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martes, 17 de febrero de 2009

Pop modal


Leí hace tiempo una entrevista a Suzanne Vega en la que daba un consejo a los músicos que empiezan: insistid en lo peculiar. Buscad en vuestro repertorio aquellas canciones que resultan más originales, aunque sean las que la gente encuentra más difíciles de digerir, y avanzad en esa dirección, sin concesiones. Os aguarde el éxito o el fracaso, el viaje habrá merecido la pena.

Confieso que me molesta no haber hecho a Vega todo el caso que merecía. Cuando mi grupo, los Ciento Volando, tuvimos oportunidad de grabar en un estudio, en condiciones (semi)profesionales, no elegimos lo más esotérico, sino lo que nos pareció, sin dejar de ser propio, más accesible. Fuera quedaron casi todos los ejemplos de lo que a veces llamo pop modal (o, como dice el buen Rafa, canciones de arte y ensayo).

Oyendo ahora ésta me sorprende no haberla acercado antes. Creo saber por qué: precisamente por lo ambicioso del arreglo, se notan más las deficiencias de la interpretación, el ensayo y la grabación. Pero en fin. Si alguna vez hemos estado cerca de sonar como la Incredible String Band, habrá sido aquí.

La grabación es relativamente reciente, pero la canción es del siglo pasado. Quien haya paseado por el parque del Retiro una mañana de sábado o domingo, en busca de todo y nada, quizá reconozca el paisaje: las aguas sucias del lago, las lectoras de manos y cartas, la música modal que enmudece, maga, los relojes.