Primer paseo en bici hoy, desde los 15 años. Sensación de libertad. Cruzo las calles como si las subrayara con un rotulador fosforito. Da gusto repasar las calles de siempre desde esta perspectiva inédita. Descubrir que tienen sentidos lícitos y prohibidos, desniveles que un día serán charcos. Como aún no estoy muy seguro de mis fuerzas, me limito a recorrer los dominios cercanos. Como el poeta simbolista que fui de pequeño, disfruto la correspondencia entre el atardecer y los terrenos surreales que recorro, solares decaídos donde se iba a construir toda una urbanización y que han quedado a medio apañar, con calles asfaltadas por las que no pasan coches y que el botellón, tan generoso como importuno, suele regar de cristales. Como el barrendero se abstiene de entrar en la zona maldita, sopeso la oportunidad de llevarme otra tarde mi propia escoba y darle un repaso.
Vi ayer la bicicleta que me regalaron y pensé que, efectivamente, alguna cosa tenía en común con aquella de mi niñez. Pero apenas lo básico. Mi regalo es un animal distinto, mucho más alto y robusto, con dos juegos de marchas y sin la familiar patita negra o plateada donde dejarla apoyada. Tampoco tiene timbre ni faro. Subido en ella, no toco con los pies en el suelo (ni lo debo tocar, me advierte el vendedor, muy de Bilbao él, simpático y sentencioso, pero incapaz de explicarme de forma inteligible cómo marcha el invento). Ni subir ni bajar es fácil, al menos no con gracia, para quien aún no se ha acostumbrado a hacerlo. Por suerte, una vez arriba, todo se simplifica. Hasta el juego de las palanquitas consiste en ir probando hasta hallar una combinación de los engranajes que, intuitivamente, le parece a uno 'la natural'.
El cuerpo, a la vez, se alegra y se queja del reto: duele el culo y se ensancha el aliento. Como intuía (o recordaba), me encanta lo que siento. Y agradezco a mis niños haberme contagiado esta alegría, que yo había ido demorando para cuando viviera en un pueblo de verdad —como si aún quedaran sitios de esos.
En sincronía con mis recuerdos de bici (aquellas tardes de finales de los 70 y principios de los 80 en Majadahonda, con la reina de las piedras), en la radio mental me acompañan versos de Radio Futura: 'a la hora en que cierran los clubs', 'tras algún signo de vida voy / sin sonreír más de lo necesario'. Y no, no ríe uno al ver los coches, esos armatostes que hoy más que nunca se revelan como el enemigo —aunque los conductores de muchos de ellos serán también, en su vida paralela, el ciclista experto y asiduo que yo no soy, esta tarde desde mi bici me parecen todos apresurados, seguros en su esquema de metal macizo, traicioneros y prepotentes.
Es una media hora larga, pero parece mucho más tiempo, como si el cronómetro que va cada año más deprisa hubiera regresado por una vez a las tardes casi infinitas de aquellos años. Pienso en el tite Antonio, en las islas del poniente y los pueblos del sur. Imagino esta entrada: por escribir y ya escrita, al mismo tiempo. Y estoy un instante aquí y allí a la vez, siendo el uno y el otro, conciliados los extremos.
De vuelta a la cochera, no recuerdo las instrucciones para bajar, pero lo hago con naturalidad. Pienso en la otra bajada, la que hice a los quince años más o menos. Te bajas de la bici pensando que el fin de semana volverás a subirte, y al fin de semana siguiente el mundo se ha vuelto patas arriba: tus abuelos han vendido el chalet que era tu Edén, tu amor infantil se ha ennoviado, tu familia se reduce a la inmediata. Toda la vida, desde entonces, pensando en volver a subirme. Y resulta que sí: también eso tenía un momento. ¿Lo tendrán otros anhelos?