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domingo, 29 de noviembre de 2020

Festival de Cine de Mar del Plata: Adiós a la Memoria / Edición Ilimitada / Nosotros nunca moriremos / Medium / La hora de los hornos

 Prividera, Cozarinsky, Loza, Crespo, Solanas






En esta emisión de Patologías Culturales hablamos con Maxi Diomedi de algunas de las películas que se vieron en el 35º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, cuya versión totalmente online todavía está en curso.

Se hizo el estreno mundial de Adiós a la memoria, la tercera película de Nicolás Prividera, de un gran interés artístico y político. Y nos resulta inevitable retomar algunas discusiones con el autor que empezaron hace más de una década, cuando se estrenó M. Discutir con Prividera es a esta altura un destino. Esto responde ante todo a su concepción de un cine que demanda ser discutido. Además, Adiós a la memoria forma parte de un conjunto de películas en las que una generación de cineastas se piensa ante sus padres y sus madres, filiaciones sanguíneas y simbólicas; también ante las marcas que la historia y el terrorismo de estado dejaron en sus memorias familiares tanto como en el cuerpo colectivo. Películas que, con posiciones divergentes y distintas entonaciones, dialogan sobre lo mismo: además de la propia MLos rubios y Cuatreros (Albertina Carri), El silencio es un cuerpo que cae (Agustina Comedi), Papirosen (Gastón Solnicki), Fotografías, La televisión y yo, 327 Cuadernos, Hachazos, Ficción Privada (todas de Andrés Di Tella) son las se me ocurren inmediatamente. Cada escena de Adiós a la memoria puede ser puesta en discusión con algunas de las películas mencionadas. El cine de ficción argentino de las últimas décadas no dio muchas pistas sobre el momento histórico en el que se filmó. En cambio, toda esta serie de documentales filmados desde el seno familiar plantean con insistencia la relación del presente con la historia. Hay una coincidencia seguramente involuntaria en Adiós a la memoria y Hachazos de Di Tella. Ambas retratan a personas cuyas vidas fueron atravesadas por el corte brutal de la dictadura. Ya escribí en 2011 sobre Hachazos acá. Curiosamente las dos películas recurren en un determinado momento a la misma canción de Manal, "Porque hoy nací", un tema fundacional del rock argentino compuesto en un contexto lejano, a fines de los 60, pero que adquiere en las dos películas una resonancia afín.

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En estos días de duelo nacional por la muerte de una de las figuras más populares de nuestra historia, por una contingencia absoluta nos toca conocer Nosotros nunca moriremos, que trata sobre el duelo por la muerte de un joven trabajador ajeno a toda notoriedad. La nueva película de Eduardo Crespo -cineasta crespense, este ya es todo un movimiento- asume un intimismo pudoroso, tímidamente lírico. Con su manejo refinado de la luz crepuscular, actuaciones de una tonalidad recatada y diálogos concisos en los que puede reconocerse la huella del co-guionista Santiago Loza, Nosotros nunca moriremos muestra una dimensión del duelo muy distinta a la estridencia que atraviesa a la Argentina por estos días.

Santiago Loza también se hace presente en el capítulo 2 de la película de episodios Edición ilimitada. Parecería que ningún formato ni soporte le impide a Loza desplegar su genio versátil y prolífico: obras teatrales, programas de televisión, novelas, largometrajes documentales o de ficción, y cortos como este -creo que le falta el radioteatro, pero capaz ya lo hizo y no me enteré. El vínculo difícil entre un poeta joven y un profesor de literatura vuelve a adoptar su existencialismo cotidiano, con ese humor agridulce y la desdicha asordinada para la que Loza busca cada vez una variante sutil. En este caso, se vale de una serialidad en los encuentros entre maestro y discípulo en la que lo no dicho y lo apenas entrevisto define el sentido de lo narrado.

Otro capítulo de Edición ilimitada, el 1, regala la presencia de su autor: Edgardo Cozarinsky. Hace más de medio siglo Cozarinsky fue un notable crítico de cine, después un cineasta bastante secreto, creador de un estilo de documentales que hizo escuela, ensayista y novelista. Finalmente, en su senectud Cozarinsky, sin dejar de ser nada de lo que ha sido, termina convertido en ícono. Su presencia y el grano cascado de su voz impregnan sus propias películas, como este cortometraje o el documental Medium -fino retrato de la música Margarita Fernández, amiga de Cozarinsky-, también exhibido en esta edición del festival. Cozarinsky ícono también tiene un papel importante en Ficción privada, la última de Andrés Di Tella; hasta hay una película inédita de Raúl Perrone en la que Cozarinsky aparece en un rol inusual. El capítulo 1 de Edición ilimitada es una miniatura exquisita, llena de gracia y melancolía, que bordea lo autobiográfico y dispara una cantidad prodigiosa de ideas cinematográficas en menos de media hora. Una de mis favoritas de esta edición de Mar del Plata.

En la columna de Patologías estuvimos hablando de la vigencia de La hora de los hornos, una de las películas más importantes del cine argentino, programadas también en Mar del Plata 2020.

 

 Otras participaciones que hice en Patologías Culturales este año:

martes, 19 de mayo de 2020

Doce Casas: una joya artística en la tele

Desde hoy, martes y miércoles a las 22:30 en la TV Pública







por Oscar Cuervo

Nota: En el marco de las normas de aislamiento para prevenir los contagios por CoVid19, en estos momentos no pueden producirse en el país -como en el resto del mundo que sufre la pandemia- obras audiovisuales de ficción televisiva ni cinematográfica, lo cual causa una dramática situación laboral en el gremio de los actores, que tampoco tienen actividad teatral. Una manera de paliar la crisis es que los canales de televisión vuelvan a emitir programas de ficción realizados anteriormente y de este modo los actores cobren sus derechos intelectuales por la difusión pública de sus interpretaciones a través de SAGAI. Los canales comerciales no muestran ningún interés en volver a programar ficciones argentinas y en cambio siguen una tendencia de estos años de creciente extranjerización de la ficción, para colmo de escaso o nulo valor artístico. En cambio, la TV Pública empezó en estas semanas a reprogramar algunas ficciones de enorme calidad producidas con anterioridad a la llegada de la nefasta gestión de Lombardi en los medios audiovisuales macristas.

Indudablemente Doce Casas: Historias de mujeres devotas es uno de los mejores programas argentinos de todos los tiempos, en el que se exploran las posibilidades del lenguaje televisivo sin pretender hacer cine pobre. Es una gran noticia que Doce Casas vuelva a verse en la TV Pública desde hoy, los martes y miércoles a las 22:30.



Doce Casas, el programa dirigido por Santiago Loza y Eduardo Crespo y escrito por Loza con Ariel Gurevich, ganó el Martín Fierro al mejor programa unitario / miniserie emitido por la televisión abierta en 2014. 

Su calidad artística se equipara a toda la producción reciente de Loza, que logró ubicarse como uno de los poquísimos autores multiterreno con una voz propia. Loza abrió un universo poético en expansión que aún no tiene techo. En teatro las evidencias son abundantes. En cine Loza aparece cada vez más afianzado. Pero con Doce Casas en televisión jugó de visitante. Era posible que su fuerte personalidad artística fuera sofocada por los límites de la tele. Con la solvencia de colaboradores como Edu Crespo y Ariel Gurevich y una selección de muchos de lxs mejores actorxs en actividad Doce Casas mostró que existe al menos un caso de obra de arte televisiva en los canales de aire de la Argentina. 

Doce Casas fue desarrollada con el concepto de un programa de televisión, con la textura y la sintaxis propia de los teleteatros argentinos de la década del 80, sobre todo de aquellos unitarios de ATC de la recuperación democrática, con un toque de Alberto Migré y ráfagas de Alejandro Urdapilleta, Batato Barea, Néstor Perlongher, Manuel Puig, Rainer W. Fassbinder, Santa Teresa de Jesús, Alejandro Doria y Aída Bortnik (!). Doce Casas es una máquina de reapropiarse  de tradiciones discrepantes y subordinarlas a las más íntimas necesidades expresivas de Loza.

No se trata de parodia, porque Loza quiere los materiales y recursos televisivos y literarios referidos. Los toma en serio y a la vez se permite jugar con ellos con un gesto delicadamente border. Es notable ver cómo la densidad poética de sus textos se sumergen en el elemento del teleteatro, con la disciplina de austeridad del teatro off y el cuidado visual del cine. Doce Casas aceptó los límites férreos de la tele:  interiores acotados, que dejan ver la escenografía televisiva como tal, espacios exiguos por donde las cámaras se mueven en el líquido televisivo, con toques estilizados: planos medios, paneos que exploran el espesor del espacio dramático, zooms autoconscientes, unos pocos travellings colocados con pudor, cambios de iluminación que producen giros del registro cotidiano hacia el ensueño, canciones de reputación dudosa. Loza jamás se burla de esos materiales, sino que muestra que ahí también pueden habitar los dioses de la poesía.

Doce Casas es un ave rara: su aparición cotidiana en las noches de la TV Pública implicaba la irrupción de inquietudes y juegos decididamente ajenos a la televisión normal. El mundo de Loza, con personajes que viven un estado de suspensión existencial, que logran desde una chatura pueblerina transitar hacia la elevación mística, es un elemento que excede incluso el concepto de "televisión de calidad" con que lo promocionó en su primera emisión de 2014 la TV Pública. En ese entonces algunos espectadores acudieron desprevenidos en busca de una verosimilitud o una determinación tonal que Doce Casas excluía. La tele acostumbra a los espectadores a una recepción perezosa, un adormecimiento perceptivo unidimensional. La irrupción de lo místico solo parecía admisible en términos de sarcasmo iluminista o de impostación beata. Pero Loza se mueve por un borde inapresable en el que el éxtasis linda con el absurdo. Su despliegue poético textual se entrega al juego de contaminación de registros diversos, entre el lirismo, el absurdo y el distanciamiento, sin enfatizar nunca el tránsito de una cosa a la otra. Esta apertura de posibilidades mareó a más de un telespectador que esperaba hacer ante la tele un trabajo más desatento.


Ninguna de estas virtudes podrían funcionar sin los cuerpos y las voces de un elenco excelente que replica la heterogeneidad de las fuentes de las que Loza se nutre: Eva Bianco, Marilú Marini, Claudia Lapacó, Luisina Brando, Cecilia Rosetto, Cristina Banegas, Susú Pecoraro, María Onetto, Rita Cortese, Verónica Llinás, Leonor Manso, Tina Serrano, Viviana Saccone, Ingrid Pelicori, Noemí Frenkel, Julieta Zylbelberg, Iván Moschner, Luz Palazón, Emilio Bardi, Laura Paredes, Esteban Meloni, Alejandro Tantanián, Martín Slipak, Cecilia Rainero, Marco Antonio Caponi, Gaby Ferrero, Juan Gabriel Miño, José Escobar, Claudio Tolcachir,Boy Olmi, Ailín Salas, Alejandra Fletchner, Cecilia Ursi, María Marull, Julia Calvo, Martín Gross, Guillermo Arengo, Marcelo Subiotto, María Inés Sancerni, Patricio Aramburu. Conocidas figuras de la tele de los 80 afinan con artistas del teatro independiente. Todos geniales.

Los que se perdieron esta gran obra la pueden ver desde hoy y mañana a las 22:30 en la TV Pública. Los que ya la gozamos, podemos recrear este gusto inusual.

martes, 4 de junio de 2019

Breve historia del planeta verde

Conversación con el cineasta Santiago Loza en La otra.-radio del domingo pasado, para escuchar clickeando acá 


El planeta verde al que alude el título es la propia Tierra, pero la mirada desde la cual observamos el desenvolvimiento de las peripecias es alienígena. El trío protagónico de amigues solitaries vive en la gran ciudad, se levantan al amanecer y con sus conciencias todavía un poco somnolientas salen al balcón a pispear la nada. A causa de una noticia triste, la muerte de la abuelita de Tania, los tres tienen que partir hacia una casona en el bosque sureño en la que les espera un legado, una misión, un ser de latidos lentos y respiración agónica, extrañamente serena. El espacio crepuscular del bosque, entre encantado y arrasado, aporta una atmósfera suavemente fantasmal a la tonalidad de la última película de Santiago Loza, autor en el sentido fuerte, ahora que cierta crítica cinematográfica prefiere esquivar esta categoría. La autoría de Loza no se puede esquivar porque su presencia derrocha incandescencia a lo largo de ya muchas películas, obras de teatro, teleteatros y novelas. 


La fragilidad que caracteriza a los personajes de Breve historia del planeta verde es su rúbrica autoral, así como su graciosa oralidad. Las criaturas de Loza podrán ser bailarines de malambo con problemas kinesiológicos, adolescentes con delirios místicos, solteronas acosadas por lo que no se animaron a hacer en su debido momento o extraterrestres que caen en una época complicada de este planeta en busca de amparo ante el abismo universal. En todo caso: frágiles. El abismo universal está en toda la obra de Loza, pero aquí la proveniencia sideral de una de sus criaturas le confiere a su habitual existencialismo una escala cósmica. También cómica. En este buraco insondable que es el universo, en el que entramos sin salir con vida, transitamos lo inhóspito, pero ciertas amabilidades en los gestos de que son capaces los otros frágiles con los que nos vamos topando nos hacen sentir un poco protegidos. Notable eso de que los frágiles mancomunados mantengan ese poder protector. Estos pequeños cuidados recíprocos que acontecen de vez en cuando atenúan la fiereza del mundo. Loza filma mundos fieros pero crea personajes tiernos y amorosos que los hacen habitables.


A medida que avanza en su obra, nos dice Loza en la entrevista que le hicimos para la radio un domingo a altas horas- que es un período donde se agudiza el desamparo-, su fue haciendo más amateur, alejándose gracias a su libertad conquistada de las exigencias del profesionalismo. Le perdió miedo al ridículo, porque a fin de cuentas los que nunca escribieron cartas de amor ridículas son los verdaderamente ridículos. La ductilidad de Loza, su despliegue en direcciones diversas, es lo que le permitió aligerarse en sus procedimientos, abrirse a la ternura y a un absurdo amable, volverse más accesible, ir directo al corazón del asunto y salir airoso.


Si algo desconcierta en su último cine, es que encara misiones disparatadas con una sencillez que desarma. Sus personajes se permiten hablar de las cosas últimas en tono coloquial, en voz suave, mientras emprenden su viaje con una cartografía precaria. Una película como esta nos reclama entregarnos al poderío de la ficción con una confianza que saben tener los niños cuando escuchan cuentos. Breve historia del planeta verde es eso: un cuento que no nos pide destrezas especiales sino confianza para dejarnos ir porque a alguna parte vamos a llegar.

Todo esto está trabajado con los recursos del cine: Loza nos cuenta que con su habitual camarógrafo -y a veces co-autor- Eduardo Crespo convinieron que para seguir el viaje de los raros por los espacios que habitan o atraviesan había que dotar a la cámara de un movimiento flotante, como si fuera levitando apenas a unos centímetros del suelo. La luz tenue de los amaneceres y los atardeceres australes tiñe a la fábula de un clima de ensueño que facilita aceptar las continuas fracturas de la verosimilitud. Romper los alineamientos genéricos como un niño que juega, con su misma seriedad. La música de Diego Vainer funciona como el sostén continuo que nos lleva a flotar por parajes arcaicos con sonoridad futurista.


Loza no tiene que demostrar su inventiva fabuladora porque su prolífica dramaturgia, desplegada en soportes diversos, es ya bastante evidente. Lo que sus últimas películas lograron es depurar su elocuencia cinematográfica, la elegancia discreta de sus planos, la musicalidad de sus tonos, la rítmica de sus elipsis, la sugestión del fuera de campo, la síntesis de sus resoluciones visuales. Hace más de una década Loza era un dramaturgo que filmaba, hoy es un gran cineasta. 

La conversación que mantuvimos el domingo a altas horas la pueden escuchar clickeando acá. La música la puso Karina, la Princesita.

jueves, 24 de septiembre de 2015

Si estoy perdido, no es grave

(Ssntiago Loza, 2014: se estrena hoy en Buenos Aires)



A veces creo que dirigí películas como resultado de accidentes. Cuando hacerlas era inevitable. Sin esperar nada más que la sorpresa.
Cuando estábamos en Francia, dando un taller para un grupo de actores, en un idioma que no manejo. Junto a Eduardo Crespo que portaba una pequeña cámara. Nos dijimos: tienen unos rostros para ser filmados, estamos en una ciudad bella. ¿Cómo sería filmar una película solo con eso? En Europa, pero con las mismas condiciones precarias con las que hicimos otros rodajes. ¿Cómo sería hacer una película siendo extranjeros? ¿Cómo se hacer una película sobre un grupo de actores desconocidos? ¿Es posible filmar la amabilidad de los extraños?
No sabíamos si había una película posible, solo teníamos el deseo.
La película la encontró mucho después Lorena Moriconi, en la edición como ha sucedido antes.
Nosotros vivimos la experiencia con ellos, también la perdida, el deambular.
Nos extraviamos, pero como dice el título, no es grave; perderse, puede ser la condición necesaria para un encuentro.

SANTIAGO LOZA



por Oscar Cuervo

Un grupo de actores provenientes de distintos lugares y un equipo dedicado a la realización cinematográfica se juntan en una ciudad francesa para hacer un workshop (uno de esos dispositivos artísticos/ productivos/ financieros trasnacionales que caracterizan a esta época) y de ese encuentro saldrá una película de rumbo incierto. No una pelicula de cruces, sino de trayectos que ocasionalmente se encuentran y se separaran inevitablemente. La contingencia y fragilidad del vinculo, el lugar ajeno, la oportunidad de un contacto sin historia ni futuro, bañarán la estadia de una luz relajada, suave y melancolica.

La voz femenina que encarna la primera persona de Si je suis perdu, cést pas grave (Si estoy perdido, no es grave) declara en lengua francesa que se trata de una película europea. Pero la película no está hecha por europeos. Esa posición oblicua desde la cual habla augura una distancia: la argentinidad de la película está corrida un grado, oculta detrás de la admiración, las resonancias mitológicas (Gardel, Canaro, Cortázar, Saer, Copi..., que ni siquiera hace falta decir para que se nos aparezcan), el amor y el odio que los argentinos -y particularmente el cine argentino- sienten por Francia, por el cine francés, por Godard y Truffaut, que ni siquiera hace falta decir, por las ciudades francesas y los campos de Francia, por la luz incomparable de su cine (aquí genialmente capturada por el trabajo fotográfico de Eduardo Crespo). La argentinidad aparecerá en las voces que desde el off "leen" los gestos de los rostros de los actores/personajes, pero por sobre todo en la irrupción de una canción de Sandro, irrupción que es, mucho mas que la de una simple canción, parte de un inventario sentimental, colectivo y sudamericano, y más aún un modo de tratar los sentimientos en la obra de Loza. Irrumpe el canto popular argentino, su amado desborde, pero también una modalidad de lectura que hace de él el teatro porteño actual, de cual Loza es exponente principal.

Santiago Loza expande su poética sin descanso, no en un sentido evolucionista, sino por su producción tenaz y desatada, animándosele a la imperfección, a hacer "obras cascadas", como dijo una vez en La otra.-radio, sin la vanidad de lo perfecto, arrojándose al riesgo del rumbo incierto, a la tentativa que alberga la posibilidad del error pero asimismo el milagro. Por eso ganó en soltura y en placer en estos años, en ductilidad y coraje, en una especial destreza para tocar las cuerdas del sentimiento que es su marca de autor, desde Nada del amor me produce envidia hasta La paz o la serie televisiva Doce Casas. Pocos como él manejan las tramas delicadas del sentimiento, del dolor, el desgarro, la frialdad y la calidez, sin sonar paródico, cínico ni bobo.

Rosa Patria es una película de 2008 en la que Santiago ya declaraba su filiación perlongheriana, ni paródica ni cínica ni boba. En su momento, cuando recién asomaba a la producción cinematográfica y teatral, por sus vaivenes estilístcos inesperados, los críticos no terminaban de entender los movimientos de Loza. Ahora, pasadas unas cuantas películas (con Los labios, co-dirigida con Iván Fund como punto de inflexión para la carrera de ambos) y muchas más obras teatrales, Loza se hizo experto en poner en obra su (nuestra, argentina) propia melancolía, su fobia, su desesperación, su ternura, sus (argentinas) potencias y sus (nuestras) impotencias . Quizá por su cercanía con los actores de teatro, para los que escribe incansablememte, como si fueran violines, flautas, oboes, timbales, violas, cellos, contrabajos, es que se volvió un afinador de rostros. Si je suis perdu, cést pas grave es una película que juega a leer los rostros de sus actores/personajes, sus formas, sus secretos íntimos hechos gesto.

Loza llegó a ser un gran cineasta. La vibración que consigue extraer de esos rostros no está desligada de los otros elementos que su poética organiza: ante todo las palabras. Loza es un cineasta escritor y esta película tiene una respiración de poema más que de otra cosa, por eso no es justo tildarla como film-ensayo. Es lícito que en determinados momentos de los actores y actrices frente a cámara alguien encuentre resonancias del cine de Eduardo Coutinho (que ni siquiera sé si Santiago conoce), pero a Loza le interesa el registro de esos gestos en tanto le permitan poetizar, interactuar con las palabras, jugar con las formas.

lunes, 15 de junio de 2015

Doce casas dignifica a los chantas de APTRA







por Oscar Cuervo

Quizás se trate de la única noticia artísticamente relevante que pueda producir el premio de APTRA por muchos años: Doce Casas, el programa dirigido por Santiago Loza y Eduardo Crespo y escrito por Loza con Ariel Gurevich ganó el Martín Fierro al mejor programa unitario / miniserie emitido por la televisión abierta en 2014. 

Yo simplificaría un poco la cosa: Doce Casas es el mejor programa de la televisión argentina de los últimos años. Su calidad artística se equipara a toda la producción reciente de Loza: obras teatrales como Almas ardientes o Nada del amor me produce envidia (con puestas de Tantanián), películas como La paz o Si je suis perdu, c'est pas grave o el libro Textos reunidos muestran que Loza está pasando por un período de inspiración prodigiosa y torrencial y que logró ubicarse como uno de los poquísimos autores multiterreno que se hace oir con una voz propia. Loza configuró un estilo cuya mayor virtud no es catalogar una serie de rasgos reconocibles (aunque estos sí existen), sino abrir un universo poético en expansión que aún no tiene techo. En teatro las evidencias de esto son abundantes, en cine Loza aparece cada vez más afianzado, pero en televisión jugó con Doce Casas de visitante y era posible que su fuerte personalidad quedara ahogada por una inexorabilidad del soporte. Pero con la solvencia de sus compañeros Crespo y Gurevich y un elenco parecido al equipo de los sueños Doce Casas mostró que existe al menos un caso de obra de arte televisiva en los canales de aire de la Argentina. 

Doce Casas fue desarrollada con el concepto de un programa de televisión, con la textura y la sintaxis propia de los teleteatros argentinos de la década del 80, sobre todo con aquellos unitarios de ATC de la recuperación democrática, con un toque de Alberto Migré y ráfagas de Alejandro Urdapilleta, Batato Barea, Néstor Perlongher, Manuel Puig, Rainer W. Fassbinder, Santa Teresa de Jesús, Alejandro Doria y Aída Bortnik. Doce Casas funcionó como una máquina de engullir esas tradiciones discrepantes y subordinarlas a las más íntimas necesidades expresivas de Loza. No se trató de parodia, porque Loza respeta los materiales y recursos televisivos y literarios referidos tanto como para tomarlos en serio, pero a la vez se permite jugar con ellos con un gesto delicadamente border. Lo notable fue ver cómo el grado de densidad poética de sus textos se sumergían en el elemento del teleteatro, con guiños hacia la austeridad del teatro off y la depuración visual del cine. Doce Casas aceptó límites de hierro: ambientes interiores acotados, que hacen aparecer la escenografía televisiva como tal, espacios exiguos por donde las cámaras se mueven como anguilas eléctricas en el líquido televisivo, con una serie de recursos estilizados: muchos planos medios, paneos que intensifican la espesura del espacio dramático, zooms autorreflexivos, algunos pocos travellings colocados con astucia, cambios de iluminación que funcionan como un giro del registro cotidiano hacia la ensoñación, canciones de reputación dudosa. Loza jamás se burla de esos lenguajes, sino que se dedica a demostrar que allí también pueden habitar los dioses de la poesía.

Doce Casas fue también un ave rara: su aparición cotidiana en las noches de la TV Pública implicabala irrupción de unas preocupaciones y un ánimo juguetón decididamente ajenos a la televisión habitual. El mundo de Loza, de personajes que viven en una especie de estado de suspensión existencial, que desde la chatura pueblerina pueden transitar hacia la elevación mística, es un elemento alienígena incluso para el concepto de "televisión de calidad" con que lo promocionaba la TV Pública. Eso hacía que algunos espectadores acudieran desprevenidos en busca de una verosimilitud o una determinación tonal que Doce Casas excluía. La televisión les pide a los espectadores una recepción más bien perezosa, una reducción de la capacidad perceptiva a niveles unidimensionales. La aparición del elemento místico solo parece posible en términos del sarcasmo iluminista o de la impostación beata. Y Loza se mueve por un borde inapresable en el que el éxtasis linda con el absurdo en todas las acepciones de la palabra, desde el absurdo sublime hasta el absurdo ridículo. El despliegue poético de sus textos se entrega al juego de la contaminación de diversos registros, entre el lirismo más exquisito, el distanciamiento y la vulgaridad, sin subrayar el momento en que se pasa de una cosa a la otra. Esta apertura de posibilidades mareó a más de un telespectador que espera realizar un trabajo más simple frente al electrodoméstico.


Hay que decir que nada de esto podría funcionar si no estuviera soportado sobre los cuerpos y las voces exquisitamente afinados de un elenco excelente de procedencia heterogénea: Eva Bianco, Marilú Marini, Claudia Lapacó, Luisina Brando, Cecilia Rosetto, Cristina Banegas, Susú Pecoraro, María Onetto, Rita Cortese, Verónica Llinás, Leonor Manso, Tina Serrano, Viviana Saccone, Ingrid Pelicori, Noemí Frenkel, Julieta Zylbelberg, Iván Moschner, Luz Palazón, Emilio Bardi, Laura Paredes, Esteban Meloni, Alejandro Tantanián, Martín Slipak, Cecilia Rainero, Marco Antonio Caponi, Gaby Ferrero, Juan Gabriel Miño, José Escobar, Claudio Tolcachir,Boy Olmi, Ailín Salas, Alejandra Fletchner, Cecilia Ursi, María Marull, Julia Calvo, Martín Gross, Guillermo Arengo, Marcelo Subiotto, María Inés Sancerni, Patricio Aramburu y perdón si me olvido de alguno. Todos geniales.

Los que se perdieron esta gran obra la pueden ver todavía en youtube acá.

lunes, 30 de junio de 2014

Almas ardientes: uno de los acontecimientos artísticos del año

Una obra de Santiago Loza dirigida por Alejandro Tantanián para el Teatro San Martín





Almas Ardientes de Santiago Loza. Dirección de Alejandro Tantanián.
Estreno: 28 de agosto de 2014.
Las fotos de Ernesto Tuqui Donegana dan cuenta de los primeros pasos.
Sesión de lectura con Maria Onetto, Mirta Busnelli, Analia Couceyro, Gaby Ferrero, Santiago Gamardo, Diego Penelas, Eugenia Alonso, Sella Galazzi.

miércoles, 28 de mayo de 2014

Doce Casas. Historias de mujeres devotas

El ciclo de Santiago Loza y Eduardo Crespo 






¡Oh, qué sentimiento!

Ser es creer.

por Alito Aep

El ciclo reproduce el clima del teleteatro argentino clásico: largas escenas que se desarrollan en interiores (por lo general, el living de una casa), pocos personajes, diálogos extensos, planos que se demoran sobre los rostros de los actores, música que remarca los estados emocionales. Los decorados, visiblemente armados en estudios, llenos de muebles y objetos reales, iluminados intensamente. Todos esos elementos configuran un hiperrealismo extraño, onírico, que debajo de una aparente imitación de la vida cotidiana, se hace verosímil no por el parecido con la realidad, sino por su capacidad de resonarnos a nivel emocional y simbólico.

Sin embargo, se le quita a la estructura del teleteatro clásico sus bases argumentales: la verdad oculta que, cuando sea revelada, cambiará la vida y las posiciones de poder de los personajes, y la marcada línea divisoria entre malos y buenos, franqueable sólo en situaciones excepcionales. Al quitarle este dique, el foco se centra en el mundo interno de los personajes, que pueden fluir en sus delirios, enfrentarse con sus aristas más extremas, sincerarse emocionalmente, sin temor de mostrar contradicciones o ambigüedades. Como si a esos personajes de teleteatro, se les dijera: “en este mundo podés ser todo lo que sos, aquí no se juzga a nadie”.


Llevo vistas, hasta ahora, cuatro de las ocho historias que pasaron. De todas ellas, la séptima, la de Andrea (mes de julio), fue la que más me impresionó. Me identifiqué profundamente con la protagonista; hizo vibrar aspectos míos que tienden más bien a dormirse en el realismo capitalista de la vida diaria.

Los diferentes caminos posibles en la búsqueda del amor, de la fe, del sentido de la soledad y del sacrificio; la emocionalidad que nos desborda; los recursos que nos permiten sobrevivir.

Conviven en esta historia Flashdance y Carl Dreyer. Comienza jugando con el parecido físico entre Ailín Salas y Jennifer Beals, pero termina siendo el otro personaje, Andrea (Cecilia Ursi), la que resuena con ambos aspectos de una misma personalidad: la asceta, casi una monja, que mira al mundo desde afuera (y desde arriba), y la trabajadora capaz del sacrificio por ser la mejor bailarina.

Oh, what a feeling!
Being’s believing!

(Doce Casas sale por la TV Pública de lunes a jueves a las 22:30 horas en capítulos de media hora. Y los sábados a las 23 se repite la historia completa de esa semana. Además, todos los capítulos pueden verse online en cualquier momento en el canal de Youtube de la TV Pública).

domingo, 6 de abril de 2014

BAFICI $ 26: Si je suis perdu, cést pas grave / Tres D

Ampliamos hoy a medianoche en La otra.-radio




por Oscar Cuervo

Un grupo de actores provenientes de distintos lugares y un equipo dedicado a la realización cinematográfica se juntan en una ciudad francesa para hacer un workshop (uno de esos dispositivos artísticos/ productivos/ financieros trasnacionales que caracterizan a esta época) y de ese encuentro saldrá una película de rumbo incierto. No una pelicula de cruces, sino de trayectos que ocasionalmente se encuentran y se separaran inevitablemente. La contingencia y fragilidad del vinculo, el lugar ajeno, la oportunidad de un contacto sin historia ni futuro, bañarán la estadia de una luz relajada, suave y melancolica.

La voz femenina que encarna la primera persona de Si je suis perdu, cést pas grave declara en lengua francesa que se trata de una película europea. Pero la película no está hecha por europeos. Esa posición de origen esquivo desde la cual habla augura una distancia: la argentinidad de la película está corrida un grado, oculta y acechante detrás de la admiración, las resonancias mitológicas (Gardel, Canaro, Cortázar, Saer, Copi..., que ni siquiera hace falta decir para que se nos aparezcan), el amor y el odio que los argentinos -y particularmente el cine argentino- sienten por Francia, por el cine francés, por Godard y Truffaut, que ni siquiera hace falta decir, por las ciudades francesas y los campos de Francia, por la luz incomparable de su cine (aquí genialmente capturada por el trabajo fotográfico de Eduardo Crespo). La argentinidad aparecerá en las voces que desde el off "leen" los gestos de los rostros de los actores/personajes, pero por sobre todo en la irrupción de una canción de Sandro, irrupción que es, mucho mas que la de una simple canción, un inventario sentimental, colectivo y sudamericano, y más aún un modo de tratar los sentimientos en la obra de Loza. Irrumpe el canto popular argentino, su amado desborde, pero también una modalidad de lectura que hace de él el teatro porteño actual, de cual Loza es exponente principal.

Santiago Loza expande su poética sin descanso, no en un sentido evolucionista, sino por su producción tenaz y desatada, animándosele a la imperfección, a hacer "obras cascadas", como dijo el domingo en La otra.-radio, sin la vanidad de lo perfecto, arrojándose al riesgo del rumbo incierto, a la tentativa que alberga la posibilidad del error, pero asimismo el milagro. Por eso ha ganado en soltura y en felicidad en estos años, en ductilidad, en coraje y amorosidad, en una destreza para tocar las cuerdas del sentimiento que es su marca de autor, desde Nada del amor me produce envidia hasta La paz. Nadie como él maneja las tramas delicadas del sentimiento, del dolor, el desgarro, la frialdad y la calidez, sin sonar paródico, ni cínico ni bobo.

A propósito de eso, Rosa Patria es una película de 2008 en la que Santiago declaraba  su filiación perlongheriana, ni paródica ni cínica ni boba. En su momento, cuando recién asomaba a la producción cinematográfica y teatral, por sus vaivenes estilísitcos inesperados, los críticos no terminaban de entender los movimientos de Loza. Ahora, pasadas unas cuantas películas (con Los labios, co-dirigida con Iván Fund como punto de inflexión para la carrera de ambos) y muchas más obras teatrales, Loza se hizo experto en poner en obra su (nuestra, argentina) propia melancolía, su fobia, su desesperación, su ternura, sus potencias (argentinas) e impotencias (nuestras). Quizá por su cercania con los actores de teatro, para los que escribe incansablememte, como si fueran violines, flautas, oboes, timbales, violas, cellos, contrabajos, es que se volvió un afinador de rostros. Si je suis perdu, cést pas grave es una película que juega a leer los rostros de sus actores/personajes, sus formas, sus secretos íntimos hechos gesto.

Loza llegó a ser un extraordinario cineasta. La vibración que consigue extraer de esos rostros no está desligada de los otros elementos que su poética organiza: ante todo las palabras. Loza es un cineasta escritor y esta película tiene una respiración de poema más que de otra cosa, por eso no es justo tildarla como film-ensayo. Es lícito que en determinados momentos de los actores y actrices frente a cámara alguien encuentre resonancias del cine de Eduardo Coutinho (que ni siquiera sé si Santiago conoce), pero a Loza le interesa el registro de esos gestos en tanto le permitan poetizar, interactuar con las palabras, jugar con las formas.

Es difícil escribir el BAFICI durante el BAFICI, sobre todo cuando este año me propuse retomar un ritmo frenético de 5 o 6 películas por día, que no sé hasta cuándo podré sostener, y encima escribirlas en seguida, rasguñar sobre el papel una primera impresión, hablando de obras como Si je suis perdu, cést pas grave, que despiertan una inmediata pasión y reclaman dos, tres, varias visiones. Así que tómenlo como una invitación, les tiro una sugerencia, una onda, una incitación, una advertencia, vayan a verla. Quién sabe cuánto tarda en estrenarse, quién sabe en qué salas se pueda ver más adelante.

Y es una de las grandes películas de un momento muy feliz para el cine argentino. Ya hablé de la formidable El rostro, de Gustavo Fontán.

Quiero escribir algo también sobre Tres D una muy divertida, aguda e inspirada comedia documental de esta edición del BAFICI $26. Si Loza lleva algo del perfume del teatro porteño a una película europea, la pelicula de Rosendo Ruiz trae el espíritu del cine cordobés al universo. Y algo más: se trata también de una película de trayectos que se encuentran a propósito del cine, en una edición del Festival de Cosquín. Hay una historia de amores inminentes contada en tono de comedia, con una precisión sorprendente. Pero también aparecen un montón de personajes reales que participan en el festival de Cosquin y la impregnan del estado de situación del cine argentino actual: Prividera, Jorge García, Gustavo Fontán, José Campusano, Gonzalo Tobal, Alejandro Cozza y Matías Herrera Cordoba y varios más. Su presencia se integra perfectamemte a la comedia. No es una pelicula documental con inserts ficcionales, sino una comedia romántica sobre el cine argentino, sus discusiones, sus dudas y su vitalidad. Y algunas de sus escenas más graciosas están actuadas por los cineastas y críticos reales, los mismos que nos cruzamos a cada rato en el Bafici. Buenisima.

De todo ello hablaremos esta noche en una edición especial de La otra.-radio en FM La Tribu, 88,7, www.fmlatribu.com.

lunes, 31 de marzo de 2014

Doce casas / Si estoy perdido, no es grave / La era de Loza

Cine, teatro, televisión... (a Santiago Loza solo le falta hacer un radioteatro: se lo propondremos). La otra.-radio para escuchar clickeando acá



"La de Loza, la nueva, es hermosísima" me dice Roger Koza. Se refiere a la nueva película de Santiago Loza, Si je suis perdu, c'est pas grave (Si estoy perdido, no es grave), que se presenta en el BAFICI $26 este sábado (ver funciones acá). Y le creo, porque estoy acostumbrado a ver cosas hermosísimas hechas por Santiago Loza. Su película La paz, ganadora de la competencia argentina del BAFICI anterior, está todavía en cartel. El año pasado me deslumbró la puesta que hizo Tantanián de Nada del amor me produce envidia, la obra de Santiago protagonizada por Solita Silveyra. Pero esto que digo es poco: esta misma semana se pueden ver cuatro obras teatrales de Loza: Mau Mau o la tercera parte de la noche,Yo te vi caer (en la que también actúa), La mujer puerca y Todo Verde (ver cartelera acá). Y dentro de unos meses Tantanián pone otro texto de Loza, Almas ardientes, en la Sala Casacuberta. O sea: estamos ante una obra en pleno estado de expansión, en diversos terrenos y con resultados notables. Tenemos suerte: coincidimos en tiempo y espacio con un artista inspirado.

Anoche en La otra.-radio entrevistamos a Santiago Loza, que nos contó todo lo que está haciendo. Escuchen acá la entrevista.


Pero en realidad todavía falta decir: porque desde hoy a la noche y durante 12 semanas consecutivas, de lunes a jueves a las 22.30, la TV Pública presenta Doce casas. Historia de mujeres devotas, escrita y dirigida por Santiago Loza (después de la puesta al aire en la TV Pública, se podrá ver cada capítulo online). Es una serie que explora las posibilidades del género teleteatro, grabada enteramente en estudios y evocando la textura de la televisión de los años 80. En esta, que es su primera incursión en la tele, Loza nos va a contar los mundos íntimos de doce mujeres devotas de la Virgen María que viven en un pueblo pequeño de provincia. Varios son los motivos por los que hay que prestarle atención a este proyecto, que junta vocación popular y actitud experimental. Vean los elencos que conforman cada una de las 12 historias:





1º semana -- Enero. Historia de Lidia y Ester.: Marilú Marini, Claudio Tolcachir y Claudia Lapacó.
2º semana -- Febrero. Historia de Mercedes: María Inés Sancerni, José Escobar, Rita Cortese y Patricio Aramburu.
3º semana -- Marzo. Historia de Teresa: Eva Bianco, Guillermo Arengo, Viviana Saccone y Marcelo Subiotto.
4º semana -- Abril. Historia de Magdalena: Martín Gross, María Marull y Julia Calvo.
5º semana -- Mayo. Historia del hijo de Aurora: Iván Moschner y Verónica Llinás.
6º semana -- Junio. Historia de Dora y Marina: Julieta Zylberberg y Susú Pecoraro.
7º semana -- Julio. Historia de Andrea: Cecilia Ursi, Ailín Salas, Alejandra Flechner y Martín Slipak.
8º semana -- Agosto. Historia de Teté: Cristina Banegas, Tina Serrano y Leonor Manso.
9º semana -- Septiembre. Historia de Delia y Omar: Gaby Ferrero, Juan Gabriel Miño y María Onetto.
10º semana -- Octubre. Historia de Romeo: Cecilia Rainero, Cecilia Rosetto, Alejandro Tantanian y Marco Antonio Caponi.
11º semana -- Noviembre. Historia de Nora: Laura Paredes, Luisina Brando y Esteban Meloni.
12º semana -- Diciembre. Historia de Lili: Ingrid Pelicori, Noemí Frenkel, Luz Palazón y Emilio Bardi.

miércoles, 2 de octubre de 2013

Soledad Silveyra estuvo en La otra.-radio

Para escuchar el programa ckickear acá


Solita habló de la obra que está haciendo: Nada del amor me produce envidia, escrita por Santiago Loza y dirigida por Tantanián, del extenso rango de sus vínculos con la cultura argentina de las últimas décadas, desde Palito Ortega y Alberto Migré hasta David Viñas, Loza y Tantanián, pasando por Osvaldo Laport y el programa que empezarán pronto, Héctor Alterio y Sergio Renán (actor y director con quienes hizo Sabor a miel en los 70, producida por ella misma), la entrevista a la Presidenta, su interés por la política, su gusto por la conducción de programas de televisión, Rolando Rivas, Vidas robadasCondicionados y mucho más.

Dijo Santiago Loza, a propósito de la elección de Tantanián de poner a Solita Silveyra en ese papel: "Soledad, como las dos estrellas que disputan el vestido, pertenece a lo que imagino del Olimpo de las celebridades, el mismo resplandor, el peso de ser leyenda viva".

Tantanián dice que leyó el texto de Loza hace unos cuantos años porque Loza había concurrido a uno de los talleres que él coordinaba. Y que de entrada pensó que Loza tiene una rara habilidad para conectar con públicos muy diversos, que imaginaba que la obra tenía que ser protagonizada por una actriz popular, porque eso iba a posibilitar la llegada a un público popular. Creo que Tantanián no se equivocó. La rivalidad entre Lamarque y Evita es un clásico de la cultura argentina y Loza se vale de ese sustrato para inscribir sobre él su fábula sobre la mujer que renunció a sentir el amor (dice que nada del amor le produce envidia), de dedicarse a prestar atención a los detalles y hacer de ese detallismo un poder discretamente insidioso, de hacer de su boca una tumba y de hacer como que se olvida de los detalles que no puede olvidar. Solita está modosita, amable, frágil y deja entrever detrás de su aparente docilidad una rebelión feroz. Y, como sugiere Loza, Solita, con su impresionante historial de actriz que ha encarnado decenas de personajes que están en la memoria popular, entra a terciar entre las sombras terribles de Evita y Libertad.











Para escuchar el programa, clickear acá.

viernes, 27 de septiembre de 2013

Vamos a parlotear un poco

con Soledad Silveyra en La otra.-radio



por Alejandro Ricagno

Vamos a parlotear un poco" es lo que primero que dice Solita Silveyra, interpretando a la costurera que se debate entre entregarle un vestido confeccionado por ella a Libertad Lamarque o a Evita, en la nueva versión de Santiago Loza, Nada del amor me produce envidia, dirigida por Alejandro Tantanián.

Y eso vamos a hacer el domingo a la medianoche en La otra.-radio, parlotear un poco de todo: de la obra, del texto exquisito de Loza, de la versión de Tantanián, de su trayectoria de actriz popular y querida que atreviesa el imaginario de varias generaciones, parlotearemos de amor, de lo que produce envida y lo que no, de telenovelas de ayer y de hoy, de politica, de gente querida que la acomapañó y la acompaña, del laburo de actuar, de cine, de directores, de amores, de literatura, de las diferencias de época, de cuando Alterio se tuvo que ir de Sabor a miel por las amenazas de la triple A, de su rol como entrevistadora (hasta Brienza y Rial fue la primera persona que reporteo publicamenete a Cristina como presidenta), de las cosas que le gustan, de las que no.


De todo un poco.  Y escucharemos música, y nos acompañará como nos ha acompañado en todos estos años, cálida y frontal. Cercana.

Domingo a medianoche en FM La Tribu. 88,7. Online.

martes, 23 de julio de 2013

Nada del amor me produce envidia

Loza, Tantanián y Silveyra


Nada del amor me produce envidia es un título que me produce envidia. Me hubiera gustado ponerle ese título a un texto mío. Y resulta que por acá encuentro un atajo: ayer fui al Maipo a ver la obra de teatro escrita por Santiago Loza, dirigida por Alejandro Tantanián y protagonizada por Soledad Silveyra, titulada, precisamente, Nada del amor me produce envidia. Así que la obra es el pretexto que necesitaba: como esto es un comentario, puedo darme el gusto de titularlo así. Nadie se enojaría por eso, ¿no?

Creo que dije una o varias veces, acá en el blog o en la radio, que no soy de ir mucho al teatro. El que de vez en cuando me convence para que vea algo es Alejandro Ricagno. Y gracias a él he visto varias puestas dirigidas por Tantanián. Incluso -acabo de recordarlo- hay una nota que le hizo Ricagno a Tantanián en el número 19 de revista La otra. 

A Santiago Loza lo conozco del cine: la primera película suya que vi fue Cuatro mujeres descalzas y la última que vi fue la última que hizo: La paz, esa pequeña maravilla que ganó el reciente BAFICI (Ricagno, cuándo no, está escribiendo una nota sobre Loza para el próximo número de La otra, que sale dentro de poco). Loza, además de director de cine, es autor teatral. Martha Silva y, obvio, Ricagno se dedican a comentar teatro en este blog y siempre han hablado y escrito maravillas de las obras de Loza. Yo no vi ninguna. Hasta anoche.

Mi conocimiento de la producción teatral de Loza y de Tantanián es muy incompleto, puesto que ellos son ambos muy prolíficos (la prolificidad me produce envidia) y yo, ya lo dije, voy muy poco al teatro. Pero lo poco que conozco de ambos me hacía intuir que hay una zona posible donde sus sensibilidades confluyen. Así que cuando me enteré que se estrenaba esta puesta me pareció una idea muy natural y me dieron ganas de verla inmediatamente. Y esta vez no esperé la recomendación de Ricagno.

La  puesta de Nada del amor me produce envidia que hace Tantanián no es la primera que tuvo la obra. Hasta hace poco estuvo en cartel la primera versión, dirigida por Diego Lerman y protagonizada por María Merlino. Fue un éxito de crítica y de público en el circuito off Corrientes (cinco temporadas consecutivas la convirtieron en una obra de culto). Así que parece que cuando se corrió la bola de que Tantanián estaba preparando su propia puesta se desencadenó una petit-polémica en el ambiente teatral: ¿por qué hacer otra versión de una obra que tuvo una puesta tan reciente, tan exitosa y aclamada por la crítica? Afortunadamente voy a quedar al margen de la polémica y de la inevitable tentación de las comparaciones. Dicen que la de Lerman es muy buena y que Merlino estaba extraordinaria. Pero yo no la vi, así que no me importa a la hora de disfrutar y pensar en lo que hicieron Tantanián y Silveyra.

Soledad Silveyra encarna a una costurera de la época del primer peronismo, admiradora de Libertad Lamarque, que en el momento crucial de su vida se ve obligada a tomar una decisión tremenda: porque parece que su prestigio de costurera detallista y discreta ha llegado hasta los oídos de Evita, quien repentinamente querrá comprarle el vestido que ella le había confeccionado a Libertad. No me gusta contar argumentos, así que quise liquidar el mal trago en una sola oración. Con esta premisa argumental, naturalmente, se pueden hacer muchos textos. Y con el texto que hizo Loza, a la vez, se pueden hacer puestas muy diversas. La de Tantanián y Silveyra parece optar por hacer resonar simultáneamente varias capas de sentido (como las capas de un vestido de novia, que la noche de bodas el novio debe quitar una tras otra). Loza habla de la construcción política y cultural de la femineidad, de los modelos de mujer encarnados por Evita y Libertad en la historia argentina, del lenguaje de los sentimientos y de la sexualidad sublimada, de la libertad como una condena ineludible del ser humano (y particularmente de la mujer), del miedo a poner el cuerpo y de la imposibilidad de hurtarlo, de la muerte y el tiempo, del dispositivo teatral y el contacto imposible entre actriz y público, de la otredad y la nada. Lo notable es que todas estas capas están y su presencia no va en detrimento de la fluidez de la obra. 

Si lo que dije en la parrafada anterior suena complicado o pretencioso, quiero aclarar al lector que haya llegado hasta acá (gracias, lector) que la experiencia de ver la obra es fluida, cálida, tersa, graciosa, poética y emocionante. Tantanián dice que leyó el texto hace unos cuantos años, antes de que Lerman hiciera la primera puesta, porque Loza había concurrido a uno de los talleres que él coordinaba. Y que de entrada pensó que Loza tiene una rara habilidad para conectar con públicos muy diversos, que imaginaba que la obra tenía que ser protagonizada por una actriz popular, porque eso iba a posibilitar la llegada a un público popular. Creo que Tantanián no se equivocó. La rivalidad entre Lamarque y Evita es un clásico de la cultura argentina y Loza se vale de ese sustrato para inscribir sobre él su fábula sobre la mujer que renunció a sentir el amor (dice que nada del amor le produce envidia), de dedicarse a prestar atención a los detalles y hacer de ese detallismo un poder discretamente insidioso, de hacer de su boca una tumba y de hacer como que se olvida de los detalles que no puede olvidar. Solita está modosita,  amable, frágil y deja entrever detrás de su aparente docilidad una rebelión feroz. El texto de Loza está lleno de modismos de época, que remiten a los léxicos del melodrama, el cine argentino, Nini Marshall o Manuel Puig, pero el tratamiento que hacen Silveyra y Tantanián de ese lenguaje carece de todo acento paródico.

Lo mejor de todo para mí es que un texto de tal densidad y tan múltiples referencias textuales y políticas se transforma en un dispositivo de reflexión sobre la propia performance teatral. Loza, Tantanián y Silveyra lograron hacerme sentir el vértigo de estar ahí, en un lugar imposible, un limbo, el reino de los muertos, el teatro, la nada. De ser el interlocutor de esta mujer que desde otro lado me dice que nada del amor le produce envidia.



Nació de ti...
buscando una canción que nos uniera
y hoy sé que es cruel,
brutal quizá el castigo que te doy.
Sin palabras
esta música va a herirte
dondequiera que la escuche tu traición.
La noche más absurda, el día más triste.
Cuando estés riendo o cuando llore tu ilusión.

Perdóname si es Dios,
quien quiso castigarte al fin.
Si hay llantos que pueden perseguir así
si estas notas que nacieron por tu amor
al final son un cilicio
que abre heridas de una historia
son suplicios, son memorias...
Fantoche herido, mi dolor,
se alzará
cada vez
que oigas esta canción.

Nació de ti...
mintiendo entre esperanzas un destino,
y hoy sé que es cruel, brutal -quizá-
el castigo que te doy...
Sin decirlo esta canción dirá tu nombre,
sin decirlo con tu nombre estaré yo.
Los ojos casi ciegos de mi asombro,
junto al asombro de perderte y no morir.

Perdóname si es Dios,
quien quiso castigarte al fin.
Si hay llantos que pueden perseguir así
si estas notas que nacieron por tu amor
al final son un cilicio
que abre heridas de una historia
son suplicios, son memorias...
Fantoche herido, mi dolor,
se alzará
cada vez
que oigas esta canción.