La Lamia negra de la playa que a los bravos traga
se echaba ropa de mujer, tal ropa se calzaba;
como mujer a misa va, por tal se arrodillaba,
de la mano del cura cual mujer el pan tomaba.
Como mujer salió y allá a la puerta se sentaba,
con el cabello suelto, por el llanto doblegada.
El hijo de la viuda , que pasó, la saludaba:
— ¿Qué tienes, niña mía, que tan hondas voces dabas?
— ¿El sauce aquél lo puedes ver, que el rayo calcinara?:
su copa cubre bruma gris y el tronco niebla blanca.
Se me cayó el anillo, que mi prenda era primera,
y el que entre por cogérmelo mi esposo amado sea.
De su belleza se prendó, su novia quiso hacerla.
—Adentro vaya, niña, yo, y a dártelo que vuelva.
Con un cordel lo descolgó, por que la prenda hallara.
y un nido de serpientes vio, de bichas enroscadas.
—Mi niña, tira, sácame, tira que no hallé nada,
que un nido de serpientes hay con bichas enroscadas
y hay una sierpe mala que tu anillo, sombra, guarda.
—Mocoso, allí de donde estás no hay vuelta ya que valga.
Yo soy la Lamia de la playa, que a los bravos traga.
—¡Y yo el hijo del rayo! ¡Voy a hacerte arder en llamas!
Del rayo vínole temor, de vuelta ya lo saca.
(Cantar popular neogriego).
*
Entre serpientes.