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miércoles, 18 de septiembre de 2019

Salir al aire

Emilio Bernini en La otra.-radio, presenta el nuevo número de Kilómetro 111, una audición para escuchar clickeando acá 




El domingo vino Emilio Bernini, de Kilómetro 111, a La otra.-radio.

Una constante de los 15 números que la revista Kilómetro 111 lleva editados hasta ahora es la de pensar el cine contemporáneo, o de pensar lo contemporáneo en el cine. En el número doble aparecido recientemente el eje temático lleva por título "Salir del cine" y trata un aspecto de la contemporaneidad audiovisual: el pasaje del cine a otras modalidades, especialmente el caso de la instalación. "Instalación cinematográfica o instalación video -nos dice Emilio Bernini-, dos modos propiamente contemporáneos de mutación de lo cinematográfico hacia otro espacio, otra arquitectura, lo cual implica también una mutación del espectador". Ante la instalación, ya no se trata del espectador de la sala a oscuras, en silencio e inmovilizado frente a la pantalla inmensa. Esto implica transformaciones muy profundas, no solo estéticas sino también pensadas en términos ideológicos por los propios instaladores, según la tesis que Bernini se propone indagar en esta edición de la revista. No es que el cine vaya a parar a la instalación, sino que también puede salir hacia allí y... ¿entrar al museo?

El origen de este número, dice Bernini, tiene que ver con la instalación que hizo Albertina Carri en el Parque de la Memoria hace ya varios años, Operación fracaso y el sonido recobrado, una de cuyas salas se llamó "Investigación del cuatrerismo". De esa experiencia instalativa Carri hizo después su película Cuatreros -que bastante perplejidad provocó en los críticos conservadores- de modo que hubo una salida del cine y también un regreso a él. "Lo que motivó el número -dice Bernini- es esa instalación, que me generaba preguntas acerca de por qué una cineasta, que es lo que Carri había sido hasta ese momento, pasa a la instalación para hacer una variación de ciertas cuestiones que habían quedado pendientes desde su película Los rubios". En nuestra conversación radial recordamos que otros cineastas también hicieron este pasaje hacia la instalación (Apichatpong, Kiarostami, Serra, Farocki, Akerman...).



En la madrugada del lunes hablamos de estas mutaciones producidas en la producción audiovisual contemporánea, propiciadas por los desarrollos tecnológicos que desde hace algunas décadas fueron desplazando el modelo cinéfilo de vincularse con la pantalla cinematográfica: la aparición del vhs primero, la circulación audiovisual a través de internet, en los monitores de las computadoras o en los celulares. Estos desplazamientos nos llevan a preguntarnos otra vez qué es el cine, poniendo en vilo las respuestas cobijadas por la costumbre.















Se me ocurre que estas tensiones por las cuales el cine es renuente a dejarse apresar en un ámbito y un hábito determinados han sido una constante desde que el cine existe: nunca estuvo dentro suyo, siempre estuvo saliendo de sí. El modelo cinéfilo, quizás, es una construcción discursiva que quiso aquietar lo que nunca reposó sobre sí mismo. "Un invento sin porvenir", decían los hermanos Lumiere, un espectáculo de feria, ilusionismo, intento fallido de salirse del mundo (¿dónde más vas a ir?), de recogerse en la oscuridad de los templos paganos o en palacios plebeyos, o de jibarizarse en la pequeñez cúbica del aparato ubicado en el medio del living pequeño burgués, activismo clandestino en épocas dictatoriales en las que ir a ver una película militante significaba arriesgar la vida o la libertad ambulatoria. ¿Dónde está el cine, si siempre estuvo saliendo de sí mismo, si el fuera de campo es precisamente esa ausencia que lo determina?

En la conversación radial hablamos de las proyecciones clandestinas de La hora de los hornos en la época que los proyectos revolucionarios querían expandir el proceso emancipador, cuando todo espectador era un traidor. Hablamos de las performances, voluntarias o no, que provocan los planteos estéticos radicales de cineastas como Raya Martin o Albert Serra. Hablamos del malestar que mueve de distintos modos la obra de dos cineastas, muy distintos por otra parte, como Albertina Carri o Nicolás Prividera, cuando cada uno a su manera se vieron movidos a salir de la posición cinéfila, salirse del cine sin dejarlo del todo. Y de las dificultades que tiene la crítica que todavía se mueve dentro del paradigma cinéfilo para seguir estos movimientos de salidas, de vueltas y revueltas.

Hablamos también de otras cosas, mientras escuchamos canciones grabadas en celulares o bajadas de internet. Esta parte de la audición la pueden escuchar clickeando acá, porque tanto La otra como Kilómetro 111 también salen del papel, andan por el aire, cuelgan de la nube y te comen la oreja.


Hay otra parte de la audición que subo después.

sábado, 14 de septiembre de 2019

Salir del cine

Emilio Bernini en La otra.-radio - Domingo 12 de la noche - FM 89,3 Radio Gráfica


por Emilio Bernini

La exposición y la instalación del cine están constitutivamente vinculadas a un pensa­miento del espacio. El cine, en su dispositivo clásico o tradicional, ha definido de una vez para siempre su relación con el espacio: la sala que idealmente permanece cerrada durante el tiempo de la función, esto es, durante una proyección que tiene un comien­zo y un final, y cuya visión está bloqueada, ya que no es distraída ni interrumpida por nada exterior a ella: en suma, todas las condiciones físicas, arquitectónicas y psíquicas para la experiencia de la cinefilia. En cambio, la instalación de films, de fragmentos de films, de secuencias, de fotogramas, de videos, se define por una relación abierta, indeterminada y singular, en la medida en que depende, en cada caso, de la especifici­dad del espacio en la que tiene lugar y de la especificidad conceptual de la instalación misma. Esa conceptualidad varía en cada caso y en cada espacio aun cuando se trate de la misma instalación: la instalación puede responder a objetivos analíticos, puede comparar imágenes, confrontarlas, exponer relaciones que la palabra no puede hacer ver, mostrar aquello que no puede leerse e incluso aquello que no puede verse en la experiencia clásica del cine: por esto, las instalaciones de Harun Farocki son la conti­nuidad más precisa de sus videos analíticos. También la instalación puede, según la superficie en la que se proyecte el film, según los grados de luz y oscuridad, y según las duraciones y la circulación en el espacio, dar volumen a la imagen en movimiento, a diferencia de la superficie lisa de la pantalla de cine. En esto, la instalación hace de la imagen cinematográfica una cuestión de figurabilidad, de iconicidad; libera la imagen de la sucesión, del encadenamiento narrativo, para instalar entre los films, o entre secuencias de films, un trabajo de figurabilidad, como lo llama Dominiqui Païni.

De ese pensamiento de la espacialidad se deducen las temporalidades, que hay que describir en su pluralidad, a diferencia del tiempo del relato (no de la historia o de la fábula) en el cine. El tiempo del relato en el cine es relativamente uniforme, entre una hora y media y dos horas en promedio; incluso los casos experimentales –v.g. Empire de Andy Warhol, que se extiende durante ocho horas– no alteran esa uniformidad, ya que se trata siempre de un tiempo horizontal, con principio y fin. En cambio, las tempora­lidades inconstantes de la instalación varían no tanto por su cercanía o alejamiento respecto del tiempo de la proyección en cine, sino, por su puesta continua, en la forma temporal del loop, el bucle o el ciclo infinito. Este punto de la temporalidad como ciclo infinito en la instalación de cine es el que plantea la diferencia irreduc­tible entre el espectador de la sala de cine y el visitante, el paseante, el flâneur del museo o del espacio instalativo. Se trata de otro sujeto espectador (aunque pueda tratarse de la misma persona).

Ese cambio de estatuto del espectador (inmóvil) de cine en paseante en el espacio de la instalación define la recepción de esta y permite comprender la mutación de la experiencia cinéfila. No sólo porque en la instalación no tiene lugar el afecto de identificación –que es propio de la duración, la sucesión y la mimesis narrativas–, sino incluso porque la instalación, la exposición, desmembran el film, lo desarticulan, lo desubliman. Pero además, el desplazamiento del que mira, en el espacio exposi­tivo, es constante: el que visita el museo está de paso, pasea, da vueltas, se detiene o se sienta por momentos no medibles, que impiden todo afecto mimético. Hay en el visitante del museo una “soberanía temporal y visual” que, según un curador como Dominique Païni, debe montarse (en el sentido, en efecto, del montaje) con la tem­poralidad “objetiva” impuesta por el movimiento de las imágenes en el espacio. Para Païni, se trata pues del choque de dos temporalidades, la temporalidad objetiva de la instalación y la temporalidad subjetiva del recorrido del que mira: dos velocidades antagonistas y heterogéneas.

[Disponible completo en la versión en papel del número 14/15 de la revista Kilómetro 111].

El domingo viene Emilio Bernini a presentar el reciente número de Kilómetro 111 a La otra.-radio, FM 89,3, Radio Gráfica, www.radiografica.org.ar

martes, 18 de diciembre de 2018

Último programa del año

La otra.-radio, para escuchar clickeando acá






En el último programa de La otra.-radio de este año Maxi Diomedi programó la música: los discos y las canciones que escuchó con más gusto del período que termina (sin orden de preferencia indicado): Boarding House Reach, Jack White; Enchastre, LOUTA; El primero es el último, Shaman y los Pilares de la Creación; La huella en el cemento, Sofía Viola; There's a riot going on, Yo La Tengo y algún otro que quedó en el tintero por falta de tiempo. Estas listas continuarán en los primeros programas del año próximo con los discos escogidos por Santiago Segura y César Colman.

Como invitados estuvieron los críticos Emilio Bernini y Nicolás Suárez, editor y co-autor -entre otros- del libro Después del nuevo cine, que anticipamos en el post del domingo. (Yo participé en la escritura de uno de los capítulos). Hablamos de la necesidad de problematizar las nociones prematuramente impuestas sobre el llamado "nuevo cine argentino" o "cine de los 90" -aunque sus películas más emblemáticas se hayan hecho a partir de 2000. Hablamos de unos rasgos que se pretendieron pensar por oposición a un presunto "cine de los 80". Fue una operación más de la crítica que construyó estos conceptos que de los cineastas a los que se adjudicó formar parte de un movimiento. ¿En qué consistió esa operación de la crítica y qué mirada se puede aportar ahora desde otra perspectiva histórica? ¿Se terminó ese (ya no) nuevo cine (si acaso alguna vez empezó)?

De ahí se derivaron algunos asuntos asociados y algunos nombres claves: Martel, Trapero, Caetano, Perrone, El Pampero, Prividera, Carri, Alonso, Loza, Fund, González, Campusano, la FUC, El Amante, el BAFICI, Stantic, el  cine de los 60, los libros que instituyeron períodos, rasgos y oposiciones y las dudas que hoy despierta esta constelación. Películas, autores, movimientos, libros.

Como parece apropiado al programa que cierra un ciclo -aunque nuestro receso durará solo dos semanas-, predominó una mirada retrospectiva. Aunque también hablamos del sacudón que la sociedad registra desde hace un tiempo y cada vez con mayor intensidad por el muy cuestionado patriarcado declinante.

Para escuchar el programa completo, clickear acá.

domingo, 16 de diciembre de 2018

Después del nuevo cine


Este año que termina no ha sido para la industria editorial tan malo como para imposibilitar la aparición de un libro, Después del nuevo cine. Diez miradas en torno al cine argentino contemporáneo (editado por Emilio Bernini editor para EUFyL) que recopila ensayos críticos que revisan las nociones más instaladas sobre el "nuevo cine argentino" de los 90. Esas nociones se habían fijado casi simultáneamente con la aparición de sus primeras películas (Pizza, birra, faso, La ciénaga, Mundo Grúa, La libertad, para citar las más obvias), las que rápidamente encontraron un discurso y una línea tajante de demarcación producidos no por los propios cineastas sino por un grupo de críticos y ensayistas que en aquel momento tuvieron la voluntad de poder de legitimar -y legitimarse- en esas obras, en un demasiado aceptado contraste nítido con la producción cinematográfica argentina anterior. ¿Hubo en la segunda mitad de los 90 un corte tan nítido con el cine que se había venido produciendo en los años anteriores? ¿Ese corte responde a una autoconsciencia generacional que los constituyera en movimiento o puede haber sido propiciado por la variación de condiciones de producción y circulación de las películas? ¿Había rasgos estilísticos marcados, aunque sean unos pocos, que el grueso del llamado "nuevo cine" compartiera? ¿Qué lugar jugó la recepción crítica para ayudar a construir su objeto "nuevo cine" y de este modo autorizarse a sí misma como "nueva crítica? ¿La producción posterior de los autores surgidos durante ese período reforzó sus rasgos distintivos o tendió a diluir sus diferencias con el cine argentino anterior?



¿Qué queda hoy de esos rasgos de estilo que la primera crítica y ensayística quisieron encontrar como el núcleo estético de un presunto movimiento? ¿Fueron alguna vez estos autores y películas tan homogéneos? ¿La "independencia" a la que muchas veces se asoció a estas películas era una posición ético/política deliberada o respondía a las contingencias de un contexto histórico? Y todavía: ¿tiene sentido seguir hablando, 20 años después de su irrupción, de un nuevo cine o el simple paso del tiempo terminó por mostrar su novedad como un rasgo meramente perecedero? ¿Hubo un nuevo cine después del nuevo cine de los 90? ¿O acaso surgieron algunos nuevos cineastas que disuelven todavía más la apariencia de homogeneidad que los primeros ensayistas del nuevo siglo quisieron codificar?



El libro tiene una voluntad de remover, repensar, acaso refutar alguno de los consensos más instalados al respecto. En todo caso, cuenta con la ventaja de que puede ver en perspectiva histórica lo que antes se quiso caracterizar de manera inmediata. Su estructura de "diez miradas" que responden a diversos autores marca una voluntad de no cerrar los ejes de discusión sino de diversificarlos. Y parte distintiva del proyecto consiste en pensar no solo las películas, sus autores y condiciones de producción, sino de examinar también cómo los discursos que se producen alrededor de las películas constituyen el propio objeto al que se refieren, incluso contribuyen a reducirlo con efectos empobrecedores.


Tuve la suerte de ser convocado por Bernini para formar parte de esta decena de miradas diversas, junto con otros críticos y ensayistas: David Oubiña, Nicolás Suárez, Marcos Zagrandi, Román Setton, Patricio Fontana, Mariano Dagatti, Julia Kratje y el mismo Bernini. La parte que yo quise desarrollar: "El cine de la herencia política: Nicolás Prividera y Albertina Carri", una de las zonas políticas más calientes de esta producción. Muy agradecido por haber sido tenido en cuenta, hoy en La otra.-radio, voy a recibir a Bernini y a otro de los coautores: Nicolás Suárez, que escribió para el libro "¿La estética es el modo de producción?" y "El «cine de los ochenta».


sábado, 19 de diciembre de 2015

La hora del lobo (primer programa de la era macrista)

La otra.-radio: Una conversación con Emilio Bernini, director de la revista Kilómetro 111. Se escucha clickeando acá


por Oscar Cuervo

En el último programa de La otra.-radio se produjo un cruce interesante. Por un lado, fue nuestra primera emisión como opositores. Hasta el domingo anterior toda la historia de La otra.-radio (así como toda la historia de revista La otra, que empezó a salir en julio de 2003, o de este blog, que se inició el último día de enero de 2008) había transcurrido bajo gobiernos kirchneristas. Desde el principio, La otra en sus diversas versiones apoyó a estos gobiernos. Primer programa como opositores, entonces. Un aprendizaje, empezar a colocarnos frente a un Estado adverso, que encarna un modelo político contra el cual nos ponemos desde la hora cero del jueves 10 de diciembre. 

Hay que aprender a pararse ante una situación nueva, que no se parece a ninguna otra que hayamos conocido. Lo inédito: el triunfo de la derecha se produjo mediante elecciones libres y no por un golpe de estado o una crisis de ingobernabilidad. Además, culminó un período en el que un proyecto popular sufrió el desgaste propio de 12 años de gobierno (el período de estabilidad más extenso de la Argentina contemporánea) y tuvo los problemas que produjeron diversos errores, insuficiencias y contradicciones propias del kirchnerismo. No obstante todo eso, la presidenta saliente terminó su mandato ejerciendo el poder hasta el último día, con un apoyo popular y una capacidad de movilización que nunca antes un gobierno había logrado. Todos los gobiernos precedentes habían sufrido un deterioro político, incluso situaciones de disgregación económica y social, que el kirchnerismo no vivió. El acto con el que Cristina se despidió de la presidencia es uno de los más multitudinarios que haya albergado la Plaza de Mayo, lo que manifiesta un capital político que podría recuperarse en un futuro mediato. La asunción de Macri, pocas horas después, mostró una cara de la Argentina que parecía emerger de un pasado remoto: el consevadurismo más rancio, pintado con un barniz de post-modernidad. 

Empezamos a decodificar los signos desplegados por el macrismo en sus primeros días en el poder. El domingo pasado, cuando hicimos el programa, ni siquiera había un relato consolidado, porque casi no había habido actos de gobierno, sino solo ceremonias protocolares. Los actos de gobierno recién empezaron a mostrarse con fuerza brusca el lunes a la noche, con el intento de designar a dos miembros de la Corte Suprema mediante un decreto, un atropello inédito a las normas institucionales, llamativo para un partido que en su campaña electoral alardeó de defender valores republicanos. Pero la fundación del macrismo gobernante vendría un par de días después, con el anuncio de una transferencia de riquezas brutal desde la clase trabajadora hacia los sectores más ricos de la sociedad, lo que el relato macrista en construcción denomina "levantamiento del cepo" y "sinceramiento de la economía", cuando en verdad se trata de una burda exacción que goza de la ventaja de no haber mostrado todavía sus duras consecuencias.

El domingo pasado todo eso aún no había ocurrido, aunque lo sabíamos inminente.

Traigo a colación este dato contextual para comprender mejor el sentido del programa. Nuestro invitado fue Emilio Bernini, director de la revista Kilómetro 111 - Ensayos sobre cine. Bernini vino a presentar su número más reciente, el 13, que lleva el título genérico "Registros del acontecimiento político". De acontecimientos políticos, entonces, hablamos, y de sus registros.


Lo interesante es cómo se produjo la intersección de dos medios de una periodicidad muy distinta: la revista-libro dirigida por Bernini sale aproximadamente una vez por año; nuestro programa semanal se deja empujar por la emergencia de los acontecimientos recientes: los vamos procesando en tiempo real. Incluso con una simultaneidad dura, como las noches de escrutinio en las que tenemos que salir al ruedo mientras los resultados se van conociendo. Y eso a pesar de que elegimos salir al aire en un intersticio temporal, esa zona de nadie que es la medianoche que queda entre el domingo y el lunes. 

En el caso de Kilómetro 111 es notorio que a lo largo de sus 13 números la revista vino desplegando con persistencia una meditación sobre el cine, la historia y la contemporaneidad. Su vínculo con el presente es amplio: el presente de Kilómetro 111 es la época. El de La otra.-radio es el de esa semana, y a veces el de esa noche.

La primera frase del editorial del número 13 de Kilómetro 111 es "El acontecimiento político no tiene, por sí mismo, imagen propia, como no tiene tampoco discurso verbal; por el contrario, se constituye en ellos, con ellos". El tema que atraviesa los articulos de la revista es la capacidad específica del cine para constituir una imagen a partir del registro, su diferencia con la presunta inmediatez de internet y la televisión en directo, que aparentan ser mero registro. El acontecimiento político requiere visibilidad para ser, y el cine, en una relación tensa con esa presunta inmediatez, funciona como un sujeto de configuración de esa visibilidad. 

Distintos modos de conjugar el presente: el de una revista de ensayos largos elaborados a través de meses alrededor de un concepto organizador, por un lado;  y por el otro el tiempo de los sucesos que nos impelen cada domingo a la medianoche. Cuando el número 13 de la revista fue concebido no podía preverse que iría aparecer entre las últimas semanas del gobierno kirchnerista y los primeros pasos del macrismo. Leerla ahora le confiere a esta serie de textos una connotación no prevista en la instancia de su escritura. En cambio, hacer el programa radial cuando Macri acaba de asumir y apenas empieza a afinar la tonalidad con la que pretende gobernarnos nos tienta a capturar los escasos signos que el nuevo gobierno ha emitido y a decodificarlos con el auxilio de experiencias ya vividas, sin saber cómo realmente va a ser la cosa. Una revista libro está pensada para ser leída con detenimiento, para guardarse y releerse con la perspectiva de un presente en sentido extenso. Un programa de radio parece evaporarse ni bien se emite. Aunque el recurso de la grabación permite que se lo guarde, se lo suba a la red, se lo descargue y se lo escuche clickeando acá, en el momento en el que el lector de este blog lo disponga. De la intersección de estos dos modos de conjugación del presente salió este programa, particularmente significativo para quienes lo hacemos.

Entre otras cuestiones, además del momento político que atravesamos, en el programa hablamos de una película argentina reciente que se vincula con acontecimientos vividos en diciembre de 2013. La cineasta Natalia Ferreyra hizo el mediometraje La hora del lobo, basado en la noche en que la policía cordobesa, en un acto sedicioso, dejó a la ciudad liberada mientras promovía supuestos saqueos con un propósito claramente desestabilizador. Sin embargo, la película no trata directamente de la sedición policial ni de los saqueos sino de la reacción de la comunidad que reside en el barrio Nueva Córdoba, estudiantes universitarios que esa noche decidieron salir a ejercer el control territorial con la violencia de una horda primitiva. Jóvenes ilustrados, capaces de citar al filósofo Levinas, transformados por su miedo a los pobres en una manada de lobos. Los registros en los que se basa La hora del lobo fueron extraídos de youtube: son actos filmados por los propios ejecutores, con sus celulares o sus cámaras digitales. En su noche de furia salieron a cazar a otros muchachos que pasaban por el barrio en motos, cuyo aspecto físico y vestimenta los inscribía en el estereotipo que antes los medios habían delineado como "motochorros". No se trataba de defenderse de delitos efectivos, sino de atacar preventivamente a supuestos delincuentes, sospechosos por el color de su piel o por sus medios de locomoción. Pequeñoburgueses asustados por sus propios fantasmas de clase, cazando negritos. Los jóvenes universitarios los rodeaban, los tiraban y los golpeaban salvajemente, mientras filmaban su propia ira y festejaban su salvajismo. Lucha de clases en su punto más reaccionario. 

La realizadora Natalia Ferreyra intercala esas imágenes horrendas con entrevistas a estos mismos estudiantes, quienes tiempo después, ya en calma, hablan sobre su devenir fascistas. Un acontecimento político, su registro y la posterior construcción de un discurso fílmico, eso es La hora del lobo. Visto en perspectiva, no deja de ser sintomático que ese evento micropolítico ocurriera en el epicentro de la provincia donde el macrismo sacó los porcentajes más altos de todo el país.

Clickeando acá se escucha el programa con Bernini donde hablamos de estos temas.

Acá abajo pueden ver completa La hora del lobo

domingo, 13 de diciembre de 2015

Registros del acontecimiento político

Editorial del número 13 de la revista de cine Kilómetro 111. Hoy viene a La otra.-radio su director, Emilio Bernini. Medianoche, FM La Tribu, 88,7, online HD o SD


El acontecimiento político no tiene, por sí mismo, imagen propia, como no tiene tampoco discurso verbal; por el contrario, se constituye en ellos, con ellos. Alain Badiou ha enseñado que un evento emancipatorio no adquiere ese carácter sino de modo retroactivo, por medio de las acciones que llevan a cabo aquellos que son fieles a él, otorgándole en efecto entidad con esa lealtad amorosa. Entre esas acciones es necesario contar el trabajo del cine: porque el cine es un sujeto de configuración, y porque el acontecimiento requiere, para su propio ser, visibilidad. Esa imagen (del) acontecimiento cinematográfica no deja de entrar en conflicto con las imágenes masivas de los medios como la televisión e internet, que operan ya por medio del directo, en el primer caso (supeditado al control de las corporaciones mediáticas); ya por medio del desconocimiento o la sustracción de la mirada, del punto de vista, en el segundo. El cine es, por el contrario, constitución de una mirada, pero siempre tardía, demorada, indirecta.

En esa configuración cinematográfica de la imagen (del) acontecimiento pueden señalarse, en nuestro corpus al menos, dos modalidades: por un lado, la necesaria relación entre el registro del acontecimiento, que lo contiene en su potencia, en su virtualidad de sentidos, y el ingreso de ese registro en un orden audiovisual. En el cine contemporáneo esos órdenes pueden ser observacionales, formalistas, pospolíticos y micropolíticos (“La revuelta. Registros contemporáneos del acontecimiento político”). En la misma modalidad, resulta paradigmático Memory of the camps (el film de Sidney Berstein filmado en abril de 1945, el mismo día de la liberación del campo de Bergen Belsen, cuya versión completa pudo verse recién el año pasado), por la compleja exigencia que planteó la edición de esos registros del horror del genocidio. El film parecería demostrar que ya no es posible el documental después de Auschwitz: no tanto por su inefabilidad, sino más bien porque resultaba crucial inventar un lenguaje, un modo inédito de ver (de ver lo inédito) que le diera forma y sentido a lo inimaginable (“Desmontar los campos, montar las imágenes”).

Por otro lado, la modalidad de la ficción, que representa el acontecimiento político en sus manifestaciones en el plano de la vida cotidiana, banal. En su tetralogía, Alexander Sokurov narra una jornada en la cotidianidad de aquellos que fueron responsables en la orientación y el destino del acontecimiento (Hitler, Lenin, Hirohito). Esta configuración se da en la forma paradójica de un materialismo –corporal, obsceno–, pero en el interior de una representación no histórica sino legendaria o mítica, desde el modelo fáustico del poder (“A la búsqueda de un ethos antiguo. Nostalgia y ritos militares en Sokurov”). La revolución rumana y sus efectos parecen revelar otra articulación entre el acontecimiento y la vida cotidiana. En este caso, no para los responsables del acontecimiento, sino para aquellos que viven entre la frustración de las expectativas de un futuro democrático que nunca llega y la persistencia de un pasado totalitario y burocrático que no termina de alejarse. El acontecimiento político revolucionario deriva así en el aplastamiento de la vida (“Entre los tiempos. Apuntes parciales sobre el tiempo, el cuerpo, el lenguaje y la política en el nuevo cine rumano”).

Finalmente, en la misma línea de lo que habría que llamar una cotidianidad larga del acontecimiento político, el modo en que Malvinas sigue siendo un proyecto (de representación) inacabado, por el delicado entramado imaginario, político, estético, literario y cinematográfico que la sigue configurando, que no deja de volver a hacerlo y aun así (no) parece dar (nunca) con su “forma exacta” (“Malvinas. Una representación inconclusa. En torno a La forma exacta de las islas”).

Nota del Editor de La otra: este número de Kilómetro 111 también incluye una entrevista que le hicimos Bernini y yo a Raúl Perrone y un texto mío sobre Ragazzi, la película de Perrone que se proyecta por última vez el viernes próximo en el MALBA (Ver acá).

jueves, 19 de febrero de 2015

Violencia y horror en la imagen contemporánea

Una conversación con Emilio Bernini (Kilómetro 111) en La otra.-radio, que se puede escuchar acá

 Adiós al lenguaje

 American Sniper


¿Qué puede un cuerpo?

El domingo 8 de febrero estuvo en La otra.-radio el crítico Emilio Bernini, director de la mejor revista de cine que se publica en Argentina, Kilómetro 111. Vino para conversar sobre el último número de la publicación, que tiene como tema central la historia política en el cine contemporáneo. ¿Cuáles son los modos de representación de la historia política en el cine contemporáneo? Se entiende aquí por "cine contemporáneo" un concepto específico, distinto al del cine tradicional tanto en sentido industrial como en sentido modernista.

Si uno sigue el hilo que Kilómetro 111 tiende de número a número, encuentra la tesis de que en estos últimos años se está llevando a cabo una mutación en el cine, en el estatuto de las imágenes, en el modo de acceder y vincularnos con ellas, así como en el modo en que el cine se vincula con el mundo. La historia de la revista es la del intento de dar con la noción del cine contemporáneo, distinguiéndolo del modelo clásico y el moderno. Desde sus primeros números, Kilómetro 111 intentó caracterizar el programa moderno para poder despejar el camino hacia una comprensión del cine actual, que ya no responde a ese programa. (No obstante, esto no implica que se hayan dejado de hacer películas que siguen los modelos anteriores; así, en la actualidad hay una coexistencia de estos diversos modelos).

En la conversación con Bernini, yo postulo que las mutaciones del cine responden tanto a una dinámica "interna" propia del desarrollo y la exploración de las posibilidades formales y materiales de la imagen cinematográfica, de sus tecnologías y modos de producción, como a la relación "externa" del cine con el mundo mismo (entrecomillo estas palabras porque la distinción surge de un recorte que hago con fines analíticos, pero sé que, en la praxis concreta, lo interno y lo externo funcionan en conjunto). Bernini acota que una de las tesis más importantes de Deleuze sostiene que la partición entre el cine de la imagen-movimiento (el cine clásico) y el cine moderno está dada por el acontecimiento del Holocausto. Eso que Deleuze desarrolla en sus libros, Godard lo pone en obra en sus películas: y en Adiós al lenguaje una vez más. Godard ya decía en sus Histoire(s) du cinema que el cine no fue capaz de ver ese acontecimiento que partió el siglo mientras estaba sucediendo, pero el acontecimiento ha repercutido sobre el cine inevitablemente: la modernidad es la manera como se procesa ese trauma.

Dice Bernini: "La última película de Godard sigue tratando sobre ese tema. Con una diferencia: el uso que hace de la tecnología del 3D, un uso único, singularísimo, que obviamente es distinto del uso que hace Hollywood, pero también del que hace Herzog, por ejemplo. En Herzog (La cueva de los sueños olvidados) la tecnología está en función de una representación más intensa de lo sublime, en el caso de las pinturas rupestres...".

Y yo agrego: "Un acercamiento a algo originario, el contacto con la imagen en el momento de su mismo surgimiento...".

- Tal cual, la tecnología en Herzog 3D es el acceso de la visión a esa imagen original. Pero en Godard es absolutamente lo contrario, un uso del 3D no mimético, contra-representacional, pero además de una enorme violencia. Una violencia que es superior incluso a la que Godard podría ejercer por medio del montaje en su cine anterior. No sé si notaste eso.

- Sí, sí. Desestructura primero la mirada del espectador cinematográfico normal (para ponerle algún nombre), eso que uno hace cuando se sienta a ver una película. Además desestructura la expectativa del espectador frente al 3D, no le da a ese espectador lo que él espera. Desestructura finalmente toda mirada, porque vos ya no sabés qué hacer, qué mirar, cómo mirarlo.

- Eso es de una gran violencia, para mí. Lo que hace Godard es demostrar que la tecnología del 3D es de una enorme violencia. Sobre todo en Hollywood, la violencia de la espectacularidad, algo que él pone en evidencia. Y te pone en la tensión de con qué ojo mirar lo que es imposible de ver.

- Es uno de los pocos cineastas (o el único) que a mí me sigue despertando... Porque hay una idea establecida de que lo que propone Godard es una experiencia intelectual, eso es un componente innegable de sus películas, pero para nada eso es lo distintivo de su cine. Porque en él es más característico una especie de vértigo de la experiencia, de no saber qué viene.

- Bueno, eso es un gesto bien modernista, ¿no? En ese sentido Godard sigue siendo un modernista radical, un modernista fiel a sí mismo que sigue a fondo el programa.

- ¿Y el programa moderno sería...? ¿Desconfiar de la transparencia de la imagen?

- Para Godard sería impactar en el espectador, hacerlo conciente del modo en que percibe, hacerlo conciente de que el modo en que percibe el cine está vinculado a la dominación ideológica, estética, política. Y esta película sigue en la misma dirección; impactar en la percepción para producir un salto en la conciencia del espectador.

- Es decir: el programa moderno es eminentemente político.

- Político y estético.

- ¿Y en eso que llamás cine contemporáneo vos encontrás que se mantiene esa doble finalidad, política y estética?

- No, me parece que ahí justamente está el problema: cómo pensar ese programa en el cine contemporáneo si no es en cineastas que se mantienen en esa dirección de Godard. El cine contemporáneo está planteando otra cosa. En gran medida, sus manifestaciones son mucho más complejas, porque son actuales, están demasiado cerca. Pero hay elementos del programa moderno que ya no son reconocidos ni asumidos por los cineastas contemporáneos. Es el caso de una película que tiene un ensayo en este número de la revista, The act of killing [la película de Joshua Oppenheimer, el ensayo de Mariano Sverdloff], una película sobre un genocidio político en Indonesia, en un estado que quiere exterminar a los comunistas y a todo lo que se parezca al comunismo. Lo que hace la película es transgredir una frontera de la representación, una transgresión impensable en el programa moderno. Porque lo que hace aparecer no es a las víctimas, para tener su testimonio y denunciar el genocidio: eso era una característica del cine moderno. En cambio, The act... hace aparecer a los victimarios, no solo para darles la palabra, sino para darles el poder de auto-representarse, lo cual es escandaloso para el programa moderno.

- El famoso concepto de abyección, formulado por Rivette y Daney, una de las nociones claves del pensamiento sobre el cine moderno, o del pensamiento del cine moderno, un planteo ético y político acerca de los límites de lo representable. En este caso parece que se está traspasando ese límite, al proponer en la película un juego con los victimarios y, por ende, mientras dura la película, proponerle al espectador entrar en ese juego con los victimarios. Jugar con esos represores, torturadores, asesinos...

- ...Además completamente impunes y que están en el poder, incluso la sociedad los celebra. Es escandaloso desde todo punto de vista. Es una película insoportable para una sensibilidad moderna, digamos así. O para una sensibilidad política cualquiera.

- Sí, de hecho yo la dejé de ver, no la soporté hasta el final.

- Es insoportable. Pero a la vez tuvo una recepción crítica muy positiva. Y esto no aparece necesariamente como un problema. Está la idea de que la película sirve para resaltar la barbarie de los genocidas. Esta es la idea que prevalece. Pero lo que elude esa recepción es el problema de mostrar el horror.

- Lo que te quería preguntar es si vos creés que pasó algo en el mundo actual, un cambio en la función de las imágenes que posibilita que surja una película como esta, si algo cambió que posibilite que se traspase este límite....

La respuesta está en el audio del programa, que pueden escuchar acá. También hablamos con Bernini, siguiendo esta línea, de Shoah; del Resnais de Noche y niebla; de las películas sobre el horror en los campos de concentración que le encargaron hacer a Hitchcock; de los degüellos del Ejército Islámico en youtube; de Farocki; de la Autobiografía de Nicolás Ceaucescu, de Videogramas de una revolución; de Maidan de Sergei Loznitsa; de Z32 de Avi Mograb; de American Sniper de Clint Eastwood; de The Hurt locker de Bigelow; de la serie televisiva 24; del desenfado con que el cine industrial contemporáneo ejerce aún la dominación política sobre el espectador; de la asunción del programa de la modernidad en el caso de Nicolás Prividera (que se ve en sus películas y se lee en su libro, en la forma en que Prividera critica la presunta neutralidad del nuevo cine argentino); de las dos versiones cinematográficas kirchneristas de Néstor Kirchner; y, por último, de la emergencia de un nuevo cine del kirchnerismo en el cineasta César González (también conocido como Camilo Blajaquis), que ya tiene dos películas: Diagnóstico Esperanza y ¿Qué puede un cuerpo?. De este cineasta como una novedad de este momento político argentino se escribirá en el próximo número de Kilómentro 111.

domingo, 8 de febrero de 2015

Historia política

Kilómetro 111 en La otra.-radio: hoy nos visita Emilio Bernini, el director de la revista de ensayos sobre cine, para presentarnos su número 12. FM La Tribu. 88,7. Medianoche.

The Autobiographie of Nicolae Ceausescu

Cosmopolis

The act of killing

Zero Dark Thirty



[Editorial del número 12 de la revista Kilómetro 111] :

Probablemente deba contarse entre los rasgos más notorios de la representación de la historia política en el cine contemporáneo el franqueo definitivo de ciertas restricciones discursivas, que hacían de lo político también una cuestión de moral de las formas. Las imágenes contemporáneas han perdido la posibilidad de ser abyectas, porque ya no hay planos –como aquel que tomaba el suicidio de una víctima del totalitarismo en los alambres de púa electrificados de un campo de concentración, en Kapo, el film de Gillo Pontecorvo– que sean objeto de un desprecio crítico, paradigmático precisamente de aquello que no debía hacerse en términos éticos y estéticos con la historia política en el cine. Contra esa interdicción, pero sin concebirlo en términos transgresores, el cine contemporáneo se inclina por representar, no ya a las víctimas de los genocidios –para dar a conocer sus voces y sus imágenes ante lo inenarrable–, sino, por el contrario, a los propios victimarios, que si admiten sus crímenes ya no lo hacen por la banalidad burocrática de sus actos sino para reivindicarlos y exhibirlos como un espectáculo estatal y a la vez cinematográfico ("El archivo de los verdugos. A propósito de The Act of Killing, de Joshua Oppenheimer”).

Pero también es preciso reconocer entre los rasgos de la representación cinematográfica contemporánea la disponibilidad y la circulación en cierto modo libre y sin duda proliferante de las imágenes, que hacen posible la relectura, la revisión, el nuevo montaje y la nueva edición de ellas, incluso de las más cosificadas de la historia política. Contra la exhibición más obscena, contra cierta automatización del archivo, pero también contra la idea de una virtualización completa de lo real, el cine contemporáneo puede mostrar, utilizar y analizar las imágenes para hallar en ellas una inscripción siempre plural y siempre fragmentaria del acontecimiento político que ha dejado de ser pleno, transparente, unívoco, y que también se ha vuelto impensable por fuera de ellas, sin ellas. (“Después del acontecimiento político. Farocki, Ujica y Ceausescu”).

No obstante, la industria cinematográfica de Hollywood y la industria de la televisión estadounidense no dejan de ocuparse, como lo había hecho ya la primera a lo largo del siglo xx, de su historia política, ya actual ("Terrorismos. En torno a Homeland y Zero Dark Thirty”), ya pasada (“De Django a Lincoln”). Aun cuando vuelven a representar desde los esquemas narrativos genéricos en los que el acontecimiento político ya está configurado en torno al héroe y en torno de la imagen-acción, cada una de esas representaciones realiza lecturas siempre políticas, pero siempre heterogéneas, de los hechos que narran. Cada nueva representación de la historia política norteamericana vuelve a ser, sin dudas, una postulación política actual, en la era Obama, fundamentada en ella.

En el cine argentino, esa postulación siempre política de la representación de la historia puede notarse especialmente en las versiones casi homónimas realizadas, por el mismo Estado nacional, de Néstor Kirchner ("No habrá un solo Kirchner. Sobre las películas de Paula de Luque y Adrián Caetano"). Aunque se trata del mismo objeto, la representación de los años políticos del líder santacruceño en cada film no puede ser más distinta, casi incompatible: al menos, en la idea del cine y en los espectadores (políticos) que, cada uno, postula y espera.

Tal vez sólo la alegoría sea aun la forma posible de una representación de los sistemas de dominación políticos, económicos y biopolíticos contemporáneos, en los que es preciso inscribir la historia política de los siglos xx y xxi ("Error de fábrica. La próstata asimétrica y el fin del capitalismo. Algunas cuestiones relativas a Cosmópolis"). El cine aún frecuenta esa forma, en el modo más inquietante y más marginal también, para volver a pensar la comunidad, el sujeto y lo humano en el poscapitalismo global.

NOTA  DE LA OTRA: hoy viene a nuestro programa Emilio Bernini, director de Kilómetro 111, para hablar del número de la revista recientemente aparecido, cuyo núcleo temático es "Historia política". Medianoche, FM La Tribu.

jueves, 28 de noviembre de 2013

La nueva crítica y la vieja crítica

NUEVO BLOG: UN LARGO


por Oscar Cuervo *

A fines del siglo XX en la clase media porteña ilustrada parecía haber calado hondo aquel dictamen del fin de la historia y el triunfo inapelable de un modelo de existencia neoliberal. El cine parecía una esfera relativamente autónoma del mundo, con su propia historia interna, sus normas de admisión y legitimación, una isla de experiencias estéticas en las que se podía discutir apasionadamente de películas, pero con una conciencia tranquila de resignación ante la ajenidad del poder. Si el mundo globalizado era duro, el cine se ofrecía como una versión más amable del mundo, y los cinéfilos podíamos pensarnos como una cofradía de intereses más nobles, partidarios de la belleza. 

Recuerdo el país sacudido por una crisis terminal mientras se llevaba a cabo la edición 2002 del BAFICI. Entrar al Abasto era ponerse a salvo del desquicio y refugiarse en la esfera de lo sublime. Esa armonía restringida se quebró cuando la sociedad argentina se vio atravesada por un conflicto político que resultó ineludible y que hasta hoy no cesa de ahondarse. Se abrió una grieta por la que se filtró la historia, que resulta que no había muerto. El campo cinematográfico no pudo sino registrar estas tensiones. 

En las revistas de cine y en los festivales se hace imposible evitar la política. Todavía no parece que esta fractura pueda pensarse; entonces se la actúa. Que en la edición 2012 del BAFICI haya quedado excluida una película de los valores de Tierra de los padres (Nicolás Prividera) sin que el propio festival haya encontrado un ámbito para discutir esa exclusión, o que incluso la mesa de debate por los diez números de Kilómetro 111 [Abril 2013, 15° BAFICI] haya estado a punto de no hacerse por decisión del director artístico del festival, que finalmente se haya hecho por una marcha atrás del mismo director al tomar estado público el veto, son síntomas de una dificultad para lidiar con la política y una imposibilidad de esquivarla. La ilusión de la autonomía estética se desplomó. Para nuestra generación esa caída no es reversible. Habrá que ver si nos volvemos capaces de pensar esta fractura, de conversar sobre ella y volverla artística y políticamente productiva.

* Fragmento del texto "Diez números (Kilómetro 111. Ensayos sobre cine)", aparecido originalmente en la revista Kilómetro 111, n° 11. Leer completo clickeando acá.

martes, 16 de abril de 2013

Kilómetro 111. Diez números de ensayos sobre cine



Este miércoles a las 14:00 hs en el Centro Cultural Recoleta. Junín 1930. Sala El Aleph.

Debatirán en torno a los 10 números de la revista:
Oscar Cuervo, Roger Alan Koza, Tomás Binder, Emilio Bernini.

Actividad del BAFICI que no figura en la grilla de programación. Pero igual se hace.


Ver Censura en el BAFICI: Panozzo modificó su posición

martes, 7 de agosto de 2012

Cosas buenas: las nuevas series, la Ley de Medios, Vatayón

Un programa para bajar clickeando acá



En el programa del domingo recibimos las visitas de Emilio Bernini y Lilián Camera, para conversar sobre las series contemporáneas, deteniéndonos especialmente en algunos títulos: Twin Peaks, Lost, Los Sopranos, True Blood, Mad men, Game of Thrones, The Newsroom, The Wire... Bernini detecta en esta producción un retorno paradójico de la narración clásica hollywoodense, paradójico por incorporar cierta autoconciencia típica del cine moderno y por propiciar, a causa del carácter indefinido de su extensión, notables mutaciones en su estructura dramática.

¿En qué se parecen y se diferencian las series actuales de las series clásicas, del cine clásico, de la autoconciencia crítica del cine moderno, de la producción serial de folletines e historietas que vienen desde el siglo 19? ¿Ponen en crisis estas series la noción de autor cinematográfico tal como se la comprende desde la época de los Cahiers? ¿Son asimilables sin más al cine de género? ¿Hacen caducar la estructura tripartita de la obra de arte aristotélica (planteo, desarrollo conclusión)? ¿Promueven una auténtica interactividad con sus espectadores y fans que pueda incidir sobre el desarrollo del relato? No todas estas preguntas quedaron respondidas, pero durante el programa quedaron instaladas como cuestiones a pensar.

La música del programa se basó en las formidables bandas sonoras de True Blue y Los Sopranos:

Jace Everett cantando Bad things.
A3 y Woke up this morning.
3 RI y Burnside Its bad you know.
Dr John y su I Don't wanna know.
Elvis costello, Complicated shadow.
Nick Lowe canta la hermosa The beast in me.



Y tuvimos un recuerdo para la gran Chavela Vargas con su vibrante versión de Volver.

Además, tuvimos una extensa charla con Santiago Marino, nuestro experto en política de medios: ¿El 7 de diciembre termina el plazo para que Clarín lleve adelante el proceso de desinversión o ahí recién empieza a correr? ¿Puede Clarín acudir a nuevas chicanas judiciales para dilatar la desconcentración de sus medios? ¿Fracasó el primer llamado a licitación para nuevos medios? ¿En qué se equivocó el gobierno? ¿Mejoró algo el mapa de medios del país a partir de la aprobación de la Ley o todo sigue igual?

Por último, nuestro colaborador Willy Villalobos reveló detalles de su pacto con Vatayón Militante, denunciado con pruebas contundentes por Perfil.

Para descargar el audio del programa, seguir este link.

domingo, 5 de agosto de 2012

Malas cosas

Series y cine contemporáneo, Kilómetro 111, Ley de Medios, True Blood, Los Soprano



Cuando entraste acá, el aire se fue
y cada sombra se llenó de duda
no sé quién te creés que dos,
pero antes de que pase la noche
quiero hacer cosas malas con vos.

Soy de la clase de tipo que se incorpora en su habitación
con el corazón harto y los ojos llenos de tristeza
no sé lo que me hiciste
pero sé qué cierto es esto:
quiero hacer cosas malas con vos.

¿Cosas malas? Hoy viene a La otra.-radio Emilio Bernini, director de la revista Kilómetro 111. Y viene a hablar de la renovada y problemática relación entre series y cine contemporáneo, que constituye -según lo expresa en el último número de su revista- dedicado precisamente a este tema, un regreso paradójico de la narración clásica:

"...el regreso contemporáneo de la narración “clásica” en las series de televisión no tiene lugar con desconocimiento de esa crítica moderna de las formas cinematográficas hegemónicas sino que, por el contrario, forma parte de su haber. De ahí lo paradójico de este regreso. El retorno de la narración “alucinatoria” del dominio industrial pero, aun así, con una cierta conciencia modernista de las formas mismas que producen ese efecto ilusorio sobre lo real, puede deberse, en parte, a un proceso por el cual las tradiciones narrativas tanto industriales como modernas se han reencontrado, de un modo nuevo". (Kilómetro 111, n° 10, "Series y cine conteporáneo", página 5).

Un poco a instancias de la lectura de esta interesantísima edición de Kilómetro y otro por comentarios que me habían hecho antes Nicolás Saad, Lilián Camera, Gabriela Zubiría y Eduardo Benitez, yo mismo acabo de iniciarme en el mundo de las series. Hoy vamos a hablar del asunto en La otra.

¿Cosas malas? En la medianoche de hoy también vamos a ponernos al tanto de la vigencia actual de la Ley de Medios, del presunto fracaso del llamado a licitación que hace unos días anunciaron con alarmismo los medios de la derecha, del nuevo pliego de condiciones lanzado recientemente y de lo que va a pasar en diciembre de este año cuando la medida cautelar que pesa contra la cláusula de la desinversión deje de tener vigencia.

La música que vamos a escuchar es la que se deja oír en un par de series: True Blood y Los Soprano: Elvis Costello, Jace Everett, Bob Dylan, Bo Diddley, Eurythmics, The Watson Twins, Bruce Springsteen, Dr John, Van Morrison...

Medianoche. FM La Tribu. 88,7. Online

domingo, 8 de julio de 2012

Series y cine contemporáneo

Apareció revista KM 111

Queer as folk / The Sopranos

Las series de televisión contemporáneas constituyen un regreso paradójico de la narración orgánica, del llamado modo de representación institucional, con que la industria cinematográfica (hollywoodense) dominó hegemónicamente, por lo menos, la primera mitad del siglo del cine. Contra ese dominio, a mediados de ese siglo, el cine moderno fundamentó su estética inorgánica, su poética del significante, la negatividad del corte (el falso raccord) opuesto a la continuidad que lo sutura (el raccord) y con ello produce, en términos de la lingua franca modernista, una alucinación propiamente industrial que genera, y a la vez alimenta, la ideología dominante. En oposición estética y política a ese dominio se definió lo moderno en el cine y se elaboraron poéticas de autor por parte de los cineastas. Sin embargo, el regreso contemporáneo de la narración “clásica” en las series de televisión no tiene lugar con desconocimiento de esa crítica moderna de las formas cinematográficas hegemónicas sino que, por el contrario, forma parte de su haber. De ahí lo paradójico de este regreso. El retorno de la narración “alucinatoria” del dominio industrial pero, aun así, con una cierta conciencia modernista de las formas mismas que producen ese efecto ilusorio sobre lo real, puede deberse, en parte, a un proceso por el cual las tradiciones narrativas tanto industriales como modernas se han reencontrado, de un modo nuevo, en una extendida formación universitaria de lo cinematográfico, propiamente contemporánea, que es aquella en la que se educan los guionistas y los productores, así como los directores que las realizan. No deberían sorprender por ello las referencias cultas de las series, no ya a las tradiciones cinematográficas clásicas y modernas, sino incluso a la filosofía, la sociología, la economía política, la literatura; de ahí su radical intertextualidad, que ha motivado que ellas se vuelvan objeto de la crítica cultural y de los papers de la academia, no sólo norteamericana.

Este número de Kilómetro 111 estudia las series contemporáneas desde el problema de su legitimación estética, porque ya no se trata de cine sino de televisión; esto es, de un fenómeno que no puede pensarse cabalmente con las categorías estéticas previas a él y que procede de un medio (la TV) sin lenguaje artístico propio (Historia de un error. La legitimación estética de las series). Aun así, las series constituyen un fenómeno del cine contemporáneo (el llamado poscine) en la medida en que el medio del cine ya no es el fílmico y la imagen analógica, sino el digital mismo en que se realizan las series; y a su vez, ellas llevan a cabo innovaciones formales inéditas en la historia del audiovisual debidas sobre todo a la duración extendida hacia adelante en el tiempo (Series y cine contemporáneo). Las series tuvieron también su avatar argentino con el cine de los ’90, cuando algunos nuevos cineastas, que recién empezaban a filmar, afirmaron sus poéticas en el medio televisivo (Televisión Elefante). Pero las series fueron, inicialmente, una modalidad de la producción cinematográfica en su período no sonoro, desde los seriales hollywoodenses hasta los Kino Glaz de Vertov, y allí tuvieron un “origen” histórico que es preciso conocer para estudiar su modo de funcionamiento actual y su pragmática (Para una teoría de la serialidad). Más allá de la fascinación, e incluso el rechazo, que producen, aún es necesario comprenderlas en todo su alcance y novedad, porque están reformulando tanto el concepto de industria como el de arte, tanto el de cine como el de televisión.

Kilómetro 111

lunes, 2 de enero de 2012

El desentendimiento

Otra mirada sobre la película El estudiante

por Emilio Bernini *

Lejos del imaginario épico de los años setenta, de la denuncia explícita del cine de la democracia en los años ochenta, y aun de otras estéticas realistas actuales, El estudiante, la película de Santiago Mitre ambientada en pasillos y aulas de la facultad, aunque en apariencia se abstiene de juzgar tema y personajes termina transmitiendo una idea de la política unida indefectiblemente a la corrupción y al delito.

El estudiante posee una estructura en todo análoga a El bonaerense e incluso a Leonera, las películas de Pablo Trapero, en la última de las cuales Santiago Mitre fue coguionista. Esa estructura permite narrar el estado de cosas de un medio determinado (la policía bonaerense, la cárcel, la universidad), desde la posición de alguien que procede desde una completa exterioridad, se inserta en él, se involucra plenamente, comparte y adopta todos sus códigos y sus prácticas, y luego se retira, vuelve al mundo exterior. Al retirarse deja una imagen indeleble del estado corrupto del medio; irrefutable, porque el individuo ha hecho allí su experiencia, formó parte efectiva de ese mundo. El llamado nuevo cine, con Trapero, ha conseguido así narrar temas complejos, sin juzgarlos moral, política e ideológicamente, en el tono ostentoso de la denuncia, como hacía el “cine de la democracia” en la década de los ochenta, con sus temas (el terrorismo de Estado), pero siempre desde una perspectiva de inocencia moral. Los nuevos cineastas conocen, porque se han formado intelectualmente en instituciones universitarias, los sentidos polisémicos de las imágenes, saben cómo producir sentido sin recurrir a la explicitación de las palabras. De allí, en parte, la neutralidad, la denotación de sus títulos (El bonaerense, Leonera, El estudiante), que es un modo de nombrar su objeto, sus conflictivos objetos, sin abrir juicios.

Pero en El estudiante su propio objeto, la política (universitaria pero también nacional) es aún más espinoso (como parece indicarlo el apellido de su protagonista, Roque Espinosa) que cualquiera de los que tomó Trapero para sus películas, precisamente porque su sola enunciación parece implicar siempre algún juicio. La política como objeto propiamente dicho parece no poder no tener, cuando se profiere un discurso sobre él, cualquiera sea, un sentido moral, político, ideológico. Como si, en efecto, se tratara de un objeto que inevitablemente involucra con sus sentidos (políticos) cualquier discurso. El estudiante ya concibe la política, la militancia política en la facultad, por la estructura que asume para narrarla, como un medio corrupto. Así, la militancia política es un análogo —en sus prácticas, en sus intereses, en sus conflictos, es decir, en lo que antes se llamaba la “pasión política”— de los medios criminales, de los medios que involucran el crimen (la cárcel, la policía bonaerense, y aun los caranchos, los abogados mafiosos, del film en que Mitre también fue coguionista, Carancho). En principio, el imaginario de la política con que Mitre narra su film procede de esa estructura, porque no hay política que no se conciba desde un imaginario (como el imaginario épico de los filmes de los setenta y del cine militante incluso actual de los que El estudiante busca distanciarse); y luego, procede de una idea de la política de profundo desprestigio, de intenso rechazo, como práctica en efecto corrupta y mafiosa, que llega al crimen, que sin duda proviene de la experiencia histórica argentina previa a 2001 y tiene en esa fecha una culminación crítica.

Aun así, como en las películas de Trapero (e incluso, por ejemplo, en La mujer sin cabeza, el film de Lucrecia Martel que también involucra, pero de modo más desosegado, más inquietante e infinitamente más alusivo, la política y el crimen), la estrategia narrativa por la que abstenerse de juzgar la política, la que permite mantener a la vez el involucramiento y la neutralidad, es el estilo indirecto libre. Trapero encontró en ese estilo, arduo y sutil (en literatura, para Flaubert, el indirecto libre en la prosa demandaba un trabajo análogo al de la escritura en la poesía del soneto), su excelencia y Santiago Mitre su notable aprendizaje. Con ella, la mirada del narrador sobre el medio que narra es a la vez la visión del personaje (Roque Espinosa) del mundo en que vive. De ese modo, el involucramiento del narrador es completo pero a la vez su mirada es, no obstante, siempre la de otro. Sin embargo, Mitre opta por agregar una voz en off, con la que narra las vidas de algunos de sus personajes (Roque, Paula, la profesora adjunta, Acevedo, el profesor del Consejo Directivo) como si fueran destinos.Narrar las vidas como destinos acentúa la distancias, instala una lejanía entre el narrador y ese mundo (la Facultad y la política militante de los estudiantes, profesores y graduados, pero también el Ministerio de Educación y pues la política nacional), que produce cierto desentendimiento, cierta tensión, con la observación participante del estilo narrativo que se ha elegido. Por el indirecto libre, el involucramiento pleno y la distancia justa; por la voz en off, en cambio, la exterioridad completa, la narración de un mundo ajeno.

El uso de esa voz debe proceder, sin duda, de Mariano Llinás, el cineasta con quien, según los créditos, Mitre compartió la idea original de la historia. Historias extraordinarias, el film de Llinás, debe en gran medida la cualidad extraordinaria, fuera de lo común, de las tres historias que narra, al uso de las voces en off. Con esas voces y con esas historias extra-ordinarias, Llinás no respondía, con deliberación, al realismo del nuevo cine a lo Trapero y a lo Caetano; y a la vez daba consistencia, ritmo narrativo, a un relato de una duración tan extensa que producía un vaciamiento de las historias semejante al de las películas de Lisandro Alonso y Ezequiel Acuña, adscriptas a cierta poética de lo insignificante. De ese modo, también habilitaba el paradigma narrativo de la peripecia de la trama como artificio lúdico, como pudo verse poco después en Castro (Alejo Moguillanski) y también en Todos mienten (Matías Piñeiro).

El estudiante incluye también, además de la voz en off a lo Llinás, algunas bromas sobre la política que los personajes se dicen o actúan en el film (como la imitación de discursos políticos célebres) que es preciso comprender dentro de la lógica del distanciamiento del cine político militante o del cine político per se, y no, en absoluto, como humor satírico (el de la revista Barcelona y el del cómico Diego Capusotto, por ejemplo, cuya intensa crítica de la política es a la vez una profunda creencia en ella). Pero también en el film trabajan algunos actores que pertenecen a la troupe del dramaturgo Rafael Spregelburd (Alberto Suárez, Mónica Raiola), cuyo teatro no está en nada desvinculado de la poética cinematográfica del artificio lúdico (además de que Spregelburd fue una de las voces del film de Llinás). Por todo esto, resulta indudable que El estudiante se ubica también en ese paradigma narrativo, y hace así coexistentes, aun cuando no lo sepa, dos modelos casi antitéticos de narración, como de algún modo incluso ocurrió con Secuestro y muerte (de Rafael Filippelli, cuyo guión estuvo, en parte, a cargo de Llinás), un film sobre la guerrilla de los ‘70 y el Estado. En el film de Santiago Mitre, la coexistencia, que es a la vez un desentendimiento, una tensión, de esos dos modelos puede deberse al objeto mismo que ha elegido narrar: la política, ese objeto espinoso —porque narrarlo induce siempre sentidos políticos, que cuanto más se evitan menos dejan de estar presentes—, parece haber demandado a la vez la inclusión y la distancia antitéticas; la narración, por un lado, de la historia de los estudiantes y profesores militantes como si se tratara de vidas de una época lejana, de destinos; pero a la vez, también, por otro, la observación participante in situ, con los actores empíricos de la política universitaria (lo estudiantes mismos en las asambleas), con esos planos de establecimiento del edificio, desastrado por el tiempo, de la facultad de Ciencias Sociales.

Si no hubiera esa distancia completa, esa ajenidad, ¿por qué la insistencia en repetir, en los diálogos, que “se trata de la política”, como si los militantes tuvieran una autoconciencia de su propia actividad que les exige explicitarla constantemente? Si hubiera solo involucramiento neutro, ¿a quién se dirige, entonces, esa pedagogía que enseña, una y otra vez, que “la política es así”, rosquera, sucia, transera, traidora, transfugante? E incluso, ¿por qué afirmar, en la última escena, desde una lógica que se desentiende del notorio pragmatismo que hasta entonces ha demostrado Roque, su negación a continuar con la transa? ¿De dónde procede esa inesperada conversión idealista, acaso del amor que ha encontrado en Paula? Ese “no” (con que —nada menos— el film termina) al nuevo ofrecimiento de un arreglo político, parece responder más a una exterioridad deseosa de un acto sobre el mundo que termine con el desastre de la corrupción finalmente criminal de la política, antes que al ideal político de un personaje que se ha cansado,  decepcionado, de ensuciarse las manos. He aquí la cuestión espinosa.


* Nota del editor: El estudiante es una de las películas argentinas más comentadas del año que acaba de terminar, tanto en la prensa en general como en este blog en particular (ver acáacáacáacá y acá).  Ahora  incorporamos a esta serie el texto de Emilio Bernini que con el título "La universidad de la transa" fue publicado por la revista Trasatlántico (nº 13) del Centro Cultural Parque de España de Rosario. En pocas horas volveremos a mencionar esta película cuando hagamos el balance cinematográfico de 2011.