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jueves, 10 de julio de 2025

La concepción paranoica del cine según Ángel Faretta




Hace veinte años se publicó el primer tomo de la Obra Kapital de Angel Faretta: (El concepto del cine, Djaen, 2005). Faretta supo ser un reputado crítico de cine a fines de los 70 y principios de los 80, con cierta tendencia a expresar en cada reseña suya una cosmogonía monumental, llena de mayúsculas y latinazgos, aunque también exhibiera cierta sagacidad para pensar el cine. Después dicen que se encerró a escribir la Obra Kapital de la cual El concepto del cine es el primer tomo:

Nos adelantamos -declara en la introducción, usando el plural mayestático- también a cumplir con el pedido de algunos –pocos- discípulos que deseaban tener, desde bastante tiempo atrás, siquiera las conclusiones de nuestra teoría.

Antaño Faretta podía seducir a sus lectores con mordaces observaciones que aligeraban su tono mesiánico. Pero el encierro de estos últimos años parece haber acentuado su oscurantismo hasta perder toda gracia. En un pasaje de El concepto del cine dice:

El cine nace con Griffith (...) mediante el re-curso a lo mítico. Como este recurso es, in nuce, «relato», «historia», «ficción», en el primer nivel de su operar Griffith funda el cine como relato, como mythos, pero una vez operado este sentido, debe crear la forma de sostener y soportar tal re-curso, con una práctica que unifique imaginariamente tales mitoi; para ello recurre a un logos compuesto de logoi como: división diegética en planos, campo y fuera de campo, principio de simetría, ejes de construcción... que configuran así una lógica que contiene y soporta al mito y a lo mítico.” (páginas 143-144).



Esta afirmación aparece en una sección del libro titulada, con comicidad involuntaria y falta de rigor epistemológico, “Axiomas y postulados”. Sin apelación posible, el Oscuro Maestro decreta de aquí a la eternidad que el cine es esencialmente relato y que Griffith es el partero del cine. Curiosamente este mythos restaurado es sostenido por una lógica (división en planos, etc.), con lo cual el destino del cine queda definitivamente ligado a la palabra (tanto mythos como logos significan en griego “palabra”; palabra-relato, en un caso; palabra-argumento, en el otro). Ahora bien, como el aparatito milagroso de los Lumiere puede registrar las mínimas vibraciones de lo real que son irreductibles al mito, a la lógica y a toda otra especie de palabra, Faretta debe despreciar la invención del cinematógrafo por tratarse de un comienzo “bajo” y necesita mistificar un Origen Griffithiano del Cine, en línea directa con los Tiempos Heroicos. Así, la mirada queda subordinada despóticamente a la Idea.

Para llevar a cabo esta operación hace falta alterar un tanto los vínculos de las cosas. Porque la lógica inventada por Griffith se cristalizó muy rápidamente como convención narrativa al servicio de la industria del entretenimiento de masas, para lo cual era muy conveniente familiarizar al espectador con un código fácilmente “legible”; en términos de marketing: hacía falta construir un espectador a imagen y semejanza de la producción en serie. Esta imposición es descripta por Faretta con palabras tanto más bonitas:

“El reino de la transparencia es la etapa del cine (...) en la cual se troquelan exhaustivamente los géneros como efectos de transparencias diegéticas y cuando se establece, además, el pacto simbólico entre hacedores y espectadores.

“Transparencia es la situación, pacto simbólico o recurso mediante el cual el cine, especialmente en el período clásico, legisló y gobernó el acceso primario a los films, haciendo visible, mediante la acuñación de géneros, la legibilidad del cine... (página 61)

“Troquelado”, “pacto”, “acuñación” “legislación”, “gobierno” son todos términos que apenas disimulan la violencia ejercida sobre la percepción del espectador. Es curioso que semejante despliegue de imposición instaure un “reino de la transparencia”. Lo cierto es que los espectadores no han tenido nunca la oportunidad de hacer “pactos”. La industria hollywoodense necesitó configurar los géneros e instaurar la falsa impresión de transparencia (no hay nada más opaco que esa supuesta transparencia) para asegurarse un mercado de consumidores. Y eso mediante una práctica de homologación de la mirada. Faretta mistifica esta estrategia tan prosaica y funcional al business como si fuera una lucha de titanes por las Esencias Eternas.

Y es sintomático que un entusiasta del “Cine” hable tan naturalmente de “legibilidad”, lo que demuestra el fracaso de la teoría farettiana para pensar el cine en términos que no sean los de la lectura. Pero sucede que el cine puede ser algo distinto de la lectura. Y de hecho lo es.

Creo que la hegemonía de Griffith, que predominó en este primer siglo del cine, ha sacrificado otras zonas de la experiencia humana, zonas de la realidad frente a las cuales la palabra -la palabra lógica o la palabra mítica, la novela o la teoría científica, no importa: todas las formas de la palabra- resultan insuficientes. Si algo justifica la existencia del cine es que abre una dimensión de la experiencia en las que la mirada y la escucha no se someten ni se reducen sin más al logos ni al mito. Por cierto esa zona ilegible y renuente a la transparencia se halla presente y opera con toda su fuerza desde que el cine existe, incluso en ese período que se denomina clásico. Esa zona ilegible de la experiencia emerge en el plano cinematográfico -y en su escena off- en Hitchcock y Murnau, tanto en Ford como en Lang.


jueves, 23 de junio de 2011

Kierkegaard, Faretta y una reseÑa

Kierkegaard, teólogo no profesional

por oac

Reseñar libros para un suplemento cultural es un trabajo como cualquier otro, una forma de ganarse el pan que puede ser digna, intrascendente o al menos no tan dañina. Angel Faretta se ha encargado de reseñar para la revista Ñ una reciente edición -"muy cuidada"- que hizo Editorial Gredos de diversos textos salidos de la pluma de Sören Kierkegaard. Faretta reseña como quien está para cosas mayores. Se sabe que Faretta está -lo cree- para cosas mayores, por la autopromoción un tanto hilarante que se hace en un extraño sitio que se llama, previsiblemente, www.angelfaretta.com.ar. No hablaremos de las tareas mayores que esperan al actual reseñista, algún día nos legará su Obra Capital y será la posteridad la encargada de dar el último dictamen sobre sus epifanías. De lo que queremos hablar (nótese que usamos el plural mayestático que el oscuro reseñista usa para referirse a sí mismo, puro mimetismo transitorio el nuestro) es de la reseña que el hombre hizo sobre los libros de Kierkegaard para Ñ.

Lo primero que se nota es que Faretta conoce a medias a Kierkegaard; diríamos más exactamente: lo conoce a décimas, un 0,10 %, dicho en fríos guarismos. Pero Faretta escribe como si lo supiera, no solo Kierkegaard: como si lo supiera todo.

En otras épocas, Faretta escribía críticas de cine, al principio curiosas, interesantes, después llamativas, más tarde algo delirantes. Estadio del que nunca llegó a salir; más bien profundizó el modelo. Ahora, por ejemplo, le encargan de Ñ escribir una reseña sobre Kierkegaard y él se siente obligado a dar su parecer sobre una serie de temas más abarcadores y entretenidos: la historia general del Catolicismo y el Protestantismo, la puesta en marcha de la movilización total, el misticismo de countries, las películas de Carl T. Dreyer y la traducción literal del nombre y del apellido de Sören Kierkegaard ("Severo Cementerio", nos dice el reseñista, y lo imaginamos guiñando el ojo a los camarógrafos, como suele hacer Lilita Carrió para rematar una ingeniosidad).

Todo muy lindo, si no fuera porque el motivo mismo para el que fue convocado, reseñar una serie de libros de Kierkegaard, se le va soltando por el camino. "El teólogo no profesional" se llama el dislate farettiano publicado en Ñ. El reseñista se lamenta, con toda razón, de que a Kierkegaard "fuera de su idioma y país natal se lo edita en forma parcial". Se lo conoce fragmentariamente y mal. Lo que da a entender Faretta es que él sí lo conoce bien. Por eso se permite elogiar la "muy cuidada" edición de Gredos: "En este volumen -dice el reseñista- tenemos expresiones de las mejores obras de los estadios-estilos de Kierkegaard: el estético, el ético y el religioso. Tenemos “Diapsálmata”, “El erotismo musical”, “Siluetas” y otros que corresponden al primero. Luego, del ético tenemos el más que denso “La validez estética del matrimonio” y, del religioso, el por momentos árido “Temor y temblor”.

Angel, reseñista profesional

Lástima grande, pensamos, al leer la reseña de Faretta. Porque, de esos títulos que tira como al descuido, el único que es un libro propiamente dicho es Temor y temblor. El resto de los que menciona erróneamente como libros es sólo una serie de pedazos en los que ha sido descuartizado un libro mayor de Kierkegaard, nada menos que O lo uno o lo otro, el primero que el pensador danés dio a conocer al mundo. Por lo cual el propio Faretta se transforma en un claro ejemplo de lo mal que se conoce a Kierkegaard. ¿Debería saber el reseñista que en realidad Editorial Trotta ya hace unos años publicó O lo uno o lo otro en forma completa, en una edición esta vez sí "muy cuidada", que permite comprender cabalmente el sentido de fragmentos como “Diapsálmata” o “El erotismo musical”, cosa que no es posible lograr fuera del contexto en el que su autor los dispuso? Y sí, debería saberlo Faretta, si no quisiera propagar el conocimiento erróneo y fragmentario que se tiene del pensamiento kierkegaardiano. Pero una reseña es un trabajo que no ha de ser muy bien pagado, así que no podemos pretender que Faretta haya insumido mucho tiempo en investigar de lo que habla. Y por ello podemos disculparle que diga, por ejemplo, que Temor y temblor es una obra "del estadio-estilo religioso", cuando el propio Kierkegaard dejó escrito que se trata de una obra estética.

No importa, Faretta nos reserva aún encantadoras sorpresas: ha descubierto, con intuición genial, el motivo por el cual Kierkegaard creó una serie de pseudónimos que firman sus distintos libros: parece, según la tesis del reseñista de Ñ, que en la fría Dinamarca Sören no tenía nadie con quien debatir y se aburría; entonces, para discutir consigo mismo, inventó estos pseudónimos: "Así, a un libro estético seguía uno ético o uno religioso donde un por demás ostensible alias refutaba el escrito anterior. Para paliar la soledad intelectual en un medio tan árido había que dividirse y hasta multiplicarse". Qué plato, ¿no? Cosas del aburrimiento en los países protestantes donde anochece temprano.

Faretta lanza otra tesis audaz: Kierkegaard formó parte, sin saberlo -y aún contra su voluntad, díríamos, dada la repulsa del danés por la teología- de un "giro teológico" emprendido contra "la movilización total" (?), junto con otros autores como Schopenhauer, Novalis, Hoffmann y Edgard Poe. Pero Kierkegaard fue -según Faretta- un teólogo "no profesional": el pobre Sören, por desgracia, vivió "alejado del mundo vital e intelectual católico" y careció de "una praxis para enfrentar tales trances vitales con la forma, modo y retórica acostumbrados". Esas deficiencias en la formación teológica profesional del desdichado danés explicarían, según el articulista de Ñ, las invenciones de "el fragmento filosófico, la migaja, al decir de Kierkegaard–, el mezclum de novela-tratado-diario" (a Faretta le encanta salpicar sus páginas con latinajos). Si Kierkegaard hubiera conocido la dicha de nacer en países católicos como Italia, España o Argentina, habría aprendido a manejar con destreza profesional el léxico de la teología y nos habría ahorrado esas extravagancias literarias en las que incurrió por no conocer suficientemente a Santo Tomás de Aquino.

Kierkegaard, de haber gozado de la formación teológica de un Faretta, capaz que terminaba escribiendo reseñas para revista Ñ. Capaz.

miércoles, 18 de mayo de 2011

Los fantasmas que viven en la cesura

La decadencia de Hollywood y el surgimiento de un nuevo cine (hoy)

por oac

Estoy tratando de decirte que hay algo del cine narrativo industrial (eso que Noel Burch llama el Modelo de Representación Institucional) que muta de manera irreversible en las cesuras que unen (o separan) las tres últimas escenas de Taxi Driver. Voy a citar, una vez más, al malogrado Angel Faretta (lo vengo citando duro y parejo, pobre, y siempre se trata del mismo párrafo, pero es que me sirve a fines de caracterizar en pocos renglones una tesis sobre el cine por completo errada):

“El reino de la transparencia es la etapa del cine (...) en la cual se troquelan exhaustivamente los géneros como efectos de transparencias diegéticas y cuando se establece, además, el pacto simbólico entre hacedores y espectadores.

“Transparencia es la situación, pacto simbólico o recurso mediante el cual el cine, especialmente en el período clásico, legisló y gobernó el acceso primario a los films, haciendo visible, mediante la acuñación de géneros, la legibilidad del cine..." dice Faretta en su Obra Kapital, El concepto del cine.

No hay una cosa mal en este texto de Faretta; está todo mal. Habla de un reino para referirse a un sistema industrial, habla de transparencia para referirse al arte de invisibilizar procedimientos retóricos (debería decir, al menos, escamoteo), habla de pacto entre hacedores y espectadores cuando tal pacto nunca existió, dado que se trató de la construcción de un tipo de espectador moldeado a imagen y semejanza de las necesidades de expansión de una industria pujante. Habla de período clásico como si estuviera refiriéndose a una cuestión meramente estilística y no a un dispositivo de colonización de la mirada. Habla de hacer visible, cuando él, con su versión mitológica de una operación puramente materialista, quiere perpetuar la invisibilidad del cine detrás de pesados cortinados doctrinarios.

David W. Griffith era un genio del cine, qué duda cabe. Las películas que hizo durante la década del 10 son asombrosas, porque inventó de un plumazo una bocha de recursos que Hollywood (y también la televisión) adoptaría sistemáticamente hasta transformarlo en producción adocenada. Griffith hizo muchas cosas por primera vez (los tamaños del plano, el uso dramático de los lentes, el plano y contraplano, los escorzos, la ilusión de continuidad espacio-temporal, el montaje paralelo) y por eso tuvo una prodigiosa descendencia; y un montón de hijos bastardos también. La operación Griffith consistió en trasmutar la voluntad narrativa de la novela del siglo 19 en términos de montaje cinematográfico. Pero Griffith no inventó el cine, que ya existía desde antes; y que constituía ya en potencia muchas cosas que la industria pronto dejaría de lado. Griffith tuvo tal éxito en sus invenciones que le donó su sistema narrativo a la incipiente industria hasta que éste llegara a ser su espina dorsal. Tanto que, hasta hoy, muchos acabaron por creer que esa manera de hacer cine es El Cine (mayúsculas farettianas).

Cesura: absimo invisible entre dos planos. Entre dos planos cinematográficos crece el fantasma. El espectador recuerda vidas pasadas cada vez que hay una cesura. Incluso recuerda vidas futuras. La cesura es el tiempo mínimo de la alucinación que cada espectador deja aflorar en ese sueño colectivo de la sala oscura. Hollywood es, se dijo, la fábrica de los sueños. Esa cesura permite no solo construir una ilusoria continuidad espacio-temporal, sino también el Héroe que la habita y la sostiene con sus hazañas. Las hazañas del Héroe son siempre pródigas en enseñanzas morales. No es solo entretenimiento, es ante todo colonización de la mirada. El problema del Modelo de Representación Institucional (al que yo prefiero llamar sistema narrativo industrial,  pero es sólo una preferencia de léxico) no puede consistir en su eficacia productiva, sino en su imposición como modelo exclusivo. Un modelo que produce no solo películas, sino ante todo espectadores reactivos a las miradas alternativas.

La función de Héroe que encarna Travis Bickle (De Niro) en Taxi Driver es de una vacilación violenta. No es que él sea un personaje vacilante: es que el universo que lo contiene (¿el reino de la transparencia?)  empieza a sacudirse.

¿Qué pasa en las cesuras entre las tres últimas escenas de Taxi Driver? ¿existe la referencia a un universo ficcional (físico y a la vez moral) que pueda contener esa sucesión de escenas? ¿Ha rescatado Travis a Iris de la prostitución? ¿la hizo volver a la escuela? ¿ha sanado Travis de las graves heridas que le quedaron después de la masacre? ¿ha re-conquistado la serenidad (que nunca en la película exhibió, porque la había perdido en Vietnam)? ¿volvió a su anterior corte de pelo? ¿logró seducir a Betsy, finalmente?

La significación de esta película no puede agotarse en sus procedimientos estéticos. Obvio. Ya muchas películas antes habían planteado rupturas de todo tipo. El propio Scorsese tenía dos maestros en la realización (aparte de sus maestros académicos): Roger Corman (una pyme del entretenimiento, el rey del bajo presupuesto) y John Casavettes (o sea: John Casavettes). Taxi Driver aparece en 1976, es decir, no tempranamente, sino muy tardíamente: un año después de Tiburón, cinco años después de Dirty Harry. Su inesperado éxito de taquilla, sus nominaciones al Oscar, la proyección que implicó en las carreras de Scorsese y De Niro, no tanto su premio en Cannes, claro, su centralidad en el negocio del entretenimiento, su capacidad para electrizar audiencias, todo eso es algo que en poco tiempo más se extinguiría. Ya no sería posible, poco después, que Holllywood hiciera películas así. La ferocidad del genocidio del tipo de espectadores que se requieren para ver películas como esta iba a a ser implacable. El éxito de la restauración conservadora que emprendían por ese entonces Spielberg y Lucas sería completo. Ese éxito puede pensarse, desde otra perspectiva, como una penosa decadencia.

¿Y cómo sigue esto?

Sigue más tarde...

lunes, 19 de enero de 2009

El nacimiento de una visión

Por Oscar A. Cuervo

Alentado por algunos amigos, vi Todo por un sueño, película de Gus Van Sant de mediados de la década del 90, protagonizada por Nicole Kidman y Matt Dillon. En su momento no la había visto, no la registré: será por el título, que sonaba a tantos otros tontos títulos del cine yanqui, será por el afiche (que en realidad no recuerdo, pero adivino), o por la pareja protagónica: no sé por qué será, pero si me enteré de que esta película existía, la debo haber olvidado instatáneamente. Por ese entonces, Gus Van Sant me tenía desesperanzado: después de un comienzo deslumbrante (Mala noche, Drugstore cowboy, My own private Idaho) se había desmoronado en una serie de producciones insustanciales hechas por encargo.

La cosa es que finalmente la vi. Por suerte la vi después de que Van Sant volviera a nacer con el siglo XXI, a partir de Gerry, Elephant, Last days y Paranoid park. Porque si la hubiera visto con ocasión de su estreno, no sé lo que habría sentido: si congoja, confusión o rabia. Todo por un sueño es una película de guión, la penúltima película del viejo cine. Filmada con desidia: plano – contraplano – plano - contraplano, tomas de 7 segundos, imagen de legibilidad instantánea. Se lo adivina a Van Sant consultando el guión, aburriéndose detrás de cámara, contando los días para el final del rodaje, preguntándose qué carajo hacer con su obra, qué hacer con su vocación de cineasta y con su vida. Verla es como estar leyendo el guión: columna izquierda, descripción de la imagen; columna derecha, diálogos. Plano medio conjunto - plano entero - plano pecho de ella - plano pecho de él, tac, tac, tac. Uf.

Película de personajes, de ese tipo de productos de los que el espectador sale comentando: “lo que pasa es que ella...”. Y con buena voluntad (si es que, a pesar de la sucesión plano – contraplano, uno logra concentrarse en los temas de los que los actores charlan) hasta se puede encontrar una crítica social, sobre la hipocresía, la falta de escrúpulos, el mundo de la televisión y cosas así.

Lo que no hay por ningún lado es cine. Lo que no hay es alegría por parte del director: hay agobio. Filmando a esa rubia nulidad de Nicole Kidman, con su belleza tan Cosmopolitan. Cuando Gus se reanima es cuando filma al terceto juvenil (Joaquin Phoenix, Casey Affleck, Illeana Douglas). Ahí parece recobrar la vida, el deseo, algo por lo cual el cine justifique su existencia. La cámara registra con regocijo cada vibración de la piel de estos jóvenes, con una pasión que un puritano llamaría lujuriosa (esa vibración, irreductible a logos, que el aparatito de los Lumiere registra, pese a no estar escrita en el papel). Eso es lo que Van Sant estuvo haciendo en la década infame: dentro de proyectos ajenos, crear algunas islas de pasión: de estas películas anodinas sacó algunos amigos: como Matt Damon (el de Good will hunting) y Casey Affleck, el adolescente bobo de Todo por un sueño, ambos co-protagonistas y co-autores de esa maravilla llamada Gerry.

Ahora está por estrenarse Milk, la nueva película de Van Sant, protagonizada por Sean Penn. Sólo vi el trailer pero estoy preocupado. Parece que se tratara de un vehículo para que Penn saque a relucir esas morisquetas que suelen candidatear al Oscar, esta vez haciendo un gay (la composición de personajes representantes de alguna minoría discriminada eleva puntos en la Academia). Parece tratarse de un film de encargo, un guión que a algún productor se le ocurrió que Van Sant sería la persona indicada para ilustrar con imágenes. Ojalá me equivoque y Milk sea tan buena como las últimas cuatro que Van Sant dirigió.

***

¿Por qué el 90 % de las películas están concebidas bajo un mismo modelo lógico-narrativo? ¿por qué hasta aquellos que, en el mejor de los casos, conceden que hay cine más allá del guión hablan de “puesta en escena”, como si estas palabras bastaran para salvar la especificidad del cine frente a la literatura? “Puesta en escena” parece decir dos cosas: 1) poner en escena algo que preexiste en palabras: representar; 2) en escena: es decir: en escenario teatral.

No parece haber una experiencia de la mirada que no sea mediada por la palabra y la representación. Cuando el público sale diciendo: “lo que pasa es que ella...” termina de cerrar ese circuito propiciado por el planteo mismo de la película. En las escuelas de cine se enseña, en la materia Guión, que lo primero que hay que tener es un “superobjetivo” expresado en términos proposicionales; por ejemplo: “la ambición es incompatible con el amor"; a partir de ahí se va “poniendo en escena” esta proposición. El éxito artístico consistiría en que cada posición de cámara, cada corte, cada gesto de los actores, induzcan al espectador a formular esa proposicón mentalmente cuando termine de ver la película. Eso querría decir que la “entendió”. Para que ese milagro se produzca es necesario que la sintaxis cinematográfica funcione aceitadamente, en una ilusión de transparencia totalmente engañosa. El hecho de que un espectador se pregunte: “¿pero qué demonios es esto que estoy viendo?” es, para este modelo de “transparencia”, un inconveniente. El ideal es: un plano - un significado – un plano – un significado - una escena- un paso en la dirección de “lo que pasa es que ella es tan ambiciosa que no puede amar a su marido ni a ningún otro hombre”.


Hace un par de años se publicó el primer tomo de la Obra Kapital de Angel Faretta: (El concepto del cine, Djaen, 2005). Faretta supo ser un reputado crítico de cine a fines de los 70 y principios de los 80, con cierta tendencia a expresar en cada reseña suya una cosmogonía monumental, llena de mayúsculas y latinazgos, aunque también exhibiera cierta sagacidad para pensar el cine. Después dicen que se encerró a escribir la Obra Kapital de la cual ahora se publica el primer tomo:

Nos adelantamos -declara en la introducción, usando el plural mayestático- también a cumplir con el pedido de algunos –pocos- discípulos que deseaban tener, desde bastante tiempo atrás, siquiera las conclusiones de nuestra teoría.

Antaño Faretta podía seducir a sus lectores con mordaces observaciones que aligeraban su tono mesiánico. Pero el encierro de estos últimos años parece haber acentuado su oscurantismo hasta perder toda gracia. En un pasaje de El concepto del cine dice:

El cine nace con Griffith (...) mediante el re-curso a lo mítico. Como este recurso es, in nuce, «relato», «historia», «ficción», en el primer nivel de su operar Griffith funda el cine como relato, como mythos, pero una vez operado este sentido, debe crear la forma de sostener y soportar tal re-curso, con una práctica que unifique imaginariamente tales mitoi; para ello recurre a un logos compuesto de logoi como: división diegética en planos, campo y fuera de campo, principio de simetría, ejes de construcción... que configuran así una lógica que contiene y soporta al mito y a lo mítico.” (páginas 143-144).


Esta afirmación aparece en una sección del libro titulada, con comicidad involuntaria y falta de rigor epistemológico, “Axiomas y postulados”. Sin apelación posible, el Oscuro Maestro decreta de aquí a la eternidad que el cine es esencialmente relato y que Griffith es el partero del cine. Curiosamente este mythos restaurado es sostenido por una lógica (división en planos, etc.), con lo cual el destino del cine queda definitivamente ligado a la palabra (tanto mythos como logos significan en griego “palabra”; palabra-relato, en un caso; palabra-argumento, en el otro). Ahora bien, como el aparatito milagroso de los Lumiere puede registrar las mínimas vibraciones de lo real que son irreductibles al mito, a la lógica y a toda otra especie de palabra, Faretta debe despreciar la invención del cinematógrafo por tratarse de un comienzo “bajo” y necesita mistificar un Origen Griffithiano del Cine, en línea directa con los Tiempos Heroicos. Así, la mirada queda subordinada despóticamente a la Idea.

Para llevar a cabo esta operación hace falta alterar un tanto los vínculos de las cosas. Porque la lógica inventada por Griffith se cristalizó muy rápidamente como convención narrativa al servicio de la industria del entretenimiento de masas, para lo cual era muy conveniente familiarizar al espectador con un código fácilmente “legible”; en términos de marketing: hacía falta construir un espectador a imagen y semejanza de la producción en serie. Esta imposición es descripta por Faretta con palabras tanto más bonitas:

“El reino de la transparencia es la etapa del cine (...) en la cual se troquelan exhaustivamente los géneros como efectos de transparencias diegéticas y cuando se establece, además, el pacto simbólico entre hacedores y espectadores.
“Transparencia es la situación, pacto simbólico o recurso mediante el cual el cine, especialmente en el período clásico, legisló y gobernó el acceso primario a los films, haciendo visible, mediante la acuñación de géneros, la legibilidad del cine...
(página 61)

“Troquelado”, “pacto”, “acuñación” “legislación”, “gobierno” son todos términos que apenas disimulan la violencia ejercida sobre la percepción del espectador. Es notable que semejante despliegue de poder instaure un “reino de la transparencia”. Lo cierto es que los espectadores no han tenido nunca la oportunidad de hacer “pactos”. La industria hollywoodense necesitó configurar los géneros e instaurar la falsa impresión de transparencia (no hay nada más opaco que esa supuesta transparencia) para asegurarse un mercado de consumidores. Y eso mediante una práctica de homologación de la mirada. Faretta mistifica esta estrategia tan prosaica y funcional al business, como si fuera una lucha de titanes por las Esencias Eternas.

Y es sintomático que un entusiasta del “Cine” hable tan naturalmente de “legibilidad”, lo que demuestra el fracaso de la teoría farettiana para pensar el cine en términos que no sean los de la lectura. Pero sucede que el cine puede ser algo distinto de la lectura. Y de hecho lo es.

Creo que el modelo de Griffith, el que predominó en este primer siglo del cine, ha sacrificado otras zonas de la experiencia humana, zonas de la realidad frente a las cuales la palabra -la palabra lógica o la palabra mítica, la novela o la teoría científica, no importa: todas las formas de la palabra- resultan insuficientes. Si algo justifica la existencia del cine es que abre una dimensión de la experiencia en las que la mirada y la escucha no se someten ni se reducen sin más al logos ni al mito.


(Nota escrita en 2006 para La otra 11, con algunos agregados 2009)