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martes, 29 de diciembre de 2015

Leyendo a Pilar Pedraza (y a Alan Watts)


Estas Navidades he vuelto a leer con pasión, durante horas. Leer en papel, quiero decir: libros. Empecé con Lobas de Tesalia, de Pilar Pedraza, que me ha parecido una de sus mejores novelas; me preocupaba, antes de terminarla, cómo sería el final, que en otras obras suyas me había dejado insatisfecho. Esta vez, no.

De todas formas, lo que me parecía un defecto se va convirtiendo en una singularidad más bien grata, como esas voces que al principio te suenan extrañas y a las que luego acabas aficionándote. No es fácil formular una 'teoría de los finales en las novelas de Pilar Pedraza', pero más o menos yo diría que lo que sucede es que lo que nos parece la trama es como una irritación particular dentro de un organismo vivo más amplio —una irritación que al final se reabsorbe en el tejido que la alojaba.

En las novelas al uso, el telón de fondo funciona como un decorado, concebido con una mentalidad funcional: tiene que resultar creíble para que aceptemos lo que sucede dentro de él (que es lo que importa). En las de Pedraza, en cambio, lo que sucede tiene algo de fantasmagórico, frente a la veracidad del trasfondo, que acaba devorando sin previo aviso la anécdota de la historia. En esta novela, ya digo, el procedimiento se perfecciona: no hay un corte brusco, como si se fuera la luz y los personajes y sus pasiones se aquietaran de un plumazo, sino que concluida la aventura los personajes continúan sus vidas —y más tarde la mitología en la que se movieron continúa la suya, más allá de la desaparición o muerte de los personajes.

He seguido con dos libros de Alan Watts, uno póstumo de conferencias (cuyo título promete más de lo que da: Mito y religión) y otro monográfico, mucho más sólido, escrito en los 50s: Mito y ritual en el cristianismo.

El libro póstumo no ofrece, como digo, un análisis detenido de la peligrosa pareja de baile que le da título (aunque se ofrecen pistas interesantes en una de las charlas incluidas, 'Las imágenes del hombre'). En cambio, se habla de muchas más cosas: el cristianismo, en su versión cotidiana, aparece retratado sin misericordia como un mecanismo de adocenamiento que centra toda su energía en la represión del placer sexual (como si no hubiera, dice Watts con razón, pecados mucho más urgentes y dañinos que andar fornicando de una o otra manera); se salva en cambio a Cristo, que según Watts no predicó que Él era hijo de Dios (o sea, Dios mismo) sino en la medida en que cualquiera que despierte de la ilusión de su 'yo' lo es. Es refrescante, en fin, la ironía con la que Watts se trata a sí mismo en cuanto gurú u orientalista, dos máscaras de las que es muy consciente, pero que no permite que marquen el rumbo de lo que dice. Hay pellizcos adelantados a lo que sería luego la Nueva Era y a toda la industria de la Iluminación que sus libros y charlas contribuyeron, sin duda involuntariamente, a edificar.

El otro libro es de la década de los 50 (Watts no había cumplido los 40 cuando lo publicó)  y en él nos habla alguien que aún no se ha convertido, para bien y para mal, en el referente de ningún movimiento juvenil o espiritual. Watts no nos habla como maestro de nadie, sino como discípulo indirecto (lector crítico, no catecúmeno) de Jung y de otro autor menos conocido, Coomaraswamy; y su tono recuerda bastante al de su amigo Joseph Campbell, el autor de El héroe de las mil caras. La obra tiene un propósito muy singular: resumir las líneas esenciales de la mitología cristiana y del ritual litúrgico que se corresponde con él. Es un empeño difícil, pero para el que Watts resulta el hombre adecuado: como  sacerdote que fue durante varios años, conoce bien no solo la Biblia, sino la Patrística y la Tradición, y acierta a señalar cómo los relatos planteados en la Santa Escritura no concluyen en ella, sino que se decantan y ramifican en la tradición posterior.

Pongo un ejemplo, que a mí me ha sorprendido e ilustrado: el árbol del conocimiento del bien y del mal no queda aislado en el relato del Génesis, sino que se ramifica literalmente en la tradición posterior: Adán o su hijo Set se llevan parte de ese árbol. Según una versión, Adán sacó del Edén una rama del árbol, que le sirvió hasta su muerte como bastón (uno piensa, aunque Watts no lo nombra, en Edipo); otra versión dice que fue su hijo Set quien consiguió que el ángel que guarda el Jardín le diera dicha rama, o unas semillas del árbol. Esta rama se convierte luego en la célebre vara de Moisés, con la que divide las aguas del Mar Rojo y en la que coloca una serpiente de bronce (la nehushtan) que sana a los que la contemplan de una plaga de víboras. También con ella golpea la roca del desierto y hace brotar el agua.

La rama del árbol se convierte luego en viga del Templo construido por Salomón. Y con el tiempo llega a la carpintería de san José. Más tarde, la adquiere Judas, que se la entrega a los soldados romanos. Con su madera se construye la cruz en la que muere el Redentor, un árbol de la salvación que se convierte en el negativo del árbol del pecado que causó la Caída. Y todos los avatares anteriores de la madera resuenan ahora como anticipos o armónicos de Cristo: este es clavado en ella como la serpiente en la vara de Moisés (para sanar a los hombres), abre camino entre los mundos (baja a los Infiernos, sube al cielo) como aquel cruzó las aguas del Mar Rojo y hace brotar el agua de la salvación (el bautismo). La otra serpiente (la que tentó a Eva) termina vencida por el mismo árbol que la permitió antaño vencer.

Todo esto no es especulación de Watts, sino un relato medular de la tradición católica, del que sin embargo a mí (¡que me eduqué en un colegio de curas!) no me había llegado nada o casi nada. Supongo que lo mismo le pasará a muchos lectores, no de mi blog (que dudo ya que los tenga: los pocos, para mí valiosísimos, que queden no dan para hacer estadística), sino del libro de Watts.  Se cita en él (pág. 68) un fragmento de la misa de la consagración del Viernes Santo que resume esta idea de la Cruz como árbol santo, cuyo fruto es el Salvador:

Crux fidelis, inter omnes
Arbor una nobilis
Nulla silva talem profert
Fronde, flore, germine.
Dulce lignum, dulces clavos,
Dulce pondus sustinet. 

(«Fiel cruz, árbol sobre todos noble: ningún bosque ofrece algo similar en hojas, flores o semillas. Dulce leño que dulces clavos, dulce peso sostiene.»)

Reivindica, en fin, Watts la mitologia cristiana no, como tan a menudo se entiende, como un subproducto de la existencia real, histórica, de Cristo, que habría que eliminar para quedarse con el meollo ético y teológico de su predicación, sino como la almendra del cristianismo, la formulación más profunda del mismo. Combate con razón la idea de que pueda descartarse algo como un 'simple' mito —cuando los mitos, lejos de ser simples, suponen toda una red de sinapsis que convierte cada elemento que forma parte de ella en un resonador y alimentador de los demás elementos de la cadena. Renunciar al mito que prolonga los episodios bíblicos y los relaciona entre sí es desecar estos, eliminando la savia numinosa que los mantiene vivos.

Esto, en fin, se ve después de haber leído el primer capítulo del libro ('En el comienzo'). Los siguientes se prometen también sustanciosos. Iré trayendo noticia de ellos, si me alcanza el tiempo y el entusiasmo.

viernes, 20 de diciembre de 2013

Algo de margen



ALGO DE MARGEN
(cuento borgiano y moderadamente profético; diciembre 1998)
 
       Los ángeles rebeldes tenían la costumbre de anotar en unos cuadernos las conversaciones que sostenían los otros ángeles en los confines del cielo. Lo hacían con la esperanza de descubrir secretos que les permitiesen entrar otra vez en el Paraíso y pensaban dar cuenta de ello a su jefe. Pero eran muy malos alumnos y lo anotaban todo al revés. Salomón se enteró y confiscó los cuadernos. Los encerró en un cofre y colocó este debajo de su trono. A su muerte, Satán se apresuró a indicar a los israelitas el lugar donde se  hallaban... "Y así surgieron" —dice el comentario— "las falsas leyendas..."


En unas traviesas páginas cuyas letras se antojan aladas, el folklorista Andrew Lang demuestra, aplicando las teorías de Max Müller sobre el mito —enfermedad de las palabras— que Napoleón Bonaparte es un héroe solar, una larga alegoría del astro que despunta y arrolla para luego declinar cruentamente, y que las fábulas sobre sus miserias y hazañas en Waterloo o en Elba no tienen otra procedencia que la de una viejísima metáfora cuya naturaleza, con el tiempo, se ha enturbiado.

Lang bromeaba. Tal vez ciertas verdades especialmente ominosas sólo de esa forma pueda alguien plantearse decirlas. No es bromear, empero, lo que ahora me propongo hacer aquí; por más que, tal vez, no quede otra cosa que hacer para mí, para nadie.

Se me crea o no, las consecuencias no serán mejores. No lo serán, tampoco, si decido no escribir, mandar en blanco a Port Selin estas hojas. Mi silencio podrá ser leído con la misma mala fe que ha dispuesto escribir estas palabras.

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Abizmael Guzmán nació en la Chinantla, México, en 1985. En las mismas fechas, los periódicos informaron del encuentro casual de dos gemelos de piel verdosa, hembra y varón, en una espelunca del Cerro Ixtatlán; bebés a los que el pueblo chinantla consideró progenie de los chaneques, los duendes cavernícolas que huyeron en su día del conquistador español, y cuyas ciudades subterráneas albergan viejos dioses que no duermen.

No es cierto, o tal vez sí, que Abizmael fuera el tercero de esos niños gemelos, y que su mero nacimiento fuera ocultado durante treinta años por los medios de formación de masas.

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No pasaba nada. Pasaba lo de siempre. Habíamos llegado a un punto crítico después del cual todo sería distinto. Cualquiera de estas tres frases, puestas en boca de un historiador, definen con igual exactitud lo que fue el tiempo de entre milenios. Cualquiera de las tres; y ninguna.

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En el principio era la ausencia, y el aliento de Dios flotaba sobre los signos vacíos. Alguien echó sangre en los huecos tallados de la piedra, y las fieras del cerro proclamaron graznando el nombre gris de Abizmael.

Abizmael no es un nombre de gente. Para sus guerrilleros, para sus torturadores, Abizmael era abismo; El Elyon es el nombre más viejo del Dios único cuyos hombres mandaron, hace tiempo, masacrar a las mujeres y niños de Madián.

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La CIA inventó a Abizmael. En un determinado momento, aletargado el integrismo islámico, simplemente hacía falta un enemigo que batir; ello sería mucho más fácil si este pelele era simple ilusión, invento de los medios, un estereotipo cuyas acciones, por arquetípicas, estuvieran previstas de antemano, y que jamás pudiera sorprender a quienes lo habían animado para poder jactarse de su muerte.

Varios profesionales, algunos de ellos significados por su labor en las mejores teleseries del Margen, fueron la voz y la mano de Abizmael. El actual Premio Nobel de Cine fue, tal vez, el rostro de su única (e incierta) aparición grabada en video: Abizmael masturbando al anciano general Tomás antes de darle a masticar a su mujer sus testículos.

Sus golpes de mano tenían algo de Guevara; sus discursos, del subcomandante Marcos; su oscura religión indigenista, de Gadaffi o el Imán palestino Izmalah. Fue el centro de la información durante muchas temporadas. Muchos izquierdistas acudieron a los lugares que la información dejaba entrever pudieran ser cubiles del comandante Guzmán, y sólo unos pocos de ellos llegaron a tener la oportunidad de hablar sobre aquello en lo que se implicaron. La hipótesis de un genocidio político casi masivo parece, pese a la falta de datos, una de las más consistentes; si ello fue un desarrollo premeditado o una respuesta de los guionistas a la  inesperada afluencia de indios, ni a mí ni a nadie le es dado saberlo.

Los asesinatos atribuidos a Guzmán fueron siempre atroces, crueles y al tiempo simbólicos, del viejo tipo del sacrificio que sacia, pródigo en efusión de sangre prócer, la inextinguible sed revanchista del populacho. Doce diputados del PRI fueron hallados, el 25 de diciembre del año 2015, sentados en torno a una mesa de juego; en la rugiente ruleta, en vez de bolas, flotaban 12 ojos que habían contemplado la faz de Abizmael. Otros doce, a modo de uvas, ocupaban un paquete pisoteado en el suelo con una tarjeta prendida de felicitación que deseaba buen apetito al presidente electo americano François Donought. Don Florencio Hidalgo, financiero y  principal sustento de la democracia cubana, fue hallado a la puerta de su casa; los guerrilleros le habían cortado la lengua y los dedos. Interrogado sobre lo sucedido, sólo pudo responder sí o no, asintiendo con la cabeza. Aunque vivió aún quince años, sus versiones son contradictorias, necesariamente vagas y truncas, y no han iluminado nada de lo sucedido. Me hubiera gustado, no obstante, entrevistarle, dejarme guiar por él hasta el lugar elevado. 
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Jamás ha pasado nada. Este aserto historiográfico ha movido la pluma de Marvin Harris, de Claudio A. Gilardoni, de Analía Zyger. Todo cuando parece prodigioso o providencial se revela, bien mirado, necesario, predecible, baladí. Jesús no pisó las aguas. No hubo extraterrestres que revelaran a los Dogon la existencia de una segunda estrella gemela de Sirio. Mahoma fue un epiléptico. Los diez acrósticos del nombre de Beatriz, hallados en la Divina Comedia, se encuentran también en cualquier guía de teléfonos. Los judíos de Sión inventaron la horrenda fábula del Exterminio. Abizmael Guzmán era un producto de su época, de la necesidad de un enemigo: un producto de diseño embaucador e inconsistente, semejante a las drogas fungoides que, en su vaporizador, inhalaban y aún inhalan nuestros jóvenes en cuartos cerrados.

Sin embargo, ¿quién puede convencer de que jamás sucedió nada a aquellos que perdieron un hijo, que arriesgaron una vida? Cientos de hombres, vencedores y carnaza, han dado testimonio de lo que fueron los ataques de la guerrilla de Abizmael, en la década de los 20, contra Tuxtepec y Benquinté. Hay libros ciertos o apócrifos escritos por Abizmael, libros que han provocado insurgencias y suicidios, y cuya confección no está al alcance de un hábil guionista o un falso predicador. Quien no sabe distinguir esto no sabe lo que hace cuando usa la palabra verdad.

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Albergué durante tiempo la sospecha de que un falso Abizmael precedió y motivó al verdadero. Ciertos datos me hacen imposible negar que su origen es falso; otros —un encuentro en la estación de Chuparrosa, una carta en mi buzón con sobre negro— me dan la certeza de que Abizmael ha sido.

Si Napoleón nunca vivió, no es menos cierto que no ha muerto: los psiquiátricos alojan cientos de ejemplares suyos. Si la CIA parió a Abizmael, muñeco sin hilos, y arrojó con estridentes sirenas su nombre falaz sobre la selva, alguien en Cerro Ixtatlán lo escuchó en la noche cerrada y se sintió aludido, convocado a luchar.

Puede haber habido, hay aún, muchos Abizmael, como hay Elvis en Graceland, Cristos en Getsemaní. Pero hubo un hombre, uno solo, que tomó Benquinté en el 2028 y ordenó a cada mujer ordeñar y ametrallar a su marido; un hombre cuyas acciones, cuyas proclamas, no hubieran tenido, tal vez, ningún eco, si no las hubiera amplificado la máscara funesta de Abizmael. Muchos hombres se apuntaron al ejército de un fantasma y se encontraron bajo las órdenes de un general lúcido, implacable, resuelto a destripar tantos huevones como  signos adornaban la piedra de Sochiapán.

Bajo la mirada atónita de EE.UU., los chaneques empuñaban fusiles, los enanos crecían y escupían aceite hirviendo sobre las brigadas internacionales enviadas a purgar los desfiladeros.

El Creador mandó morir al fantasma y este no respondió. Iba matando canallas.

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Hubo barreras que separaban la historia y la prensa. Luego las hubo, aún, que separaban información de interpretación, análisis de ficción, agua de aceite. Un día las agencias de información y los servicios secretos fueron, tal vez, conceptos discernibles. Hoy yo no sé para quién trabajo, quién me ha encargado redactar estas letras, qué uso se les dará. Vagamente malicio que mi inseguridad contribuirá a hacer verosímil, más neutral, el mensaje que interese, a su través, vehicular. Alcanzo a conceder que el mensaje sea accesorio: tal vez sólo interesa que vuelva a hablarse de Guzmán, y es ya inverosímil (quizás quise escribir indiferente) que ascienda o que descienda la creencia en su verdad. Puede que haya una película esperando salir, un juego de rol o una nueva guerrilla, y esto que escriba forme parte del imprescindible, y obligadamente crítico, dossier que dé respetabilidad de obra intelectual al empeño.

Yo no siento pena por los diputados del PRI, por los campesinos que huyeron al Cerro Itxatlán y que afirman haber luchado junto a Guzmán, pero jamás haber visto su rostro u oído su voz levemente aflautada.

Mi piel es verde y mis padres fueron, una vez, chaneques olmecas. No sé si esto es cierto o si alguien me ha obligado a recordarlo, a escribirlo. Tal vez esto descalifica la seriedad de este escrito (tal vez es añadido desvirtuador del mismo).

En la selva, mi máquina de escribir suena, yo sueño, los leños crepitan. Hoy es la fecha marcada y vendrán a miles o quizás nadie. No sé si seré Abizmael, si seré Tlalepuzco, cuando salga a entregar estas páginas y suplique que no me disparen. No sé si será ella o no quien venga.

lunes, 17 de mayo de 2010

Visión occidental de los genios: de Roma a Disneylandia


No hay dos sin tres. Allá vamos.

*

Los genios, por otra parte, no son unos recién llegados a Occidente. El uso de la palabra entraña cierto equívoco: algunos traductores de Las mil y una noches pensaron que los ŷinn que aparecían en esos cuentos se parecían mucho, tanto en el nombre como en sus actos, a los genios de la vieja civilización romana. Así que tradujeron una palabra por la otra, dando a entender que los 'genios' árabes eran parientes de los europeos.

Ahora bien: ¿lo eran? Examinemos los hechos: los romanos llamaban genius (plural genii) a un espíritu invisible, dispensador de fuerza, que acompañaba a todos los individuos (incluidos los dioses), e incluso a las ciudades y asociaciones: para entendernos, tanto el legionario anónimo como el emperador, la ciudad de Roma y el propio Júpiter tenían un genio. Éste personificaba su forma peculiar de ser: indulgere genio, “ceder al genio”, significaba concederse lo que a uno más le gustaba, ser, diríamos hoy, autoindulgente. Te lo juro por mi genio venía a suponer dar la palabra de honor. [1]

Desde el punto de vista psicológico, por tanto, es probable que los romanos hablaran, hasta cierto punto, del genio de cada uno como hoy lo hacemos de su personalidad, su yo o su talante. Pero esta explicación trivializa un tanto el concepto: los genios eran bastante más que una 'imagen de uno mismo'. En algunos detalles, recuerdan a los ángeles de la guarda de la tradición cristiana (que quizá se inspiraron en parte en ellos): cuidan y defienden a la persona o cosa con la que están ligados, y en algún momento se llegó a considerarlos inmortales, identificándolos con los Manes, los espíritus de los muertos. Sin embargo, también esta analogía es un poco engañosa: la energía de los genios no es 'angelical', en el sentido de puramente espiritual, ni desencarnada, sino generadora, fértil, sexual: el genio de una persona participaba en su concepción y presidía sus bodas. De aquí procede la idea moderna de que hay personas (como los grandes artistas y líderes) geniales, dotadas de genio (capacidad de engendrar cosas nuevas, talento) o, por metonimia, genios ellas mismas. Incluso la gente corriente tiene derecho a demostrar cierto genio, cuando reacciona con fuerza contra el intento de los demás de doblegar su voluntad o, sencillamente, se deja llevar por la ira.

¿Hay, entonces, puntos de contacto entre los genios romanos y los ŷinn? [2] Lo cierto es que sí, ma non troppo: en la cultura musulmana encontramos algunos testimonios de la idea de un ŷinn ligado, como el genius o el ángel de la guarda, a cada persona: son los qarins. [3] El qarin suele ser de género opuesto al ser humano al que está ligado. [4] Algunos fenómenos de telepatía tienen su explicación en los qarins: los hermanos gemelos comparten un único qarin, y los qarins de las madres son parientes de los qarins de sus hijos. [5] Los musulmanes introducen el matiz de que la persona debe domar a su ŷinn particular si quiere ser feliz; si lo deja a sus anchas, el ŷinn dominará su vida con sus caprichos y le llevará al desastre. [6]

Este ŷinn personal puede considerarse equivalente al genius latino; pero no es, ni mucho menos, el tipo más habitual: generalmente los ŷinn tienen su propia vida, que sólo se cruza ocasionalmente con la de los mortales. A diferencia de los genii, los ŷinn de Las mil y una noches están a menudo ligados a un talismán o amuleto (o aprisionados en él): es la lámpara de Aladino o la botella u olla donde Salomón encerró a los genios malvados tras derrotarlos. [7] El poder de estos ŷinn es muy superior al de los viejos genii: pueden conceder a quien los domina cualquier deseo (aunque, todo hay que decirlo, por su talante burlón tienen cierta afición a confundir a quien los invoca, como en la tradición occidental suele hacer el Diablo con aquellos que le venden su alma a cambio de bienes materiales).

El ŷinn milyunachesco, y en especial el que aparece en la historia de Aladino, se ha integrado en la cultura occidental. Muchos niños que nunca han leído esta historia tal como aparece en Las mil y una noches la conocen a través de la película de Disney Aladdin (1992) o de otras versiones en dibujos animados o en libros infantiles.

Sin embargo, este ŷinn aladínico no es más que la punta del iceberg: quien lea las historias que contiene este libro se sorprenderá al encontrar ŷinn muy variados, que más que al genio de la lámpara tal vez le recuerden a los demonios de los exorcistas, los duendes o los fantasmas. El apartado 5 nos servirá para ir entrando en materia, en lo que más nos interesa: ¿cómo imaginan los marroquíes de hoy (nuestros alumnos o compañeros) a los ŷinn? Pero antes de entrar en la concepción popular, folklórica, resulta obligado preguntarse por la visión oficial que el Islam tiene de ellos. Veamos.

[1] Para este repaso de los genios latinos sigo la exposición de Pierre Grimal (Grimal 1997 s.v. Genios).

[2] No lo hay, desde luego, desde el punto de vista etimológico, aunque así lo creyera Burton: It would be interesting to trace the evident connection, by no means, “accidental”, of “Jinn” with the “Genius” who came to the Romans through the Asiatic Etruscans, and whose name I cannot derive from “gignomai” or “genitus” (Burton 1994: 10, nota 1). La semejanza entre genius y ŷinn es mera coincidencia, lo que los lingüistas llaman paronimia. Genius deriva de la misma raíz que generación o gen, una vieja palabra indoeuropea que designa la fuerta vital, la fertilidad (de Vaan 2008 s.v. gignō); ŷinn, en cambio, pertenece a una raíz lingüística cuyos significados fundamentales parecen ser los de ocultar, y estar al cubierto por una vegetación abundante (Gil Grimau e Ibn Azzuz 1988: 56). Etymologiquement, le terme djinn considéré comme un dérivé de la racine arabe “jnn”, désigne ce qui est caché, dissimulé au regard; cela correspond d'ailleurs bien à l'idée que l'on se fait de ces êtres qui, le plus grande partie de temps, se dérobent au regard des hommes (El Ghannami 1997: I 80). Significa, pues, “el oculto” (como el nombre de la ninfa que retuvo a Ulises, Calipso). Fueron llamados genios (Yinn) porque son invisibles a la vista humana (Sulaîman Al Ashqar 2003: 25).

[3] Una tradición pone en labios del profeta estas palabras: No existe ninguno de vosotros sin que le sea designado un compañero genio y un compañero ángel (Sulaîman Al Ashqar 2003: 124).

[4] La relación entre la persona y su qarin de sexo opuesto recuerda la tesis del psicólogo C. G. Jung, según la cual la «imagen del alma» (…) se llama anima en el hombre y animus en la mujer: el individuo posee pues la imagen del alma que califica con los rasgos del sexo opuesto (Fedida 1979: 28).

[5] Golia 2004: 171.

[6] Mahoma dio ejemplo convirtiendo al Islam, con ayuda de Alá, a su genio o demonio particular (Sulaîman Al Ashqar 2003: 125).

[7] Salomón, valiéndose de sus poderosos conjuros, obligó a esos genios errantes y anárquicos a alistarse bajo su servicio y a realizar una obra de utilidad social, de explotación y beneficiamiento de las riquezas naturales de los cuatro elementos, distribuyéndolos en equipos de lo que podríamos llamar obreros cualificados, mineros, buzos, canteros, etcétera, encargados de aportarle cada cual tesoros de sus respectivos dominios, oro y demás metales preciosos, perlas, perfumes, etc., y de cooperar de esa suerte a la obra que sus otros equipos de trabajadores humanos —albañiles, carpinteros, herreros, etc.— llevaban a cabo con miras a la construcción de un templo de Jehová en Jerusalén, ese primer ejemplo de una confederación de trabajadores al servicio de un vasto plan (Cansinos Asséns 1961: I 335-336; v. también 360-362). Para la visión islámica de Salomón, v. Sulaîman Al Ashqar 2003: 75-78. El poeta Gerard de Nerval da una versión iconoclasta de la leyenda, nada complaciente con Salomón, en «Historia de la Reina de la Mañana y de Solimán, Príncipe de los Genios» (Nerval 2004).