poder y Capitalismo y esquizofrenia a la historia del pensamiento político? También esta es una herencia de Mayo.
VII
Hay, según entiendo, otra cosa en la que Pauls tiene razón: la del cliente es una reacción fácil, poco dramática. En sus palabras: “No es sólo un juicio que usufructúa las prerrogativas del post facto; es un juicio que confunde la mera posteridad con una superioridad moral, histórica, política”. Después de este diagnóstico escuchamos esa fantasmal (¿o fantasmática?) voz cobarde contra la que Pauls escribe. Dice esa voz: “Tengo derecho a juzgar lo que sucedió por el solo hecho de haber llegado tarde. Soy superior a lo que juzgo; lo que juzgo tiene conmigo ciertas obligaciones; es decir, lo que juzgo tiene que satisfacerme”. Hasta aquí, de acuerdo. Digamos que llegar tarde es un accidente; derivar de ese accidente una ventaja es, tal vez, un absurdo. Lo que sigue, en relación con el tiempo del que piensa y el tiempo de lo pensado, es más dudoso. Si hay que ser impuntual, parece decir Pauls, hay que llegar temprano. Como Godard, el profeta. ¿Tiene el que llega antes lo que el que llega tarde no tiene, es decir, una voz autorizada? Para Pauls parece que sí. ¿Por qué? Bueno…porque sí.
VIII
La chinoise es de 1967. Y de esa película extrae Pauls uno de los tres emblemas de la época que hoy atesora: el plano “…en el que Anne Wiaszemsky come un bol de arroz con una pantalla de lámpara invertida en la cabeza junto a un surtidor de nafta que dice ‘Napalm/Extra’”. Curiosamente, de todo lo que Godard tiene para decir sobre esos estudiantes revolucionarios atendidos por mucamas Pauls no rescata nada. Sí reencuentra el encanto de la foto en que Cohn-Bendit (entonces Danny El Rojo, hoy Danny el Verde) se burla de un policía en la puerta de La Sorbona. ¿Qué pensaría de esa foto el Godard de La chinoise? Pauls se refiere a esa mueca como a un desafío. Piensa, seguramente, en Bajtín y su estudio sobre el carnaval, es decir, sobre el contexto cultural en que Rabelais escribió Gargantúa y Pantagruel. ¿En la Francia de 1968 ese gesto era visto por todos los participantes de Mayo como una insubordinación o también se lo veía como una forma de rebeldía propia de un niño burgués? ¿Es la mueca de Cohn-Bendit el lugar donde confluyen los críticos del PCF? ¿O es en ese plano de Godard? Los emblemas de Pauls, me apresuro a decir, no tienen por qué guardar entre sí estrictas relaciones de coherencia.
IX
“Bajo los adoquines, la playa”. Este slogan es el tercer emblema que Pauls recupera de aquellos tiempos (porque Mayo no es un mes, por supuesto). Tiene su encanto, quién lo duda. Y el suficiente hermetismo como para habilitar posiciones diversas. ¿Se trata de una recuperación de la naturaleza? ¿De un llamado a mirar las cosas con ojos de historiador? ¿De la confesión del carácter vacacional de los movimientos estudiantiles? ¿De una reivindicación de la vida preindustrial? A Pauls no parece importarle nada de esto porque su interés por el slogan es más bien poético. El problema es que lo mismo se puede decir de otras, muchas, frases de su autoría. De esta especie de epíteto épico, por ejemplo: Mayo es “esa segunda Revolución francesa”. ¿Se trata de una tesis? ¿O es un verso? Como sea, la relación que establece entre ambos tiempos es históricamente insostenible. Si Pauls piensa en 1789 olvida, por ejemplo, la revolución jacobina, y si piensa en bloque el periodo que va de 1789 a, digamos, 1830 (o 1815, no importa ahora), olvida la revolución de 1848 y la experiencia, breve y radical, de la Comuna. Algo en común tiene los tres emblemas de Pauls: son más estéticos que políticos.
X
La mención a estos emblemas aparece dentro de un extenso paréntesis. La frase que está fuera de él es esta: “El hormigueo irrefrenable que nos despierta hoy cualquier emblema de la época (…) no miente”. Las primeras palabras (“el hormigueo irrefrenable”) preparan el escenario para que otra palabra – puta - pueda ser bien leída. La superioridad epistemológica de la pasión (es eso lo que no miente) que Pauls sostiene aquí tal vez explique algunas de las extrañas afirmaciones de su ensayo; tal vez su tradición intelectual explique otras; su lugar social, algunas más y su buena prosa las restantes. Pauls eligió para esta efeméride el terreno de la invectiva. ¿Tiene, además de su ingenio, alguna idea para ofrecer? No muchas esta vez. Pero tiene, sí, condenas y condenas para repartir. Una vez hecho eso, todos somos culpables, Mayo es inocente y Pauls el único juez. ¿Qué le dejó el ’68 además de los mencionados souvenirs? Poca cosa, finalmente: la seguridad de no ser de izquierda ni de derecha, la higiene política propia del becado, la estetización del capitalismo y el vértigo estilístico de escribir puta en un texto elegante.