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miércoles, 6 de septiembre de 2006

Los abuelos (II): Ezra Pound


El arte de la poesía, por Ezra Pound, Joaquín Mortiz, México. Helo aquí: un libro heredado, afanado hace unos días (con su permiso) a un amigo entrañable que lo compró de segunda mano, quizá en Chile. No sé qué lector de la cadena (que adivino larga) ha herido el papel con el lápiz, señalando los puntos del texto que le han deslumbrado. En general uno concuerda y hasta se da por aludido. Aviso a sonetistas, por ejemplo:

Si usas una forma simétrica, no escribas primero lo que quieres decir para después llenar con mierda los huecos que te queden.

Otras veces uno vacila. Sucede que Pound cree en el progreso, y su idea de la antología perfecta es una escalera hacia la perfección imaginista:

La mejor historia de la literatura, especialmente de la poesía, sería una antología en tres volúmenes en la que cada poema se seleccionaría no por ser un poema agradable o porque le gustara a la tía Fulanita, sino por contener una invención, una contribución definitiva al arte de la expresión verbal.

Pound llega a concretar la antología: empieza con Homero y Safo (nada de los trágicos) y sigue con Catulo, Ovidio y Propercio (se molesta en escupir al paso sobre Píndaro, Horacio y Virgilio). Del medievo le vale el Seafarer anglosajón (que desconozco) y cualquier epopeya o saga, como el Cid o el Beowulf. Hay que llegar a los trovadores para pisar el freno: al menos 30 poemas en provenzal y alguna canción en alemán como contraste instructivo. (Anacrónicamente, añade la Muerte de Adonis, de Bión, al lote).

Saltando a Italia, receta a Guido Cavalcanti y a Dante. A Petrarca ni lo cita. Se entusiasma con Villon y nos aclara que a partir de él casi toda la poesía, Shakespeare incluido, es mera floritura, refrito más o menos preciosista de fórmulas agotadas.

Cuando vuelve a salvar algo, estamos ya en el XVIII, cuyas sátiras contienen algo de juego lingüístico novedoso. A partir de 1750, la poesía deja de intentar siquiera mantenerse en forma. Son los prosistas los que avanzan: Stendhal, Flaubert. Hasta Corbière no hay buenas noticias, y éstas se limitan a un retorno a Villon. Laforgue, Gautier y Rimbaud (que no Baudelaire) vuelven a ser poetas arriesgados, de distintas maneras (Gautier no sabemos cómo; Laforgue por su logopea, su juego audaz con las palabras arrebatadas de su contexto y vivificadas por la ironía; Rimbaud por sus imágenes claras, exactas).

A partir de ahí, la antorcha pasa a Joyce, Yeats, Eliot, el propio Pound. Todo lo demás es filfa, o enfermedad que exige un bisturí implacable (el Barroco, por ejemplo, intento nefasto de neolatinizar las lenguas romances).

El escrutinio de Pound no envidia al del Cura y el Barbero. Tiene la misma claridad de ideas, la misma sensibilidad para rescatar lo poco que hay de invención o maestría (Amadís y Tirant lo Blanch, en Cervantes) y deshacerse de todas las copias borrosas.

Darle la razón a Pound (creer a Laforgue superior a Baudelaire, ilegibles a Quevedo y Góngora, insolventes a Petrarca o Rubén Darío) aporta una ración de vértigo muy saludable. Sin embargo, uno no dejaría en sus manos la selección de su biblioteca (la mía, desde luego, ardería casi por entero), del mismo modo que no se resignaría a ir al cine a ver únicamente las películas que, según el gran Mengano, revolucionan el arte fílmico.

En todo caso, dársela de veras es imposible, siquiera porque Pound se toma la molestia de indicar que quien esté dispuesto a suscribir y aplaudir las filias y fobias que nos presenta no ha trabajado ni aprendido nada: aunque se agradezca una guía, el camino de rosas y espinas es siempre tarea personal, indelegable.

Uno puede entender en qué sentido el progreso de cierta técnica pasa por Cernuda, Gil de Biedma y Fonollosa —y seguir prefiriendo (o estimando, al menos, igualmente) a García Lorca, Larrea y J. A. Goytisolo. A lo peor, el verdadero progreso está en Valente y sus acólitos, y en ese caso mejor cerrar el libro y olvidarse del arte.

Pound, en todo caso, interesa vivamente a cualquiera que se acerque a sus palabras. Habrá que leer sus Cantos. Sobre su distinción entre melopea, fanopea y logopea como los únicos y verdaderos géneros poéticos hablamos (si podemos) otro día.

martes, 5 de septiembre de 2006

Los abuelos (I): Nick Mason


Pues sí. Nuestros padres son ya abuelos (o podrían serlo), y el tópico los querría desprestigiados y preteridos en esta sociedad peterpanesca y blablablá. La verdad es que, aquí y ahora, se puede tener sesenta años largos y seguir en el candelabro, seduciendo pupilas y neuronas. La vejez ya no es sólo privilegio de bluesmen. Leonard Cohen, Bob Dylan o los Stones se mantienen lúcidos y, si procede, saltarines.

Nick Mason, de Pink Floyd, nació en el 44. Inside Out: A Personal History of Pink Floyd es su debut como escritor, y vive Dios que no ha desaprovechado la oportunidad. Del libro, además de ilustrado (y a veces decepcionado: ya veremos en qué) se sale con la impresión de haber conocido a un conversador de primera, un millonario tranquilamente desesperado, irónico y sensible.

Aunque el cuidado diseño (del equipo Hipgnosis, en la mejor tradición de la casa) y la abundancia de fotos bien escogidas le dan un aire glamuroso, de producto de lujo, la historia que nos cuenta Mason es más desmitificadora que otra cosa. Con elegancia, se reserva los juicios más severos para sí mismo (un batería mediocre y, a veces, perezoso), pero el grupo en su conjunto no sale muy bien librado: aunque medraron al calor de la psicodelia, sólo Barrett participó, con más corazón que cabeza, en aquella peculiar cruzada contra las mentes cuadradas (y así le fue). Los demás, obsesionados por hacer caja, perfeccionaron (con la preciosa ayuda de Hipgnosis y de varios artistas plásticos de talento) un entramado de falso underground tan convincente como huero, golosina lúcida y premeditada para que otros ensoñaran (y se alienasen). Reveladoramente, el tema terminal de Pink Floyd es la pestilencia del grupo mismo, el montaje de sangre y lentejuelas de The Wall, que juega a autodestruir su propio glamour mientras planea cuidadosamente el merchandising y los efectos especiales. Del vinagre a la sacarina: cuando el egotrip de Waters parecía de una avilantez insuperable, Gilmour y Mason emporcan aún más la etiqueta, manteniendo vivo el nombre del grupo (y poco más) en una serie de discos prescindibles e insulsos.

A pesar de lo dicho, da la impresión de que Mason se pasa de duro. Aunque él lo diga, es casi imposible creer que maravillas como Echoes o Shine on you crazy diamond sean obra de una banda aburrida que da bandazos y recicla hallazgos ajenos. Más aún: si realmente fue así, la genialidad del producto se convierte en un enigma sobre el que Mason nada sabe aclararnos. Hay que suponer (como diría el parlero Fripp) que algún hada buena o reparador de sueños supo hacer oro de las cenizas.

De las muchas anécdotas del texto, mi preferida es la carambola que lleva a Mason a convertirse en productor de The Damned, grupo punk. El cambio de hábitos se resume en una frase: el disco entero se grabó y mezcló en el tiempo que Pink Floyd tarda en probar los micros.

Hay, por lo demás, muchas curiosidades que quedan resueltas. El sonido lamentable de Animals responde a una aventura de autoproducción que muy bien pudo evitarse. The Dark Side of the Moon fue, a ojos del grupo, su obra magna, hasta tal punto que después se sintieron vacíos y coquetearon con la idea de un disco de música concreta felizmente archivado. Atom Heart Mother fue otra huida (ésta, consumada) hacia la vanguardia, en un momento en que el grupo se temía (con buena visión de futuro) que la discográfica intentara exprimirles con un disco de muzak, en plan The London Symphony Orchestra plays Pink Floyd.

All in all, por menos de 20 euros el libro es una bicoca, y el viaje nostálgico por tantos discos queridos nunca es infructuoso. Es cierto que cuesta encontrar una canción de Pink Floyd que me apetezca volver a escuchar —pero la encuentro: Pillow of Winds. Lo mejor de Gilmour (y de todos) cabe en esa miniatura deliciosa. Róbenla (o cómprenla) y me cuentan.

jueves, 17 de agosto de 2006

Al final de este viaje (Hilario Camacho)


No Videos found for 'Hilario Camacho'
. El oráculo YouTube confirma lo que sospechaba: Camacho (como Javier Bergia) llevaba tiempo fuera del círculo in (interno, infame, infermo) de la música populachera. Esto le honra, pero no le habrá ayudado a vivir sus últimos años. Ahora que se lo lleva la Parca, sus canciones quedan abandonadas a sus propios recursos, que no son pocos. La gente recuerda Tristeza de amor y Cuerpo de ola (esa oda-denuncia del incesto padre-hija), por lo televisivo y morboso, respectivamente, pero no hay quien se salte otras muchas: Como todos los días (estupenda foto de época), Los cuatro luceros (que no muleros), Madrid amanece (pero no hay nadie que lo reciba en su boca). En la ensalada musical, Camacho salía ganando cuando arrojaba sin miedo un chorro de vinagre blusero o decepción vital; cuando trata de ser quedón o marchoso, o tierno al estilo Cómplices, resulta un tanto sacarinado. Mientras el nombre descansa en paz, es de esperar que sus canciones sigan dando guerra. Gracias por ellas.

(Parece que Hilario tenía ya acabado, o muy avanzado, un nuevo disco. Esperemos que vea la luz.)

lunes, 7 de agosto de 2006

Forever Changes


Se nos ha muerto Arthur Lee, el negro de alma púrpura que supo fijar en un álbum el cambio perpetuo. El final de los 60 fue una encerrona de cuidado. Si Barrett tomó la vía del psiquiátrico, Lee transitó por el callejón (muy americano él) de las armas de fuego y las cárceles ahítas de negros. Volvió a los escenarios con el tiempo justo para reinterpretar su juventud y apurar los aplausos que merecía. Una frase de las suyas vale un libro: The news today will be the movies of tomorrow. Creo que este guitarrista anónimo, sin discurso ni lentejuelas, le hace el mejor homenaje disponible.


miércoles, 5 de julio de 2006

El conejo Levrero


Me he enterado hoy: murió hace dos veranos, el 30 de agosto, el escritor uruguayo Mario Levrero. No faltan reseñas póstumas en la Red (con una linda discrepancia sobre la edad del difunto). En España Plaza & Janés ha publicado dos obras suyas: La Ciudad (1999, con prólogo de Antonio Muñoz Molina) y El lugar (2000, con prólogo de Julio Llamazares). Aunque todos sus títulos son de traca (La máquina de pensar en Gladys, el folletín Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo), para los que lo descubrimos a través de Lo mejor de la Ciencia Ficción latinoamericana de Bernard Goorden y A. E. van Vogt, será siempre el autor de Caza de conejos, el único ejemplo que conozco de la técnica musical de las variaciones aplicada a un texto narrativo.

Me he tomado un rato para escanear todo el cuento y colgarlo como regalo de no-cumpleaños. Aquí va la introducción que sirve, a su manera, de tema:

Fuimos a cazar conejos. Era una expedición bien organizada que capitaneaba el idiota. Teníamos sombreros rojos. Y escopetas, puñales, ametralladoras, cañones y tanques. Otros llevaban las rnanos vacías. Laura iba desnuda. Llegados al bosque inmenso, el idiota levantó una mano y dio la orden de dispersarnos. Teníamos un plan completo. Todos los detalles habían sido previstos. Había cazadores solitarios, y había grupos de dos, de tres o de quince. En total éramos muchos, y nadie pensaba cumplir las órdenes.

miércoles, 21 de junio de 2006

Prosa diabólica


Alpinista y cartógrafo del Inframundo, pagano sincero, nuestro hombre adoptó ante los medios la máscara peluda del Anticristo. En muchos sentidos, prefigura a Timoteo Leary: como le pasa a éste, debajo del brujo, del trickster, sobresale siempre el educado universitario. Predicó la lucidez eroto-comatosa y la ingesta del propio semen (upps), pero siempre dentro de unos parámetros de lo más oxoniense e ilustrado. Enemigo del oscurantismo, predicó el iluminismo científico: el método de la Ciencia, el objetivo de la Religión. Gnosis, en definitiva, al gusto de los mallarmeanos: no me cuentes lo que sientes, házmelo probar.

Escribía bien, o a mí me lo parece. Tras la brillantez de los eslogans (Cada hombre y cada mujer es una estrella. Hacer tu voluntad será la única ley) aguarda el laberinto de su peculiar escritura automática: libros dictados por algún demon tardoegipcio, más devoto de Athanius Kircher que de Champollion. Como prosista consciente es autor de títulos únicos: Mortadello (sic) o el Ángel de Venecia, obra cómica (claro), Moonchild (¡ajá!) y una prometedora "auto-hagiografía" (que, así dicho, nos remite a aquel Nietszche de Ecce Homo: por qué soy tan brujo y titulo tan bien mis libros).

Prefigurando la soltura de Breton a la hora de asignarse precursores, en el manifiesto de la orden que fundó, la O.T.O. (Orden del Templo Oriental), incluye como socios arcaicos a Orfeo, Apolonio de Tiana, Catulo, Merlín, Paracelso y Osiris. Con carné más reciente desfilan el mentado Nietzsche, Wagner, Ricardo Francis Burton, Goethe y Eliphas Lévi. La lista nos aclara su progenie romántica: todo gran poeta fue un iluminado, todo explorador sincero acaba arrivando al misterio. La carta a su hijo (777, como buen sucesor del 666) es un documento especialmente emotivo: Aprende de mí, le dice, el testimonio de la Historia y la literatura: un gran Manuscrito de Sabiduría que tiene por papel la piel del Hombre y por tinta la sangre de su corazón.

Donde esperaríamos citas del Libro de Dzyan o los Manuscritos Pnakóticos, nos remite a Shakespeare, Abelardo y Eloísa, Dante y Apuleyo. ¡Y al Evangelio! Entiende, hijo mío, en tu juventud estas palabras que algún sabio, anónimo ahora, dijo antaño: si no os volvéis como niños pequeños, jamás podréis entrar en el Reino de los Cielos.

Corruptor de jóvenes (¡como Sócrates!), retimbrador de adultos, se creyó el heraldo de un nuevo eón, y desde luego lo fue, mucho más dignamente que la barullera Blavatsky o el estreñido, aunque brillante, Guénon. Habrá quien diga que lo suyo, al fin y al cabo, no es más que sexo con glamour, un tipo peculiar de fetichismo —como si eso fuera poco. Ojeando sus papeles secretos (que hoy Internet airea) uno siente que también las sectas, con el progreso, han ido a peor. Cuando surja otra tan desesperadamente literaria como la suya, lectora de Shakespeare y Nietzsche, avísenme sin tardanza.

(Sus cuentos, por cierto, están publicados en Siruela:
El testamento de Magdalen Blair
.)

miércoles, 17 de mayo de 2006

Un mundo muy neumático


Cuando yo estudiaba COU, Un mundo feliz era lectura obligada. He descubierto este año que algunos profesores de Filosofía siguen enviándola al encuentro de nuestros alumnos, lo cual me alegró (pensé que, a estas alturas, Orwell se había comido todo el tarro de las distopías).

En clase de COU el profesor se explayaba sobre la obra pero decía poco o nada de Huxley. Tardé en entender por qué. En el humanismo cristiano que los padres viatorianos nos vendían, las críticas al materialismo y el cientificismo caían bien —pero nadie habría sabido dónde poner la mescalina y la Filosofía Perenne. De hecho, no parece fácil conciliar al ironista Huxley con el gurú de la psicodelia —aunque Sócrates y Jesús el Cristo fueron unos Jokermen de lujo, y lo mismo se podría decir de Alan Watts, Ken Kesey, Dylan y todos los discípulos Zen dispuestos a socarrar al Buda.

Aunque nos enseñaron a odiar el enfoque biografista, es innegable que la vida de Huxley rima con su obra de un modo escandaloso: obsesión familiar por la Ciencia, suicidio, niño Alfa-Más débil e inadaptado.

Lo que hizo en Un mundo feliz es casi imperdonable: llevó a las últimas consecuencias la creencia democrática en que el bienestar de los más vuelve despreciable el sufrimiento snob de los inadaptados. Se adelantó, además, a la idea del desarrollo sostenible y el reciclaje ecológico de nuestros restos. Como aquella máquina de la película de CF, que amplificaba con logaritmos marcianos los contenidos del Inconsciente, Huxley nos regaló todo lo que creíamos querer (hedonismo hi-tech, libertad sexual, drogas recreativas) con la esperanza nada secreta de que echaríamos de menos lo que pensábamos aborrecible (espiritualidad, dolor, frustración). Toma esta manzana, amiguito, / y también a medias / el gusanito (Isabel Escudero).

Si Frankenstein fue la respuesta de las sombras románticas al progresismo del XIX, Un mundo feliz ha sabido lidiar con la versión siglo XX del mismo virus. Hillman diría que en ambas obras lo que la psique reivindica es su derecho a la patología y la metamorfosis. Llámenlo, si quieren, disidencia y sociedad abierta.

jueves, 11 de mayo de 2006

Cristal herido



Sándor Ferenczi (que no Maray) fue otro psicoanalista húngaro. Un pedazo de pan, parece. Al menos, así lo sugiere la causa de su ruptura con Freud: a diferencia de éste, Ferenczi tomaba muy en serio los casos de abusos sexuales a menores que llegaban a su consulta (un trabajo especialmente explícito sobre el tema sufrió la censura del hagiógrafo de Freud, Ernst Jones). La exposición diaria a tanta desdicha acabó, además, calándole: se atrevió a romper la distancia sagrada entre analista y analizado (esas risitas) y acercarse al paciente, convencido de que éste necesitaba (y agradecería) una demostración física de afecto. En la misma línea hay que entender su simpatía por los homosexuales, que en general no suelen quedar muy bien parados en la literatura psicoanalítica.

Ferenczi, visir secreto y cabeza de turco del movimiento psicoanalítico, como lo define Pierre Sabourin, no tiene la brillantez ni la erudición de sus pares. A cambio, en sus notas breves, como ésta, hay algo de adorable inocencia percevaliana:

ESCALOFRÍOS PROVOCADOS
POR EL RECHINAMIENTO DEL VIDRIO

El análisis de las neurosis ha permitido descubrir el sentido de esta idiosincrasia tan extendida. El primer elemento de la interpretación me lo ofreció un paciente cuya «sangre se helaba» a la vista de patatas peladas: inconscientemente identificaba estos vegetales con algo humano, de manera que pelar patatas significaba para él desollar o retirar la piel, y ello de forma tanto activa (sádica) como pasiva (masoquista), en el sentido de la ley del talión. Esta experiencia me hizo atribuir también la particularidad citada en el título de este artículo a impresiones infantiles, de una época lejana en que la concepción animista y antropomorfa de la materia inerte es algo corriente. El sentido agudo producido por el vidrio que se frota evoca para el niño el llanto de un objeto maltratado, lo mismo que el tejido —piensa él— que lanza gritos de dolor cuando se le desgarra. Tocar materias ásperas, o acariciar la seda van acompañados a menudo de «escalofríos», sin duda a causa del ruido «desagradable» que producen estas materias cuando se pasa la mano sobre ellas. Pero la simple rugosidad puede bastar para provocar por empatía la sensación de algo rugoso o una herida de la propia piel, mientras que acariciar objetos lisos y dulces parece tener un efecto sedante sobre los nervios de la piel. La tendencia a desarrollar este tipo de idiosincrasia deriva muy a menudo de las fantasías inconscientes de castración. No es imposible que estos factores y otros similares jueguen un papel en el efecto estético producido por diversas materias o sustancias.

miércoles, 10 de mayo de 2006

A las puertas de Róheim


Tampoco es de recibo reducir el psicoanálisis a sus dos figuras mayores. El tercero en discordia más común, Lacan, es (con perdón) un pestiño que ha originado la escuela de parlanchines más pestífera que conozco y usurpa el lugar que deberían ocupar pensadores realmente interesantes, como Reich, Ferenczi, Róheim o Hillman.

La obra de Géza Róheim (1891-1953) es un tesoro por descubrir. Se suele reprochar a los psicoanalistas (por ejemplo, a Bettelheim, el de los cuentos de hadas) que cuando hablan del folklore o de antropología lo hacen utilizando fuentes de tercera mano y sin experiencia directa de las comunidades sobre cuyos conflictos pontifican. Es cierto. El húngaro Róheim fue la excepción: un gran folklorista y antropólogo, formado como tal antes que como analista, que se fue a vivir con los aborígenes australianos para poner a prueba las ideas de Freud sobre la universalidad del Edipo. (Concluyó dando la razón al maestro —pero eso es lo menos interesante de la experiencia.)

Aunque 'ortodoxo', Róheim tuvo los intereses, y en parte la amplitud de miras, de Jung. Escribió sobre Edipo y la Esfinge, las Puertas del Sueño, la Afrodita chipriota (¡barbuda y con pene!), Shakespeare y Goethe, Hänsel y Gretel. Como un Quijote del psicoanálisis, fue tan cuerdo y estricto en la presentación de los materiales como audaz en su interpretación.

Los editores españoles sólo se han atrevido con un libro de Róheim: Magia y esquizofrenia (Paidós, 1982). Muy recomendable. Las visiones de un paciente yanqui que ocupan la segunda parte del tratado son antológicas. A mí, al menos, me recuerdan poderosamente la lógica otra de la que hablábamos a propósito del sueño. Un pequeño muestrario:
La manera en que la comida desaparecía de mi boca es igual a la manera en que las palabras desaparecían de mi boca. En la escuela debía hacer ejercicios y dibujar una mesa. En lugar de escribir "Esto es una mesa", ponía "Esto no es una mesa". La corrección se hacía más tarde. También debíamos escribir historias. Y entre una y otra historia hacíamos música. Mu [música] y mi son la misma cosa. La palabra dicho [told] es lo mismo que peaje [toll], lo que se paga para pasar por algunos puentes.

Esto es como un tranvía. Yo tuve un tranvía pero me lo quitaron. Ciertas historias son difíciles de contar. Es tanta su amplitud que no se las puede abarcar. Cierta vez sentí de pronto un golpe sordo en mi estómago y en mi cabeza —como si alguien me hubiera sacudido. Luego perdí los sesos —y, más grave aún, a la mañana siguiente comencé a tomar mi desayuno de atrás para adelante, primero el tocino y luego los cereales. Finalmente, una vez recuperado mi apetito, todavía quedaban dificultades, pues no podía hallar las palabras. Una vez que quise volver a mi casa tomé las palabras demasiado livianamente. Supongamos que uno lee una historia, y al leerla de nuevo uno ha leído todas las palabras. Una vez pasé hambre y casi me morí. Luego de eso tuve un exceso de peso, y tomaba nueve tazas de café o de sopa en lugar de una.

martes, 9 de mayo de 2006

En el día de su no cumpleaños


Jung, por ejemplo: el joven que escribe (nomen omen) sobre el puer aeternus, el sabio anciano a quien la sombra, puro frescor, no aterra. Ética y estética antes que ciencia. Hay algo elegante y bondadoso en todo su hacer: expulsado por Freud, que pasa de considerarle su delfín a borrarle del género humano, nada tiene que reprocharle y reconoce siempre su deuda de gratitud con el maestro. Su visión integra a Freud, a Adler. Le interesa, siempre, extender el campo, no acotarlo. Cuando el Códice de Nag-Hammadi que acaba llevando su nombre empieza a dar problemas, él es el único que propone que esté a libre disposición de los estudiosos (y le quiten su nombre). Le acusan (injustamente) de nazi o de tibio y apenas se defiende: sabe que la calumnia se alimenta de nuestra fijación por la honra. Le crecen los epígonos y él (no lo sé pero lo sé) sólo se siente a gusto con el más díscolo. Todo el mundo cree saber lo que dijo, y por eso mismo nadie le lee —sólo James Hillman y Pitita Ridruejo. Le invocan los curanderos y los lectores de Tarot, pero él prefirió la amistad del físico Pauli, de Eliade, de Scholem. Sin él no tendríamos al Lobo Estepario ni a Obi Wan Kenobi, nadie a quien referirnos cuando explicamos que ni creyentes ni ateos ni zurraspas de la Nueva Era. Jung después de Freud es como los Beatles después de Elvis, un salto cualitativo que abre todas las ventanas del castillo. Como san Pedro, alguna vez le he negado —pero es hora de elogiar su apertura mental, su capacidad para trazar correspondencias, hacer viable una nueva literatura sapiencial y quizá sagrada. Si Borges fue Homero y Cervantes, Góngora y Lugones, Jung fue Basílides, Nietzsche, la cábala y la alquimia y el mito ancestral yuxtapuestos al sueño de ayer por la tarde. Nadie ha hecho tanto por reencantar el mundo e iluminar la Biblioteca. Que la Madre le sea leve.