Para bien,
para mal, somos alcoholes
en la
destilería de Epicuro:
nos fascina
la luz de lo inseguro
y el sol que
torna egregios los guiñoles.
De paño
burdo y simple (sí: españoles),
nuestros
nombres no adornan ningún muro:
somos desconchaduras
de lo oscuro,
buñuelos que
desprecian aerosoles.
Una pena que
esconde sus espinas
nos nutre en
capilares con su magia:
una dulce y
recóndita hemorragia
que salva,
pues es savia, sus esquinas
y empapa
cada cosa torpe y yerma
con la
nobleza impúber de su esperma.