Mostrando las entradas con la etiqueta Tomorrow. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Tomorrow. Mostrar todas las entradas

viernes, 9 de marzo de 2012

My White Bicycle


Primer paseo en bici hoy, desde los 15 años. Sensación de libertad. Cruzo las calles como si las subrayara con un rotulador fosforito. Da gusto repasar las calles de siempre desde esta perspectiva inédita. Descubrir que tienen sentidos lícitos y prohibidos, desniveles que un día serán charcos. Como aún no estoy muy seguro de mis fuerzas, me limito a recorrer los dominios cercanos. Como el poeta simbolista que fui de pequeño, disfruto la correspondencia entre el atardecer y los terrenos surreales que recorro, solares decaídos donde se iba a construir toda una urbanización y que han quedado a medio apañar, con calles asfaltadas por las que no pasan coches y que el botellón, tan generoso como importuno, suele regar de cristales. Como el barrendero se abstiene de entrar en la zona maldita, sopeso la oportunidad de llevarme otra tarde mi propia escoba y darle un repaso.

Vi ayer la bicicleta que me regalaron y pensé que, efectivamente, alguna cosa tenía en común con aquella de mi niñez. Pero apenas lo básico. Mi regalo es un animal distinto, mucho más alto y robusto, con dos juegos de marchas y sin la familiar patita negra o plateada donde dejarla apoyada. Tampoco tiene timbre ni faro. Subido en ella, no toco con los pies en el suelo (ni lo debo tocar, me advierte el vendedor, muy de Bilbao él, simpático y sentencioso, pero incapaz de explicarme de forma inteligible cómo marcha el invento). Ni subir ni bajar es fácil, al menos no con gracia, para quien aún no se ha acostumbrado a hacerlo. Por suerte, una vez arriba, todo se simplifica. Hasta el juego de las palanquitas consiste en ir probando hasta hallar una combinación de los engranajes que, intuitivamente, le parece a uno 'la natural'.

El cuerpo, a la vez, se alegra y se queja del reto: duele el culo y se ensancha el aliento. Como intuía (o recordaba), me encanta lo que siento. Y agradezco a mis niños haberme contagiado esta alegría, que yo había ido demorando para cuando viviera en un pueblo de verdad —como si aún quedaran sitios de esos.

En sincronía con mis recuerdos de bici (aquellas tardes de finales de los 70 y principios de los 80 en Majadahonda, con la reina de las piedras), en la radio mental me acompañan versos de Radio Futura: 'a la hora en que cierran los clubs', 'tras algún signo de vida voy / sin sonreír más de lo necesario'. Y no, no ríe uno al ver los coches, esos armatostes que hoy más que nunca se revelan como el enemigo —aunque los conductores de muchos de ellos serán también, en su vida paralela, el ciclista experto y asiduo que yo no soy, esta tarde desde mi bici me parecen todos apresurados, seguros en su esquema de metal macizo, traicioneros y prepotentes.

Es una media hora larga, pero parece mucho más tiempo, como si el cronómetro que va cada año más deprisa hubiera regresado por una vez a las tardes casi infinitas de aquellos años. Pienso en el tite Antonio, en las islas del poniente y los pueblos del sur. Imagino esta entrada: por escribir y ya escrita, al mismo tiempo. Y estoy un instante aquí y allí a la vez, siendo el uno y el otro, conciliados los extremos.

De vuelta a la cochera, no recuerdo las instrucciones para bajar, pero lo hago con naturalidad. Pienso en la otra bajada, la que hice a los quince años más o menos. Te bajas de la bici pensando que el fin de semana volverás a subirte, y al fin de semana siguiente el mundo se ha vuelto patas arriba: tus abuelos han vendido el chalet que era tu Edén, tu amor infantil se ha ennoviado, tu familia se reduce a la inmediata. Toda la vida, desde entonces, pensando en volver a subirme. Y resulta que sí: también eso tenía un momento. ¿Lo tendrán otros anhelos?


jueves, 8 de octubre de 2009

Let me take you down...


I will diminish...
(Galadriel)

Degradación es una palabra tan resbaladiza que a lo mejor merece la pena analizarla un poco. Viene de grado: escalón. Degradarse es bajar peldaños, perder puntos, ir a menos. Parece que el modelo mítico de toda degradación fuera el descenso a los infiernos. En El día de la bestia se hacen buenas bromas con eso: para poder entrar en contacto con el maligno, el cura que encarna Angulo tiene que 'degradarse' haciendo barrabasadas. La degradación parece la sombra junguiana del éxito: corruptio optimi pessima, más dura será la caída. Pero también el sueño es una caída o un descenso: to fall asleep, caerse de sueño, y así la imagina Lovecraft en sus aventuras oníricas, una escalera de setenta peldaños para el sueño ligero, otra de trescientos hasta el Pórtico del Sueño Profundo.

Degradarse es malo, pero, extrañamente, profundizar en los problemas es bueno. ¿Hay o no hay que tomar "lecciones de abismo"? Dante no viaja directamente al Paraíso, seguramente porque la degradación, el descenso al sótano, es parte impepinable del viaje del héroe. Hasta parecería que la necesidad de matar al monstruo que se esconde allí, que es lo primero que a uno se le ocurre, es más una excusa que una razón verdadera para el descenso: ni Dante ni Heracles ni Orfeo bajan por eso. Por otra parte, tampoco está claro que la doncella atrapada en esos lares (el otro móvil socorrido) esté tan a disgusto como parece, al menos según la versión un tanto novedosa del mito de Perséfone que nos dan Alicia Esteban y Mercedes Aguirre en sus Cuentos de la mitología griega, en la que la Niña sabe lo que hace cuando prueba la granada y se descubre enamorada de Hades justo cuando tiene la oportunidad de abandonarlo. Queda un tercer móvil: el tesoro escondido. Y un cuarto, que parece el definitivo: bañarse en las aguas del Leteo para renovarse, morir para renacer. "De la escuela de la vida: lo que no me mata me hace más fuerte".





lunes, 16 de junio de 2008

Bicicletas blancas


Los esotéricos fantasean con un grupo de iniciados que anónimamente, desde la sombra, animan y vertebran cuanto de bueno sucede en el mundo. Gracias a la biografía de Joe Boyd, Bicicletas blancas, descubro que este productor norteamericano cumple de forma inmejorable las condiciones: casi adolescente, descubre a artistas negros de blues totalmente olvidados, los rescata de trabajos sórdidos (casi forzados) y los lleva a triunfar al campus universitario; después, parece estar donde quiera se cueza un prodigio: anima a Eric Clapton a grabar Crossroads, prueba sonido con Dylan en Newport, descubre a Fairport Convention, Pink Floyd, la Incredible String Band, Vashti Bunyan, Nick Drake, las Voces Búlgaras y hasta Abba (!), organiza el duelo de banjos de Deliverance, compila el documental definitivo sobre Hendrix, graba con Silvio Rodríguez...

El título del libro alude a una canción que Boyd no produjo pero supo apreciar. El grupo inglés Tomorrow (donde se desbravó Steve Howe, el futuro guitarrista de Yes) se inspiró en una iniciativa de los provos de Amsterdam: sembrar la ciudad de bicicletas blancas, sin dueño, para que la gente pudiera cogerlas y abandonarlas a su gusto y conveniencia. Durante un tiempo, resultaba posible moverse de una parte a otra de la ciudad cogiendo una de estas bicis y dejándola luego donde otro pudiera cogerla a su vez y dar con ella una vuelta.

La melodía y los arreglos captan y eternizan la electricidad de aquel momento en que la ciudad floreció cual Bucólica de Virgilio. Hay revoluciones traicionadas, pero en algún sentido misterioso, necronómico, ninguna está muerta.