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lunes, 26 de abril de 2010

Hablando de lo que huye


Vivo en lucha con el tiempo real (el que me falta,vaya). No sólo encuentro maneras estupendas de perderlo, sino que tengo con frecuencia (y quién no) la impresión de que me lo roban. A veces, en cualquier rato imprevisto (una guardia, un examen) me lanzo a escribir, tan rápido que luego olvido haberlo hecho. Me ha gustado descubrir esto, que debí de escribir hace unas semanas. Como ahora no sé por dónde pensaba seguir, va como vino: truncado.

*

Es difícil encontrar un texto sobre estados alterados de conciencia que refleje de forma fiel la experiencia y resulte, al mismo tiempo, legible por ojos sobrios. Caben dos estrategias, ambas arriesgadas, si no imposibles.

Una, la lírica: convertir el texto mismo en un fármaco, que emborrache al lector y lo coloque en un estado de conciencia afín al que se intenta recrear, bien activando por resonancia los recuerdos que el propio lector tenga de este tipo de experiencias (lo que en cierto modo sería hacer trampa, seleccionando de antemano el público), bien logrando que el cerebro acepte las palabras como un tipo especial de alcaloide, produciendo con ese estímulo una respuesta química de la misma naturaleza que la evocada (aunque, seguramente, distinta en grado).


La otra estrategia es la clínica: presentar la experiencia como un suceso en el que el narrador no participa sino como observador, recogiendo las palabras y actos de otros con la mayor exactitud posible. La parte más interesante de los textos psicoanalíticos, al menos desde este punto de vista, es ésta, la puramente fenomenológica; cuando el analista comienza a abordar el testimonio del paciente como una oportunidad para ejercitar sus tecnicismos y categorías, pone a prueba nuestra paciencia y se aleja inevitablemente de lo que quería abordar.

Sobre el papel, las limitaciones de ambos enfoques resultan evidentes. Sin embargo, nos han dado páginas espléndidas. En el primer caso, la poesía mística, que incluye el canto de un Cl...

jueves, 4 de octubre de 2007

Melanie Klein


Hay autores pacientes. La psicoanalista alemana Melanie Klein (1882-1960) ha resultado uno de ellos. Hace años que Verónica, uruguaya legendaria, me recomendó su obra —y cuando andaba liado con el tema de los asustaniños, la Klein aparecía de vez en cuando en nota al pie, levantando la mano a lo Hermíone.

Pese a ello, sólo antesdeayer he cedido al embrujo de un libro de la Klein, Obras completas (I), que me llamaba irresistible desde el kiosko, unido a otro de Jacques Lacan, en oferta popular. Lacan, aunque ya esté en mi domicilio, tendrá que esperar —no siento ningún deseo de superar la tirria que me han producido todos los discípulos suyos que he conocido.

Lo de Melanie Klein es otra cosa. Aunque su nombre significa Oscura, no he encontrado psicoanalista que escriba con la sencillez e ingenuidad del trabajo que abre el libro y su carrera, «El desarrollo de un niño» (1921).

Por el prologuista sabemos que el niño en cuestión, Fritz, al que Klein presenta como hijo de una vecina, era en realidad su hijo menor, Erich. Este tipo de apaños parece haber sido moneda corriente entre los psicoanalistas de la primera hora, en los que el afán por desvelar lo oculto no frena la tergiversación. Sucesos posteriores vuelven sombríos estos manejos: otro de sus hijos, Hans, murió en un accidente, despeñado por un precipicio, en 1934, y su única hija, Melitta (otro nombre inadecuado: Melosa, Abeja), también psicoanalista, inició entonces una campaña contra su madre, acusándola de haber llevado a Hans al suicidio.

En «El desarrollo de un niño» (1921) Klein se presenta (desdoblada en madre de Fritz y solícita vecina) como la perfecta educadora moderna, que anima a su rorro a pensar por sí mismo, a tumba abierta. Hoy, resulta enternecedor ver cómo Klein plantea que para que el niño florezca es esencial que pierda la veneración por la autoridad de sus padres. Quienes nos ganamos la vida con la docencia, sabemos hasta qué punto han salido viscosos los lodos de aquella polvareda —pero resultaría injusto exigir clarividencia a una pionera.

El método educativo que propone Klein pasa por invitar al niño a tirar por la borda el pensamiento mágico que solemos tolerar (e incentivar) en la infancia. Ni Liebre de Pascua, ni cigueña de París, ni Dios con sus angelitos: todo lo sobrenatural es filfa, y cuanto antes abandone el aprendiz de hombre sus ídolos, antes entrará en la carrera del progreso.

Vuelve entrañable el ensayo la resistencia del niño contra estos manejos desencantadores (y brujeriles) de su madre. Las ocurrencias de Fritz no desmerecen de las del hijo de Umbral en Mortal y rosa. Una muestra:

En otra ocasión dijo: «Me gustaría tener alas y poder volar. ¿Tienen alas los pájaros cuando están quietos y muertos? ¿Uno está ya muerto, no es cierto, cuando uno no está todavía allí?» (...) En conexión con esto, me dijo que cuando se muriera se movería muy lentamente —así (moviendo su dedo índice muy lentamente y muy poco)— y que yo también cuando me muriera podría moverme así, lentamente. Otra vez me preguntó si uno no se mueve nada cuando está durmiendo, y después dijo: «¿No es que algunas personas se mueven y otras no?» Vio un retrato de Carlos V en un libro y aprendió que había muerto hace mucho tiempo. Entonces preguntó: «Y si yo fuera el emperador Carlos, ¿estaría muerto ya desde hace mucho tiempo?».
(p. 44).


jueves, 11 de mayo de 2006

Cristal herido



Sándor Ferenczi (que no Maray) fue otro psicoanalista húngaro. Un pedazo de pan, parece. Al menos, así lo sugiere la causa de su ruptura con Freud: a diferencia de éste, Ferenczi tomaba muy en serio los casos de abusos sexuales a menores que llegaban a su consulta (un trabajo especialmente explícito sobre el tema sufrió la censura del hagiógrafo de Freud, Ernst Jones). La exposición diaria a tanta desdicha acabó, además, calándole: se atrevió a romper la distancia sagrada entre analista y analizado (esas risitas) y acercarse al paciente, convencido de que éste necesitaba (y agradecería) una demostración física de afecto. En la misma línea hay que entender su simpatía por los homosexuales, que en general no suelen quedar muy bien parados en la literatura psicoanalítica.

Ferenczi, visir secreto y cabeza de turco del movimiento psicoanalítico, como lo define Pierre Sabourin, no tiene la brillantez ni la erudición de sus pares. A cambio, en sus notas breves, como ésta, hay algo de adorable inocencia percevaliana:

ESCALOFRÍOS PROVOCADOS
POR EL RECHINAMIENTO DEL VIDRIO

El análisis de las neurosis ha permitido descubrir el sentido de esta idiosincrasia tan extendida. El primer elemento de la interpretación me lo ofreció un paciente cuya «sangre se helaba» a la vista de patatas peladas: inconscientemente identificaba estos vegetales con algo humano, de manera que pelar patatas significaba para él desollar o retirar la piel, y ello de forma tanto activa (sádica) como pasiva (masoquista), en el sentido de la ley del talión. Esta experiencia me hizo atribuir también la particularidad citada en el título de este artículo a impresiones infantiles, de una época lejana en que la concepción animista y antropomorfa de la materia inerte es algo corriente. El sentido agudo producido por el vidrio que se frota evoca para el niño el llanto de un objeto maltratado, lo mismo que el tejido —piensa él— que lanza gritos de dolor cuando se le desgarra. Tocar materias ásperas, o acariciar la seda van acompañados a menudo de «escalofríos», sin duda a causa del ruido «desagradable» que producen estas materias cuando se pasa la mano sobre ellas. Pero la simple rugosidad puede bastar para provocar por empatía la sensación de algo rugoso o una herida de la propia piel, mientras que acariciar objetos lisos y dulces parece tener un efecto sedante sobre los nervios de la piel. La tendencia a desarrollar este tipo de idiosincrasia deriva muy a menudo de las fantasías inconscientes de castración. No es imposible que estos factores y otros similares jueguen un papel en el efecto estético producido por diversas materias o sustancias.

miércoles, 10 de mayo de 2006

A las puertas de Róheim


Tampoco es de recibo reducir el psicoanálisis a sus dos figuras mayores. El tercero en discordia más común, Lacan, es (con perdón) un pestiño que ha originado la escuela de parlanchines más pestífera que conozco y usurpa el lugar que deberían ocupar pensadores realmente interesantes, como Reich, Ferenczi, Róheim o Hillman.

La obra de Géza Róheim (1891-1953) es un tesoro por descubrir. Se suele reprochar a los psicoanalistas (por ejemplo, a Bettelheim, el de los cuentos de hadas) que cuando hablan del folklore o de antropología lo hacen utilizando fuentes de tercera mano y sin experiencia directa de las comunidades sobre cuyos conflictos pontifican. Es cierto. El húngaro Róheim fue la excepción: un gran folklorista y antropólogo, formado como tal antes que como analista, que se fue a vivir con los aborígenes australianos para poner a prueba las ideas de Freud sobre la universalidad del Edipo. (Concluyó dando la razón al maestro —pero eso es lo menos interesante de la experiencia.)

Aunque 'ortodoxo', Róheim tuvo los intereses, y en parte la amplitud de miras, de Jung. Escribió sobre Edipo y la Esfinge, las Puertas del Sueño, la Afrodita chipriota (¡barbuda y con pene!), Shakespeare y Goethe, Hänsel y Gretel. Como un Quijote del psicoanálisis, fue tan cuerdo y estricto en la presentación de los materiales como audaz en su interpretación.

Los editores españoles sólo se han atrevido con un libro de Róheim: Magia y esquizofrenia (Paidós, 1982). Muy recomendable. Las visiones de un paciente yanqui que ocupan la segunda parte del tratado son antológicas. A mí, al menos, me recuerdan poderosamente la lógica otra de la que hablábamos a propósito del sueño. Un pequeño muestrario:
La manera en que la comida desaparecía de mi boca es igual a la manera en que las palabras desaparecían de mi boca. En la escuela debía hacer ejercicios y dibujar una mesa. En lugar de escribir "Esto es una mesa", ponía "Esto no es una mesa". La corrección se hacía más tarde. También debíamos escribir historias. Y entre una y otra historia hacíamos música. Mu [música] y mi son la misma cosa. La palabra dicho [told] es lo mismo que peaje [toll], lo que se paga para pasar por algunos puentes.

Esto es como un tranvía. Yo tuve un tranvía pero me lo quitaron. Ciertas historias son difíciles de contar. Es tanta su amplitud que no se las puede abarcar. Cierta vez sentí de pronto un golpe sordo en mi estómago y en mi cabeza —como si alguien me hubiera sacudido. Luego perdí los sesos —y, más grave aún, a la mañana siguiente comencé a tomar mi desayuno de atrás para adelante, primero el tocino y luego los cereales. Finalmente, una vez recuperado mi apetito, todavía quedaban dificultades, pues no podía hallar las palabras. Una vez que quise volver a mi casa tomé las palabras demasiado livianamente. Supongamos que uno lee una historia, y al leerla de nuevo uno ha leído todas las palabras. Una vez pasé hambre y casi me morí. Luego de eso tuve un exceso de peso, y tomaba nueve tazas de café o de sopa en lugar de una.

martes, 9 de mayo de 2006

En el día de su no cumpleaños


Jung, por ejemplo: el joven que escribe (nomen omen) sobre el puer aeternus, el sabio anciano a quien la sombra, puro frescor, no aterra. Ética y estética antes que ciencia. Hay algo elegante y bondadoso en todo su hacer: expulsado por Freud, que pasa de considerarle su delfín a borrarle del género humano, nada tiene que reprocharle y reconoce siempre su deuda de gratitud con el maestro. Su visión integra a Freud, a Adler. Le interesa, siempre, extender el campo, no acotarlo. Cuando el Códice de Nag-Hammadi que acaba llevando su nombre empieza a dar problemas, él es el único que propone que esté a libre disposición de los estudiosos (y le quiten su nombre). Le acusan (injustamente) de nazi o de tibio y apenas se defiende: sabe que la calumnia se alimenta de nuestra fijación por la honra. Le crecen los epígonos y él (no lo sé pero lo sé) sólo se siente a gusto con el más díscolo. Todo el mundo cree saber lo que dijo, y por eso mismo nadie le lee —sólo James Hillman y Pitita Ridruejo. Le invocan los curanderos y los lectores de Tarot, pero él prefirió la amistad del físico Pauli, de Eliade, de Scholem. Sin él no tendríamos al Lobo Estepario ni a Obi Wan Kenobi, nadie a quien referirnos cuando explicamos que ni creyentes ni ateos ni zurraspas de la Nueva Era. Jung después de Freud es como los Beatles después de Elvis, un salto cualitativo que abre todas las ventanas del castillo. Como san Pedro, alguna vez le he negado —pero es hora de elogiar su apertura mental, su capacidad para trazar correspondencias, hacer viable una nueva literatura sapiencial y quizá sagrada. Si Borges fue Homero y Cervantes, Góngora y Lugones, Jung fue Basílides, Nietzsche, la cábala y la alquimia y el mito ancestral yuxtapuestos al sueño de ayer por la tarde. Nadie ha hecho tanto por reencantar el mundo e iluminar la Biblioteca. Que la Madre le sea leve.

lunes, 8 de mayo de 2006

El Espejo


En su enésimo eco, Freud sigue molestando. Es una buena noticia. Si lo que él convocó pudiera hablar, quizá lo haría con estas palabras.
¿Quién soy? ¿Ha habido alguna vez, desde que el mundo existe, algún hombre que supiese responder correctamente a esa pregunta? Soy el ruiseñor invisible que está en su jaula y canta. Pero no siempre vibra cada alambre de la jaula cuando canto. ¿Cuántas veces he tratado de que repercutiera en ti una canción para que me escucharas? Pero estuviste sordo toda tu vida. Ninguna cosa del universo te fue siempre tan cercana y privativa como yo, ¿y me preguntas ahora quién soy? El alma propia resulta tan ajena para algunas personas, que caen muertas en el momento de contemplarla, pues ya no la reconocen y se les presenta desfigurada como una cabeza de Medusa; adquiere la faz de las acciones indignas que han cometido y de las que temían secretamente que hubiesen podido manchar sus almas. Sólo podrás oír mi canción cuando tú también la cantes. Quien no escucha la canción de su alma es un pecador, un pecador de la vida, un pecador contra los otros y contra sí mismo. Quien está sordo, también está mudo. Inocente es aquel que escucha siempre la luz del ruiseñor, aun cuando haya dado muerte a padre y madre.
(Gustav Meyrink, La noche de Walburga)