Vivo en lucha con el tiempo real (el que me falta,vaya). No sólo encuentro maneras estupendas de perderlo, sino que tengo con frecuencia (y quién no) la impresión de que me lo roban. A veces, en cualquier rato imprevisto (una guardia, un examen) me lanzo a escribir, tan rápido que luego olvido haberlo hecho. Me ha gustado descubrir esto, que debí de escribir hace unas semanas. Como ahora no sé por dónde pensaba seguir, va como vino: truncado.
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Es difícil encontrar un texto sobre estados alterados de conciencia que refleje de forma fiel la experiencia y resulte, al mismo tiempo, legible por ojos sobrios. Caben dos estrategias, ambas arriesgadas, si no imposibles.
Una, la lírica: convertir el texto mismo en un fármaco, que emborrache al lector y lo coloque en un estado de conciencia afín al que se intenta recrear, bien activando por resonancia los recuerdos que el propio lector tenga de este tipo de experiencias (lo que en cierto modo sería hacer trampa, seleccionando de antemano el público), bien logrando que el cerebro acepte las palabras como un tipo especial de alcaloide, produciendo con ese estímulo una respuesta química de la misma naturaleza que la evocada (aunque, seguramente, distinta en grado).
La otra estrategia es la clínica: presentar la experiencia como un suceso en el que el narrador no participa sino como observador, recogiendo las palabras y actos de otros con la mayor exactitud posible. La parte más interesante de los textos psicoanalíticos, al menos desde este punto de vista, es ésta, la puramente fenomenológica; cuando el analista comienza a abordar el testimonio del paciente como una oportunidad para ejercitar sus tecnicismos y categorías, pone a prueba nuestra paciencia y se aleja inevitablemente de lo que quería abordar.
Sobre el papel, las limitaciones de ambos enfoques resultan evidentes. Sin embargo, nos han dado páginas espléndidas. En el primer caso, la poesía mística, que incluye el canto de un Cl...