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martes, 29 de septiembre de 2009

Ruta 181, fragmentos de un viaje por Palestina-Israel



En 2002, Sivan y el director palestino Michel Khleifi filmaron las escenas de Ruta 181, el extenso documental que estrenarían un año después. Para Sivan, esta película es en cierto modo la síntesis de su largo proyecto. Su título completo incluye el comentario habitual: Ruta 181, fragmentos de un viaje por Palestina-Israel. El guión que une -y separa, pero ese es otro problema- los nombres propios es por supuesto una inscripción de orden ideológico. Sivan ha hablado siempre de un Estado binacional como alternativa a las soluciones etnocráticas que se promueven para la región. No hay muchos analistas políticos que consideren viable tal opción, pero al cine le corresponde otra tarea –la crítica de ese consenso-, y los directores la llevan adelante con una furia que terminó en un juzgado.

Después de ver Ruta 181 en el canal francés Arte, el filósofo Alain Finkielkraut declaró en una entrevista radial que Sivan era un judío antisemita y que Ruta 181 era un llamado a matar judíos para permitir “la emancipación de todos los hombres”. Dijo también esta curiosa frase: “Cuídense aquellos que hayan cosido una esvástica en sus pechos y deseen reclamar para sí una estrella amarilla”. Sivan llevó a Finkielkraut a juicio por difamación. Ante el juez, el filósofo declaró, entre otras cosas: “Hamas tiene escrito en su charter: ‘Cada judío es un blanco’. La película dice sí, cada judío es un blanco, porque Israel es un largo crimen”. Claude Lanzmann declaró como testigo de la defensa.

A continuación algunos fragmentos del proceso judicial:


Finkielkraut: Vi esta película en Arte y me resultó insoportable. Descansa enteramente en una analogía entre el destino de los palestinos desde 1947 al presente y el destino de los judíos bajo el régimen nazi. Es un constante plagio a la película de Lanzmann [Shoah]. Propone una representación del sionismo como un fraude gigantesco y una empresa genocida, y los ataques suicidas como actos de resistencia contra una política de humillación diaria. Llegué a la conclusión de que una lógica asesina trabaja en este film.

Hamas tiene escrito en su charter: “Cada judío es un blanco”. La película dice sí, cada judío es un blanco, porque Israel es un largo crimen. Esto legitima el paso a la acción. Es responsabilidad de los cineastas y de Arte dirigir las emisiones, en vez de circular este film sin el menor debate, sin oponentes, sin discusiones. Este documental es presentado como la realidad histórica. Ésa es una responsabilidad extremadamente seria. Desde [la Conferencia Mundial contra el Racismo del 2001 en] Durban, ha habido un brote del odio anti-racista contra los judíos, a quienes se los caracteriza como racistas: “El Estado judío es un estado racista y todos los que lo apoyan son racistas y nazis”.

Al principio de la película, un palestino – encantador y presentado como una víctima – dice: “Los palestinos vivían del pan y el olivo, tenían corazones buenos y puros; los judíos, por el contrario, viven por el trabajo y el dinero…” Los únicos personajes positivos en el film son judíos sefardíes que han sido estafados/engañados por Israel. Todos los demás son expuestos al ridículo, diseñados por el odio, todo esto mientras estamos en este periodo de paso a la acción [en efecto, están ocurriendo en este contexto actos verdaderos de anti-semitismo].


Fiscal: En su opinión, ¿la obra del querellante legitimaría el paso a la acción?

Finkielkraut: Estamos viviendo en tiempos de paso a la acción en Israel, pero también en Francia. Si Israel es un crimen, entonces los israelíes son cómplices del crimen, en consecuencia, la violencia es inexcusable. Éste es el paso a la acción al que me refiero. Vea una opinión de Sivan de unos meses atrás…

Presidente del Jurado [a Sivan]: Según usted, ésta es una crítica que va más allá de la crítica al trabajo intelectual y que lo afecta a usted personalmente.

Sivan: Enseño cine en Israel. Esta película fue exhibida en mi universidad en Israel. Abrió el año académico. Nunca nadie se atrevió a expresarse en esos términos. He vivido los últimos veinte años entre Francia e Israel y he filmado películas sobre mi país. Mis films provocan polémicas, debates. Ese es el sentido de mi trabajo como cineasta, como luchador. No hubiera planteado este juicio si hubiera habido oportunidad de debatir, de expresarse. Alain Finkelkraut decidió no discutir, por ello es mejor asesinar a alguien cuando no se está de acuerdo.

Vengo aquí a defender mi honor, pero también el honor de mi familia. Ser llamado anti-semita es el peor insulto, proviene de un deseo de hacerme a un lado, de echarme de la comunidad humana. He aguantado muchos ataques, al punto de haber recibido amenazas de muerte.

Me gustaría llegar al problema subyacente: la confusión con la Shoah [el Holocausto sufrido por el pueblo judío bajo el régimen nazi]. Crecí en Israel bajo la memoria de la Shoah y sus lecciones. En 1989, durante la primera Intifada [1987, levantamiento popular de los palestinos en los territorios ocupados por las fuerzas israelíes], yo estaba viviendo en Jerusalén, justo enfrente de una población palestina. Un día, hubo disparos, luego intentos de escape y lanzamientos de gases lacrimógenos. Había viento y el gas entró por nuestra ventana abierta. Mi madre la cerró y lloró. Ella dijo: “Ahora entiendo cómo nuestros vecinos alemanes cerraban sus ventanas.” Empecé con este marco, esta tradición judía de otorgar voz a los discursos repudiados.

Testimonio de Claude Lanzmann. Nacido el 27 de noviembre de 1925 en Bois Colombes, Francia. Cineasta, director del célebre film Shoah, escritor, director editorial del periódico Les Temps Modernes:



Laval [abogado de Finkielkraut]: El señor Lanzmann es el director del film Shoah, una obra maestra acerca de la exterminación de los judíos. ¿Cuál es su reacción ante el punto de vista que afirma que la película de Sivan y Khleifi es un plagio o una caricatura de la suya?


Lanzmann: Vi la película nuevamente ayer como preparación para esta audiencia, y fue una experiencia infinitamente dolorosa, aún más dolorosa que la primera vez que la vi. Traté de medir la enormidad del insulto hacia mí, como autor de un trabajo que ha tocado corazones y mentes en todo el mundo. (...). Yo pienso que se burla de los palestinos, no siente compasión por ellos. Es una película mala, fastidiosa, irritante, negadora del Holocausto, profundamente inmoral y deshonesta, y está centrada en un hilo conector/conductor, la ruta 181, que nunca existió. Él omite decir que el 15 de mayo de 1948, el día de la creación del estado de Israel, cinco ejércitos árabes invadieron el país y hubo 6.000 muertos entre los 600.000 israelíes que formaban el país. Las señales de la deshonestidad: nunca sabemos dónde estamos, en terrenos baldíos, en tierra de nadie, nunca vemos Israel, no sabemos quién está hablando, no se da ningún nombre en la película. En los films del señor Sivan, los testigos no firman sus testimonios.

Esta es una película-trampa, la cámara en sí misma es una trampa – en esas locaciones remotas, se convierte, por su sola presencia, en un instrumento de la falsedad (la gente desea presumir ante la cámara). Además, Sivan no dice quién es él, jamás se presenta. Se expresa en hebreo: el lenguaje como un instrumento del engaño. A veces un entrevistado se da cuenta de eso; uno de ellos dice: “Deje de decir estupideces”, y la película corta y sigue su camino. Toda la película está centrada en esto: ya sabe todo, no descubre nada. Tiene una idea fija desde el inicio hasta el final: la inversión maligna, para citar a Michel Tournier. Para él, los israelíes son los nazis de hoy, y los palestinos, los judíos de hoy. El alambre de púas, las torres de control, los ghettos, la masacre de Lod. Por eso es que digo que esta película niega el Holocausto. Cuando Alain Finkielkraut habla de coser esvásticas, eso es exactamente lo que este hombre está haciendo, constantemente. Es lo opuesto a un film pacifista, es un film de guerra. El pecado original es la creación del estado de Israel, es la sentencia de muerte de un estado, que significa sangre. Sangre que ya ha sido derramada, que todavía se sigue derramando, y que se llama a seguir derramando. Hay escenas horrendas, como una en el puesto de control –él ama frecuentar esos puestos de control– donde filma sin presentarse, sin autorización. Algunos jóvenes soldados interrumpen: “Ey, no tienes derecho a seguir filmando”. Él responde: “Soy periodista, tengo todos los derechos”. “Muestra tus papeles”. “No tengo papeles”. La conversación continúa y él le pregunta al soldado: “¿Por qué haces esto?”. El joven soldado responde: “Estoy haciendo mi trabajo, sirvo a mi país”. Entonces él dice: “¡Todos los ejércitos dicen eso al cometer atrocidades!”.

Alain Finkielkraut tiene razón, existe un anti-semitismo muy real: los judíos anti-semitas existen y han existido desde hace mucho. Este hombre es anti-semita. No veo por qué se indigna cuando se lo dicen, ya que es la verdad. Él interpreta lo que uno de los entrevistados [judío israelí] dice para dar a entender “Sólo me interesa el dinero”. Éste es un viejo cliché.


Comte [abogado de Sivan]: Existen muchas maneras de hacer cine. ¿Quién le otorga a usted el derecho de decir que esa gente fue engañada?


Lanzmann: No tienen nombre, ni los palestinos ni los israelíes. ¿Por qué? La ética del documental es la ética de la verdad. Para él – tiene esta idea fija –, Israel es un fabricante de alambre de púas, un guardia de una prisión nazi.

Comte: ¿Acepta usted que un cineasta israelí pueda tener una visión alternativa de su propio país?

Lanzmann: Por supuesto.

Comte: Y entonces, ¿hay que ir tan lejos como decir que Sivan quiere asesinar a todos los judíos?

Lanzmann: Yo nunca dije eso. Yo digo que él dijo que Israel debe ser barrido, y para barrer Israel, usted tiene que matar un montón de judíos. No sé si todavía podemos considerar israelí a Sivan.


Testimonio de Haïm Nachman Bresheeth. Nacido el 6 de agosto de 1946 en Roma, Italia. Reside en Londres. Profesor de cine y medios.

Comte: ¿Qué razones personales lo motivaron a testificar hoy?

Bresheeth: Soy hijo de dos sobrevivientes del Holocausto. Mis padres estuvieron en Auschwitz. Nací en 1946 en un campo de refugiados en Roma. Como resultado de ello, me siento capaz de entender a los refugiados y siempre he estado interesado en el Holocausto y en los genocidios. No conozco a los dos cineastas [Sivan y Khleifi], pero admiro su trabajo. Cuando viví en Israel, participé de un buen número de jurados de selección y siempre admiré la calidad y el coraje de sus trabajos cinematográficos.

Un miembro palestino del Knesset israelí [Parlamento] afirmó en una publicación cuán importante es que los palestinos entiendan el Holocausto, porque de lo contrario, jamás entenderán a los israelíes, y si no entienden a los israelíes, nunca podrán lograr la paz. Él dice que comprender el Holocausto es esencial. Lo que esta película hace es entender el otro lado del problema. Diez mil libros han sido publicados sobre el Holocausto, yo mismo escribí uno, porque estamos obligados a explicarlo para que no ocurra otra vez, pero existen menos de veinte libros que traten la catástrofe sucedida a los palestinos en 1948. Esto ha sido invisible por casi cincuenta años. Si los israelíes no comprenden la situación de los palestinos, no tendrán oportunidad de lograr la paz. Cuando leí por primera vez las palabras de Alain Finkielkraut, no las entendí, me resultaba incomprensible que un intelectual razonable y respetado pudiera decir semejante cosa acerca de esta película. Me sentí avergonzado como judío, como israelí, de que alguien de su importancia pudiera decir lo que dijo sobre el film.

A lo largo de muchos años cada lado ha formulado su punto de vista sin la menor consideración por el punto de vista del otro. La película es muy fuerte pues nos dice: “Necesitamos entendernos y luego hablar del Holocausto y de la tragedia palestina”. Diciendo esto, no digo que sean la misma cosa, pero sí que son hechos decisivos y formativos para ambos lados. Es verdad que los judíos se molestan y enojan cuando alguien insiste en negar el Holocausto. Del mismo modo puedo entender lo que un palestino siente cuando nosotros negamos su propia tragedia. Es muy raro para un israelí y para un palestino hablar juntos de sus tragedias, también porque los israelíes son responsables de la tragedia de los palestinos y no a la inversa. Estos dos cineastas nos recuerdan que los israelíes son responsables por lo que les pasa a los palestinos desde 1948. François Truffaut decía que “un cineasta es un autor, no un periodista.” Podríamos decirles a Zola o Dickens: ¿Por qué no muestran los lados buenos de Francia e Inglaterra?” Zola y Dickens tienen una historia para contar, una historia social, política que está relacionada con las responsabilidades de los intelectuales. Es así como yo interpreté esta película. Es diferente de los que interpretó Alain Finkielkraut.


- La trascripción del juicio se puede encontrar aquí.


- La traducción al castellano de los fragmentos que publicamos ha sido realizada por Candelaria Naveyra © 2009.

José Miccio ha escrito un estudio muy completo sobre la filmografía de Eyal Sivan que está publicado en el número 21 de revista La otra.

domingo, 18 de mayo de 2008

Abbey Road

Por Candelaria Naveyra

Los auriculares enormes están ahí, colocados sobre su cabeza, otra vez. Ella nunca ha visto otros como esos antes. Él le dijo que al ser más grandes producen mejor calidad de sonido. El equipo de música también es distinto, plateado, más grande, con muchos botones, varias palancas y un visor donde una agujita de plástico baila con las canciones. Los parlantes separados y ubicados en lugares estratégicos del living. El tocadiscos, brillante y negro, con tapa transparente y la púa protegida en una cajita especial.

Desde que él le contó acerca de esos discos, el rojo y el azul, y ella los miró, y los fue apoyando uno a uno sobre la bandeja, y empezaron a girar, ella no dejó de sentir su atracción y deseó escucharlos una y otra vez. Giran giran giran giran giran.

Ella se aprende el final de los versos, reconoce pocas palabras, ya que no sabe el idioma. Por eso reproduce las vocales y encuentra las rimas. Él le traduce algunas partes – se cansa un poco de sus preguntas –, las que considera más importantes. Las otras no porque no tienen sentido. ¡Decilo igual! Ella se queda con lo que le suena a propio. “Sitting on a cornflake”, “Semolina pilchard” y luego “Gu gu gu yub, gu gu gu yub” o algo así.

Se queda horas tirada sobre una alfombra que el tiempo ha cambiado de color y los auriculares le cantan. Se va al interior de esa foto donde mucha gente se agolpa detrás de una reja algo oxidada. Hay de todo: señoras mayores con anteojos, hombres maduros, pero sobre todo, jóvenes. Chicas con suéteres ajustados y minifaldas y cabellos largos y sueltos. Adolescentes sonrientes y niños, varios niños. También están ellos. El primero, más cerca de la reja, se agarra a ella como queriendo elevarse para ver más arriba y más lejos. Mira hacia el otro lado, por detrás de la cámara, a un costado. El segundo enfrenta al fotógrafo y le sostiene la mirada. El tercero, un poco más adelante pero disimulado entre la gente, de traje claro. Y el último, de bigote, agachado junto a un niño, casi no se ve. Uno lo advierte solamente porque lo busca. Porque uno sabe que son cuatro. No sabe por qué, pero desea lo imposible: haber estado allí. Tiene la rara sensación de que seguramente ese día fue lindo.

¿Qué tienen de especiales? Según lo que se ve ahí, “1968, St. Pancras Churchyard” dice al pie (tiene casi veinte años la foto, ella hace la cuenta), nada. Según lo que escucha desde hace pocos días, mucho. No puede parar de hacer volver la pata del tocadiscos para que empiece todo otra vez.

Las letras de las canciones están en los envoltorios individuales de los discos, rojos en el rojo, azules en el azul. Ella las sigue de a ratos, descubriendo algo que le interesa pero se pierde y finalmente no importa. Compara las tapas. En una se ve a los integrantes del grupo en un balcón de un edificio que posee infinitos balcones iguales hacia arriba. En color sepia, todos vestidos igual, muy sonrientes, miran hacia abajo. En la otra, la misma foto pero diferente. En colores, los cuatro están bastante cambiados: usan otros trajes, las sonrisas no son tan felices, juegan a reproducir la fotografía más vieja. Han pasado casi diez años entre una y otra.

El disco rojo le gusta, le resulta alegre y sus pies zapatean involuntariamente siguiendo el ritmo cuando lo escucha. El azul la fascina. No sabe qué tiene, solo cierra los ojos allí tirada y canturrea tímidamente las partes que ha logrado memorizar. En general nadie la molesta.


Mamá viene a buscarla para cenar. Hace calor y ellos tienen ganas de ir a acostarse y estar solos. Es tarde. A regañadientes deja los auriculares, apaga el equipo y se promete volver en cuanto pueda.

Han pasado - ¿cuánto? – cuatro horas como mínimo desde la cena. No se escucha ningún ruido, por lo tanto deben haberse dormido ya. Mamá y él están en la habitación. Tienen la puerta cerrada. Seguro que ya ha pasado la medianoche. No debe hacer ni un sonido que los alerte. No pueden darse cuenta. Es mejor cuando uno sabe que está totalmente solo.

Que él le haya dado permiso para usar el equipo (que es difícil de manejar para los chicos, que es muy caro, que hay que cuidarlo mucho, que hay que cubrir la púa cuando no se usa, que los discos no deben rayarse, que hay que envolverlos bien, que se guardan parados uno al lado del otro, no acostados, que están ordenados de una manera especial, que…) casi le perdona estar siempre ahí, en el medio, tener que vivir en su casa porque en verano el departamento se alquila para que mamá pueda ahorrar, aguantar a sus hijos varones que la cargan y le rompen las muñecas, estar en esa casa que a ella no le gusta porque está lejos de la casa de su amiga, de la playa, de su prima, de su abuela, de su calle y su vereda en la que sí se puede patinar.

Según dice él, gran parte de las canciones de esos cuatro fueron escritas por dos, pero más que nada, por uno de ellos, el de lentes. Más que el equipo de música son los rostros y las canciones los que borraron todo eso que la puso de mal humor y callada al principio del verano. Son cosas que no puede decir porque no sabe cómo. Pero de repente siente que el mundo es suyo otra vez.
Pasada la medianoche, entonces, no importa que ellos estén juntos y ella sola. ¡Mejor! Baja de la cama; descalza y en puntas de pie llega hasta la puerta. ¡Por fin! Ya no aguantaba más la espera a oscuras en la húmeda habitación sin terminar. Debe ser cuidadosa porque Daisy puede ladrar si escucha algo extraño. Lo más difícil es abrir la puerta. Chilla siempre; pero esta vez la ha estudiado y sabe cómo hacer. Baja el picaporte con suavidad. Ahora hay que levantar un poco la puerta para que no arrastre y empujar despacio hacia delante. Con unos centímetros alcanza para pasar. Ahí está. Solo unos metros más por el pasillo y ya está en el living.

Daisy no escuchó nada. Todo está en silencio.

¿Cuál era la palanquita de ON-OFF? La de la izquierda. La otra es la que sirve para elegir si escuchás radio o discos. Pero tuvo la prudencia de dejarla donde la necesita. Ahora debe levantar la tapa del tocadiscos. Eso sí que es peligroso, no se ve nada y los pequeños ruidos se agrandan en la quietud de la casa. Le parece que es igual que en el cine: cuando uno quiere desenvolver un caramelo sin molestar es cuando más bochinche mete. Bien. El disco. Las pequeñas luces del equipo iluminan mal el estante. Saca algunos, los da vuelta para ver mejor y al fin lo encuentra. El azul. ¿El primero o el segundo? Los escuchará en orden. ¿De qué lado está? No está segura pero cree que ahí dice lado uno. No va a cerrar la tapa para no tener que abrirla de nuevo. Antes de apoyar la púa sobre el disco, palpa la cara del equipo buscando: hay que conectar primero los auriculares. Si no, estará perdida.

Ya está. Ahora, la púa. Qué bien. Cornetas, trompetas y fanfarrias comienzan… la primera canción no es como las que ha escuchado en la radio o como las de los casetes que le compró su mamá. Sabe que habla de frutillas. Hace mucho, en la casa del pueblo, su abuela tenía plantas de frutillas y peras y mandarinas y limones. ¡Cómo le gustaba ese patio! Tenía una hamaca y un gato y en verano una pileta de plástico.

Acostada boca arriba, los brazos bajo la nuca, las piernas dobladas, de a ratos una sobre la otra. Hay que acordarse de no cantar en voz alta. Por más que venga la canción más linda. Solo hay que seguirla mentalmente. ¿Cuál es la que más le gusta? Van pasando y no puede decidirse.
Terminó el primer lado y tiene que darlo vuelta. Con cautela lo hace y vuelve a acomodarse. Se ha cansado de mirar el techo oscuro, de intentar descubrir los objetos parcialmente conocidos a su alrededor. Por eso cierra los ojos. Mañana van a ir a la playa porque es domingo y mamá no trabaja. Lástima que también vayan él y sus hijos. Los párpados le pesan y pierde la concentración.

Mamá la levanta con dificultad. Ha apagado el equipo y le ha sacado los auriculares.

- Hija, vamos, es hora de levantarse. ¿Qué hacías acá tirada? Andá a lavarte la cara y los dientes, que desayunamos y nos vamos a pasar el día a la playa. ¡Vamos, vamos!

Él está ahí nomás. Prepara el nesquik frío y busca algo en la heladera. Cuando ella pasa, él le sonríe. Es bastante simpático.