Recordamos ya una vez a Juan Eduardo Cirlot, a propósito de un soneto suyo sobre Osiris. No he podido resistirme a la oferta de Siruela, que en el volumen La llama. Poesía (1943-1959), publicado en 2005, reúne varios poemarios notables de Cirlot. De muchos apenas conocíamos el título, como el prometedor Lilith, sobre el cual un amigo poeta, Antonio Casares, se interesó hasta el punto de preguntar a la hija del poeta, la medievalista Victoria Cirlot. Dijo doña Victoria que nos haría llegar el libro, y al final así ha sido, de un modo u otro.
Del prólogo de Enrique Granell, breve y sustancioso, saco la sensación de que Cirlot tenía un interés notable por Egipto. Comenzó a estudiar egiptología en 1936, a los veinte años, y en su correspondencia alude varias veces a «ciertos descubrimientos de 1936».
Dedico a Grifo, explorador de la noche, otro poema osiríaco de Cirlot, de 1945, anterior por tanto al soneto, que parece brotar naturalmente de su último verso (y que se publicó en 1951):
Osiris (mito del poeta)
Yo hablo desde el corazón del pájaro.
Yo hablo desde la arena de la muerte.
Yo hablo desde la rosa profunda
donde rueda un sollozo interminable.
Hablo para las duras adelfas.
Hablo para los blancos esqueletos.
Hablo para los despiadados ríos
que trasvasan la sangre del Incendio.
Y gimo en las montañas tercas,
en las llanuras de frente desolada,
en los espacios que crea mi lenguaje,
como un dios mutilado y repartido.
Yo hablo desde el corazón del pájaro.
Yo hablo desde la arena de la muerte.
Yo hablo desde la rosa profunda
donde rueda un sollozo interminable.
Hablo para las duras adelfas.
Hablo para los blancos esqueletos.
Hablo para los despiadados ríos
que trasvasan la sangre del Incendio.
Y gimo en las montañas tercas,
en las llanuras de frente desolada,
en los espacios que crea mi lenguaje,
como un dios mutilado y repartido.