Fin de año. Balance rápido: no hay mal que por bien no venga.
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Las palabras de Zapatero sobre la Tierra y su dueño han tenido, al menos, un efecto positivo: me han servido para repasar, con el debido asombro, la presencia del viento en mi vida. Uno de mis recuerdos infantiles es andar por la calle, de vuelta a mi portal, con Begoña (aquella vecina morena, ya adolescente, que me iba a esperar para que fuéramos novios). Iríamos muchos, claro, pero yo sólo la recuerdo a ella. 'Qué peinadito vas', me dijo. 'Es el viento', contesté, quizá por que se riera, como lo hizo. 'El viento no peina, tonto. Sólo despeina'. 'A mí sí'. Y en esa cabezonería rampante sigo pasados los años, con esas complicaciones que adquiere todo lo que persiste y se ramifica.
Repaso versos sueltos y me sorprendo: 'Sigo esperando que el viento me lave la voz', comienza una canción inconclusa, quizá de la misma época que el estribillo de aquella otra: 'Y el viento, siempre atento, repasaba su labor: / florecillas del averno, fotos a todo color / de mis sueños'. El viento, también, como maestro de cifra: 'Envuelto como el viento en un buñuelo'. El que más me gusta, en fin, iniciaba o concluía un poema del que sólo se ha salvado él: 'Trayectoria ejemplar: / un papel que lleva el viento'.
Tampoco son todo poéticas y epitafios. De cuando aquel paseo con Begoña viene también el recuerdo de Don Viento, aquella canción de Barrio Sésamo. Valga, en el original, como extraño villancico. Feliz Nochevieja a todos.