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viernes, 24 de octubre de 2008

El barco ebrio


El mundo eligió a Mikis Theodorakis, y no cabe decir que se equivocara. Sin embargo, hay en las obras de este gran músico un sonsonete griego que bordea (a menudo por el borde de dentro) el tipismo, lo previsible. Manos Hatzidakis es (me parece a mí) un musicazo de calibre similar, pero menos casticista. Me enamoré de esta canción mucho antes de descubrir que era cosa suya (del Lp Athanasía, «Inmortalidad», 1976; canta Manolis Mitsias). Todo aquí es griego (la instrumentación, la atmósfera), pero pertenece también a un universo poético particular (y cosmopolita) nada trillado, donde los buzukis conviven felizmente con la guitarra clásica y el harpa. La letra, de Nikos Gatsos, es un homenaje a mi tocayo (sic) Arturo y su célebre barco borracho:

Arturo Rimbaud,
de noche iré yo
a bordo de tu barco siempre ebrio
bien lejos a abrir
un orbe infernal
que el mundo no podría entender nunca.

Angélicos jazmines,
escorpinas en la mugre
son nuestra heredad
y en las encrucijadas
tenebrosas siempre tú
combates con Satanás.

Arturo Rimbaud,
bien tarde iré yo,
el portal del Edén está cerrado.
El mundo es mitad
de la ira y el mal
y de la mano van los condenados.

Arturo Rimbaud,
me subiré a tu barco siempre ebrio.
Arturo Rimbaud,
a ver qué chispa se salvó y asciende.






viernes, 17 de agosto de 2007

Luna de tres al cuarto


Siempre se rompe la máscara, se monda la cáscara, esperando encontrarla más allá de sí misma. Rimbaud abrió la veda:

En otro tiempo, si mal no recuerdo, mi vida era un festín en el que se abrían todos los corazones y en el que se derramaban todos los vinos.

Una noche senté a la belleza sobre mis rodillas. —Y la encontré amarga. —Y la injurié.

La blasfemia contra la luna es subgénero del escupitajo contra la Belleza. Esta memorable de Rosalía, hermana pequeña y mejor del Himno al sol de Espronceda:

Muda la luna y como siempre pálida,
mientras recorre la azulada esfera
seguida de su séquito
de nubes y de estrellas,
rencorosa despierta en mi memoria
yo no sé qué fantasmas y quimeras.

Y con sus dulces misteriosos rayos
derrama en mis entrañas tanta hiel,
que pienso con placer que ella, la eterna,
ha de pasar también.

El ataque a la luna, pródiga en claros, barros y arrugas, se vuelve burla con las vanguardias. Hay quien la formula con sutileza, de forma implícita (cf. André Breton, que bautiza Claro de tierra a uno de sus poemarios). Otras veces la pulla es estruendosa, como en Ramón:

¡Pedradas en el ojo de la luna!

Me he acordado de esto leyendo la Antología de Nicolás Guillén en la editorial Visor. Para mí, un descubrimiento. Guillén empieza joven, deslumbrado por las vanguardias. Y escribe esto en sus Poemas de transición (1927-1931):

Propósito

Esta noche,
cuando la Luna salga,
la cambiaré en pesetas.

Pero me dolería que se supiera,
porque es un viejo
recuerdo
de familia.