Las tradiciones del 27, podría titularse también este libro maravilloso, que vale cada uno de los 20.90 euros que cuesta. Francisco Javier Díez de Revenga ha rebuscado bajo las piedras las traducciones consumadas por los grandes del 27 (comprobamos con tristeza que Lorca no tradujo nada), y nos ofrece una selección (exhaustiva en algún caso) de sus logros. El resultado no es sólo una antología variopinta de grandes momentos de la poesía universal: traza también un mapa fiable de los retos que supieron plantearse aquellos poetas, y el nivel altísimo que asumieron como referencia.
Hay alguna decisión discutible. De Guillén, gran traductor de Valéry, el antólogo nos hurta su versión de El cementerio marino, que no por conocida habría dejado de agradecerse. La falta trae justificante: el libro aporta otra traducción menos conocida del mismo poema, a cargo de Gerardo Diego.
Para traducir El cementerio hace falta, además de sensibilidad y buen oído, el valor de aquellos héroes de antaño que bajaron en vida al Hades. Guillén salió indemne del desafío, con elogios del propio Valéry, que dijo hallarse adorable en la versión española. Fiel al metro (y, según Valéry, también a la musicalidad, no sólo rítmica, del texto), sacrificó sin escrúpulo las rimas.
Como recordamos en su día, Agustín García Calvo se midió también con El cementerio y publicó en el 2006 el resultado de sus esfuerzos. Un resultado polémico: parte de la constatación de que el endecasílabo de Valéry (10 + 1) es en realidad un dodecasílabo de hemistiquios irregulares, un pentasílabo (4 + 1) más un heptasílabo (6 + 1), y debe traducirse en consecuencia. (Si es así, llama la atención que el fino oído de Valéry diera su aprobación a los endecasílabos de Guillén.) En el capítulo de sacrificios, renuncia a la consonancia, pero mantiene la rima, que aparece, rebajada a asonante, cada tres versos.
La versión de Gerardo Diego, toda una sorpresa para mí, no se concede ninguna facilidad formal (sí, en cambio, una gran libertad en la paráfrasis). Cada rima consonante de Valéry encuentra aquí su pareja, y el poema suena, por comparación con las versiones que uno conocía, rotundamente sonoro, casi en exceso, como el colorido de una pantalla a la que alguien le ha subido el contraste.
(Descubro aquí una versión más, nada desdeñable: la del peruano Javier Sologuren. Gracias por ese regalo.)
Emulando The End, de los Beatles, en que cada uno de los guitarristas hace su solo, van aquí los cinco comienzos. El primer solista es Valéry. Los siguientes, Guillén, Diego, Sologuren y García Calvo.
Ce toit tranquille, où marchent des colombes,
entre les pins palpite, entre les tombes;
Midi le juste y compose de feux
la mer, la mer, toujours recommencée:
o récompense après une pensée
qui' un long regard sur le calme des dieux!
*
Ese techo tranquilo de palomas,
palpita entre los pinos y las tumbas.
El mediodía justo en él enciende
el mar, el mar, sin cesar empezando…
Recompensa después de un pensamiento:
Mirar por fin la calma de los dioses.
*
Ese techo —palomas y caminos—
entre tumbas palpita y entre pinos.
Filo del mediodía, arde la amarga
mar, la mar siempre recién renacida.
¡Premio al pensar: cómo después mi vida
calma en los dioses su mirada larga!
*
Calmo techo surcado de palomas,
palpita entre los pinos y las tumbas;
mediodía puntual arma sus fuegos.
¡El mar, el mar siempre recomenzado!
¡Qué regalo después de un pensamiento
ver moroso la calma de los dioses!
*
Tranquilo techo
por donde andan palomas,
entre los pinos
palpita, entre las tumbas;
la mar, la mar,
siempre vuelta a empezar,
la amasa en lumbres
Mediodía, el gran justo:
¡ah, paga buena
tras un razonamiento
larga mirada
sobre dioses en paz!
entre les pins palpite, entre les tombes;
Midi le juste y compose de feux
la mer, la mer, toujours recommencée:
o récompense après une pensée
qui' un long regard sur le calme des dieux!
*
Ese techo tranquilo de palomas,
palpita entre los pinos y las tumbas.
El mediodía justo en él enciende
el mar, el mar, sin cesar empezando…
Recompensa después de un pensamiento:
Mirar por fin la calma de los dioses.
*
Ese techo —palomas y caminos—
entre tumbas palpita y entre pinos.
Filo del mediodía, arde la amarga
mar, la mar siempre recién renacida.
¡Premio al pensar: cómo después mi vida
calma en los dioses su mirada larga!
*
Calmo techo surcado de palomas,
palpita entre los pinos y las tumbas;
mediodía puntual arma sus fuegos.
¡El mar, el mar siempre recomenzado!
¡Qué regalo después de un pensamiento
ver moroso la calma de los dioses!
*
Tranquilo techo
por donde andan palomas,
entre los pinos
palpita, entre las tumbas;
la mar, la mar,
siempre vuelta a empezar,
la amasa en lumbres
Mediodía, el gran justo:
¡ah, paga buena
tras un razonamiento
larga mirada
sobre dioses en paz!