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miércoles, 5 de octubre de 2022

Rainer Werner Fassbinder: Annus Horribilis

 1982 -2022: 40 años sin RWF


2022 es un año especialmente significativo para echar una mirada retrospectiva del cine del siglo XX que aún reserva claves para el cine del futuro. Se cruzaron tres fechas: centenario del nacimiento de Pasolini, 40 años de la muerte de Fassbinder y reciente muerte de Godard. Imposible sobreestimar la gravitación de Pasolini, Fassbinder y Godard en el arte del siglo pasado, tanto como en las señales que ellos mismos emiten hacia nuestro futuro. En La otra hemos convenido no olvidarnos nunca de ellos tres y menos en este año en que se dan estas coincidencias cronológicas. Godard, Fassbinder y Pasolini son tres autores imprescindibles del arte antifascista. Seguimos entonces recordando a Fassbinder en este momento en el que emerge el tecnofascismo del siglo XXI. Fassbinder está ahí aguardándonos. Acá lo recordamos en una entrevista de principios de los 70:

- Antes de dedicarse a hacer películas, usted hizo teatro, o antiteatro, como usted lo llamó. ¿Por qué empezó a hacer cine?

- Primero hice dos cortometrajes y sólo después de eso hice teatro. Y lo que yo hice no era "anti-teatro", sino teatro. Antiteater sólo era un nombre, así como otro teatro puede llamarse Teatro Schiller. En el el teatro yo aprendí mucho -cómo tratar a los actores y las diferentes maneras de contar una historia. De hecho, yo también soy un actor. Y actuación es lo único que yo realmente estudié, en todo lo demás, soy un autodidacta. En realidad, yo quería hacer películas desde el principio, pero no fue fácil. Entonces hice lo que era fácil, es decir: teatro. Cuando comencé a hacer cine, se me hizo más fácil, por haber venido del teatro, porque en Alemania el teatro es más prestigioso que el cine. La gente piensa: "claro, este tipo hace cine, pero también hizo teatro, algo debe valer".

- Cuando usted dice que sólo toma seriamente a las películas que tienen su público ¿quiere decir que no toma seriamente sus propios films? Convengamos que no tienen mucho público.

- No tiene nada que ver conmigo, sino con la situación económica en la que actualmente está atrapada Alemania. Mis films encontrarán su público cuando la situación cambie. Y estoy seguro que cambiará, como cambió en Francia; hoy Chabrol hace películas para el gran público. Cuando empezó él hacía cine para unos pocos. Le tomó 12 años encontrar su público.

- A diferencia de muchos otros dierctores "establecidos", usted apela a las emociones en sus films, lo cual agrada al público.

- Para mí las emociones son muy importantes, pero en nuestros días son explotadas por la industria del cine, lo cual me parece detestable. Yo no acepto que se especule con las emociones.

- Esta actitud ambivalente hacia las emociones usted también la expresa en sus películas. A veces presenta una escena con un alto impacto emocional y luego detiene la acción, lo que crea una especie de abstracción.

- Sí, es una especie de abstracción. Cuando usted detiene una escena, puede ver lo que realmente pasa en la historia. Puede ver lo que está pasando y experimentarlo con sus propias emociones. Si esa escena fuera editada, ya no podría saber de qué se trata.

- ¿Este estiramiento de las escenas es una especie de parodia de las películas de género americanas?

- No, para nada. Algunos críticos creen que yo hago referencias irónicas al cine de género americano, y puedo entender por qué lo dicen. Pueden ser interpretados de esta forma y yo debo aceptar esa interpretación, pero para mí no es así. La diferencia entre la forma de hacer películas de los americanos y la mía reside en el hecho de que las películas americanas no piensan. Pero resulta que yo también quisiera encontrar un modo de filmar que se libere de tales reflexiones. La verdad es que sólo la mitad de mis películas guardan alguna relación con el cine de género americano. Yo divido mis films en dos grupos: los films que transcurren en ámbitos pequeñoburgueses y los films que están inpirados en distintos géneros cinematográficos.

-¿Pero los films de género no transcurren también en ambientes burgueses?

- Sí. Mis gangsters son víctimas de las actitudes burguesas, pero no son rebeldes. Si fueran rebeldes actuarían de otra manera. Su actitud es la misma que la de los capitalistas, salvo que lo hacen en la ilegalidad. En mis films no hay diferencia entre la sordidez de un gángster y de un capitalista. Un gángster tiene las mismas aspiraciones burguesas que un ciudadano común. Esta puede ser la diferencia entre las películas de gángsters americanas y las mías. En las americanas los gángsters son outsiders, mientras que mis gángsters y ladrones están básicamente integrados a la sociedad.

- El trabajo parece ser un tema importante en la mayoría de sus films. Muchos de sus personajes están mal porque no tienen trabajoy entonces pierden el contacto con los otros.

- El trabajo puede ser el único tema que existe. ¿Qué otro? La mayoría de la gente trabaja cada día a lo largo de cincuenta años de vida, y siguen trabajando cuando vuelven a casa. Difícilmente esta gente tenga una vida privada de la que hablar. Se podría decir que el trabajo es su vida. Mis personajes están desgarrados porque no tienen trabajo en un mundo en el que hace falta trabajar. Eso los destruye. Vivimos en un mundo donde la gente debe trabajar para vivir y muchos de mis personajes no pueden soportar su trabajo. En consecuencia no tienen dónde sostenerse y están perdidos.

- ¿Qué haría si no pudiera hacer cine?

- No tengo idea. Cuando terminé la escuela yo pensé en eso y llegué a la conclusión de que por la manera en que la sociedad está estructurada el teatro y el cine son lo que permite alcanzar el mayor grado de libertad. Por eso los elegí. Pero hoy la cuestión más importante es: cómo destruir este tipo de sociedad. Si la sociedad cambia, la conciencia de la gente también cambia, pero si todo está basado en el principio de que unos deben trabajar para que otros se aprovechen de ese trabajo, lo único que queda es cambiar esta situación.

* Entrevista realizada por Christian Brad Thomsen en 1971, cuando Fassbinder presentó Whity en el festival de Berlín. La entrevista fue traducida y editada en castellano en el número 1 de revista La otra, en julio de 2003.

lunes, 11 de julio de 2022

Fassbinder: 40 años después todavía nos espera

 

Columna radial sobre Rainer Werner Fassbinder, a 40 años de su muerte y del estreno de su última película, Querelle. Programa: Patologías Culturales (FM La Tribu, sábados 18 hs, 9/7/2022). Conversan Oscar Cuervo y Maximiliano Diomedi sobre el cineasta decisivo de la segunda mitad del siglo XX, cuya potente obra aún no pudo ser asimilada: Fassbinder todavía nos espera.

jueves, 16 de junio de 2022

«Me llamo Rainer Werner Fassbinder, me gustaría que se me permita dirigir» (Peer Raben)

Entrevista exclusiva para La otra, publicada en invierno de 2003


De todos los artistas que formaron parte del clan Fassbinder, probablemente Peer Raben (1940-2007) haya sido, junto con el director de fotografía Xaver Schwarzenberger, el que mayor contribuyó a definir el carácter de su cine y a la vez tuvo una relevancia creativa propia más allá de las colaboraciones con el director. En el número 1 de revista La otra (2003) tuvimos el privilegio de entrevistarlo vía e-mail para conocer de manera directa su testimonio. En lo que sigue, reproducimos la entrevista:

La otra: ¿Cómo conoció a Fassbinder?

Peer Raben: En Munich, a principios de los años 60, los estudiantes de teatro a la escuela que yo iba armaron su propio teatro off: el Action-Theater. Como mi objetivo era ser director, en el verano del 68 dirigí una puesta de Antígona de Sófocles. Al final de la función se quedó esperando un joven para hacerle algunos comentarios al director. Sin embargo, lo que quería era expresar era su interés para participar en el grupo. Se presentó así: «Me llamo Rainer Werner Fassbinder, por el momento soy estudiante de teatro, pero estoy seguro de poder colaborar en todo lo que sea necesario. Además me gustaría que se me permita dirigir». Sin embargo, rápidamente resultó claro que no solo se refería a la dirección teatral sino que ya tenía en la cabeza la dirección cinematográfica. Así comenzó todo. La consecuencia fue la co-dirección entre nosotros dos de cinco obras en el Action-Theater, más tarde conocido como Anti-Theater, entre ellas tres escritas por el propio Fassbinder. En los años siguientes vinieron las producciones cinematográficas.

Lo: Dado que usted en sus comienzos era actor y director teatral, ¿cómo fue que se terminó dedicando a la música?

PR: Nunca me interesó realmente trabajar como actor de teatro, por lo que aproveché la primera oportunidad de probarme como compositor cuando necesitamos tener la música para una puesta teatral. Como eso salió bien, cuando Fassbinder comenzó a filmar me arriesgué a componer música para las películas.

Lo: Usted fue uno de los colaboradores permanentes de Fassbinder, su nombre aparece más que el de cualquier otro, hasta el punto de que el cine de Fassbinder se hace indiscernible del carácter que le brinda su música. A la inversa, cuando se oye su música se la asocia directamente al cine de Fassbinder. Algo similar puede decirse de la colaboración de Fellini con Nino Rota o Angelo Badalamenti con David Lynch. En el caso de ustedes, ¿hasta qué punto se conversaba entre ambos el carácter de la música y la función que tenía en cada película?

PR: Quiero citar a Rudolph Arnheim, el psicólogo berlinés, quien escribió en uno de sus ensayos sobre el cine: «En las películas artísticas, las imágenes y la música deben colaborar entre sí en un contrapunto». Fassbinder entendió rápido que mi música para cine se regía por ese principio. Ahora bien, esto no siempre es fácil de lograr. Por eso, cuando dos artistas descubren que su colaboración ha funcionado bien, no sorprende que sigan trabajando juntos. Se crea entonces una simbiosis tan fuerte entre las películas y la música que en la memoria de los espectadores ambas van de la mano. El espectador asocia con total naturalidad las películas de Fassbinder a la música de Peer Raben y las películas de Fellini a la música de Nino Rota.

Lo: Cuando en las películas de Fassbinder no era usted directamente el compositor, ¿lo asesoraba sobre qué otras músicas debían sonar en determinados pasajes?

PR: ¡No! 

 

Lo: Muchas veces en el cine de Fassbinder su música produce un efecto de distanciamiento: por ejemplo, ciertas situaciones muy dramáticas en Desesperación (Despair, 1978) o en El deseo de Veronika Voss (Die Sehnsucht der Veronika, 1982) son acompañadas por una música que suena alegre o al menos ambigua. ¿Este distanciamiento era acordado entre Fassbinder y usted?

PR: En general la música debería acentuar la atmósfera de una película solo en pocos casos. Lo mejor sería que la música cuestionara esa atmósfera para hacer pensar al espectador, así tiene que descubrir con su pensamiento la discrepancia entre ambas.



Lo: En películas como Berlín Alexanderplatz o Un año con trece lunas Fassbinder diseñó un collage sonoro en el que los ruidos, las voces y la música estaban integrados rítmicamente. ¿Usted participó en ese diseño sonoro o solo compuso la música propiamente dicha?

PR: Un ejemplo: Fassbinder quería comenzar El matrimonio de María Braun con un ruido muy violento, que debía oírse como el ruido de la guerra que todo lo ahoga. La música también debía verse arrasada por ese ruido. Para ese comienzo propuse un suave pasaje para piano n° 5 de Beethoven, una parte que a Fassbinder le gustaba particularmente. Como consecuencia de ese montaje inicial, mantuve el leitmotiv de "música destruida" (Zerstörte Musik) para toda la música de la película. El desarrollo de ese collage fue una colaboración entre director y compositor.


Lo: Cuando compone música para cine, ¿piensa que puede ser escuchada fuera de la película?

PR: ¡No, jamás! Tampoco sería bueno perseguir otros intereses, más allá de hacer con la música lo mejor para la película.

Lo: En cuanto a las canciones que Ingrid Caven o Hanna Schygulla cantan en Whity, Mamá Küster o El soldado americano, ¿fue difícil para elllas memorizar líneas melódicas tan disonantes?

PR: Sabía que Ingrid Caven tenía una buena formación musical. Por eso pude arriesgarme a componer líneas melódicas que no a cualquiera se le fijan inmediatamente. Para Hanna Schygulla era un poco más difícil. A pesar de todo. pude arriesgarme a crear canciones folk poco habituales para los números en el bar de Whity. Gracias a Ingrid también pudo Hanna interpretar esas canciones.


Lo: Hace unos años en el teatro Colón de Buenos Aires se proyectó Lulu de Pabst, con la música que usted compuso ejecutada por la orquesta en vivo. ¿Cómo fue la experiencia de musicalizar un film mudo? ¿Le interesaría repetir la experiencia con otros films?

PR: Fue una experiencia artística muy fructífera, ya que pude ampliar las posibilidades, darle una atmósfera a las escenas y, a pesar de eso, al mismo tiempo enfatizar la sincronización con las imágenes. Me encantaría repetir esa experiencia.

Lo: ¿A qué otros compositores admira?

PR: Los músicos que he admirado siempre son J. S. Bach, Bela Bartok y H. Villa-Lobos.

Lo: ¿Qué piensa hoy del cine de Fassbinder? Usted ha trabajado con otros directores de cine. ¿Piensa que en el cine actual hay directores de la relevancia artística de Fassbinder?

PR: Sus películas son todavía hoy los mejores ejemplos de cine arte. Todas sus películas traen nuevas sorpresas de contenido y formales en cada revisión. Por el momento no conozco a ningún director que pueda tener un significado similar al que tiene Fassbinder.


Lo: ¿Con qué artistas se siente más cercano a nivel espiritual o creativo?

PR: Para responderle quiero contar una experiencia personal: cuando allá por 1960 escuché por primera vez la música de Claudio Monteverdi quedé impactado y pensé: "Esta es la música que yo escribiría si fuera compositor". Entonces tomé la decisión de que debía convertirme en director, ya que esta música me parecía tan conocida como si la hubiera escuchado cientos de veces. A medida que más me ocupaba de Monteverdi, más notaba que mis propias ideas espirituales y creativas armonizaban con su obra. Por eso la respuesta a esta pregunta es: Claudio Monteverdi.

* A principio de este siglo Peer Raben compuso para Wong Kar-wai algunos temas para las películas The Hand y 2046.

viernes, 10 de junio de 2022

Nuestros inviernos siempre se calentaron con Fassbinder

10 de junio de 1982 - 10 de junio 2022: cuarenta años sin él

En sólo 16 años de actividad artística Rainer Werner Fassbinder hace una cantidad de películas tan asombrosa –44 en total, entre largos, cortos, miniseries y unitarios de TV– como para que cualquier intento de analizar su obra esté obligado a referirse ante todo a su desmesurada productividad: esta no será la excepción. Hay algo en su ritmo de producción que lo distingue en un sentido íntimo, un temple Fassbinder de vivir haciendo cine, no poder esperar: arte engendrado en estado de desesperación. Fassbinder es un desesperado, niño carente de amor, joven promesa, muchacho dulce y feroz, amado por mujeres y hombres, führer de grupos anarquistas, astuto director de actores, referente político de una generación que descree de la política, objetado a derecha e izquierda, alcohólico, drogadicto, narcisista patológico. Sus películas prolongan la onda expansiva de su paso por el mundo. Su obra derribó la pared que separa lo público de lo privado, filmando su innegable continuidad.

El cine es su medio de vida, en todos los sentidos de la palabra. Tarkovski dio una vez un solo consejo a los jóvenes cineastas: que filmen de la misma manera en que viven, que no disocien sus películas de su existencia. Fassbinder es el único que tomó esta recomendación al pie de la letra: para él no hubo vida fuera de su obra. Cuando el 10 de junio de 1982, hace 40 años, lo encuentran muerto en su habitación, su cuerpo estragado por las píldoras, el alcohol y la cocaína, en su cama hay papeles de al menos seis proyectos: la vida de Rosa Luxemburgo; una ópera en coautoría con su amigo Peer Raben, músico inescindible de sus imágenes; la puesta teatral de Un tranvía llamado deseo; un proyecto para televisión y un largometraje en etapa de preproducción titulado Yo soy la felicidad del mundo, que cuenta la historia de cuatro individuos que fracasan como detectives y triunfan como estrellas de rock. En ese momento, Querelle, la que en definitiva será su última película, todavía está en proceso de edición.

En una entrevista de 1971 Fassbinder dice: “El trabajo puede ser el único tema que hay. ¿Qué otro? La mayoría de la gente trabaja cada día a lo largo de cincuenta años de vida, y sigue trabajando cuando vuelve a casa. Difícilmente esta gente tenga una vida privada de la que hablar. Se podría decir que el trabajo es su vida”. Van Gogh, en una carta a su hermano Theo, da en la tecla: “siento hasta el extremo de quedar moralmente aplastado y físicamente aniquilado la necesidad de producir”. Vincent lo llama “el mal de producir”. Este mal es verdaderamente un bien, porque abre la desesperación que, de otra manera, quedaría confinada al mundo privado.

El mundo privado no es así no más el mundo íntimo. Abrir la desesperación no significa exponerla a la mirada ávida de los chismosos. En cuanto a Fassbinder, el periodismo amarillo se dedicó a contar los chismes. Con todo eso no se abre un milímetro la desesperación de la manera en que el cine de Fassbinder lo hace. Abrir la desesperación es hacer salir a la luz (a la luz íntima de la que el arte es capaz, no al narcisismo vacuo de la era de las redes sociales) lo que la desesperación es.

Las películas de Fassbinder exponen casi siempre casos desesperados. El por qué de la locura del Sr. R. no es una película fácil de ver por varios motivos: como gran parte de la obra de Fassbinder y todavía más que en otros casos, es muy difícil encontrarla en alguna plataforma. La otra dificultad para ver El por qué de la locura del Sr. R. es de índole emocional: es un planteo extremo que solo se soporta con una considerable dosis de malestar. Se goza mórbidamente por su violencia formal, que logra una especie de hipnosis depresiva. Forma parte del período inicial de su obra, 1970, la época en la que Fassbinder hacía seis largometrajes por año. Su título original es Warum läuft Herr R. Amok? y está codirigida con Michael Fengler. Fassbinder declaró alguna vez que esa película no le gustaba. Más allá de sus preferencias subjetivas, su potencia rotunda expone la posición artística de Fassbinder mejor que todas las que había hecho hasta ese momento. Quien viera solo esa entre sus decenas de películas se llevaría una definida noción de su singularidad.

La narración está planteada en largos planos secuencia, cámara en mano, luz natural, cronología lineal, como si Fassbinder se hubiera propuesto anticipar y llevar a la cúspide las normas que años después vulgarizó el Dogma 95. El Sr. R. tiene la cara y la voz de Kurt Raab, extraordinario actor y colaborador esencial de la obra fassbinderiana. R. parece un tipo manso, pasa la mitad de su vida en la oficina, junto con otras personas igualmente mansas; acompaña manso a su mujer cuando hay que ir ver a la maestra de su hijo porque el chico tiene problemas de atención. En las reuniones con parientes o vecinos, a R. se lo ve un poco abstraído. Su voz es suave, sin el menor asomo de alguna inflexión brusca. Su cara impávida se parece a la de Buster Keaton, pero los ojos de R. no trasmiten melancolía sino una sorda desesperación. 

Una de las escenas más tristes de toda la historia del cine: R. va a una disquería buscando una canción para regalarle a su esposa. Se transforma de inmediato en el objeto de la sorna de las vendedoras, que contestan con risitas ahogadas a los intentos de R. de tararear la melodía. "Es una canción muy triste con un montón de sentimiento" dice él y al cantar desnuda su ausencia de gracia. La escena al principio parece cómica y uno puede reírse desde la platea más abiertamente que las vendedoras en la pantalla. La risa se corta cuando uno se da cuenta de que el propio R. percibe la burla y se entrega manso a ella, difícil olvidar esta situación: parece que él mismo acepta ser despreciado. La falta de tensión con que todo transcurre es desesperante. La situación  traza una espiral descendente que arrastra consigo todo humor y nos hunde en lo oscuro. Es la célebre mirada fría que Fassbinder echa hacia el acuerdo entre víctimas y verdugos.

La iluminación es plana y la cámara deriva de una situación a la otra sin hacer germinar ningún dramatismo. De pronto, la mansedad de R. se troca en liberación a través del crimen brutal y el suicidio. Unos años después, el mismo Kurt Raab personifica en Bolwieser a un ferroviario cornudo con la misma irritante sumisión. Otra vez las burlas y las risas ahogadas, otra vez la complicidad de la víctima y sus ojos muertos; pero esta vez Fassbinder ya no le concederá ni siquiera la piedad del suicidio.

Si su cine abre la desesperación, no es principalmente por la temática que toca, sino porque en sus películas la desesperación es puesta en obra. Fassbinder despliega su energía, no como desborde de fuerza, sino en el sentido clásico de energeia: la verdad se abre paso a través de un mundo que, por otra parte, se cierra continuamente. Para que la verdad se abra paso no alcanza con un artista genial: hace falta que el espectador esté dispuesto a colaborar. No es posible percibir el trabajo del artista cuando se lo considera como un ciclo clausurado. De esta manera se lo neutraliza, reduciéndolo a una serie de rasgos previsibles que el autor diseminó acá y allá, idéntico a sí mismo. El espectador viene detrás, recogiendo las migajas. Cuarenta años después de su muerte, el cine de Fassbinder no está hecho: está haciéndose. Si el espectador hace su parte, puede seguir los movimientos de esa obra. En ese caso, la cantidad de películas, los cambios de registro, de tonalidad, de “género” que se registran de una a otra, aparecen ya no como mero activismo, como un gusto por la cantidad o la variedad, sino como seriedad para con la obra. Ese compromiso reclama (espera, ama) una actitud análoga del espectador.

Veamos entonces la energía fassbinderiana en acción: El por qué de la locura del Sr R. es su cuarto largometraje y también el cuarto que filma en 1969. En abril hace El amor es más frío que la muerte, en agosto Katzelmacher, en octubre Dioses de la peste y en diciembre Sr R. En la entrevista que da a Christian Thomsen en 1971 Fassbinder dice que hace dos tipos de films: los de género -veremos lo que esto significa- y los de temática pequeño-burguesa. Esta alternancia se comprueba en su cosecha 69: la primera y la tercera película son películas de gangsters -si bien gangsters godardianos-; Katzelmacher y Sr R. son historias pequeño-burguesas. En Katzelmacher unos jóvenes de clase media y existencia tediosa transforman a un inmigrante griego -encarnado por el propio Fassbinder- en objeto de sus fobias y sus deseos ocultos. Es la primera aproximación del autor al tema del racismo de las buenas gentes. El mecanicismo de la puesta en escena, la inexpresividad de las actuaciones, la repetición de unos pocos espacios configuran un estilo que, se propone Fassbinder, hace "que el espectador vea que se relaciona con su propia vida, pero al mismo tiempo, por la forma en que se lo comunica, le permita tomar cierta distancia para reflexionar sobre lo que está viendo". En El por qué de la locura del Sr R. incorpora el color y la cámara en mano, en tomas de 8 a 10 minutos sin cortes. El aplanamiento dramático que consigue nos sumerge en el clima de asfixia que apenas se afloja en la matanza final.

Pero el temple Fassbinder no le permite sentarse a descansar sobre estos logros, por más efectivos que resulten. En enero de 1970, en Río das Mortes, cruza los caracteres y los procedimientos de sus films de gangsters y de las historias pequeño-burguesas. Así, en este pequeño film hecho para la televisión, empiezan a delinearse los rasgos más reconocibles de su autoría: caracteres construidos desde la fotogenia de sus actores más que desde el psicologismo, estiramiento del tempo dramático, una típica "falta de elegancia" en el vestuario y la ambientación y un aire de melacolía combinado con una comicidad oscura que inquieta la sintonía del espectador con los personajes. Este estilo va a florecer en los años siguientes en un puñado de obras maestras: Pioneros en Ingolstadt, El mercader de las cuatro estaciones, El viaje a la felicidad de Mamá Küsters y Sólo quiero que me amen.

La angustia corroe el alma es algo así pero también otra cosa: su película más sincera y pura. Una cumbre del cine de todos los tiempos.

Tampoco descansa Fassbinder en estos hallazgos: apenas tres meses después de Río das mortes, va a España a filmar Whity, presuntamente su ingreso a la superproducción después de tantas small movies. En ese contexto, el activista insomne hace lo que menos se espera: un desconcertante mix de spaghetti western y kabaret brechtiano, para contar otra ambigua historia en la que el amo juega al esclavo. Los biógrafos abundaron en chismes coloridos acerca del turbulento período por el que atravesaba entonces la pareja de Fassbinder con Gunther Kaufmann, el protagonista de Whity, que desmadró el rodaje: ataques de celos, borracheras, autos chocados, un estado de permanente sozobra. Cuando la película se exhibió en el Festival de Berlín fue abucheada por el público y los críticos empezaron a preguntarse si el fenómeno Fassbinder no era en realidad un bluff. Whity no llegó a estrenarse comercialmente y se la puede considerar una película fallida. Sin embargo, también salto adelante de la alianza artística del director con el músico Peer Raben, otro "colaborador íntimo", quizá el artista más sólido que haya trabajado con Fassbinder.

La partitura de Whity es desconcertante y lleva el vínculo entre imagen y sonido hacia una tensión máxima. Esto se conjuga con un estilo de actuación letárgico y un extremo hieratismo de la puesta. Este film fallido es la primera estación de un viaje en el que Fassbinder y Raben nos llevarán hasta Querelle. En la que será su última película, todavía se leen los rastros de Whity, sobre todo en la exploración del espacio dramático del bar, en el que personajes masculinos estáticos despliegan su juego de miradas deseantes, mientras la figura femenina (Schygulla en Whity; Jeanne Moreau en Querelle) comenta la tensión existente a través de sus extrañas canciones. En ambas películas la pantalla ancha descompone cinematográficamente un espacio dispuesto de modo teatral. Ver las dos películas rodadas con 12 años de distancia una después de la otra permite apreciar el trabajo de estilización llevado a cabo por el director y su compositor a través de los vaivenes de su obra profusa. Pocos antes de su muerte, Fassbinder está ensayando un giro estilístico que acercaría su cine a algún tipo de experiencia religiosa; y para eso revisita aquel lejano antecedente de un film considerado fallido. Querelle trasmite la rara sensación de ser una obra terminal y a la vez la apertura de un nuevo ciclo. 

EL 40° aniversario de su muerte es también el del estreno de Querelle, una película que todavía apunta a un futuro del cine inexplorado. Querelle es su largo número 41, sin contar las series y telefilmes que también hizo.No hay un estilo Fassbinder sino tres, cuatro. Pero Querelle no parece encajar totalmente en ninguno de ellos. Cuando se estaba muriendo, estaba reinventándose como cineasta, reinventando el cine. A Querelle, no una adaptación de Jean Genet al cine, sino una película sobre Querelle de Brest, la novela de Genet -como avisan los títulos, no le cabe ninguna de las acepciones de la palabra "adaptación". Fassbinder no acerca a Genet a su mundo sino que se aleja de sí, genera nuevas miradas para la obra cinematográfica que ya en su estreno fue recibida con comprensible desconcierto. Entre la cinefilia obediente de hoy resultará más rara. Tensión formal es la noción a la que acudir para nombrar su anomalía. Si un rasgo persiste en el gesto fassbinderiano, es el de desconcertar los hábitos por los que un espectador acomoda su ojo, su oído y su identificación ante a lo que ve y oye. Algo está fuera de lugar en su cine, a veces casi todo está fuera de lugar. Eso se ve en las picos de su extensa obra: la ya citada La angustia corroe el alma, su episodio para el film colectivo Alemania en otoño (1977), En un año con 13 lunas (1978) y finalmente Querelle.


Vincent Canby, el crítico de Variety del New York, es decir, la voz del establishment, manifestó inmediatamente su perplejidad y rechazo en su "FASSBINDER'S LAST" del 29 de abril de 1983:

"Querelle es un desastre y tiene valor principalmente por la forma en que define las fortalezas y limitaciones particulares del cineasta europeo más importante de su generación. En relación con las grandes películas que marcan su corta pero prolífica carrera, Querelle es un desvío que lleva a un callejón sin salida. (...) es una de las películas más arriesgadas que jamás haya hecho Fassbinder, resultado de cientos de elecciones audaces, algunas de ellas inteligentes, pero casi todas equivocadas".


De ahí en adelante, Canby se dedica a comparar penosamente las diferencias entre el original literario y la versión cinematográfica. Su reseña es un ejemplo de cómo la recepción crítica de una obra puede quedar atrapada en la estrechez de su contexto.


En Querelle la coordenadas usuales de organización espacio-temporal estaban siendo alteradas con una audacia que hasta hoy no encontró continuidad. El espacio que los críticos de su época desacertadamente interpretaron como "teatral" tuerce ligeramente el eje vertical unos grados hacia la izquierda, lo que produce una extraña sensación de inestabilidad, el mundo cayéndose para un costado, a la vez que su estallido cromático disloca la noción fotográfica de balance de blancos que obliga al ojo a reorganizar su hábito perceptivo. En la banda sonora, el rumor místico magistralmente sostenido por Peer Raben es cruzado por ruidos disonantes de videojuegos anacrónicos. 


¿Si su corazón no se hubiera detenido esa noche de junio de 1982 Querelle hubiera sido el comienzo de un nuevo ciclo? No lo sabremos nunca. Todavía no apareció un cineasta capaz de avanzar por los senderos que Fassbinder abrió hace 40 años.

sábado, 12 de marzo de 2022

Año Querelle


por O. C.

En 2022 se cumple el 40 aniversario de Querelle, la película póstuma de Fassbinder que se estrenó pocas semanas después de que su autor fuera encontrado muerto en su casa sin ventanas, a los 36 años, con el cuerpo estragado de alcohol, cocaína y píldoras. En la cama Fassbinder tenía bocetos de cinco nuevos guiones para filmar en los próximos meses. Querelle era su largo número 41, si no contamos las series y telefilmes que también hizo. Pasó por el siglo del cine como tromba inolvidable para sus testigos, aunque la administración de la memoria cinéfila para las nuevas generaciones privilegia modelos clasicistas más conciliables con el conformismo de época. La radicalidad estética de Fassbinder es todavía, quizá aún más que antes, indigerible.

No hay un estilo Fassbinder sino tres, cuatro. Pero Querelle no parece encajar totalmente en ninguno de ellos. Cuando se estaba muriendo, él estaba reinventándose como cineasta, inventando el cine. A Querelle, no una adaptación de Jean Genet al cine, sino una película "sobre" Querelle de Brest, la novela de Genet, no le cabe ninguna de las acepciones de la palabra adaptación. Fassbinder no acerca a Genet a "su" mundo sino que se aleja de sí, genera nuevas coordenadas para la obra cinematográfica que, tanto en su estreno fue recibida con comprensible desconcierto. Entre la cinefilia obediente de hoy resultará más rara.


"Tensión formal" es un concepto al que acudir para nombrar su anomalía, y Querelle ya es en sí una anomalía dentro de otra anomalía. Si un rasgo persiste en el gesto fassbinderiano, es el de desconcertar los hábitos por los que un espectador acomoda su ojo, su oído y su identificación ante a lo que ve y oye. Algo está fuera de lugar en su cine, a veces casi todo está fuera de lugar. Eso se ve en las picos de su extensa obra: Alemania en otoño (1977), En un año con 13 lunas (1978) y por sobre todas Querelle.

La intensidad de su compulsión productiva lo hacía filmar sin pausas, ir de los estilos más ásperamente realistas a una resaca difusa y vibrante. Era su respuesta artística a su litigio con el mundo. El cine de Fassbinder no es más grande que la vida porque no está afuera de la vida, sino que se ubica en sus bordes turbulentos.



Vincent Canby, el crítico de Variety del New York, es decir, la voz del establishment, manifestó inmediatamente su perplejidad y rechazo en su "FASSBINDER'S LAST" del 29 de abril de 1983:

"Querelle es un desastre y tiene valor principalmente por la forma en que define las fortalezas y limitaciones particulares del cineasta europeo más importante de su generación. En relación con las grandes películas que marcan su corta pero prolífica carrera, Querelle es un desvío que lleva a un callejón sin salida. (...) Querelle (...) es una de las películas más arriesgadas que jamás haya hecho Fassbinder, resultado de cientos de elecciones audaces, algunas de ellas inteligentes, pero casi todas equivocadas". De ahí en adelante, Canby se dedica a comparar penosamente las diferencias entre el original literario y la versión cinematográfica. Su texto es un ejemplo de cómo a veces la recepción crítica de una obra queda atrapada por la estrechez de su contexto.

En Querelle la coordenadas usuales de organización espacio-temporal estaban siendo alteradas con una resolución que hasta hoy no encontraron continuidad. El espacio que los críticos de su época desacertadamente interpretaron como "teatral" tuerce ligeramente el eje vertical unos grados hacia la izquierda, lo que produce una extraña sensación de inestabilidad, el mundo cayéndose para un costado, a la vez que su estallido cromático dislocaba la noción fotográfica de balance de blancos que obligaba al ojo a reorganizar su rutina perceptiva. En la banda sonora, el rumor místico magistralmente sostenido por Peer Raben es herido por ruidos disonantes de videojuegos anacrónicos. Esos son los conflictos que Fassbinder plantea al espectador. ¿Si su corazón no se hubiera detenido esa noche de junio de 1982 Querelle hubiera sido el comienzo de un nuevo ciclo? No podríamos saberlo nunca. Pero no ha habido cineasta capaz de avanzar por los senderos que Fassbinder abrió hace 40 años.


Ahora se verá si al menos algún festival puede hacerse cargo de su ya prolongada ausencia.

sábado, 12 de febrero de 2022

Año Fassbinder - Documental online

Gustavo Castagna lleva cada día una efemérides minuciosa en la que no le niega lugar a casi nadie vinculado con el cine, la tele, el teatro, a veces la literatura o el fútbol -desde Macedonio Fernández y Carlos Hugo Christensen hasta Susana Traverso, pasando por Bertolt Brecht y Tod Browning, Castagna practica en sus efemérides esta amable forma inclusiva de la horizontalidad artística.

Pioneers in Ingolstadt, 1971

Hace unos días avisó de la posibilidad de ver online el documental Fassbinder de Annekatrin Hendel, a cuya mención agregó No solo quiero que me amen (1993, Hans Günther Pflaum) y Fassbinder: To love wirhout demands (2014, Christian Braad Thomsen), que dice haber visto más de una vez. Puedo agregar a esta breve lista la encantadora Die glücklichen Opfer des Rainer Werner F. (algo así como "Las felices víctimas de Rainer Werner F" que hizo Rosa von Praunheim en 2000: también se puede hacer una película encantadora sobre la vida y obra de RWF). De paso, Castagna recordaba que en junio se cumplen 40 años de su muerte y poco después el estreno mundial de Querelle (1982).

Fassbinder fue encontrado muerto en su habitación de paredes marrones sin ventanas, con cinco guiones desplegados en su lecho de muerte, uno de los cuales se llamaba Yo soy la felicidad del mundo. Vaya uno a saber qué mensaje entraña esto para nosotros. RWF a sus 37, con un cuerpo que parecía de 70, hinchado por las píldoras, el alcohol y la cocaína. Yo soy la felicidad del mundo. Puedo tomarlo en serio: en este mundo horrible, Fassbinder nos regala aún momentos de felicidad.

Castagna terminaba su posteo con un "Año Fassbinder, ¿por qué, no?". 

Porque sí, lo tomamos como tarea. Los nuevos críticos -si tal cosa existe- rara vez mentan a Fassbinder, ocupados como están por descubrir a John Ford, Darío Argento o Hugo del Carril. Es raro, porque el cineasta bávaro debe ser uno de los últimos cineastas que hizo, literalmente, temblar el mundo. ¿Será porque la consigna tan repetida sobre "el gusto por la belleza" rige la dirección de la cinefilia actual y Fassbinder no es fácilmente atrapable en ese cepo? Quizás este aniversario redondo estimule a que algunos vean, sientan y piensen a Fassbinder. ¿Se vienen ediciones especiales sobre Fassbinder? La revista La otra hizo una en su número 1, cuando solo hacía 20 años que Fassbinder se había muerto.


Raúl Perrone lee el número especial de La otra dedicado a Fassbinder

Desde la Berlinale, Roger Koza escribe un primer informe titulado "Fassbinder con barbijos" en el que comenta la película de apertura del festival, Peter von Kant, una adaptación libre de Las amargas lágrimas de Petra von Kant dirigida por François Ozon. El francés ya había hecho hace algunos años para el cine la obra teatral Gotas de agua sobre piedras calientes. Pero, claro, es Ozon.

Cuarenta años después de Fassbinder no es cualquier tiempo. Su presencia radiante todavía fulgura en un mundo peor que el que no soportaba. Más que un hito del cine, una explosión cosmológica que empezó justo cuando la segunda guerra terminaba y ya no pudo más cuando se estaban delineándo los rasgos más siniestros de esta parte de la historia que nos alcanza. Su obra abrumadora y su presencia magnética aún nos sacuden. Vean este documental y cada aparición de Fassbinder como actor o en una entrevista, cada plano citado de una de sus películas produce un pequeño shock eléctrico.

Fassbinder de Annekatrin Hendel (2000)

Una forma de definir nuestra época sería pensar que ya no lo tenemos filmando aunque todavía nos faltan algunos films suyos por ver, algo que dista de un berretín de fetichista cinéfilo. Todavía lo recordamos hasta que todos se olviden. No hay que encajar a Fassbinder en el cuadro de la cinefilia actual porque no cabe.

La ventaja que tenemos es que llegamos a tiempo para vivir mientras él estaba aún trabajando. Su trabajo es nuestro sostén por la intensa presión formal al que lo sometió, se sometió, nos sometió. Su obra aún no fue comprada por ninguna plataforma, ¿afortunadamente? Parecería que su pasión, su inteligencia y su voluntad imparable a no ser que su corazón dijera basta igual todavía nos llegan.

Difícil pensar el mundo actual con Fassbinder presente, difícil soportarlo sin él.

Año Fassbinder entonces. Continuará.

martes, 13 de octubre de 2020

Lo propio del plan es que falle

 Tercer álbum de laotra21

 

Cristian Bonomo: percusión en 1 y 13.
Lautaro Grimberg: Guitarra en 6, 8 y 12. Batería en 6.
Todos lo demás: Oscar Cuervo
Producción: Regime Spektro
Grabado entre agosto, septiembre y octubre de 2020.
Pinturas: C.zely

Postdata: Este es el cierre de la primera trilogía de laotra21: 

Acá en Bandcamp

Estas piezas sonoras las fui construyendo en medio de la pandemia que asola el planeta, más que una contingencia epidemiológica un default civilizatorio. Estos tres álbums los hice con una oreja puesta en el cine del siglo xx, el gran educador de mi sensibilidad. Cada vez más me cuesta hacer reseñas de películas. Desplazándome del lugar de crítico al que la inercia de la producción de discursos tendió a inclinarme sin haberlo logrado nunca del todo, preferí pensar en este tiempo la música desde el cine y el cine desde la música. Empecé jugando, sin saber adónde me llevaba el juego y todavía no lo sé muy bien. Pero en el juego se me presentaron ocasiones para decidir cuestiones acerca de la organización temporal y de los espacios sonoros. Emotional landscapes, diría Björk, en un state of emergency. Del juego quedaron obras cuyo valor no me interesa ponderar. En cambio, me hizo feliz que este juego me abriera las puertas de la creación cinematográfica de Perrone, Farina y González. Ya lo dije: para mí, entrar en sus mundos es el sueño del pibe, un territorio soñado en el que por mucho tiempo fui solo un espectador. Les agradezco a mis amigos artistas que me hayan abierto la puerta para ir a jugar. Esto solo ya es mucha producción para un año recesivo. No estaba en mis planes, mis planes eran otros. Pero lo propio del plan es que falle.


En estos 14 temas, tanto como en los 13 anteriores (A la música no le importa nadaEn algún momento debe haberse producido un error) se cruzan de manera más o menos velada casi todos mis auténticos maestros: Bresson, Godard, Favio, Sokurov, Fassbinder, Bela Tarr, Tsai, Apichatpong más los ya nombrados. El tema 1, el último en grabarse es mi despedida a Gabo Ferro y mi gratitud por su mirada y su escucha sobre el arte de Leonardo Favio. Favio y Gabo: entre uno y el otro, una época se ha ido. Hay ciclos que se cumplen, empieza otra época. 

Cuando retome este proyecto de laotra21, si eso sucede, trataré de encontrar otra vuelta que aún no me imagino. El que tenga la paciencia suficiente para escuchar estos divagues puede encontrar en ellos una declaración de principios, que solo se expresa cuando el camino recorrido va quedando atrás. Como el búho que despliega sus alas al atardecer.

miércoles, 19 de febrero de 2020

Recuerda

Cine y música en el aire radial, la nueva emisión de La otra.-radio para escuchar clickeando acá 





El domingo pasado en La otra, junto a mi amigo Alejandro Domínguez, hicimos el segundo cruce entre radio, cine y música. El primero lo habíamos hecho hace pocas semanas, con el título "Taxi de aire", con tanto placer y tan buena respuesta de los oyentes que nos incitaron a seguir andando por ese camino. Hay una magia que se produce cuando la radio propala música que trae imágenes del cine: de ahí la conversación dispara nuestras memorias personales, hechizo, spellbounds.

Hay cineastas y compositores cuyas imágenes y acordes se reclaman mutuamente: lo vimos en el programa anterior con los célebres casos de Bernard Hermann y Hitchcock, Nino Rota y Fellini, también con Rota y la saga de El Padrino, o con el Gato Barbieri y Último tango en París.

En este segundo encuentro nos dedicamos a momentos no tan citados, pero en los que la asociación entre música e imagen cinematográfica obran con igual potencia: compositores que fueron muy importantes en la época clásica de Hollywood, como el judío alemán Franz Waxman (le puso música a La novia de Frankenstein, Rebecca, Sunset Boulevard, A place in the sun, La ventana indiscreta), el vienés Max Steiner (King Kong, El delator, Lo que el viento se llevó, Casablanca, Más corazón que odio, entre muchas otras) o el húngaro Miklós Rózsa (El ladrón de Bagdad, Spellbound, Quo Vadis, Ben Hur, Rey de reyes). Músicos extraordinarios que Hollywood convocó para darle intensidad a las imágenes desde la primera década del cine sonoro. En algunos casos, sus músicas se sostienen hoy con mayor integridad que las imágenes que acompañaban; en otras, persisten en nuestra memoria junto con esas imágenes inolvidables, sin que sepamos quiénes las compusieron. En el caso de los tres mencionados, llama la atención su procedencia centro europea, lo que muestra hasta qué punto el cine de Hollywood se nutrió de artistas que huían de la guerra y las penurias europeas. No solo pasó músicos, sino también los propios cineastas (Billy Wilder, Fritz Lang, Jacques Tourneur, Josef von Sternberg, Douglas Sirk o el mismo Hitchcock) y actores.

Un hallazgo de Alejandro Domínguez en este programa fue evocar una película casi olvidada de 1940: El ladrón de Bagdad, producida por Alexander Korda, con la rareza de acreditar a tres directores (Michael Powell, Ludwig Berger y Tim Whelan), aunque tuvo en su rodaje también trabajaron otros tres no acreditados (el propio productor Alexander Korda, su Zoltan Korda y William Cameron Menzies). Seguramente se trata de uno de esos casos de películas en las que los directores de rodaje quedaban subordinados al concepto artístico craneado por el productor. Algunos motivos para la curiosidad: el húngaro Korda empezó a rodar la película en Gran Bretaña pero en medio de los bombardeos de la segunda guerra el rodaje se trasladó a Hollywood. La película todavía hoy ostenta una poderosa inventiva visual al servicio de un relato inspirado en Las mil y una noches, con arañas gigantes, caballos voladores, genios y alfombras mágicas. Su technicolor aún deslumbra hasta en las versiones que circulan en youtube y su dirección artística muestra la creatividad que practicaba la época clásica para hacer del cine una auténtica fábrica de sueños. La música de Miklós Rózsa termina de hechizar esta experiencia. ¡Lo que habrá sido ver la película en las grandes salas cinematográficas! Sus efectos visuales son tan asomborosos que la Academia tuvo que crear un nuevo rubro del Oscar. El ladrón de Bagdad fue la primera película en ganar el Oscar a los mejores efectos especiales. No existía la tecnología digital y ni hacía falta.











Más cerca de nuestra época, encontramos asociaciones fructíferas entre pares de cineastas como Brian De Palma / Pino Donaggio o Fassbinder / Peer Raben. Películas extraordinarias como Carrie, Magnífica obsesión, Vestida para matar, Doble de cuerpo, todas ellas de De Palma. O, tocando la genialidad, la imponente obra de Fassbinder, de la que apenas llegamos a mencionar algunas gemas: Lili Marleen, La angustia corroe el alma, la serie televisiva Berlin Alexanderplatz o su alucinante película póstuma, Querelle; en todos los casos realzadas por las partituras igualmente geniales de Raben.





Clickeen acá, cierren los ojos, escuchen el programa y viajen por el cine.