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martes, 16 de julio de 2019

Obsolescencia programada (Víctor Peña)



Leyendo a Víctor Peña (Obsolescencia programada)
medito sobre la propagación del aire frío
a cargo de esta bomba de calor que (el nombre avisa)
perdió en alguna fuga sus poderes refrescantes.
Tendremos que cambiarla, y en ello estamos, de hecho,
cuadrando presupuestos y achicando vacaciones
mientras leo los versos victoriosos. Me pregunto
por los poderes fácticos que aún tenga poesía
para cerrar o abrir nuestras ventanas condenadas.
A ello dedica Víctor el primer cuarto del libro:
el interrogatorio de las redes asociales,
el chivateo crónico (Fulano ha confesado
tal cosa sobre ti; y estás a tiempo de negarlo).
La vida es lo que cuentas y su ansiado comentario
a cargo de aludidos, conocidos y asociados.
Hay otras dimensiones, sin embargo. Un reservado
donde emitir en negro las facturas del verano.
Es la segunda parte. Los venenos aliñados
nos llevan a ese piso que no tiene travesaños,
por el que paseamos nuestro vértigo, sin manos.
Una raya atraviesa las verrugas del lavabo
como en una canción de don Joaquín, el amnistiado.
Memorable poema el del drogata que está a punto
de hallar una respuesta cuando llaman a la puerta
y debe traspasarla para entrar en la tercera
y más grave sección de nuestras sátiras. La vida
de cada uno es solo una ilusión de la política
—la de vivir en paz, sin complicarse la existencia
con el hierro candente al que se aferra la esperanza.
Mas eso es imposible, y lo sabemos. Pablo Iglesias
y Tsipras nos consuelan, pero pobres de nosotros
y de ellos, muchas veces preferimos abstenernos
a sentirnos velillas de esta torpe mojiganga.
(¿Es Aslan Errejón? ¿Existen piolets en Narnia?)
Como en aquel programa que nos trajo Lolo Rico,
cuando todo parece haber llegado a sus extremos,
llega la cuarta parte que (impudor) habla de España,
el suelo donde, sucios, nuestros pies saben clavarse
y donde los demonios, como genios, se cobijan
esperando la mano que los saque de la urna.
Mi patria: mis alumnos y las pecas de mi novia,
confiesa Víctor (un piropo no hace daño a nadie
y así se lo aplaudimos): lo demás es casquería,
zahúrdas donde Évole no encontrará Mariano
que sea escrupuloso y al que no aguarde su Bárcenas.
Pues tú que eres mi ejército y mis leyes y mi patria,
campo de fresa a veces y otras pájaro o alcándara,
eres para el registro mercantil solo palabras
y por treinta monedas Putin hackeará tu alma.
Cautivo y desarmado, sin ejército, se queda
al borde de los créditos, expuesto a las reseñas,
dormido ya don Víctor: blanca peña sobre Peña,
la página lo acuna. Si este no es su mejor libro
(y en verdad lo parece: tanta tierna chicha enseña),
es porque ultima otro —o, descansándose, lo sueña.

domingo, 1 de febrero de 2015

La huida hacia delante de Víctor Peña


¿Qué me dices, cantautor de las narices?, se preguntaba a sí mismo Luis Eduardo Aute en su Autotango del cantautor, en un lejanísimo 1973.  La fecha es remota, pero sigue siendo una pregunta sensata que hacerle a cualquiera que se decida a hacer arte a partir de la exposición narrativa de sus propios sucesos y desgracias, eso que llama la gente 'contar tu vida'.

Víctor Peña cuenta su vida en su recién publicado poemario La huida hacia adelante (La Isla de Siltolá, 2014), que se ha presentado hoy sábado por partida doble en Plasencia, primero en la sala Verdugo y luego en la Librería La Puerta de Tannhäuser. Sí, pero no: como recordaba hoy ante el público, el yo poético que nos habla en el libro es menos y más que el propio Víctor, que ha elegido soslayar lo que pueda haber en él de buen tipo para centrarse en su lado más abrupto e impresentable. Como corresponde a un talante permisivo y relajado, tampoco se ha prohibido contar vivencias ajenas como propias ni hacer literatura a base de literatura previa ni desdoblarse ocasionalmente en voces femeninas que dan la réplica al yo cuando este amenaza pasarse de bravucón y perdonavidas.

No, pero sí: la fuerza que innegablemente tiene el libro es que mientras lo leemos se nos invita a ser ese Víctor real o apócrifo que se estira las orejas y se cuenta los dientes. Si el personaje fuera aburrido, cansino, saldríamos del libro en la primera parada, preguntándonos qué se nos había perdido en una vida que, además de presentarse como fracasada, no es la nuestra. Pero el hecho es que mola ser Víctor: un joven pinturero que se siente tempranamente expulsado de la juventud —o goza acaso del placer de asomarse, aún joven, a lo que le espera y declarar lo mucho que le molesta (o sea, lo mucho que le agrada poder distinguir aún la condición adulta como algo ajeno, que cabe mantener a distancia, aunque esta, precaria, se reduzca por momentos).

Complejo de Peter Pan, autocompasión, ombliguismo... Todos estos peros cabe ponerle a un libro de este tipo, y sin embargo el de Víctor sale vencedor de ellos, de un modo que habría que intentar precisar. Por lo que toca a Nuncajamás, no es, desde luego, la infancia lo que se anhela en este libro, sino en todo caso la adolescencia o la primera juventud, con sus éxtasis etílicos, sexuales y futboleros. Tampoco cabe hablar de autocompasión en un libro en el que, con muy pocas excepciones, se narran los desgarros propios y ajenos como asuntos pintorescos, que aparecen desinfectados por una buena dosis de distancia y sarcasmo. Queda, pues, la cuestión de la contemplación de la propia vida, incluidos y enfocados en primer plano los momentos que cabría en principìo considerar de menor interés público. El camino que lleva a esta temática es en este caso lo crucial. El narcisista cuenta su vida porque la cree apasionante o ejemplar: Víctor pertenece, pienso, a una escuela bien distinta que se siente desengañada de la literatura (y en especial de la poesía) por lo que esta tiene de evasión más o menos cómoda y gratificante de la sordidez cotidiana. Afronta, pues, esa sordidez autobiográfica como un deber moral: hay que tomar el toro por los cuernos y, puestos a contar algo, contar sin tapujos la verdad, y en especial la parte de ella que uno estaría más tentado de poner en sordina.

El deber moral coincide así con la necesidad casi fisiológica de cometer una travesura que le sitúe a uno fuera de la condición adulta y responsable, como si estuviera apostatando o abjurando de ella el mismo día que se espera que selle por fin su contrato y siente cabeza. Todo esto, ya digo, tiene sentido porque después de todo nos lo dice alguien que sabe dibujarse con arte y salir, aunque despeinado, bien parecido. Pero también porque el repaso que hace pasa por casillas que, con más o menos gracia, cualquier lector también ha recorrido o distingue, inminentes, en su propio tablero. 

miércoles, 7 de enero de 2015

Demolición al plátano


 DEMOLICIÓN AL PLÁTANO
(featuring Víctor Peña)

Un unicornio que embiste el tiovivo

Este tiempo perdido releyendo grimorios
sin saber que la magia se fabrica ya en serie:
un hechizo en que puedes elegir inocentes 
pero no recordarlos. Te rodea la noche
y eres, espectador, parte de la parrilla
donde quema el diseño sus más jóvenes marcas.
El silencio es tan solo flecos desatendidos. 
Comprimida, la vida viaja en USB
y la torre es la flecha que señala la nada.