sábado, 19 de octubre de 2024
Un movimiento extraño - Dear Renzo - La novia de Frankenstein
domingo, 29 de enero de 2023
The Fabelmans: la cinefilia pueril
A sus 76 años sería ingenuo esperar algo distinto de Spielberg y The Fabelmans no lo es.
Es notable que a esta altura de su vida siga incapacitado de salir del punto de vista pueril, pero su genealogía cinéfila no da un solo paso más allá del infantilismo que almibaró toda su obra, con la probable excepción de Duel.
Alguna crítica ya le otorga el lugar de clásico, como si la antigüedad gremial contribuyera a clasicizar a un autor. Para hacerlo, hay que olvidar que SS es junto con George Lucas el restaurador tardío de una inocencia falsa que Hollywood impuso en el neoconservadurismo de mediados de los 70.
El otro autor al que se adjudica una persistencia en el clasicismo cinematográfico es Clint Eastwood, una personalidad totalmente diferente de la de SS, puesto que reportan a las dos facciones contrapuestas del proyecto imperial: la globalista (SS) y la reacción libertaria (CE). El cine de Spielberg siempre fue ñoño y el de Eastwood senil con frecuencia también lo es; pero como exponente de la derecha trumpista Eastwood conserva un componente oscuro que hace su obra más sinuosa y compleja, a medida que ha ido modelando su ícono en las diversas coyunturas.
Spielberg es lineal en su puerilidad. Desde lejos no se ve: la crítica local les confiere a ambos la cualidad de "últimos clásicos". Pero Eastwood era renuente al dispositivo tecnológico que pusieron en marcha Lucas y Spielberg a mediados de los 70 y esa fue su marca distintiva desde la reacción contra el nuevo Hollywood, abortado durante el período 1974/77 (años en los que se filmaron El Padrino II, Taxi Driver, Star Wars, Encuentros cercanos del tercer tipo y Magnum Force, emblemas del cine que ya no sería posible en el mainstream hollywoodense unas, tanto como del paradigma que iba a terminar desalojándolas). Estas películas, algo más que obras autónomas, son manifiestos estético-políticos en pugna. Spielberg-Lucas y Eastwood prevalecieron, mientras la visión crítica del americanismo, el amague modernista que se intentó en la primera mitad de los 70 fue siendo desplazada hasta la imposibilidad.
Hoy el modelo que pusieron en marcha SS/GL se inflamó hasta cubrirlo casi todo, mientras Eastwood se preocupó por estetizar la reacción ultra bajo una pátina de pseudo clasicismo elegante. Spielberg no pudo seguir el ritmo frenético de la tecnoligización, que encontró agentes más rentables, y se replegó en su pseudoclasicismo ñoño. Hoy cierta crítica se lamenta porque SS encuentra dificultades para exhibir sus extraños anacronismos ante el predominio irrestricto de Avatar, Marvel y DC.
Olvidan que fue él precisamente uno de los cerebros que sentaron las condiciones de distorsión anabólica que impera en Hollywood. Si es víctima de un sistema de marketing y cálculo empresarial como rector de decisiones estéticas, SS termina siendo una especie de Monsieur Guillotin, el decapitado por el artefacto que inventó.
The Fabelmans revindica el modelo de cine en el que Spielberg dice haberse formado. Tanto él como Eastwood están preocupados por manifestar en sus películas la dignidad de tradiciones que construyeron con cálculo. Cada película que estrenan dice algo así como "el cine debería ser esto, pero ya no es posible y yo soy el último de una especie que desaparece".
El modelo lacrimoso y presuntamente inocente que propone SS en The Fabelman está más cerca de Splendor o Cinema Paradiso que del descalabro desbordado de Tarantino o el laberinto onírico de la(s) Histoire(s) godardianas, para nombrar dos autores contemporáneos que en cada película se preguntan por el destino del cine.
Notable. SS no pudo salir nunca, ni a los 76 años, de la mirada pueril del cine. No tiene el menor derecho de sentirse víctima del monstruo que ayudó a crear.
viernes, 29 de abril de 2022
La trilogía del tenis
de Lucía Seles es la grata irrupción de este BAFICI. Se presentan como tres películas (Smog en tu corazón, Saturday disorders y Weak Rangers) y bajo el discutible tag "comedias", solo porque la comicidad absurda es uno de los registros que la misteriosa autora maneja.
En las cercanías de la basílica de Luján cinco personas de una estabilidad emocional frágil se cruzan en la cotidianeidad de un "centro deportivo". Tienen dificultades para afirmarse en la materialidad de sus existencias y se aferran a manías absurdas, jerarquías imaginarias y enredadas tramas neuróticas para fijar sentidos que les otorguen alguna dirección a su nada. La carencia de anclaje real de sus conversaciones y sus normas de conductas los desliza por un absurdo que produce tanta risa como angustia. Da la sensación de que la tensión que los liga puede explotar en cualquier momento en una catástrofe, pero lo que continuamente sucede son ligeros deslices disfuncionales. Lo peor que pasa es que finalmente nada explota.
Mucho más complejo que una (o tres) comedias o la adaptación local del mumblecore, Seles abre un universo pequeñoburgués de malestar, desamparo, absurdo y amor que sorprende por su solidez, sus derivas poéticas y su astucia para esquivar las salidas convencionales.
La recepción crítica al tratarla como "comedia psicótica" la reduce a una fórmula fácil de repetir, para no pensar en su singularidad, su melancolía, su crueldad y su verdad.
Es una incógnita quién es Lucía Seles, dramaturga y música, antes conocida como Diego Fernández y Rocío Fernándes, que desde hace 15 años viene mutando de identidad y de género, pero con esta trilogía se vuelve insoslayable. Vamos a buscar lo que hizo en sus vidas pasadas.
Cualquier análisis de la Trilogía del Tenis necesita repensar la gramática del malestar que la atraviesa para desenvolver todo lo que la crítica se apresura a reducir a "comedia".
miércoles, 30 de marzo de 2022
Madres paralelas: melodrama e historia
miércoles, 9 de febrero de 2022
Licorice Pizza: la apoteosis de lo insulso
Hay películas que parecen pensadas para abarcar agendas diversas, mediante un truco de diseño de producción que les confiere unidad. La cantidad de tópicos acumulados sin conexión en Licorice Pizza funcionan como anzuelos para lograr una presencia en la conversación en redes.
La nueva película de P T Anderson siembra por el guión los temas de la diferencia de edad en una posible pareja joven, el universo de referencias pop de unos primeros 70 -que visualmente se parecen más al fin de los 50-, marcas históricas incluidas -Nixon, la crisis del petróleo- los cameos de Sean Penn, Tom Waits y Bradley Cooper, cuyos personajes están para que las estrellas sean incluidas en el casting y nada más, sin que aporten algo al presunto eje narrativo.
Esta agenda es desarticulada e inatinente: podría no haber japonesas ni colchones de agua ni flippers, podrían no sonar Bowie o McCartney y nada cambiaría el sentido de la película. Las piezas son intercambiables y el único motivo es la acumulación de detalles que completen los vacíos entre el principio y el final. El efecto que produce esta agenda es el de una conversación entre ex-adolescentes argentinos de los 80 que evocaran con nostalgia "luminosa" los Sea Monkeys, Rafaela Carrá o las telenovelas de Arnaldo André.
Anderson no construye una mirada: diseña una producción que acumula elementos de manera pretendidamente inusual: la pareja protagónica tiene diez años de diferencia, pero la chica es la adulta y el puber es un emprendedor más vanidoso que soñador. PTA puede incluir en su diseño conversacional tópicos como las familias judías, las japonesas antipáticas, el uso del 70 milímetros como reivindicación del cine predigital, la imagen granulada y colorida, el vestuario vintage presuntamente atrbuible a los años 70 o al cine de los 70, aunque por momentos parece remitirse más a la era pre Beatle. La referencia a la imagen predigital en una película de 2021 no implica aquí ninguna posición sobre la historicidad del cine sino la variedad que permite un filtro de Instagram.
Los intentos de la crítica por ligarla a aspectos de la contracultura no afectan para nada los comportamientos de los personajes. Mas bien PTA intenta insuflar encanto al empredurismo que hace al protagonista un posible participante de las charlas TED, ajeno completamente a los jóvenes de los 70. Bowie suena anacrónico en ese contexto, así como toda referencia a los hippies o la crisis política de Nixon.
La banda sonora de Licorice tiende a escucharse y comentarse por fuera del film -¡qué lindas canciones!, aunque no incidan en la experiencia de sus personajes.
Por postularse como comedia romántica -o algo así- los gags son escasos y de gracia desabrida. Si transcurriera en los 80 solo cambiarían el vestuario y las canciones. Nixon podría ser Reagan e importaría igual de nada.
Lo más notable de una comedia sin gracia y un romance sin erotismo es la total falta de angustia de los protagonistas de un amor incierto. El cálculo con que se disponen los elementos decorativos -casi todos- patentiza la falta de pasión y la frialdad de esta historia de amor. Licorice no ríe ni llora: ostenta. Esto explica su fracaso en las taquillas: no porque sea difícil sino porque no se dirige a ningún público. Por los mismos motivos logra que se hable mucho en twitter: para sostener la ilusión de que hay un cine juvenil posible fuera de Marvel. Cierto que lo hay, pero un cineasta tan desabrido como P. T. A. no parece el indicado para filmarlo. PTA logra récords de impersonalidad: ha intentado ser Scorsese, Altman, Kubrick sin nunca superar a sus modelos ni conquistar una mirada propia.
Dos cosas me impresionan de la recepción crítica -abrumadoramente celebratoria: las discusiones para encuadrarla en algún género (como si esto justificara su existencia) y su idea desangelada de los conflictos juveniles. ¿Quién puede haberse enamorado alguna vez con tanta abulia?Licorice Pizza encuentra su razón de ser en las nominaciones para el Oscar. Es indiferente si ganará alguno: será materia tuitera durante dos días si sacó menos premios que los merecidos. Nadie la recordará en dos años como hoy sí se sostiene la relevancia artística de films juveniles de décadas anteriores a esta: Antoine y Colette, Soplo al corazón, La luna, Paranoid Park. Yo mismo ya la estoy olvidando.
domingo, 26 de diciembre de 2021
Better print the facts (John Ford / Vicente Massot)
Ransom Stoddard: You’re not going to use the story, Mr. Scott?
Maxwell Scott: No, sir. This is the West, sir. When the legend becomes fact, print the legend.
...dice uno de los diálogos más citados de toda la historia del cine, que los sectarios cinéfilos repiten con un gesto arrobado quizás sin saber exactamente qué están diciendo. Lo que dicen es lo que John Ford, a la vanguardia de Hollywood, hizo durante años con entusiasmo, que sin embargo pudo evocar con amargura al final de su trayecto, cuando filmó esa escena en The Man who shoot Liberty Valance: construyó por décadas un espacio legendario sobre un territorio real anteriormente habitado por otros, los navajos.
Esta facticidad la vino a recordar, ya que todo se te olvida, una película interesante, nada más, The Taking de Alexandre Phillippe, vista recientemente en Mar del Plata, no una obra maestra como muchas de Ford, sino un film ensayo que apenas repone algunos hechos. El Monument Valley, del que el cineasta se apropió simbólicamente para dotar a la gran nación imperial del siglo XX de un espacio mitológico, fue un un territorio usurpado a los navajos. Es cierto, Ford contempló una suerte de compensación monetaria a los usurpados: les pagó un bolo como extras en sus grandes hits. Ya en el ocaso de su carrera se dio el lujo de arrojar una amarga mirada retrospectiva por la que podría reclamar su redención civil en The Man who shoot Liberty Valance. La apropiación simbólica del territorio navajo no mengua la creatividad de Ford como cineasta, solo desvela materialmente las condiciones de posibilidad de un territorio ideal de leyendas tan bellas como el western, luminoso, parco y varonil, como parte de una máquina bélica. Y toda guerra tiene derrotados.
Los fordianos argentinos son tan poco resistentes al contacto con la atmósfera que no solo se crispan con películas de propósitos tan modestos como The Taking: se enervan tan solo al oír hablar del tema. Al cine de Ford en particular y al western en general solo puede rendírsele pleitesía. Siguen una tradición antigua en Argentina, iniciada por Borges, quien encontraba en las películas del Oeste una épica del coraje. Todos tomaron partido rabiosamente por la leyenda, muchos años antes de que la postverdad se pusiera de moda.
A propósito de esto me invitó Luis Franc a conversar en la última emisión 2020 de su programa Periferias del Cine en Radio Caput. El tema era cómo flima el cine a los otros. A lo que habría que agregar por qué filma el cine a los otros (mi posición: el cine tomó su magnífico impulso como parte de una máquina bélica). En un momento, la conversación radial deriva hacia una opción alternativa practicada por un cineasta no fordiano: Avi Mograbi. El problema del cineasta israelí, que estuvo toda su vida en contra de las políticas de violación a los derechos humanos a las que el Estado de Israel somete al Pueblo Palestino -los Navajos del western-, no se pregunta cómo filmar palestinos, sino cómo incluir en el plano de sus películas a sus compatriotas, asesinos israelíes de palestinos: esos son los otros de Mograbi. Es otro otro que el de Ford.
Acá se puede escuchar la charla con Franc:
Adenda: mientras ponía en orden este material, me topé con un texto sorprendente no tanto por lo que dice sino por quién lo dice y dónde lo dice. Invito a leerlo como un texto de nuestros irascibles cinéfilos locales.
Si acaso resultara posible compendiar el género tomando prestado el título de una sola película, la elección sería obligada: La conquista del Oeste. Es que de no haber existido una frontera por trasponer, un espacio abierto de dimensiones colosales cuyo dominio le aseguraría a Estados Unidos su condición bioceánica y, al mismo tiempo, un territorio hasta ese entonces mostrenco, digno de ser civilizado, los westerns tal como los conocemos nunca hubieran existido. Hay, entonces, un hilo conductor entre el célebre discurso pronunciado en 1893 por Frederick Jackson Turner en la Asociación Norteamericana de Historia, sobre la importancia de la frontera en la vida de su país, y el nacimiento de las películas de cowboys. La razón estriba menos en una correspondencia entre la teoría de Turner y el género cinematográfico asociado por excelencia a la frontera, que en la forma algo bastarda -si se le quita a la palabra toda carga peyorativa- con la cual el séptimo arte se apropió de una idea para inventar una epopeya.
En una de sus producciones más logradas y, a la vez, discutidas, John Ford pone en boca del editor del diario de Shinbone -localidad donde transcurre Un tiro en la noche [N.del E.: The Man who shoot Liberty Valance], que así se llama la película- esta frase arquetípica. Debe decidir si publica la historia verdadera o una recreación mítica de los hechos y dice: "Es el Oeste, señor. Si la leyenda se convierte en realidad, imprima la leyenda".
Claro que de lo anterior no se sigue necesariamente que la pantalla haya falseado, desde los primeros films mudos (La masacre, de D. W. Griffith, por ejemplo) hasta nuestros días, la realidad. A partir de unas coordenadas de tiempo y lugar que en términos generales se respetan, Robert Aldrich y Anthony Mann, Raoul Walsh y John Sturges, Sam Peckinpah y Clint Eastwood -para nombrar, al voleo, sólo a algunos de los directores de culto- transparentan las invariantes fundamentales de lo que fue el desordenado e incontrolable avance hacia el Oeste: la vitalidad nerviosa de los vaqueros y su individualismo que nada le debe al Estado; la ambigüedad frente a la ley por hacer y la exaltación de la fuerza; la primacía de las armas y, por lógica consecuencia, la sangre y la violencia que permean la vida de esos hombres. Analizada la cuestión desde la óptica de la historia, el cine ha maquillado los hechos a propósito y bien está que así haya sido. Vista, en cambio, desde el ángulo del espíritu del Oeste, las películas que le fueron dedicadas parecen reflejarlo si no a la perfección, sí con rigor.
Si le prestamos atención al duelo colectivo más famoso del género, disputado en O. K. Corral entre los Clanton y los hermanos Earp, asistidos por Doc Holliday, salta a la vista, sin necesidad de esforzarnos demasiado, cuánto divergen la historia y la leyenda. Sea en la versión de John Ford, La pasión de los fuertes; en la que once años más tarde filmó John Sturges, Duelo de titanes, o en cualquiera de las últimas dos conocidas, Tombstone y Wyatt Earp, el personaje encarnado por Henry Fonda, en un caso, y por Burt Lancaster, en otro, no se compadece demasiado con el célebre comisario. Lo mismo puede decirse del dentista, jugador y pistolero que inmortalizaron Victor Mature y Kirk Douglas.
Pero más allá de no corresponderse con precisión de centavo los acontecimientos reales con los del celuloide, sobresalen unas generalidades que no son pura ficción. Hay una combinación del bien y el mal que es propia de casi todos los protagonistas; el heroísmo no resulta en ellos artificial; arrastran, los justos y los villanos, dramas personales y suscitan pasiones que no son las convencionales de un género en donde siempre parecen ganar los buenos y perder los malos. Fantasía sobra, por cierto, en el retrato que la pantalla nos ha devuelto de Billy the Kid y Jesse y Frank James, del general Custer y de Toro Sentado, de Davy Crockett y de Jim Bowie, aunque hay razones de peso para considerar que el espíritu del Oeste o, si se prefiere, sus valores y desvalores, están sobriamente retratados a pesar de las inevitables concesiones hechas a la leyenda y a cierta nostalgia que despierta todo mundo idealizado.
¿Se parecía Earp a Burt Lancaster, Custer a Errol Flynn y Jesse James a Tyrone Power? Seguramente no y, sin embargo, cómo no creer que la frontera norteamericana avanzó en buena medida a partir de la osadía demostrada por hombres con armas y de a caballo, y que las situaciones arquetípicas de la filmografía -los duelos, la lucha contra los indios, las grescas en el saloon, las persecuciones a muerte y los tiroteos por doquier- formaban parte de la vida cotidiana.
La ambientación de Hollywood es, fundamentalmente, el paisaje en razón de que la del Oeste fue una empresa en contacto permanente con la naturaleza. Casi podría decirse, sin exagerar, que transcurre siempre a cielo abierto. Cuando Ford, en ocho de las catorce películas que dirigió al respecto, se empecina en destacar el lugar -en este caso Monument Valley- y confiesa que en sus westerns ha sido "la verdadera estrella", no le agrega a la trama un elemento postizo, haciéndolo entrar de rondón. Sus siluetas de soldados de caballería y pistoleros polvorientos recortados sobre esas verdaderas catedrales de piedra del famoso paisaje de Arizona no resultan un recurso escenográfico tan sólo. Transparentan el carácter agreste del género porque lo fue también el de la vida real. La trama se desenvuelve bajo el sol y las estrellas pues la naturaleza, en estado puro, es el escenario en el cual todo cobra sentido. No hay ciudades que merezcan ese nombre y los pueblos o caseríos extendidos que se dejan ver son más una prolongación de las llanuras y los desiertos que formas de una civilización urbana a la que todavía no le había llegado su hora.
Los westerns no se adueñaron de la épica como cosa propia pero le dieron una coloratura especial, precisamente por el juego de sístole y diástole que se produjo entre la historia y la leyenda. En realidad, si parece haber en todas las películas un héroe clásico que debe satisfacer ciertas pautas obligatorias en términos de valentía y destreza con el revólver, éste puede tener las características de un solitario (Shane, Doc y el protagonista de El jinete pálido) o ser parte de una hermandad de los armados (Siete hombres y un destino; La leyenda de los malos y Hombres o bestias). Enmarcado el género en una sociedad cuya verdadera ley es la de la horca y el Colt y donde se impone el más rápido en desenfundar, la fuerza -en duelos emblemáticos, robos de bancos y masacres sin cuento- tiene sentido para acompañar y presenciar el desenlace (clímax) del film. No hay western, pues, sin el concurso de esa violencia administrada en dosis homeopáticas, como En la hora señalada, o con ríos de sangre, en La pandilla salvaje.
La historia norteamericana ensayó una explicación de cómo miles de pioneros blancos y protestantes, hambrientos de aventuras, se lanzaron a civilizar un territorio virgen. Mitad visionarios y mitad oportunistas, acometieron una empresa que merecía ser contada. Hollywood le agregó el vuelo de las flechas, las riñas en los bares, el galope de la caballería y los pistoleros homéricos.
jueves, 23 de septiembre de 2021
Clean Eastwood, el liberal libertario: Macho No Cry
Hace más de una década que Clint (Clean) Eastwood está despidiéndose. Su despedida es más larga que la de los Chalchaleros. En la estructura narrativa de sus películas, sobre todo en las que él protagoniza por lo menos desde Gran Torino (2008), se reconoce fácilmente su voluntad de dar un cierre semántico y político a las mutaciones del ícono que fue autoerigiendo, incluso desde antes de dirigir sus películas, cuando empezó con Sergio Leone como el cowboy sin nombre y con Don Siegel como Dirty Harry, el justiciero solitario que lucha contra la ineficacia y la venalidad del garantismo. Esa doble genealogía confluye en la filmografía que termina dirigiendo para constituir una obra única: la del ícono Clean / Dirty Eastwood, el liberal libertario. Más que clasicismo, la palabra que mejor define su posición estético política es la autoerección. Esa connotación fálica resuena aún en el título Cry Macho.
Clean (Clint) es sumamente autoconsciente de su lugar en la sociedad norteamericana. Su cine es una intervención directa y permanente sobre la coyuntura política, aunque la crítica cinematográfica argentina prefiera tratarlo como un narrador despojado que se distingue por su presunto clasicismo. Cada gesto en las ceremonias de la Academia y cada giro público de libertario duro, guardián del orden patriarcal clásico, impugnador de la modernización de las costumbres, critico del sistema por derecha, la gestualidad parca de su etapa senil que quiere sugerir una ternura escondida, todas esas pequeñas e incesantes variaciones se rigen por el problema de cómo administrar el envejecimiento en el plano cinematográfico de su principal obra: Clint.
Los resultados son sumamente irregulares, según el guionista con el que trabaje y la comodidad o incomodidad con que se posicione respecto del tema elegido -sea la homosexualidad del director del FBI Edgard Hoover en J. Edgard, el abuso sexual infantil en Río Místico, la defensa viril de una prostituta agraviada por un par de bandidos en Unforgiven, las adicciones de Charlie Parker en Bird o la irresistibilidad de su propio sex appeal maduro en Los puentes de Madison. Puede hacer algunas muy buenas como Jersey Boys o Cartas desde Iwo Jima, nimiedades insignificantes como La mula, bodoques indignos como Más allá de la vida y El sustituto o abierto belicismo imperial como en American Snipper. Esta secuencia no responde a una progresión de su conciencia política sino a continuos bandazos. Filma demasiado, algunas veces muy bien y otras muy mal: tampoco es Hitchcock o Fassbinder: cada tanto uno se pregunta si no se avergüenza de poner la firma en resultados tan chapuceros. Además, por el recuerdo de su prédica de la mano dura en plenos años de movimientos de liberación social como eran los 70, se ve impelido ahora a aclarar que los valores por los que intervino en su sociedad finalmente tienen un fondo humanitario. Eastwood quiere escribir el epitafio de su propio ícono, con un control de lo que se dirá de él al que otras stars del mainstream no logran acceder, porque montó una estructura productiva -Malpaso- a la vez integrada al sistema. Por cada película que hace como el anciano cansino que enamora a mitológicas senioritas mexicanas -el fallido más risible de su control del plano- o el nonagenario honesto veterano de la guerra de Corea que cultiva flores y trafica inocentemente drogas para el cartel de Sinaloa, nos clava una grosera película de reclutamiento, algo un poco difícil de conciliar con la imagen de héroe senil si no sos un experto en marketing como él lo es.
El cine de Eastwood es controladamente programático en los términos más políticos que ello se pueda entender, no solo en su aspecto engañoso de estilista de género con que prefiere pensarlo la crítica despolitizante. El es muy consciente de su función política y a partir de su conciencia se explican los vaivenes de su obra, primero como actor de Leone y Siegel, luego como el ícono que sigue cincelando en sus propias películas. Su programa político es el hilo que enlaza todas las mutaciones de su obra y su figura, cuando aparece y cuando no aparece en pantalla. Todo, desde el título de Cry Macho hasta el encuadre y el contraluz del plano inicial en el que reaparece como Clean, responde a la preocupación por la edificación de su ícono, a la vez que a su conciencia del lugar que ocupa en el cine norteamericano y del cine norteamericano en el nacimiento, la erección y la impotencia de una nación.
El análisis abstracto de Cry Macho dice poco -"una obra menor del entrañable clascista bla bla"- si uno no la ubica como el presunto fin de una secuencia que empieza con el cowboy-spaghetti anónimo y el Dirty policía. Eastwood es un liberal libertario sumamente coherente a pesar de la irregularidad de sus resultados, preocupado por estetizar su política brutal. Hoy la sociedad norteamericana perdió las inhibiciones para llevar a otro personaje de ficción como Donald Trump a la Casa Blanca, con el final de mandato circense que obviamente Clean nunca filmará porque no cuadra con el calculado sosiego de su etapa senil. Clint es la versión elegante de Donald Trump. Su ficción de romance entre texano y mexicana tiene una función precisa: limpia el ícono para la posteridad. Escribe en su lápida que todo lo hizo en defensa de los buenos viejos valores y si algún yerro ha cometido, siempre fue para conservar la nobleza viril de un mundo que se está reblandeciendo.
Quiere quedarse con la última palabra sobre cómo debe ser visto. Si Dios quiere, el año que viene sigue su gira de despedida.
sábado, 30 de mayo de 2020
Entrevista a Marco Berger sobre "El cazador"
jueves, 23 de mayo de 2019
Giallo, género y electroshocks
¿No sabés que van a matar a tus hijos?
¿que van a ir matándolos, que los van a matar
van a ir matándolos, los van a matar
a menos que se escapen lejos?
Pero cuando te inyectan Thorazine con cristales
te ahogás como un hijo de puta.
¿No sabés que van a matar a tus hijos?
¿que van a ir matándolos, que los van a matar
van a ir matándolos, los van a matar
a menos que se escapen lejos?
Tercera y cuarta partes: libros y películas amarillas, mutaciones y desvíos, para escuchar clickeando acá
Uno de los capítulos del libro, titulado "Tribulaciones", habla de las tribulaciones para publicar un libro sobre el giallo en la Argentina amarilla, con brutales devaluaciones y autores de empleos precarios. ¿Existen huellas de este presente de aprietes en la consideración de un género, mientras vuelve a rescatarse el cine de géneros? La pregunta en parte se responde en la charla que tuvimos con Bretal y en parte leyendo el libro. O viendo aquellas películas, si da.
Si Jean-Luc Godard tuviera que explicarle a un extraterrestre qué es el cine, le diría -se lo dice a Alexander Kluge, que se lo pregunta- que necesitamos ese aparato para ver a la humanidad, así como necesitamos un telescopio para ver a lo lejos, o un microscopio, para ver de cerca, o lentes, para ver mejor. Mejor sería añadir a lo dicho por Godard que una mayoría de los cineastas que empuñaron el aparato hasta ahora fueron hombres, de modo que predominó la mirada de ellos. Algo que puede acabar.
El programa lo hicimos Carla Maglio, Paz Bustamante, Carmen Cuervo, Paula Sotelo, Maximiliano Diomedi y Oscar Cuervo. Y lo escuchan clickeando ahí arriba donde ya les indicamos.
domingo, 19 de mayo de 2019
Crimen, sexualidad y estilo en el aire
jueves, 8 de noviembre de 2018
El amor hecho a mano (o el espacio entre los dos)
Un tiempo para el amor puede tomarse como un estudio cinematográfico sobre la distancia que todo encuentro amoroso necesita atravesar. La cámara con la que Hou Hsiao-hsien sigue las idas y vueltas de la pareja antes de tocarse por primera vez se desliza con una ligereza aérea, con esa ingravidez que exhalan los romances juveniles en su momento de mayor dicha. El principio organizador del relato, conformado por elementos mínimos que van retornando continuamente, asume la capacidad específica del cine para filmar la emoción del espacio, la distancia y la cercanía entre dos personas movidas por el trance romántico. "El espacio entre los dos" podría ser un buen título [1]. Los desplazamientos geográficos, fruto de la inestabilidad laboral y existencial de los jóvenes protagonistas, llevan a la pareja a encontrarse y desencontrarse, a cruzarse, perderse y volver a verse. Su exposición cinematográfica sigue la cadencia de los versos, las rimas, los estribillos y repeticiones con variaciones de las canciones pop. Precisamente, en el uso narrativo y climático de un par de canciones románticas de los años 60 ("Smoke gets in your eyes" por The Platters y "Rain and tears" por Aphrodite's Child) cifra Hou buena parte del voltaje emocional de este pequeño prodigio. Son años en los que los escarceos amorosos siguen ritos de exploración que hoy pueden parecernos cándidos. A principios del siglo xxi, el taiwanés Hou se conecta con aquel tiempo con una mirada empañada de delicada nostalgia a causa de una vivencia pretérita e irrepetible. La cámara guarda una distancia pudorosa, típica del estilo de Hou, que se permite un único plano detalle: el que sostiene la arquitectura de toda la película.
[1] La espacio entre los dos es el título de una película argentina de Nadir Medina (2012)