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miércoles, 28 de febrero de 2007

La canción de la duermevela


Las desdichas del negro le hacen filósofo; Bryan-Edwards nos dice que un esclavo dormido fue despertado por el amo: «¿No oyes a tu amo que te llama?» El pobre negro abrió los ojos, pero los cerró enseguida, respondiendo: «El sueño no tiene amo». (Rubén Darío, «El talento de los negros», en Retratos y figuras, Caracas: Biblioteca Ayacucho, 1993).

*

El tesoro de los lagos de Somiedo es una novela esotérica de Roso de Luna, aquel teósofo y ateneísta extremeño que fue amigo de Valle y otros modernos de antaño. Fue una novela que no logré acabar, confundido por las revelaciones blavatskianas, pero allí topé, adolescente, con el bable, que de primeras tomé por un invento del autor, un habla mágica dominada por esas es blancas como nieve:

Paso les hores muertes
mirando'l fumo...

Me ha emocionado oír a Nacho Vegas cantar en esta fabla fabulosa, como de xanes y trasgus. No disminuye el encanto el tono acerbo de algunas consideraciones, que parecen sacadas del Eclesiastés:

Una cosa na vida
ten por segura:
al final sólo hai soledá
y amargura.

Duermevela dulciamarga.


Siega el sol en el ocaso
la verdad de su fulgor,
y es entonces su dolor
quien de veras resplandece.
En el mundo, nada crece
sin andar a su final.
Es de hiel este panal.
Su sabor nos fortalece.