La cosa va así: quedas con un amigo, Josu Gomez,
y comentas el último poema publicado de Tolkien, La caída de Arturo.
Coincides en que el traductor ha hecho un trabajo digno, teniendo en
cuenta que el metro original, basado en la aliteración, es impracticable
en castellano. Al menos nadie lo ha intentado, que se sepa. Luego debe
ser imposible: un empeño que no tendría sentido. Tras una leve sonrisa,
comenzáis a traducir los primeros versos...
Hacia el Este va Arturo, con sus armas resuelto
a emprender el combate en agrestes
campiñas;
va surcando la mar hasta el suelo
sajón
para el Reino de Roma defender de la ruina.
A tornar y torcer la corriente del tiempo
su esperanza le urgía; y a humillar al pagano,
que en bajeles voraces a atacar no volviera
las bahías brillantes y las aguas bajeras
de Bretaña del sur, su botín saqueando.
Como el
mundo va a menos en los meses de otoño,
y a su destino,
raudo, va declinando el día
bajo la bruma
triste y un hombre busca entonces
quehaceres y
aventuras en lo que corre, aún cálida,
su sangre asoleada,
así ardía su espíritu
por un postrer asalto en pos de eterna gloria
de proezas y
orgullo, afrontando la prueba,
soportando en
su empeño el embate del sino.
El hado mal urdido así le daba impulso
y con malicia Mordred endureció su mente:
'La guerra es sabia', dijo, 'dislate el demorarse.
Que sus templos se caigan; que queden sus bastiones
Cerramos las vacaciones de verano de este año con un concierto de La Bossa y la Vida en Peraleda de la Mata, en la noche del 30 al 31 de agosto. Gracias a todos los que asististeis o hubierais querido hacerlo. Esta es una de las canciones que sonó esa noche, y, para los que gusten de esas cosas, estas son algunas curiosidades sobre ella.
Songfacts
Desde que Tolkien dibujó el de la Tierra Media, el mapa del continente
fantástico, tan detallado como sea posible (pero siempre con cierta estética de
cartógrafo naïf, antañón), es un componente esencial de todo ciclo de
fantasía épica que se precie.
La armonía de la canción es circular: se aleja por grados conjuntos de La menor (primero hasta Fa
y luego hasta Re menor) y luego vuelve sobre esos mismos pasos. En la forma
sencilla (La menor - Sol - Fa - Sol - La menor), es la secuencia de All along the watchtower, Abre la puerta, niña y el final del Stairway to Heaven, entre otras.
La canción surgió en un paseo matutino, dándole vueltas al compás de 5/4,
formado en este caso por un compás de 3 tiempos y otro de 2. En la música pop
no es un compás muy habitual, pero sí en el folklore: como me indicó el hermano
de nuestro percusionista Miguel, si se acelera convenientemente se convierte en 5/8, el ritmo del merengue venezolano.
La melodía es modal: la escala eolia de la menor, sin ninguna alteración,
tiene un sonido arcaico, muy dulce, que también aparece en El príncipe de Bekelaer. El ejemplo más hermoso que conozco de la sonoridad de este modo
son las estrofas de Islands, de King Crimson.
La trompa o corno francés que toca aquí José Maestro es un instrumento de
sonoridad muy peculiar: terrenal y onírico al mismo tiempo. Aunque está
asociado a la música clásica, los Beatles lo usaron en una de sus mejores
baladas, For No One. También se ha utilizado con tino en composiciones
de jazz.
Lo que me cura me hace daño le da la vuelta a la homeopatía (según la
cual lo que produce un daño contribuye, si se administra en dosis
infinitesimal, a prevenirlo o curarlo) y se queda peligrosamente cerca del
refrán: Quien bien te quiere, te hará llorar. No está claro en la
canción si el dolor avisa de que la supuesta terapia es un fiasco (lo que
supuestamente me cura en realidad me daña) o da fe de que el fármaco utilizado,
vaya a curarnos o no, al menos potente es un rato (ya veremos si me cura; de
momento, hay que ver cómo escuece).
Se miente más de la cuenta / por falta de fantasía: / también la verdad
se inventa, escribió Antonio Machado. La canción habla acerca de eso: la
ficción hace que tome forma (a veces muy detallada) algo que hasta entonces no
había, sea una canción o una novela-río —pero su verdad última no reside tanto
en lo verosímil del invento, sino en el estado de ánimo del que brota la
invención y al que remite: el dolor, en este caso, de un desencuentro.
Vidas de pintores dibujados: Marcel Shwob escribió Vidas
imaginarias (1896); William Beckford, unas Memorias biográficas de pintores extraordinarios
(1780) igualmente apócrifas. Borges, que conocía bien estos precedentes, hizo
de la glosa de la obra de un autor imaginario uno de sus géneros favoritos. La
idea del pintor que se dibuja a sí mismo remite al famoso dibujo de Escher.
Llevaba tiempo sin traer aquí una muestra de lo que se le va ocurriendo a uno en Twitter; y, sin embargo, es allí donde más escribo, bastante cómodo en la cárcel de sus 140 caracteres. Quizá esta selección da un perfil más desabrido y beligerante que otras. Será el tiempo.
Somos lo que piensan de nosotros. Diluido, sin embargo, en una sopa
incógnita de la que quienes 'nos conocen' apenas han probado unas gotas.
Un purista es un enemigo de la vida. Y un imbécil. Que ignora que lo que le parece puro es siempre el resultado de una mezcla previa.
En la vida hay buenos y malos. En este último grupo entramos todos. Pero unos más a gusto que otros.
Luna sin nubes. / ¿Por qué escalera fría / bajas y subes?
El imán de Tarrasa y su mente rasa.
No hay cosa que me apasione cuyos partidarios no me den, en alguna medida, dentera. No hay hincha que no esté pidiendo desinflarse.
Me encanta el haiku, pero tengo un problema con sus fans. —¿Solo con los del haiku? —Tocado. —Y tundido.
Puede que no nos gobiernen malvados —pero sí gestores del mal. Que se da por vencedor y omnímodo.
Sé de qué me hablas. Me encantaría poder decir que tú también.
Tengo cosas que hacer = Las cosas me tienen. Ocupado, maniatado, distraído de algo que no sé que es pero podría valer más que ellas. O no.
¿Con qué rima madrugo? Con yugo, con verdugo. Y con mendrugo.
Gabriel: Cuéntame un cuento, pero uno que no dé miedo. Que no salga la palabra muerte.
Nick Drake: la nana del basilisco.
Gotas de lluvia./ El cristal empapado / y unas tijeras.
Dos niños: —¡Mentiroso! —¡Verdadoso!
El lujo imprescindible en la agonía. La dosis de LSD de Huxley, por ejemplo.
La belleza es vigorosa y autónoma. Es nuestra conexión la frágil.
Un hombre sueña que ha disfrutado de una ramera. Esta se entera y pretende cobrar su servicio. Sentencia de Buda: que el joven ponga el dinero ante un espejo y la mujer se lleve el reflejo.
Rosa Díez: la versión política del brazo incorrupto de santa Teresa.
El pestiño del fútbol. Es como vivir en un mundo donde tres de cada cuatro personas son fans de Justin Bieber. Y comentan sus conciertos.
Gente que masifica un aula o un hospital y lo llama 'austeridad'.
Recorta prestaciones a tus súbditos. Si tú no sabes por qué, seguro que ellos sí.
Más que un gobierno, lo de Rajoy parece una de esas empresas que se ocupan de liquidar un negocio, despiezarlo y venderlo al mejor postor.
Verónica. Nuestra imagen (vera icon) en el espejo de la muerte: ¿lo que realmente somos o la parte de nosotros que no es?
Esos arreglos de Leonard Cohen que, por momentos, parecen de Julio Iglesias. Y cómo los trasciende y redime la belleza de la canción.
Una engañifa escolar: la música mal llamada impresionista es en realidad música simbolista. Su raíz está en Mallarmé, no en Renoir.
El dios de nuestra era: una vaga astronomía de mercados inconcretos.
Lord Stark es Tolkien. Los valores de Tolkien. Su asesinato es un parricidio simbólico, un ajuste de influencias (y frecuencias).
Con lo sedentario que es uno, casi todas las ocurrencias más o menos interesantes me llegan paseando, yendo de aquí para allá y pensando en cosas urgentes y cotidianas. A mi cerebro le encanta interrumpirme entonces:
—Oye, ¿y tú has pensando alguna vez que El Señor de los Anillos es en realidad la combinación de dos motivos folklóricos bien conocidos? —Con lo que odiaba Tolkien que se dijeran esas cosas. Pero en fin, dime. —Pues sí: de un lado, el motivo del tesoro maldito, envenenado, que trae la desdicha a quienes lo consiguen. —Vaya novedad. Como si Tolkien no hubiera avisado que el Anillo de los Nibelungos y el suyo se parecían solo en una cosa: los dos eran redondos. (A regañadientes.) Aunque en Las aventuras de Tom Bombadil también hay un poema sobre el tema. —Ya. Y el otro, el del alma externada, que el ogro guarda en un huevo o algún otro objeto externo, tornándose así aparentemente invulnerable. —Mira, ahí si podrías tener algo. —Y tanto. Piénsalo. —No prometo nada. En otro rato, quizá. ¿Un cruasán? —Sea.
Velo viene, velo va, como apunta Rafa, el movimiento sugiere de forma natural la mecánica del strip-tease. Enzo Bianchi, pp. 11-2: «En el griego de los LXX el sustantivo apokálypsis aparece muy pocas veces (...) En 1 Sm 20,30, se usa de forma extraña y sorprendente: cuando Saúl acusa a Jonatán de tomar partido por David en contra suya insinuando relaciones no transparentes entre los dos amigos, le dice que esto es 'para vergüenza tuya y de la madre que te dio a luz' (literalmente: de la desnudez [hebreo: 'erwá] de la madre). Los LXX traducen 'erwá con apokálypsis: 'para vergüenza del 'apocalipsis' de su madre', atribuyendo a este término el significado de 'quitar, levantar el velo, descubrir, desnudar'».
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Quien se adorna, reconoce su fealdad, escribió Gibran. La verdad desnuda: se dice de la cortesana griega Friné que en el transcurso de un simposio, cuando le tocó el turno de jefa del cotarro, ordenó a todas las mujeres presentes aclararse la cara con agua. Cuando el maquillaje empezó a correrse, todas parecían adefesios, menos ella, que no llevaba nada puesto. En otra ocasión, a punto de ser condenada, se desnudó ante los jueces. Platónicos ellos, estuvieron de acuerdo en que una mujer tan bella no podía albergar mal alguno.
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Siete trompetas y sellos, siete de velos: Salomé. Su apocalipsis sicalíptico sella la suerte del otro Juan neotestamentario (el Bautista). En el universo algo misógino de estas fantasías uno recuerda a un tercer Juan (Ramón Jiménez): incluso desnuda, escribe, la mujer parece que sigue ocultando algo (los freudianos creerían saber el qué). Así el texto apocalíptico: verdad desnuda, pero simbólica, constituye un cifrado enigmático que invita a la paráfrasis, pero se burla de ella, como de un amante torpe. Desde que lo digo claro, ya dejó de ser verdad. Un cuarto san Juan (de la Cruz) habla de la calentura divina, requisito indispensable para que fluyan las razones de amor, y para entenderlas (Norman O. Brown habría aplaudido con las orejas).
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Extraños armónicos: en el Silmarillion, Lúthien baila también para un rey malvado (Morgoth). Hasta Jabba el Hut mantiene prisionera a la princesa Leia con la esperanza de que acabe bailando a su son. Pero el poder siempre sale herido de esta contienda con la gracia: Lúthien adormece con su danza a Morgoth y su amado Beren procede a robarle el Simaril (y herirle en una mejilla); Leia utiliza la cadena que la une a Jabba para estrangularlo. La cautiva cautiva al señor —y lo ultima o mutila. Así también la belleza de algunos textos (el Apocalipsis, el Cántico de san Juan) bajo el dominio de la exégesis ortodoxa: una danza o vaivén de sentidos que cautiva al teólogo (¡nunca se dijo mejor la Verdad!) pero amenaza con irse de madre en cualquier momento.
A mediados de los 80, Antonio Hernández Marín (Fos, para los que le tratábamos entonces) escribió este romance, que es un homenaje a dos de los autores que más amaba: Lorca y Tolkien. Con sentido del humor, Antonio encontró una galería imprevista que comunicaba la Andalucía del Romancero Gitano con la Comarca. Más tarde, se mudó a vivir a Valdemanco y fue el primero en advertir que aquellas sierras pertenecían a la Tierra Media. Cuando supe que había una lista de correo dedicada a Tolkien, corrí a avisarle, y de allí nació Mandul, un niño tumulario que, a pesar de las limitaciones que da estar no-muerto, acabó amistando con todas las razas medioterráqueas. Fiel a sus amigos, Antonio nunca dejó a Tolkien: El Señor de los Anillos y el Silmarillion casi siempre andaban abiertos por algún rincón de su casa.
Romance de Federico García Lorca a la reina Galadriel
Las Giraldas de Gondor se deslumbran con la aurora mientras los Nueve Jinetes buscan las venas más hondas. El Terror sin nombre viene desde Isengard la redonda, con patas de capricornio y aguijones en la boca. ¡Ay, Mordor, tierra de nadie, donde se pierde la historia! Un abismo de planetas bajo cuchillos de escoria. Tu Luna de yeso frío se vela y se rompe sola. Los tricornios de los orcos dan consistencia a las sombras; en contra, Gimli el enano, como un Saturno de rocas, Vulcano de los suspiros y martillo de las olas. Elfos gitanos del bosque rasgan guitarras ruidosas y la noche está dudando si el ruiseñor o la alondra mientras el cielo vegeta entre prímulas y anémonas. Las espadas de los lirios con azufre se coronan y los anillos no encuentran reposo en la tierra toda. Ya Frodo y Sam pierden rumbo por desesperanzas lóbregas, Géminis irrepetibles entre ternura y zozobra. Cae el murciélago nocturno bajo el arco de Legolas y hay en los ojos del elfo una luz de gaviotas y blancas playas de espumas que la luz del Sol no toca. El unicornio del día va persiguiendo las sombras y a lomos de Sombragrís se pasea la victoria, Gandalf, caballero blanco, entre la espada y la rosa, como un San Jorge racista ennacarado de aljófar. Luego viene Elrond, el sabio, apurando una demora, medio hombre y elfo y medio, bajo el rigor de la norma. Detrás viene Celeborn con cara de mala sombra. Y luego va Galadriel con una bata de cola, salpicando castañuelas, dando garganta a una copla. ¡Ay Galadriel, Galadriel, andaluza y cantaora, reina cristiana en Jaén, y en Granada, reina mora, sarracena y tucumana, zingaresa y faraona, napolitana de pro y siciliana de contra...! "Ay, espejito, espejito, ¿quién es más bella, la otra o yo?". Pero no hay ninguna como ella. La congoja me atenaza, ay Galadriel, que tengo penas muy hondas: ¡no te vayas a los Puertos aunque se fueran las Lolas...! "Ay, pena de los gitanos que dejan la Tierra sola: si en el Oeste, la muerte, en el Este, la derrota..." Sauron, malo, malo, malo, caimán y mala persona, yo te daré un merecido que te ablande la memoria. Pero los huesos no saben lo que las tumbas ignoran y nada importa el mañana cuando ayer tampoco importa. Allí va Tom Bombadil, amarillas cabriolas, y un "derry doll" victoriano desde Irlanda a California. Ya el rey Théoden cabalga, al aire las barbas fofas. Por el Bético Anduín bajan derrocadas glorias, un Boromir irredento, un Faramir de escayola, y en una balsa de juncos, Federico García Lorca con elfos amanerados de alta cuna y baja estofa. Bárbol huraño recita sus pormenores de alcoba y huertos abandonados rezuman fresas remotas. Aragorn, rey de los hombres, rey de caballos y sotas, tendrás un árbol por hijo, la nieve tendrás de esposa y cien torres de diamante desde Góndor hasta Córdoba. Ay, Sarumán, Sarumán, asesino de las frondas, en valles equivocados perderás fusil y honra. Pero los montes no tienen amor ni misericordia y hasta los mares se niegan ante las puertas de Moria. Ya un polvo de oro sublima la Comarca bulliciosa y niños hobbits hambrientos entre los retoños brotan mientras resbala en su charla Cebadilla Mantecona desde Delagua a Sevilla, desde el Darro al Sonorona. Y cuando las nieblas bajan sobre un pasado sin forma, en los Bosques amarillos caducan solas las hojas y se oye un soplo de cítaras como un eco de deshora con una melancolía que el Oeste no perdona...
Tolkien tuvo alguna vez el sueño de que otros autores colaboraran con él en la exploración de la Tierra Media. No conozco nadie que se haya acercado más a ese ideal que el maestro Bungo Bolsón (Alejandro Murgia, en la saga Realidad), a quien debemos joyas como El troll de dos cabezas. Hoy, a través de la longeva lista Tolkien, ha hecho pública su última contribución medioterráquea: La aguja en el pajar.
No siempre brilla el oro ni todo el que anda errante va perdido. Lo viejo, cuando es fuerte, no se amustia ni en la raíz profunda entra la escarcha. De las cenizas subirá una llama, asomará una luz entre las sombras. El hombre sin corona será rey; de nuevo forjarán la espada rota.
(Y aún otra versión, atendiendo varias sugerencias de Valnaur):
No siempre brilla el oro, no están perdidos todos los que vagan; no se amustia lo añejo vigoroso, no llega a la raíz honda la escarcha. De las cenizas despertará un fuego, asomará una luz entre las sombras; la espada rota forjarán de nuevo y será rey el hombre sin corona.
Increíble, luego cierto. Las cosas en las que uno fue sembrando ilusión (y con ella, el más que probable desencanto) parecen decididas a florecer últimamente. No todas, claro, ni al mismo ritmo, pero sí las que uno nunca sospechó o veía menos probables.
Cuando unos tolkienómanos empezamos a traducir en 1999 Las aventuras de Tom Bombadil nadie hubiera creído que nuestra traducción en verso, tan amorosa como amateur, terminaría viendo la luz en Minotauro e integrándose así en el Canon público de la Tierra Media. Tampoco que a unos cuantos culpables (Valnaur, Ana Leal y yo) nos invitarían esta semana a la Pompeu i Fabra, dentro de un curso sobre Tolkien, a explicar los porqués y sinembargos de tanto atrevimiento. (Lástima, y mucha, que los organizadores desistieran de traer de Argentina a los principales promotores de la traducción, Diego Seguí y Ale Murgia).
Para mí, la experiencia ha sido linda pero agotadora (partida en autocar a Madrid a las 14.00 del martes, llegada en avión a Barcelona a las 21.10, una brevísima mañana para ver el Barrio Gótico, dos horas de ponencia por la tarde y vuelta otra vez en avión y en autocar hasta este noble villorrio, para llegar a las tres y media de la mañana del jueves y estar pocas horas después con la tiza en la mano, incrédulo y exhausto). Es una experiencia única pasar unas horas entre los miembros de la Sociedad Tolkien de Barcelona, tan instruidos como un concilio élfico y tan amables como una familia hobbit. Uno hubiera creído ser un friki de la Tierra Media, pero en tan docta compañía comprueba que tampoco en esto pasa de aficionado más o menos audaz.
Si tengo un rato, pasaré a limpio y subiré aquí lo que pude decir sobre la obra poética de Tolkien. Valnaur habló sobre la traducción y el Departamento de ídem de la Universidad de Númenor, y Ana Leal, cada vez mejor discípula de su maestro, logró que resultara sencillo, casi transparente, el ritmo de los poemas. Mostró muy bien lo que Tolkien tomó de la tradición popular inglesa y dejó abierta la puerta a una traducción más fiel que la publicada, que se arriesgue a reproducir en castellano las formas del texto original, con sus versos acentuales, de número de sílabas impredecible. Tiene razón en que, tratándose de hechos rítmicos, pueden traspasarse con éxito de una lengua a otra: pero también es cierto que aclimatar una forma que los oyentes perciben como nueva o foránea toma su tiempo (que se lo pregunten, un suponer, a los primeros endecasilabistas).
Como muestra del espíritu hobbit con que se afrontó la traducción, escuchamos la versión musicada del Olifante de Diego y Ale Murgia. Cuando Ana nos recordó que Tolkien fantaseó con crear una escuela o tradición que completara su trabajo con nuevos relatos y canciones, pensé (bien pero tarde) que hubiera estado tanto o mejor sacar sobre la mesa esta maravilla de Ale Murgia, musicada por Hernán González. Tolkien meets Les Luthiers.
Se cuenta que en los lindes del bosque de las fresas vivía hasta hace poco —auténtica rareza— un troll de dos cabezas.
Era hosco y huraño, campeón de la rudeza, pero a veces hablaba con gran delicadeza el troll de dos cabezas.
Prefería estar solo; se sentaba a la mesa y trozaba el carnero sin gracia ni destreza, aunque a veces sentía un rapto de fineza y usaba aguamanil igual que una princesa.
Los hobbits le temían y existe la certeza que en su propia familia provocaba extrañeza. Pero él no hacía caso ni sentía tristeza. Mataba el tiempo hablando de una a otra cabeza.
Una, la más maciza, y ceñuda, y aviesa, contaba chistes orcos de indecible torpeza, y a cambio le narraba la segunda cabeza olvidadas historias de élfica belleza.
Siendo tan diferentes una y otra cabeza tuvieron tanto tiempo de cambiar sutilezas que llegó a ser un sabio el troll de dos cabezas.
Lo cierto es que un buen día la hermosa troll Teresa cruzó en busca de setas el bosque de las fresas, y escuchó hablando solo al troll de dos cabezas.
Decía: «Hete el secreto de mi naturaleza de troll, he de tenerme absoluta franqueza, reconocer las propias miserias y flaquezas mas no cortar las alas que buscan la belleza».
Cuando escuchó estas cosas la linda troll Teresa se enamoró en el acto del troll de dos cabezas, y fue de esa manera, sin tortas ni cerezas, que nuestro extraño amigo al fin sentó cabeza.
Lo cuentan las canciones de barra y sobremesa, cuando alegre en las copas desborda la cerveza. Y agregan que en el linde del bosque de las fresas, medraron, ¡oh, sorpresa! los trolls de dos cabezas.
Anglosajones: no hay quien los detenga. Tienen ideas tenaces sobre la poesía y su relación con el arte musical y no les falta un micro, caja de resonancia por la que despeñarse. No intenten imaginarse a Juan Ramón Jiménez o Luis Cernuda (recitadores galanos) arriesgándose a tanto. Hasta García Calvo, capaz de poner voces distintas a cada personaje de una comedia, deja a otros la tarea de musicar sus textos. El viejo profesor, no. Con dos bemoles.
La canción en tres versiones: recitada por Tolkien, musicada y cantada (en emotivo low-fi ) por el maestro y en versión, más aliñada, de Donald Swann.
...Así que no me queda más remedio que tomarle la palabra a Nosferatu y apelar al sincronismo junguiano que impone recitar ahora mismo estos versos. ¿Qué culpa tiene el autor si, como compuestos al calor de nuestra charla, les da por hablar de abrazos, sombras y contempladores pétreos?
La novia-sombra
Vivió una vez un hombre aquí que al correr de las horas, inmóvil como piedra gris, jamás echaba sombra. El búho fue a posarse en él en la luna de invierno; rascando con su pico, a aquél en junio dio por muerto.
Llegó una dama envuelta en gris en el ocaso incierto: fulgió por un instante allí, trenzado en flor, su pelo. Libre de encanto al fin brotó despierto de la roca: en carne y hueso la abrazó fundiéndose en su sombra.
Ella no ha vuelto a caminar bajo estrellas o soles: habita la profundidad donde no hay día o noche. Mas sólo un día al año, aquel en que lo oculto brota, danzan hasta el amanecer: la misma sombra arrojan.