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lunes, 11 de mayo de 2026

Después del desencanto

Los Panero: especies que desaparecen

Una madre y tres hijos se reúnen para evocar al padre, el poeta y patriarca español Leopoldo Panero. Bajo esa premisa El desencanto (1976) retrata a una especie de raza sin descendencia, sumida en el alcoholismo y el rencor. 

I

Esta primera parte de la nota fue publicada originalmente en revista La otra n° 22,  verano de 2010

Cuando yo era bastante chico, una película tuvo sobre mí un efecto arrasador y aún hoy difícil de olvidar. El desencanto de Jaime Chávarri. Nunca había visto una película así (y ahora puedo decir que no he vuelto a ver otra igual). Nunca pensé que un documental pudiera ser eso, quizá porque mi aprendizaje cinéfilo haya sido marcado por la revelación de que un verdadero documental siempre es más interesante, más fuerte y más peligroso que un film de ficción: un documental es más cine.

El desencanto: familia Panero, de la ciudad de Astorga, en las postrimerías del franquismo. Mediados de la década del 70. Leopoldo Panero: un hombre al que se refieren como poeta oficial del régimen declinante, un hombre ya muerto. Su viuda e hijos: Felicidad Blanc, Juan Luis, Leopoldo María y Michi. Al comienzo, vemos la estatua del poeta, envuelta y atada: ese hombre del que todos van a hablar en la película (del que van a hablar de una manera despiadada) no podrá responder a lo que de él se dice. Jaime Chávarri, el director de El desencanto, tiene la astucia de no mostrar nunca la estatua descubierta, de modo que Panero será siempre para mí un hombre envuelto y atado. 

La viuda, Felicidad, es una señora melancólica de la burguesía española tratando de ajustar cuentas con la memoria de su esposo, con toda la delicadeza de la que es capaz (que tampoco es tanta), sin privarse por ello de que quede claro que él la hizo desdichada. Ese movimiento tenso de ella hacia una verdad cruel, sugerida con elegancia, será desbaratado constantemente por sus hijos, que se complacerán en darle la razón ridiculizándola, puesto que todos parecen acordar en que si el padre la hizo infeliz, ella se entregó a ese destino y se aseguró de hacerlos igualmente infelices a ellos. 

Juan Luis es el hijo mayor. Acepta el rol antipático que los otros le dan (en la familia Panero todos están de acuerdo en hacer el papel que les toca), y todo el tiempo asume una pose histriónica que se mueve con más comodidad entre sus fetiches y citas literarias que abriendo sus sentimientos. Michi, el menor, el muchacho aún tierno, también el más bonito (la vida será después despiadada con Michi, pero eso queda afuera de El desencanto), defiende a su mamá, dice que ha sido el descubrimiento más deslumbrante que la vida le deparó, pero que tuvo que morirse el padre para que él se diera cuenta de eso. Y cuando Felicidad parece dispuesta a aceptar el piropo, entonces Michi la deja pagando, le tira un reproche que ella no sabrá esquivar. 

Todos ellos hablan de Leopoldo María, el que “se ha terminado por convertir en un verdadero peligro para nosotros” (lo dice Michi). Pero ya pasó la mitad de la película y Leopoldo María, el hermano del medio, no aparece. Uno puede llegar a creer que la película se sostendrá sobre dos ausencias: la de Leopoldo padre y la de Leopoldo María hijo. Entonces Leopoldo María aparece. Y todo lo que hasta ese momento fue la irónica desarticulación del mito de la familia amorosa se vuelve con su presencia y su palabra una demolición implacable: “…ese repudio unánime que todos ellos han hecho contra mí, ese resentimiento que he encontrado en todos ellos como su única pasión…”.

Contra todas las apariencias, los Panero son capaces de deslizar palabras amorosas en medio de la demolición. Quizá ese sea su gesto más inquietante: que ellos puedan aún quererse y que sean capaces de decirlo en medio de los reproches más ofensivos. Ese terrible poder es ejercido ante todo por el más cruel, el que parecía el primero en quebrarse y ha sido al final el más fuerte, Leopldo María: 


“Yo y Juan Luis, que éramos los que más bebíamos y llevábamos una conducta parecida a la de mi padre, nos convertimos en sustitutos de mi padre, pero al nivel más malo, no ya como la metáfora paterna, sino como su realidad, ¿no? Y mi madre… pues no sé, puede decirse que la verdad es que tenía razón cuando nos convierte en sinónimos de lo peor de mi padre, porque yo y mi hermano Juan Luis y mi hermano Michi, que ahora empieza (porque hasta ahora había sido el ideal), hemos sido la causa del desastre más absoluto de mi madre. Aunque, en fin, todos… aquí el que no corre vuela, porque mi madre también fue la causa de mi desastre, etcétera, etcétera”.

Nunca imaginé que un documental pudiera desplegar tal grado de ferocidad y de melancolía, que yo pudiera terminar queriendo a esos seres reales, personas que dan miedo pero también quiere uno guardar en su memoria. El blanco y negro plateado y la música elegíaca de Schubert envuelven la penumbra de Michi cuando dice: “Por mi experiencia personal a lo largo de estos años, me temo que no vamos a tener descendencia. Entonces me interesa resaltar esto, porque somos un fin de raza nada wagneriano. Somos un fin de raza astorgano, muy erosionado por el tiempo, y tampoco es nuestra la culpa, llevamos tantos hectolitros de alcohol en nuestra sangre, tanto por parte de padre como de madre, que hay un momento en que por lo visto no damos más de sí. Yo precisamente ahora en septiembre voy a hacerme unos exámenes médicos para descubrir si podemos perpetuar la raza de alguna forma”.

Leopoldo padre, envuelto y atado

Y la imagen final, la del principio, del poeta oficial envuelto y atado, y su epitafio: “Ha muerto/ acribillado por los besos de sus hijos,/ absuelto por los ojos más dulcemente azules,/ y con el corazón más tranquilo que otros días…”.


II

(Aparecida previamente en revista bache

   

Hemos de asumir que los Panero ya eran unos personajes extraordinariamente fascinantes antes de que la cámara de Chávarri se pusiera a rodar la primera toma. Histriónicos, mordaces, desesperados, fotogénicos, locuaces y muy conscientes de sus atributos. Cuando Chávarri los filma su mérito será primeramente no arruinar semejante maravilla del horror. Como la película fue un encargo de la propia familia, más precisamente de la madre, Felicidad, y del hijo mayor, Juan Luis, para hacer una especie de homenaje institucional, que Chávarri confiesa que nunca hubiera emprendido por su propia iniciativa, debe haber habido algún momento en el rodaje en el que advirtió que ellos mismos estaban dispuestos a llevar a cabo un ajuste de cuentas familiar, literario y político de envergadura mayor, una ceremonia fúnebre capaz de desbaratar la inocuidad de cualquier homenaje institucional hasta convertirse primero en un parricidio simbólico y luego en la celebración elegante y cruel del fin de una época: la muerte de Franco, de la que la muerte de Panero y su “fin de raza” son una expresión melancólica y veraz. 

Michi dice al final de El desencanto: “En esta familia, lo que no es literatura es silencio”. Esa conciencia autonarrativa que los cuatro comparten es la base existencial y sociológica sobre la que Chávarri va a erigir su hazaña: si contó con horas de testimonios donde los hermanos despedazaban a sus padres y entre ellos, incluso cada uno a sí mismo, el cineasta comprendió que su oficio solo debía dejar sonar a todos juntos como si se tratase de una orquesta de cámara, encontrar el tempo preciso de la agonía familiar, su tono, su luz plateada, dejar que la entonación de cada uno los construyera como personas dramáticas y manifestara con elegancia el proceso de corrosión que en ellos dejaba ver el trauma franquista. Posiblemente Chávarri, mientras hacía todo esto, no fuera extremadamente consciente de lo mucho que tenía en sus manos. 

Quizá no haya un documental previo que pudiera servirle de antecedente para fundar un género nuevo, que desde entonces tiene en esta película su modelo insuperable. Es posible que Chavarri no controlara la operación política y familiar que la madre y los hermanos estaban haciendo, que ellos sí podían ejecutar con exquisita maldad y piedad y poniendo en juego todas las referencias literarias que el mejor guionista no hubiera podido concitar. Chavarri solo los dejó ser y encontró la arquitectura precisa, sin repetir y sin soplar. 

La paradoja es que los Panero sabían que eran un fin de raza, que no tendrían descendencia filial ni literaria, pero ofrecieron su testimonio para iniciar un linaje cinematográfico. Esa conjunción astral que hace de un naufragio humano una obra de arte feliz es lo que medio siglo después, cuando todos ellos murieron y ya no pueden hacerse más daño, agradecemos.

III

La vida de los Panero después de El desencanto fue, en varios sentidos, una extensión de la decadencia y genialidad que mostraron en pantalla. Ninguno de los hijos superó los 70 años, cumpliendo la profecía sobre el fin de raza que plantea Michi al final de la película.

Felicidad Blanc, la madre: Después del documental, ella publicó sus memorias tituladas Espejo de sombras (1977), en la que intenta dejar su propia versión de su vida con Panero, la muerte de su esposo y su vida con los hijos. Vivió alejada del foco mediático y liberada de la opresión que sintió durante su matrimonio. Murió en 1990 en San Sebastián. 

Felicidad Blanc en El desencanto

En 1994, los hermanos aparecen en un segundo documental, Después de tantos años, dirigido por Ricardo Franco, donde se puede ver su desgaste físico y emocional tras dos décadas de soledad.  Después de tantos años se resuelve cinematográficamente de una manera menos refinada que su predecesora. Mientras que El desencanto mantenía una estructura de melodrama coral en un elegíaco blanco y negro, la secuela no logra eludir un formato más cercano al periodismo. Franco cita fragmentos de El desencanto para contrastar la lucidez juvenil con el presente. Funciona como un espejo cruel donde los personajes se ven a sí mismos veinte años después, confirmando que el desencanto no era una etapa sino un destino. El tono es más sombrío y su atractivo radica en gran parte en cierto morbo por ver cómo han quedado los personajes que nos habían deslumbrado. 

Juan Luis

Juan Luis Panero, el primogénito: Fue el que mantuvo una vida y una carrera literaria más convencionales. Se consolidó como un poeta respetado, ganando premios como el Comillas por sus memorias Sin rumbo cierto (1999). Vivió sus últimos años en Torroella de Montgrí, Gerona, donde murió en 2013, a los 71 años. Hasta el final mantuvo su pose de dandi culto y cínico que se ve en la película. 

Su obra: es un poeta de la memoria y la derrota desde una contención formal. Se centra en el paso del tiempo, los viajes, el alcohol, los paraísos perdidos y una soledad aristocrática. Es una poesía clara y escéptica. Mientras Leopoldo María destruye el verso, Juan Luis lo pule para que brille su amargura. En su poema "Galería de retratos" (del libro Los pasos vacíos), asume su rol de último dandi de una estirpe que se apaga. No hay grito sino un desprecio elegante hacia el legado: 

Contemplo estos retratos, estas sombras

que llevan mi apellido y mi amargura... 

Mi padre, con su voz de trueno y gloria, 

no supo que heredaba una ruina. 

Yo cierro la puerta, apago las luces, 

y soy el último en beber de este vaso roto. 

Leopoldo María

Leopoldo María, el poeta malditoSe convirtió en exponente de la poesía maldita en España. Su vida la pasó entrando y saliendo de instituciones psiquiátricas, con su diagnótico de esquizofrenia. Desde su reclusión fue extremadamente prolífico y admirado por la crítica literaria. Murió en 2014 en el hospital psiquiátrico de Las Palmas de Gran Canaria. Fue el último de los hermanos en morir. 

Su poesía pasó de un brillante culturalismo pop (Así se fundó Carnaby Street) a un lenguaje donde el sentido se rompe. Su temática queda fijada a sus obsesiones: la muerte, la locura, el excremento, el deseo prohibido y la destrucción del yo. Para él, su padre no es una sombra sino un cadáver que aún asfixia:  

En la tumba de mi padre hay un libro abierto

que nadie lee, que el viento ensucia...

Padre, yo te maté para que no me mataras, 

y ahora tu sombra es el muro de mi celda.

No hay Panero que valga, solo el asco 

de ser tu hijo en este manicomio.

Los críticos detectan que los mundos de Juan Luis y Lepoldo María son espejos invertidos: ambos escriben contra el padre de modos distintos. Juan Luis hereda la forma y el oficio para vaciarlo de su contenido épico-religioso e impregnarlo de nihilismo. Leopoldo María destruye la figura del padre a través de la locura. Entre hermanos hay un diálogo implícito de desprecio y fascinación. Juan Luis veía en Leopoldo la caricatura del genio, mientras que Leopoldo veía en Juan Luis la impostura de la normalidad burguesa. Ambos se postulan como enterradores de un apellido literario. 

En las Canarias en 2009, Leopoldo María recibe un ejemplar de revista La otra en el que aparece un texto sobre El desencanto

En Poemas del manicomio de Mondragón (1987), Leopoldo María expresa en cambio su amor apasionado por la madre: 

Escucha en las noches cómo se rasga la seda 

y cae sin ruido la taza de té al suelo 

como una magia 

tú que sólo palabras dulces tienes para los muertos

y un manojo de flores llevas en la mano 

para esperar a la Muerte

que cae de su corcel, herida

por un caballero que la apresa con sus labios brillantes

y llora por las noches pensando que le amabas,

y dice sal al jardín y contempla cómo caen las estrellas

y hablemos quedamente para que nadie nos escuche

ven, escúchame hablemos de nuestros muebles

tengo una rosa tatuada en la mejilla y un bastón con empuñadura en forma de pato

y dicen que llueve por nosotros y que la nieve es nuestra

y ahora que el poema expira 

te digo como un niño, 

ven he construido una diadema 

(sal al jardín y verás cómo la noche nos envuelve). 

Michi hacia el final de su vida

Michi Panero, el hermano menor: Fue el Panero con menos obra literaria. Trabajó como columnista en medios como el diario EL PAÍS. Vivió la noche madrileña intensamente y en los años 80 fue una figura icónica de la Movida. En sus últimos años regresó a Astorga, enfermo de cáncer y cirrosis. Fue el primero de los hermanos en morir,  en 2004, a los 52 años. 

Poco antes, en una de sus intervenciones más citadas, dejó un texto que resume su posición en la familia: "Yo no soy poeta, soy el espectador de los poetas. Soy el que se quedó a recoger los vasos después de que la fiesta de los Panero terminó en naufragio. Mi herencia es el silencio y mi mayor logro es no haber escrito nada para no manchar más el apellido."

(Nota final: hace poco se conoció el desecanto 16, una hermosa película en la que Lucía Seles vuelve a Astorga en busca de los rastros de los Panero. Esto queda para otra oportunidad).

miércoles, 7 de octubre de 2015

El escritor oculto


por Oscar Cuervo

Un plan sumamente interesante para los miércoles de octubre: "El escritor oculto", un ciclo de películas programadas por Andrés Di Tella en el MALBA. Se trata de películas documentales sobre la escritura y los escritores. Di Tella seleccionó cuatro documentales basados en la figura de escritores que lo marcaron como cineasta. Sabemos, porque lo hemos escrito varias veces y lo hablamos hace poco con él, que el cine de Di Tella guarda una intensa relación con la escritura. Tanto es así que su película más reciente, 327 cuadernos, está centrada en Ricardo Piglia y la relectura y reescritura de los diarios que Piglia escribió desde su juventud (y que ahora están empezando a publicarse bajo el título Los diarios de Emilio Renzi).

Esta es la programación:

Piglia en Macedonio Fernández

Miércoles 7 de octubre a las 20:30 (¡HOY!):
Macedonio Fernández, del propio Andrés Di Tella y Ricardo Piglia. Esta película realizada hace 20 años es el claro antecedente de 327 cuadernos. Se trata de una co-autoría (y en cierta forma, creo que 327 cuadernos también lo es). Hace 20 años Di Tella le cedió la voz cantante a Piglia para que conduzca la investigación acerca de la figura de Macedonio, un gran autor/personaje de la literatura argentina, originalísimo, complejo e influyente, decisivo en escritores como Borges, Marechal o el propio Piglia. La película tiene un interés adicional por la aparición de Germán García, Roberto Jacobi, Gerardo Gandini (todos ellos volverán a aparecer en 327 cuadernos), uno de los escasos registros fílmicos de Ricardo Zelarayán y un testimonio extraordinario del hijo de Macedonio y principal custodio de su obra, Adolfo de Obieta. Macedonio Fernández es el prólogo ideal para ver 327 cuadernos, porque sirve para percibir el campo de preocupaciones artísticas que Piglia y Di Tella ya compartían hace dos décadas y permite reconocer que esas preocupaciones que aparecen más explícitamente formuladas en la primera siguen rigiendo implícitamente la segunda. Además se puede apreciar la manera como Di Tella ha refinado su estilo en estos 20 años. Después de la proyección, habrá un diálogo con Andrés, que hará un recorrido por su filmografía y justificará la selección de los documentales del ciclo. 


Miércoles 14 de octubre a las 20:30
La guerra de un hombre solo (Edgardo Cozarinsky, Francia, 1982). Los documenales europeos de Cozarinsky en los 80 son un faro para todo el documental de creación realizado desde entonces. Esta es una apasionante película basada en los diarios que Ernst Junger escribió durante la ocupación alemana en París (¡Junger fue en ese tiempo gobernador militar en París!). En 2011, Di Tella escribía sobre esta película y estos diarios:

Ricardo Piglia me contó que estaba releyendo los diarios de Ernst Junger, los mismos que utiliza Edgardo Cozarinsky en su película La guerra de un hombre solo, como texto off leído sobre imágenes de los noticieros franceses que mostraban la cara alegre de París durante la ocupación nazi. Junger, gran escritor, fue gobernador militar de París.
-Estoy tratando de entender por qué son tan buenos- dijo Piglia-. Tal vez sea simplemente por todo lo que le tocó vivir. Y desde qué lugar. Porque él cuenta cómo va avanzando por Francia con el ejército alemán. Llega a un castillo abandonado en el Loire, los franceses se acaban de escapar, dejaron todas sus cosas, hasta la comida. Y Junger se pone a revisar los cajones, se toman un champán de no sé qué cosecha que encuentran en la cava, pero al mismo tiempo observa con admiración los cuadros en las paredes, los libros de la biblioteca. Y son libros que él ha leído. Es muy impresionante la descripción que hace.
-O sea que para escribir un buen diario hay que andar con los nazis y ocupar París…

-¡Claro, qué vivo! Así cualquiera. (Originalmente publicado acá)


Miércoles 21 octubre a las 20:30
Gombrowicz o la seducción (Representado por sus discípulos) (Alberto Fischerman, Argentina, 1986). Esta es la joya secreta del ciclo ya que, hasta donde yo sé, no existe copia en cd ni se puede ver online y hace muchos años que no se proyecta. Di Tella fue asistente de dirección de esa película y es evidente que participar en ella marcó una influencia decisiva en el cineasta que iba a terminar siendo. Fisherman logra una película extraña e inclasificable, un film ensayo, serpenteando entre el documental y la ficción, algo que para esa época y más aun en el cine argentino era absolutamente inusual. Cuando yo vi Gombrowicz, recuerdo haber pensado algo que siempre se me ocurre cuando descubro que el cine puede ser más cosas que lo que ya es: "nunca se me ocurrió que se podría hacer una película así", pensé. Los protagonistas de la película son los discípulos argentinos del escritor polaco Gombrowicz: Alejandro Russovich, Jorge Di Paola, Juan Carlos Gómez y Mariano Betelú, personajes de un histrionismo fascinante que se reúnen en la película a convocar el fantasma del polaco, al que conocieron cuando él vivió en Argentina y ellos eran muy jóvenes. Los que la vimos hace mucho sentimos necesidad de verla de nuevo. Y los más jóvenes que no tuvieron oportunidad de verla no se la deberían perder.

Leopoldo María Panero en El desencanto

Miércoles 28 octubre a las 20:30
El desencanto (Jaime Chávarri, España, 1976). Simplemente, una de las mejores películas de la historia del cine, un mazazo en la cabeza, un milagro irrepetible. Chávarri filma a los Panero, la familia de poetas, Leopoldo, el padre ya muerto, y su recuerdo evocado por su viuda Felicidad Blanc y sus tres hijos: Juan Luis, Leopoldo María y Michi, en las postrimerías del franquismo. Creo que nunca una película documental logró retratar a una familia con el grado de intimidad y dolor que El desencanto logra. Quien la ha visto tiene la sensación de haber conocido a los Panero de cerca y no puede evitar amarlos y odiarlos. Y tampoco recuerdo otro ejemplo mejor en el que esa intimidad consiga articularse con un momento histórico como el que España estaba experimentando en ese momento. No puedo hablar de esta película sin exaltarme. Acá escribí más de ella. El que se la pierde se gana el premio al gil del año.

En todos los casos, entrada libre y gratuita. Más información acá.

lunes, 10 de marzo de 2014

Vos creés en visiones y plegarias pero no creés en lo que realmente hay: Aurora Venturini/ Devendra/ Panero

La otra.-radio: un programa para escuchar clickeando acá




AURORA VENTURINI

Y así fuimos cumpliendo años, pero yo asistía a clase de dibujo y pintura que el profesor de Bellas Artes opinó que sería una plástica importante a causa de que por ser medio loquita dibujaría y pintaría como los extravagantes plásticos de los últimos tiempos.

El profesor me dijo: Yuna –así me llaman– tus cuadros son dignos de integrar una exposición. Hasta puede ser que alguno se venda.

Me alborozó tal alegría que salté sobre el profesor con todo el cuerpo y quedé adherida al cuerpo del profesor con los cuatro miembros: pies y piernas, y nos caímos juntos.

El profesor dijo que yo era muy bonita, que cuando creciéramos íbamos a noviar y que me enseñaría cosas tan bonitas como dibujar y pintar pero que no divulgara nuestro proyecto que en realidad era sólo su proyecto y yo supuse que se trataría de exposiciones más importantes y entonces volvía a saltarlo y lo besé. Y él también, con un beso de color azul que me repercutió en lugares que no nombro porque no estaría bien. Y entonces busqué una tela grande y sin dibujar pinté en rojo dos bocas presionadas, enganchadas, unidas, inseparables, cantarinas y dos ojos arriba, azules, de los que desmayaban lágrimas de cristal. El profesor, de rodillas, besó el cuadro y ahí se quedó, en la sombra. Y yo volví a casa.

Conté a mamá de la exposición y ella que no entendía de arte contestó que esos mamarrachos informes de mis cartones harían reír a los concurrentes pero que si el profesor quería, a ella no el iba ni le venía. Cuando expuse, me compraron dos cuadros. Lástima que uno fue el de los besos. El profesor lo bautizó: “Primer amor”. A mí me pareció bien. Pero no comprendí del todo el significado.

Yuna es una promesa decía el profesor y esto me gustaba tanto que cada vez que lo decía, me quedaba después de hora para saltarle. El nunca me retó. Pero cuando me crecieron las tetitas me dijo que no lo saltara porque el hombre es fuego y la mujer es paja. No entendí. No salté ya.

(Las primas)

LEOPOLDO MARÍA PANERO

Bello es perder
cuando se acercan los hombres
bella es la ruina y el acabamiento
bella es la muerte rica en excremento
y en el azul cemento
en que perdí mi vida.

Bello es el pájaro azul de la ruina
allí donde una reina en el espejo mira
y Blancanieves pregunta si yo existo.

(Teoría del miedo)

El programa de anoche estuvo imbuido por el hálito de dos escritores singulares: Aurora Venturini y Leopoldo María Panero. Leopoldo se nos fue redepente hace unos pocos días, después de haberlo sentido tan cerca durante años, desde que vimos El desencanto. No creo que logremos olvidarlo. A Aurora la teníamos tan cerca y no la conocíamos, hasta que una película nos la descubrió: Beatriz Portinari, un documental sobre Aurora Venturini. En el programa de anoche tuvimos a los directores de esta película: Fernando Krapp y Agustina Massa. Película que recomendamos con fervor. Está en en Espacio INCAA (Gaumont) en dos funciones diarias y desde el jueves en el Cosmos. También está los libros. Si ven la película van a necesitar leerlos. De Panero tenemos los libros y El desencanto, que puede verse online acá. De Leopoldo y de Aurora vino a habalr Lilián Cámera, con un conocimiento profundo y divertido.

En el programa también estuvo Federico Kucher, nuestro experto en economía, con su análisis tan certero y preciso. Nos comentó los buenos indicios de la semana que terminó y los problemas pendientes para el futuro inmediato: dolar, reservas, precios, salarios, empresarios codiciosos y que no cumplen sus acuerdos, puja distributiva y demás.

La música: Devendra Banhart, Vampire Weekend, Jake Bugg, Cosmo Jarvis. 

Para escuchar el programa clikear acá.

domingo, 9 de marzo de 2014

Carta de Leopoldo María Panero a su novia Marava: “En este jardín ya no hay nadie”

(desde el manicomio de Mondragón, en febrero de 1987)



Querida Maraba:

he leído tu diario, y me ha emocionado. Te he visto como un ser humano, no como un objeto o una costumbre. Parece que el miedo o lo que tú llamas esquizofrenia te impiden mostrarte ante mí como eres. En cuanto a mí, no sé cómo me atrevo a ser. La literatura ha muerto y la locura también. Ya nada me une al ser, ninguna obcecación, ninguna obsesión, ninguna venda. Menos que nada lo que Mallarmé llamaba la obsesión por la existencia. Aquí en Mondragón, rodeado de asesinos, la vida me parece como al Papa Borgia, de muy escaso valor. En el colmo de la lucidez, no poseo siquiera ese arrebato de locura que permite suicidarse. Me veo como irreal, como si ya no existiera. No tengo recuerdos: mi vida entera está tachada, la veo como algo peor que un error o una fantasía. Solo me alegran los sentimientos apocalípticos, las tormentas, la lluvia, los relámpagos que no alumbran nada. Diríase que soy Artaud, pero para quién o para qué. Escribir ahora no es ya llorar, sino alucinar, creerse como en un delirio, ser alguien en un mundo para alguien. Ese loco que da vueltas a su bastón en el aire me saca continuamente de mi sueño. Me recuerda que no hay nada, sino para el sueño de alguien, de ese alguien que es un sueño, que es siempre lo que Lacan llamaba l´autre imaginaire. Debajo de mi ventana pasea un hermano de San Juan de Dios: va a morir, está enfermo de sida, y sin embargo no significa nada, ni para mí ni para él. No es un destino, es un azar odioso que no le impide seguir caminando, mirando, ni vivir su existencia como un absurdo. Para el existencialismo, tal absurdo era una política, porque se oponía a un sentido visceral. Pero para mí hoy tal sentido ha muerto con la literatura que lo expresó. La literatura era para alguien o contra alguien, y en este jardín ya no hay nadie. Sólo Prometeo atado a una roca, y unos patos que vuelan sobre la nada. La esperanza de que llames no es mucha (…). Sólo cuenta mi compañía, no yo. Y mi compañía, mi valor para el sueño, está por terminarse. Porque ya he despertado: he despertado a un mundo sin nadie, y un mundo sin sueño no es ya un mundo. Es, sencillamente, lo más atroz que pueda imaginarse. Porque aun así la boca respira y la mirada ve, y no hay nada ya que ver ni aliento alguno. Este es sin dudas el tan esperado fin del psicoanálisis interminable, el alta definitiva, la muerte. Soy el Anticristo, ni tan siquiera soy yo, soy un espectro masticado, digerido por la boca de seres malolientes y sin otro rostro que la baba del insulto. Aquello que he perdido no era una batalla. Mi enemigo tiene un nombre: España, pero no un rostro, es como una serpiente visceral y sudorosa, un animal peludo y hambriento que no teme a Dios ni al diablo. Me ha escupido limpiamente en el suelo como material de desecho, como a un despojo. Mi locura rozó los límites de la suya, y eso fue lo que me hizo merecer la muerte. Recuerdo aún a una vieja gangosa insultándome, a un deportista sudoroso masticando mi cerebro en la radio, sin importarle un bledo lo que fuera el terrible sueño de la cultura. Ni siquiera muerto seré alguien o algo para él. Eres el Anticristo, entonces te adoro, es lo último que acertó a decir el sapo. 

As alone aunt from a broken aunt-hill, from the wrekedge of Europe, ego escriptor.

viernes, 7 de marzo de 2014

El desencanto

 Los Panero: un fin de raza


[A propósito de la muerte reciente de Leopoldo María Panero, el último integrante de esa familia que conocí hace muchos años gracias a una película terrible y hermosa llamada El desencanto (Jaime Chavarri, España, 1976), me puse a revisar todo lo que sobre ellos y ella escribí y edité en estos años. Como esta nota publicada en verano de 2010 en La otra n° 22]

Cuando yo era bastante chico, una película tuvo sobre mí un efecto arrasador y aún hoy difícil de olvidar. El desencanto, de Jaime Chavarri. Nunca había visto una película así, (y ahora puedo decir que no he vuelto a ver otra igual). Un documental... nunca pensé que un documental pudiera ser eso. Quizá mi aprendizaje cinéfilo haya sido marcado por la revelación de que un verdadero documental siempre es más interesante, más fuerte y más peligroso que un film de ficción: un documental es más cine.

El desencanto: Familia Panero, de la ciudad de Astorga, en las postrimerías del franquismo. Mediados de la década del 70. Leopoldo Panero: un hombre al que se refieren como poeta oficial del régimen declinante, un hombre ya muerto. Su viuda e hijos: Felicidad Blanc, Juan Luis, Leopoldo María y Michi. Al comienzo, vemos la estatua del poeta, envuelto y atado: ese hombre del que todos van a hablar en la película (del que van a hablar de una manera despiadada) no podrá responder a lo que de él se dice. Jaime Chavarri, el director de El desencanto, tiene la astucia de no mostrar nunca la estatua descubierta, de modo que Panero será siempre para mí un hombre envuelto y atado. La viuda, Felicidad, es una señora melancólica de la burguesía española, tratando de ajustar cuentas con la memoria de su esposo, con toda la delicadeza de la que es capaz -que tampoco es tanta- sin privarse por ello de que quede claro que él la hizo desdichada. Ese movimiento tenso de ella hacia una verdad cruel, sugerida con elegancia, será desbaratado constantemente por sus hijos, que se complacerán en darle la razón ridiculizándola, puesto que todos parecen acordar en que si el padre la hizo infeliz, ella se entregó a ese destino y se aseguró de hacerlos igualmente infelices a ellos.

Juan Luis es el hijo mayor, el que acetpa el rol antipático que los otros le dan (en la familia Panero todos están de acuerdo en hacer el papel que les toca), y todo el tiempo asume una pose histriónica que se mueve con más comodidad entre sus fetiches y citas literarias que abriendo sus sentimientos. Michi, el menor, el muchacho aún tierno, también el más bonito (la vida será después despiadada con Michi, pero eso queda afuera de El desencanto), defiende a su mamá, dice que ha sido el descubrimiento más deslumbrante que la vida le deparó, pero que tuvo que morirse el padre para eso. Y cuando Felicidad parece dispuesta a aceptar el piropo, entonces Michi la deja pagando, le tira un reproche que ella no sabrá esquivar. 

Todos ellos hablan de Leopoldo María, el que “se ha terminado por convertir en un verdadero peligro para nosotros” (lo dice Michi). Pero ya pasó la mitad de la película y Leopoldo María, el hermano del medio, no aparece. Uno puede llegar a creer que la película se sostendrá sobre dos ausencias: la de Leopldo padre y la de Leopoldo María hijo. Entonces Leopldo María aparece. Y todo lo que hasta ese momento fue la irónica desarticulación del mito de la familia amorosa se vuelve con su presencia y su palabra una demolición implacable: “...ese repudio unánime que todos ellos han hecho contra mí, ese resentimiento que he encontrado en todos ellos como su única pasión...”.

Contra todas las apariencias, los Panero son capaces de deslizar palabras amorosas en medio de la demolición. Quizá ese sea su gesto más inquietante: que ellos puedan aún quererse y que sean capaces de decirlo en medio de los reproches más ofensivos. Ese terrible poder es ejercido ante todo por el más cruel, el que parecía el primero en quebrarse y ha sido al final el más fuerte, Leopldo María: 

Yo y Juan Luis, que éramos los que más bebíamos y llevábamos una conducta parecida a la de mi padre, nos convertimos en sustitutos de mi padre, pero al nivel más malo, no ya como la metáfora paterna, sino como su realidad, ¿no? Y mi madre... pues no sé, puede decirse que la verdad es que tenía razón cuando nos convierte en sinónimos de lo peor de mi padre, porque yo y mi hermano Juan Luis y mi hermano Michi, que ahora empieza (porque hasta ahora había sido el ideal), hemos sido la causa del desastre más absoluto de mi madre. Aunque, en fin, todos... aquí el que no corre vuela, porque mi madre también fue la causa de mi desastre, etcétera, etcétera”.

Nunca imaginé que un documental pudiera desplegar tal grado de ferocidad y de melancolía, que yo pudiera terminar queriendo a esos seres reales, personas que dan miedo pero también quiere uno guardar en su memoria. El blanco y negro plateado y la música elegíaca de Schubert envuelven la penumbra de Michi cuando dice: “por mi experiencia personal a lo largo de estos años, me temo que no vamos a tener descendencia, entonces me interesa resaltar esto, porque somos un fin de raza nada wagneriano. Somos un fin de raza astorgano, muy erosionado por el tiempo, y tampoco es nuestra la culpa, llevamos tantos hectólitros de alcohol en nuestra sangre, tanto por parte de padre como de madre, que hay un momento en que por lo visto no damos más de sí. Yo precisamente ahora en septiembre voy a hacerme unos exámenes médicos para descubrir si podemos perpetuar la raza de alguna forma”.

Y la imagen final, la del principio, del poeta oficial envuelto y atado, y su epitafio: “Ha muerto/ acribillado por los besos de sus hijos,/ absuelto por los ojos más dulcemente azules,/ y con el corazón más tranquilo que otros días...”.

jueves, 6 de marzo de 2014

Leopoldo María Panero: Soy un hombre que odia el sueño y que sonríe ante el desastre


¿Quién fui yo? Le pregunto al camarero
¿Quién es esa sombra que finge escribir?
Soy un hombre que odia el sueño
Y que sonríe ante el desastre
Y habla con una puta sobre el papel
“Y el Universo no devuelve mi figura”
El Hombre mira al Universo
Pero el Universo no le mira a él
Oh canción para nada
Oh canción para la sombra
Porque estoy de rodillas ante el verso
y el sol escupe en mis ojos.

L. M. P. Reflexión, Poema IX, 2010

Hoy me enteré de la muerte de Leopoldo María, el último de los Panero. Aquella familia imposible de olvidar para quien vio esa película hermosa y terrible titulada El desencanto. La madre, Felicidad Blanc, había muerto en 1990. Michi, el hermano menor, murió en 2004. Juan Luis, el mayor, murió el año pasado. Lepolodo María parecía el más frágil y fue el que los sobrevivió.




El poema está hecho para matar
Y es un himno a la ruina
Y la única belleza es la belleza del desastre
El estampido de un revólver sobre la nada
Para sellar el pus de la vida
La flor sin labios de la vida
La agonía eterna de Virgilio
Y el verso debe ser como el puñal
Como el dolor siniestro de la vida
Que ya no es
Sino sólo el resplandor de un cadáver
Que ya no es
Y flota sobre el verso.

L. M. P. Reflexión, Poema L, 2010


martes, 21 de diciembre de 2010

La única belleza es la belleza del desastre

Anticipo de La otra 25


IX
¿Quién fui yo? Le pregunto al camarero
¿Quién es esa sombra que finge escribir?
Soy un hombre que odia el sueño
Y que sonríe ante el desastre
Y habla con una puta sobre el papel
“Y el Universo no devuelve mi figura”
El Hombre mira al Universo
Pero el Universo no le mira a él
Oh canción para nada
Oh canción para la sombra
Porque estoy de rodillas ante el verso
y el sol escupe en mis ojos.


Leopoldo María Panero es un notable poeta español -inolvidable para nosotros desde que lo vimos en esa tremenda película que se llama El desencanto- a quien ya le habíamos dedicado una nota en el número 22 de revista La otra ("Y la luz no es nuestra", Livio Andrés Fortunato). El autor de dicha nota llegó a contactarse con una persona cercana a Panero y le envió algunos ejemplares de la revista a las Palmas de la Gran Canaria, donde el poeta reside. Panero quedó muy complacido con la nota y en señal de gratitud nos envió su último libro hasta el momento, Reflexión (Casus Belli, 2010).


El relato de nuestro acercamiento con Panero lo hace Livio Fortunato en el nuevo número de La otra, ahora en los kioscos (ver detalle acá). Además y en carácter de primicia absoluta para América del Sur, nuestra revista reproduce 18 de sus nuevo poemas, de los que en este post dejamos un par de muestra.

L
El poema está hecho para matar
Y es un himno a la ruina
Y la única belleza es la belleza del desastre
El estampido de un revólver sobre la nada
Para sellar el pus de la vida
La flor sin labios de la vida
La agonía eterna de Virgilio
Y el verso debe ser como el puñal
Como el dolor siniestro de la vida
Que ya no es
Sino sólo el resplandor de un cadáver
Que ya no es
Y flota sobre el verso.

martes, 2 de febrero de 2010

Revista La otra 22: verano 2010


(...) Te mataré mañana cuando caiga la hoja
decimotercera al suelo de miseria
y serás tú una hoja o algún tordo pálido
que vuelve en el secreto remoto de la tarde.

Te mataré mañana, y pedirás perdón
por esa carne obscena, por ese sexo oscuro
que va a tener por falo el brillo de este hierro
que va a tener por beso el sepulcro, el olvido.

Te mataré mañana cuando la luna salga
y verás cómo eres de bella cuando muerta
toda llena de flores, y los brazos cruzados
y los labios cerrados como cuando rezabas
o cuando me implorabas otra vez la palabra.

Te mataré mañana cuando la luna salga,
y al salir de aquel cielo que dicen las leyendas
pedirás ya mañana por mí y mi salvación.

Te mataré mañana cuando la luna salga
cuando veas a un ángel armado de una daga
desnudo y en silencio frente a tu cama pálida.

Te mataré mañana y verás que eyaculas
cuando pase aquel frío por entre tus dos piernas.


(Fragmento del poema Proyecto de un beso, de Leopoldo María Panero, citado por Livio Andrés Fortunato en su nota "Y la luz no es nuestra", de revista La otra 22).



"Familia Panero, de la ciudad de Astorga, en las postrimerías del franquismo. Mediados de la década del 70, un hombre al que se refieren como una suerte de poeta oficial del régimen declinante, un hombre ya muerto: Leopoldo Panero. Su viuda e hijos: Felicidad Blanc, Juan Luis, Leopoldo María y Michi. Al comienzo, vemos la estatua del poeta, envuelto y atado: ese hombre del que todos van a hablar en la película (y del que van a hablar de una manera despiadada) no podrá responder a lo que de él se dice. Jaime Chavarri, el director, tiene la astucia de no mostrar nunca la estatua descubierta, de modo que Panero será siempre para El desencanto -es decir, para mí- un hombre envuelto y atado. La viuda, Felicidad, es una mujer modosa y dulce, una señora melacólica de la pequeño-burguesía española, tratando de ajustar cuentas con la memoria de su esposo, con toda la delicadeza de la que es capaz -que tampoco es tanta- sin privarse por ello de que quede claro que él la hizo desdichada. Ese movimiento tenso de ella hacia una verdad cruel, deslizada con cierta elegancia, será desbaratado rápida y constantemente por sus hijos, que se complacerán en darle la razón ridiculizándola, puesto que todos parecen acordar en que si el padre la hizo infeliz, ella se entregó a ese destino y se aseguró de hacerlos igualmente infelices a ellos". (Nota de O.A.C, "El desencanto", sobre la película del mismo nombre de Jaime Chavarri, en revista La otra 22).



"Finalmente, luego de varios meses de demora, se estrena en Argentina la película sueca Låt den rätte komma in, con el poco fiel título de Criatura de la Noche: Vampiros, perdiendo ese plus que en la traducción fiel dice que hay que dejar entrar al bueno o al correcto. Basada en la novela de John Ajvide Lindqvist Criatura..., fue toda una sorpresa para el género y ganó varios premios, entre ellos al mejor guión adaptado en el Festival Cinematográfico de Triveca 2008 y el Méliès de Oro de la Federación de Festivales de Cine Fantástico Europeo como mejor película fantástica. La película tiene guión del propio Lindqvist, aunque difiere en algunos puntos importantes de la novela.

"Con el trasfondo del suburbio de Blackeberg, Estocolmo, y situado en los años 80, el libro cuenta la historia de Oskar, un solitario niño de doce años que vive con su madre, adicto a las golosinas y sometido al maltrato constante de sus compañeros de colegio". (Fragmento de la nota "Déjame entrar" de Lilián Cámera, sobre el film Criatura de la noche: vampiros y sobre la novela de John A. Lindqvist en la que el citado film se inspira).



"El sexo como herida: en un brevísimo plano, Oskar ve a Eli desnuda. Donde debería estar la vagina hay una horrible cicatriz: la ambigua Eli parece castrada/o, o algo aún peor. Esto le impide consumar el coito, pero no dormir desnuda al lado de su amado en la misma cama. Nunca -jamás- harán el amor. Pero este aparente obstáculo no detiene el fuego amoroso, lo potencia. Desenterrado de la basta cotidianeidad, será puesto a transitar por la senda de la eternidad. Y por allí caminarán los dos, amándose por siempre, aún cuando nosotros nos hayamos ido.

«Tengo que irme y vivir, o quedarme y morir. Tuya. Eli»
." (Fragmento de la nota "Esos ojos: dolor de siglos" de Eduardo Chinasky, sobre el film Criatura de la noche: vampiros de Thomas Alfredson).



"«¿El cine es una escritura o un espectáculo?», se preguntaba Eustache a menudo. Y parecía responderse, o al menos, dudar, «he hablado mucho de volver a Lumière, he puesto como ejemplo La llegada del tren a la estación de La Ciotat (1895). No hablaba entonces de escritura sino de utilización de la cámara. Antes que rodar con técnicas que implicaran medios importantes (que no tenía) quería que la pobreza me sirviera. Así me oponía a la degradación que el abuso de las técnicas nuevas ha sometido al documental, desde Lumière al reportaje televisivo actual». (Fragmento de la nota "Entre los pliegues del tiempo perdido / Apuntes sobre Jean Eustache", de Juan Aguzzi, en La otra 22).



"...la narración de la propia vida en la contemporaneidad no depende ya de experiencias que se han visto afectadas, o que han sido constituidas, por la vida histórica o política. Incluso, en la narración contemporánea de sí, no es tampoco la vida pública (no ya la vida política) la instancia en la que el autobiógrafo busca aquellos motivos que pudieron incidir en la formación de su subjetividad. Basta tener en cuenta, para comprender esto, el documental de Jonathan Caouette, Tarnation, uno de los documentales contemporáneos más célebres, y más celebrados, por sus innovaciones formales y por la historia que allí se narra. En la narración de su vida, que sin duda implica la de su madre, cuya enfermedad es en gran parte consecuencia de los tratamientos que recibió en instituciones públicas, Caouette no busca encontrar allí razones de su estado, no ya bajo la forma de algún tipo de protesta sino ni siquiera bajo la forma de la queja.


"Algo similar, diría yo, ocurre con el diario de Pablo Pérez,
Un año sin amor, donde sin duda la experiencia de la sexualidad y de la enfermedad son decisivas en la formación de la subjetividad, pero donde la vida misma está replegada en las prácticas eróticas y sexuales de elección, en la deriva a que esas prácticas llevan, sin rastros de lo público, salvo aquellos que es posible notar aún en los dispositivos de control de la medicina". (Fragmento de la nota de Emilio Bernini "Jonas Mekas: Ningún lugar adonde ir", sobre la escritura y el cine en primera persona en el arte contemporáneo).


Revista La otra 22: sólo en kioscos.

martes, 1 de diciembre de 2009

El desencanto

Un extraordinario cierre del ciclo La otra 2009
el sábado a las 19:30 en Lambaré 873
(pero después del cierre, habrá un poquito más)



por oac *

Cuando yo era todavía bastante chico, una película tuvo sobre mí un efecto arrasador y aún hoy muy difícil de olvidar. El desencanto, de Jaime Chavarri. Yo nunca había visto una película así, (y puedo decir que no he vuelto a ver otra igual). Un documental... nunca pensé que un documental pudiera ser eso. Quizá mi experiencia cinéfila haya sido marcada por la revelación de que un verdadero documental siempre es más interesante, más fuerte y más peligroso que un film de ficción, un documental es más cine.



Familia Panero, de la ciudad de Astorga, en las postrimerías del franquismo. Mediados de la década del 70, un hombre al que se refieren como una suerte de poeta oficial del régimen declinante, un hombre ya muerto: Leopoldo Panero. Su viuda e hijos: Felicidad Blanc, Juan Luis, Leopoldo María y Michi. Al comienzo, vemos la estatua del poeta, envuelto y atado: ese hombre del que todos van a hablar en la película (y del que van a hablar de una manera despiadada) no podrá responder a lo que de él se dice. Jaime Chavarri, el director, tiene la astucia de no mostrar nunca la estatua descubierta, de modo que Panero será siempre para El desencanto -es decir, para mí- un hombre envuelto y atado.

* Esto es un fragmento de una extensa nota sobre el poeta Luis María Panero, su familia y la película El desencanto, nota que será publicada en La otra n° 22 de inminente aparición.