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lunes, 1 de julio de 2013

La Virgen Sangrienta



En el folklore de los niños de la calle de Miami, Bloody Mary (llamada también la Llorona) es la Virgen María —pero, por razones desconocidas, se ha rebelado contra su Hijo, convirtiéndose en una figura siniestra capaz de asaltar el Cielo al mando de un ejército de demonios y poner a Dios en fuga. El mismo Satán la teme. Sus ropas se mueven siempre como si el viento las agitara, incluso cuando aparece en una habitación cerrada. Con su rosario rojo, golpea a los niños en la cara y los mutila antes de matarlos. Llora lágrimas de sangre y se alimenta del miedo de sus víctimas; cuando algún niño muere en un tiroteo o es asesinado, canturrea llena de alegría. Su lugar como figura protectora lo ocupa otro personaje, la Dama Azul, que vive en el océano, pero acude siempre que es necesario a salvar a los niños que la invocan utilizando su nombre secreto. Bloody Mary es especialmente cruel con las niñas sin hogar, cuyos brazos rasca con sus garras bajo la piel, arrastrándolas para convertirlas en sus esclavas, en adictas al crack o integrantes de las bandas callejeras (gangs). Sin embargo, una niña de cada mil es, por su bondad y bravura, una Chica Especial: cuando Bloody Mary topa con una de estas Chicas, su figura se desvanece y aparece en su lugar un rostro bello y luminoso que brilla en la oscuridad. Es el rostro que tenía María antes de hacerse malvada.

domingo, 30 de junio de 2013

Leyendas augustóbrigas. La casa encantada


Vamos con el último apunte sobre lugares recurrentes en las leyendas y otras historias tradicionales.

*

There’s a house over yonder. Al final de la carretera que no lleva a ninguna parte (¿o al principio?) está la casa. La mujer que amé se ha convertido en fantasma. Yo soy el lugar de sus apariciones, escribió Juan José Arreola. Hay unas casas cerradas al fondo que no tienen llave. La casa temible, que expulsa, mata o devora a sus habitantes, y en las que sin embargo, aunque esté prohibido, se desea entrar, y se acaba entrando.

El sacrificio vuelve sagrada la casa: hace caer sobre ella un tabú y le otorga una vida prestada. Donde no vive nadie, viven los ‘negativos’ del ser: fantasmas, duendes, genios. O es la propia casa la que está viva (así, en los cuentos rusos la cabaña de Baba Yaga, la bruja, tiene patas de gallina y se mueve, como dotada de vida propia). Casos de la isla o la casa que en realidad son un animal: la puerta es su boca. No sorprende entonces encontrarnos una serpiente con cabeza humana que quizá sea en realidad una serpiente devorando una cabeza, o de la que una cabeza humana emerge. Subyace la casa de la bruja, la cabaña de la inicación, la hora de nuestra muerte, amén.

Orfanato abandonado, pasaje del terror, casa del duende y el diablo, viaje por un Infierno que no revela su identidad, va de incógnito. Como en el cuento irlandés en el que alguien viaja al Más Allá sin saber que lo hace. Cuando estamos suficientemente gordos, somos lo bastante grandes, la bruja nos come, la cabaña nos aprisiona, volvemos a un vientre que quizás haremos materno.

El canibalismo: muerte ritual y reversible, regreso a un nuevo claustro materno, algo que es mayor que uno pero de lo que uno forma parte, y de lo que eventualmente se vuelve a nacer. House of the Rising Sun. De ahí que el niño que entra en la casa salga poseído, con el sexo cambiado, con la identidad alterada: fenómenos propios del período de margen que se prolongan hasta que un alfaquí ‘cierra la sesión’ propiamente.



miércoles, 26 de junio de 2013

Leyendas augustóbrigas: La muerta con más vida



Otro apunte rescatado sobre las leyendas.

La muerta con más vida. Traicionada, abandonada, asesinada, la figura femenina triunfa sin embargo de la muerte, se resiste a desaparecer. Soy tan solo esa herida molesta: no está viva, pero no está muerta. Nótense los cuentos en que muere una pareja, pero es ella sola la que vuelve. El alma es femenina, como la Voluntad; y, como ella, compulsiva, reiterativa. Y detrás de los mitos y las máscaras, el alma, que está sola (Borges). Caso peculiar de Las mellizas: las protagonistas de este cuento marroquí superan su condición fallida mediante la muerte de una de ellas (la débil) y la reintegración de la otra al Poder: la muerta al hoyo (el de la tumba y el de la barriga) y la viva al bollo. La figura eternamente condenada es a la vez salvífica: un ejemplo ‘viviente’ de lo que no hay que hacer, de lo que no debe ocurrir. Don’t you do what I have done. Permite una katharsis en cabeza ajena: memento mori! Su muerte es la nuestra, pero no literalmente: somos como don Miguel de Mañara o Félix de Montemar, asistiendo a nuestro propio entierro para ayudarnos a sentar cabeza, a cambiar el rumbo, quemar el karma. Nuestra imagen (vera icon) en el espejo de la muerte: lo que realmente somos o la parte de nosotros que ‘no es’. Pero es cierto de toda historia en cuyos protagonistas nos proyectamos: ‘vamos’ con ellos in phantasma (los fantasmas somos nosotros), como en las películas en que se viaja al futuro o al pasado pero uno es solo espectador, no puede actuar (no está ahí para eso). La madre muerta que ayuda: esa es la verdadera ‘hada madrina’. Hasta el hada azul de Pinocho está en realidad muerta. Como la luna, viene y va de la vida a la muerte: tan pronto creciente como menguante.

domingo, 14 de octubre de 2012

Los secretos de la Esfinge


Los descubrimientos arqueológicos de los siglos XIX y XX demostraron al público que ciudades que se creían imaginarias, como Troya, habían existido realmente, y que bajo un paisaje anodino podían esconderse maravillas como la tumba de Tutankhamon.

Con estos precedentes, la imaginación sobre posibles prodigios por descubrir se ha desatado de forma imparable. En concreto, la literatura científica sobre la esfinge, aun siendo copiosa, es cuantitativamente mínima en comparación con las especulaciones pseudocientíficas y ocultistas que se publican cada año sobre sus presuntos secretos.

Como sucede con todas las leyendas y mitos, estas fabulaciones modernas no nos dicen nada cierto sobre aquello de lo que aparentemente tratan (la Esfinge), pero sí mucho sobre los que las han creado. La verdad de una leyenda no se encuentra en los hechos históricos o arqueológicos que la inspiran: estos sólo sirven de excitantes para la imaginación, que los reinterpreta a su gusto, según sus necesidades. Ejemplos de estas historias:

1. Aunque la cabeza humana de la Esfinge es reciente, el monumento original fue construido hacia el 12.000 a.C. y representaba a un monstruo terrible que los hombres han preferido olvidar. Así presenta el tema H. P. Lovecraft en su relato Encerrado con los Faraones:

A continuación bajamos hacia la Esfinge, y nos sentamos en silencio bajo el hechizo de esos ojos terribles y ciegos. En el inmenso pecho de piedra distinguimos débilmente el símbolo de Ra-Harakhte, por cuya imagen la Esfinge fue erróneamente considerada de una última dinastía; y aunque la arena cubría la tableta que tiene entre sus grandes garras, recordamos lo que Tutmosis IV escribió en ella, y el sueño que tuvo cuando era príncipe. Fue entonces cuando la sonrisa de la Esfinge nos pareció vagamente desagradable y nos hizo pensar en las leyendas que hablaban de pasadizos subterráneos bajo la monstruosa criatura, los cuales descendían más y más, a profundidades a las que nadie se atrevía a aludir, y que se relacionaban con misterios anteriores al Egipto dinástico excavado y en siniestra conexión con la persistencia de dioses anormales con cabeza de animal del antiguo panteón nilótico.

2. En algún lugar bajo las patas de la Esfinge hay una cámara oculta construida en el año 10.500 a.C. por los supervivientes de la destrucción de la Atlántida. Allí, en la Sala de los Registros, está escrita la verdadera historia de la humanidad. La entrada se encuentra en el hombro derecho de la Esfinge. 147 grupos, de tres personas cada uno, intentarán infructuosamente entrar, pero el siguiente descubrirá que la entrada se abre sola con el sonido con sus voces. Bajarán por una larga escalera de caracol. Al final de su viaje encontrarán una imagen de ellos mismos que les está esperando desde hace miles de años, con sus nombres y una fecha: la de ese mismo día. A cada uno de estos viajeros se les permitirá retirar un objeto sagrado y revelarlo a la humanidad.

 3. Hay un templo secreto bajo la esfinge, y pasadizos que conducen a las Pirámides.

4. Entre la Esfinge y la Gran Pirámide hay un OVNI enterrado.

 5. Un día la cabeza de la Esfinge caerá, y en su cuello descubriremos una cápsula para viajar en el tiempo.

Es fácil sentir que estas historias funcionan, aunque sean literalmente falsas. No es tan fácil explicar por qué. Algunos elementos para entenderlas podrían ser:

1. Al hombre siempre le ha fascinado la idea de que bajo la tierra se esconden fabulosos tesoros, que si se sacaran a la luz podrían cambiar el mundo. ¿Dónde están las llaves, matarile, rile, rile? En el fondo del mar… (como la Atlántida). Podría decirse que la arqueología es la forma racional y científica de esta búsqueda, como la química lo es de la alquimia. El creador del psicoanálisis, Freud, traslada esta búsqueda a la mente humana: en sus profundidades (el inconsciente) se ocultan las verdaderas razones de nuestros actos, que hemos preferido olvidar porque se trata de traumas, recuerdos dolorosos (“monstruos”).

2. También nos ha fascinado siempre imaginar que en algún lugar se guarda toda la sabiduría de la humanidad, un registro de todo lo que alguna vez ha sucedido. La Biblioteca de Alejandría fue para los antiguos una encarnación casi perfecta de este sueño. Desde su destrucción, hemos sentido que algo nos falta, y que alguien tiene que haberse ocupado de guardar y encriptar una copia de seguridad de todas las cosas perdidas. Los espiritistas del siglo XIX llamaban a este lugar los Archivos Akhásicos, y pensaban que no tenía existencia física, sino que se encontraba en otro plano de realidad: durante el viaje astral, el sueño o el trance los iniciados podían llegar hasta ellos y consultarlos. Jung creó con su Inconsciente Colectivo una forma moderna de este mitema: un mar de sueños donde flotan, incólumes, los arquetipos de la Humanidad. Borges le dio una vuelta literaria en su célebre Biblioteca de Babel, donde se recogen todas las variaciones posibles de todos los alfabetos que han sido y serán. De algún modo, la Internet viene a ser una nueva encarnación de este sueño: en ella está todo. Incluso los archivos más ocultos y secretos son accesibles si uno conoce la password adecuada o sabe cómo averiguarla.

3. La tradición mitológica afirma que la humanidad actual vive en un estado degradado e imperfecto, como consecuencia de una catástrofe o pecado que la arrojó fuera de la Edad de Oro o Paraíso. Frente a ella, la Ilustración inventó una tradición contraria, la del progreso, según la cual camina hacia un estado cada vez mejor, y la Ciencia acabará liberándonos de las enfermedades, el sufrimiento y la muerte. La tradición mitológica reacciona contra esta visión progresista proponiendo un cambio fundamental en la imagen de la Edad de Oro: en vez de ser un estado natural en el que no existía tecnología alguna, tal como lo describen las tradiciones antiguas, pasan a imaginarlo como una civilización mucho más avanzada que la actual. Los elementos maravillosos de todas las mitologías serían recuerdos deformados de esa tecnología avanzadísima, quizá de origen extraterrestre: seres humanos que no mueren, que vuelan, que ven a distancia… La Caída del Paraíso se convierte entonces en una catástrofe ecológica (una guerra nuclear): el hombre perdió esa ciencia avanzadísima porque la usó para hacer el mal. Quizá si la verdadera historia sale a la luz, aprenderemos a no repetir el mismo error…

4. El elemento extraterrestre que aparece con frecuencia en estas historias puede interpretarse como una actualización o puesta al día de los dioses de la mitología antigua. Con frecuencia, asumen el rol del dios o héroe civilizador (o ángel caído), que trae a los hombres la sabiduría de un mundo superior del que voluntaria o forzosamente se ha visto exiliado.

 5. También reaparece en estas historias la idea del destino, que contradice la visión ilustrada del mundo como libre azar. Todo estaba escrito (una idea que conduce de forma natural a la Cámara de los Registros o al Libro de los Destinos: ambas cosas vienen a ser lo mismo). Este aspecto de las leyendas sobre la Esfinge recuerda las tradiciones sobre el palacio de Hércules, en Toledo: también en ese caso el material antiquísimo que se encierra en los sótanos resulta ser una imagen de la actualidad rabiosa.

lunes, 21 de mayo de 2012

Aguas de amor


En cada rato de asueto, seguimos rescatando algunas de las joyas que nos han ido llegando al Taller de Leyendas Urbanas (y leyendas de todo tipo). Así dice esta:

La historia del padre y su hija 

Recopiladora: Karima El Mokhtari, nacida en 1995 en Taouirt.
Informante: Su abuelo, de 93 años.
Fecha: Mayo de 2012.
Lugar: Navalmoral de la Mata.

Érase una vez un hombre que se llamaba Ahmed y que tenía una hija muy guapa llamada Halima. Un día Ahmed decidió llevarla a visitar a su prima. En el camino la niña se sentó a la sombra de un árbol porque tenía mucha sed, entonces pidió a su padre que le trajera un vaso de agua. Pero su padre le dijo:
—Si quieres beber, tienes que llamarme mi novio.
La niña se quedó sorprendida y empezó a llorar. Unos minutos después le contestó:
—Prefiero morir, padre, y nunca me escucharás diciendo esa palabra; jamás en la vida.
Su padre la agarró con fuerza, intentando darla un beso y la chica gritaba diciendo unas palabras:
—¡Ay, Dios, ayúdame para que me salve de este infierno!
Entonces Dios la convirtió en agua y a su padre lo convirtió en fuego.

*

Los reyes se enamoran de sus hijas más jóvenes, escribe Luis Alberto de Cuenca en Amour fou, uno de los mejores poemas de su libro La caja de plata (1985). Homenajea así a Piel de asno y otros cuentos y mitos tradicionales en que se presenta de forma descarnada el deseo incestuoso de un padre por su hija.

El tema ha dado también mucho juego en el Romancero: de hecho, la leyenda que nos trae Karima tiene un parentesco indudable con el romance de Delgadina. No solo coincide el tema general (un padre que se enamora de su hija), sino varios detalles inequívocos: la declaración de amor que implica un cambio de status (Delgadina, Delgadina / tú has de ser mi enamorada); la negativa de la muchacha (No lo quiera el Dios del cielo / ni la Virgen soberana / ser yo mujer de mi padre, / de mis hermanos madrastra); el intento de rendir a la muchacha mediante la sed y su súplica desesperada, que en el romance se dirige a los hermanos y a la madre (Madre, si es Vd. mi madre, / por Dios deme un vaso de agua); la aparente victoria final del padre y la intervención providencial de Dios, que en el romance se manifiesta a través de sus sirvientes, ángeles y diablos, dando a los protagonistas el destino que han merecido: la Gloria para la niña mártir y el Infierno para el padre desnaturalizado (La cama de Delgadina / de ángeles está rodeada; / la cama del rey su padre, / de demonios apretada).

El final de esta versión marroquí tiene una fuerza poética inusual, con su conversión de los protagonistas en dos elementos que, como el padre y la hija, no deben mezclarse: agua y fuego. La potencia simbólica del agua en el texto viene de una hiperdeterminación: por ser lo contrario del fuego (que representa, por metonimia, el Infierno), se convierte aquí en el elemento propio del Paraíso, del Cielo; y al mismo tiempo este agua divina se opone al agua terrenal que se la ha negado a la niña.

Recordemos que en algunas versiones del romance, aunque Delgadina no se convierte en agua, cuando los criados acuden a llevarle agua, se encuentran con que está bien provista de ella: Delgadina muerta estaba, / no por la sed que tenía / ni por la hambre que pasaba, / que en la cabecera tiene / una fuente muy reclara. Esa agua muy reclara evoca necesariamente el agua bendita, con la que se inicia la vida (cristiana) y que ahora sirve para darle un fin igualmente pío. Como manifestación de la Gracia divina, hace bueno el viejo parecer de Píndaro: ἄριστον μὲν ὕδωρ, «lo mejor, el agua». Generalmente se abre a los pies de la niña: debajo de Delgadina / hay una fuente que mana.

En realidad, en el romance hay tres aguas: la que el padre terrenal administra y le niega a la niña; la que el Padre celestial, más generoso, le brinda como consuelo, como una suerte de regreso paradisíaco al seno materno; y entrambas, el agua que brota de la propia Delgadina, en forma de llanto: con el llanto de su cara / toda la sala regaba. La razón nos indica que esta última deja a la víctima cada vez más deshidratada, pero no falta alguna versión del romance que revalorice las lágrimas, portadoras de energía moral, y las haga nutritivas, sustentadoras: con las lágrimas que vierte / toda la pieza regaba (...) / y con otras que corrían / su mucha sed apagaba.

Aguas estas que recuerdan aquellas de las que habla un conjuro de Antonia de Acosta, una bruja de la época de Felipe IV: Aguas que no son llovidas, / ni de río cogidas, / ni de fuente manidas, / sino de mi cuerpo batidas. En esas aguas cálidas, que representan la feminidad de su hija, desea el padre incestuoso bañarse: son las aguas de marzo, el agua del amor (Water of love, deep in the ground , canta Mark Knopfler) —pero el destino de su ardor maldito no es apagarse en ellas, sino arder eternamente, en un Infierno que nunca ha revelado más claramente su condición de deseo insaciable, insatisfecho.

sábado, 14 de abril de 2012

¿Qué son las leyendas urbanas?


Como hice la vez anterior, voy a ir subiendo en tiempo real, o casi, lo que voy escribiendo para el estudio introductorio del libro que tengo entre manos. Mi esperanza es que los lectores del blog (y, en verdad, este blog los tiene de excepción) me ayudéis a reflexionar y a enriquecer, y en su caso corregir, el análisis. Gracias de antemano.

*

Del tiempo escribió san Agustín que sabía lo que era cuando nadie se lo preguntaba. En cambio, cuando quería explicárselo a alguien, descubría que no lo sabía.

Con las leyendas urbanas viene a suceder lo mismo: cuando las nombramos, pasa por nuestra mente una procesión de personajes que nos resultan conocidísimos: la señora que metió a su perro en el microondas para secarlo, los cocodrilos ciegos (y acaso albinos) que viven en las alcantarillas de Nueva York, el cadáver criogenizado de Walt Disney, la autoestopista fantasma...

Nuestra familiaridad con estos personajes no solo es mayor que la que tenemos con los protagonistas de otras, como las que escribió Bécquer, o las medievales sobre el rey Rodrigo y la Cava, sino que nos parece intuitivamente distinta: no asociamos a estos personajes con el pasado, sino con el aquí y ahora. Si a menudo nos resulta imposible recordar cuándo escuchamos o leímos por primera vez sus historias es porque las ocasiones para tropezarnos con ellas son múltiples y recurrentes. Parece que nos hubieran acompañado durante toda la vida; y, lo que es más importante: como el rock’n roll o Internet, no parece que tengan la más mínima intención de marcharse. Rock’n roll is here to stay.

Sin embargo, cuando nos detenemos a observar estas historias, tratando de establecer con exactitud qué consideramos una leyenda urbana, surgen las dudas, numerosas y considerables. Por un lado, nos damos cuenta de que lo que se cuenta como leyenda urbana puede identificarse a menudo como una simple variante o versión de una leyenda de toda la vida. Por otro, dudamos si basta con que una historia sabrosa (y ficticia) se extienda como la pólvora (pongamos, la que habla del sabor del foie-gras o la Nocilla con que una muchacha alimentaba de forma peculiar a su perro: una escena de lo más íntimo que, a través de una presunta retrasmisión en directo del programa de TV Sorpresa, sorpresa, habría trascendido a medio mundo) para que podamos considerarla una leyenda urbana, o si en casos así será más adecuado hablar de rumores o chismes.

Libros hay, como el de la gran folklorista estadounidense de origen húngaro Linda Dégh Legends and Belief . Dialectics of a Folklore Genre (2001), de cuya lectura uno emerge tan lleno de dudas y matizaciones sobre las leyendas y el folclore en general que, como el intoxicado por un enteógeno de primera magnitud, duda si volverá alguna vez a manejar con la debida soltura y convicción las categorías que creía indudables.

Si comenzamos eliminando el adjetivo urbanas por problemático (ni todas estas historias suceden en urbes ni es exclusivamente urbano el público que las genera y difunde), nos queda un sustantivo que no debería ser tan difícil definir. Intentémoslo: una leyenda es una historia tradicional breve que cuenta un hecho extraordinario, situándolo en unas coordenadas de tiempo y lugar que, además de ser reales, suelen ser próximas al narrador y su público. Las leyendas resultan significativas porque son ejemplares: contienen una moraleja o enseñanza que, sin embargo, a diferencia de lo que sucede en las fábulas, suele quedar implícita. Aunque los hechos sean ficticios, se presentan como cosa que se cree cierta.

Ahora bien, rechazar sin más el adjetivo urbanas supone renunciar a entender cómo y por qué ha quedado ligado al sustantivo al que acompaña: mala premisa para un estudio del fenómeno.

En su magnífico breviario Rumores y leyendas urbanas (2009) Jean-Bruno Renard nos ofrece las claves que necesitamos para entender cómo surge el emparejamiento. El estudio del folklore se orienta en un primer momento hacia las ‘antigüedades populares’: el estudio de una cultura popular arcaica (cuanto más alejada en el tiempo, más prestigiosa) que pervive en la actualidad. Se recopilan así amorosamente los romances, leyendas, cuentos populares, refranes, supersticiones, etc., procurando siempre localizar o reconstruir la forma más ‘pura’ (antigua) posible.

A finales del siglo XIX y comienzos del XX, tenemos las primeras señales de que los folkloristas empiezan a ser conscientes de que no todo el folklore es trasmisión de algo ya hecho, sino también recreación de lo dado y (¿por qué no?) confección de productos nuevos a partir de diseños y materiales previos. Junto al folklore que pervive y (eventualmente) agoniza y muere, al extinguirse las formas de vida en las que estaba imbricado, hay un folklore que se adapta a las nuevas condiciones (la sociedad industrial, la imprenta, la prensa) o se desarrolla con naturalidad en ellas.

En el caso de las leyendas, se empieza a hablar así de leyendas modernas, contemporáneas o (al fin) urbanas para referirse a un grupo de historias cuyo carácter folklórico no resulta evidente en un primer momento porque no remiten (al menos explícitamente) a un pasado ancestral y remoto, sino que se adhieren a lugares, sucesos y personajes actuales, que el hombre actual reconoce como cotidianos, suyos.

Como se apreciará al repasar la definición que dimos antes, de ningún modo han dejado estas historias de ser leyendas, muy antiguas en algunos casos: sencillamente, hay un cambio en la estrategia que adoptan para hacerse memorables, pertinentes. En vez de enfatizar sus lazos con el pasado remoto de la comunidad, con sus raíces, se elige hacer patente su vigencia, su actualidad.

No nos extrañará, pues, sorprender in fraganti a algunas historias rurales, «de toda la vida», en el trance de urbanizarse: así, como ya comentamos en otra parte, uno de nuestros alumnos nos ofrece una versión de la Serrana de la Vera en que esta ni siquiera se llama así, ni vivió en el Siglo de Oro, sino que es una chica anónima que murió hace poco tras ser abandonada por su novio, y que ahora merodea alrededor de la cueva donde falleció buscando jovenzuelos con los que saciar su sed de venganza. El ejemplo muestra hasta qué punto puede sacrificar una historia todo su lastre más o menos ilustre con tal de conservarse eficaz, actual.

Si nos arriesgáramos a aportar una propuesta más a la confusa selva terminológica en que nos movemos, sería para hablar, sin más, de leyendas activas o vigentes, que se siguen contando de forma espontánea, por oposición a un repertorio de leyendas fosilizadas, que han dejado de circular (al menos en la forma en que nos habíamos acostumbrado a reconocerlas) fuera del espacio acotado de los libros que recogen leyendas tradicionales o recreaciones literarias de las mismas.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

El barco fantasma


En la bahía de Galway, en la costa oeste irlandesa, durante las noches de tormenta, los pescadores han podido ver un barco fantasma, con sus velas desplegadas y enorme. Una noche que Owen Moor se encontraba pescando con su hija en su barca, se levantó una terrible tempestad y la pequeña embarcación se vio en trance de zozobrar. Repentinamente apareció un enorme barco luminoso, que con las velas desplegadas caminaba hacia ellos. A su alrededor el agua se encontraba milagrosamente en calma. La pequeña embarcación de Owen se hundió, y éste logró como pudo mantenerse a flote en las furiosas aguas y ganar la orilla. No así Maureen, que desapareció tragada por el mar. Durante dos días los pescadores esperaron en vano que el mar arrojara el cuerpo de la infortunada joven sobre la playa, pero todo fue en vano.

Dos años más tarde, en medio de una terrible tormenta, en una noche de invierno, Moor y su familia escucharon unos golpes en la puerta y al abrir quedaron petrificados por la sorpresa. En el dintel se encontraba Maureen, resplandeciente de belleza. Sus cabellos eran de color del oro, su traje parecía hecho de la espuma del mar, y su manto verde era del mismo color de las algas. Maureen les pidió un sencillo vestido, y que su madre peinara sus cabellos, con lo que volvió a ser la joven de antes. Según les contó a continuación, la noche del naufragio cuando estaba a punto de ahogarse unas manos la cogieron y la subieron al buque fantasma. En medio de una intensa luz sobrenatural, pudo ver cómo navegaban con rumbo desconocido y cómo más tarde llegaba a una isla maravillosa habitada por hadas. Maureen se había casado con el rey de dicha isla y éste, al ver su pena, le había permitido volver a ver a su familia. La joven permaneció durante dos días con sus padres y hermanos para posteriormente volver con el rey del mar, disimulando su pena, ya que, aunque las hadas la trataban muy bien, no tenían corazón humano y eran incapaz de sentir alegría o tristeza. Durante la segunda noche de estancia en el hogar paterno, la madre de Maureen quemó los maravillosos vestidos de su hija. A la mañana siguiente, Maureen había desaparecido.

Al cabo de cinco años Maureen volvió a presentarse ante sus padres, diciéndoles que por haberle quemado sus vestidos su esposo no le había permitido volver antes. Después de permanecer varios días con ellos volvió a adentrarse en el mar en la misma lancha luminosa que la había traído. No obstante, Maureen volvía de vez en cuando a visitar a su familia. Los años fueron pasando, su padre murió y poco después su madre. Poco antes de expirar, se presentó Maureen y arrodillándose a los pies de la moribunda le rogó que pidiera a Dios que la librara del poder de las hadas y que pudiera tener una muerte cristiana. Después de morir sus padres, Maureen no volvió a aparecer. Sus hermanos emigraron y se repartieron por distintos países. Solamente el hermano más pequeño siguió siendo pescador y permaneció en la vieja cabaña familiar. Sus hijos también emigraron y solamente la hija más pequena, casada también con un pescador, permaneció viviendo en el hogar de su padre.

Pasaron muchos años y una noche de tormenta llamaron a la puerta y se presentó Maureen, tan joven y bella como siempre. Pidió un vestido y que le peinaran los cabellos con el peine de su madre. Así lo hicieron y vieron inmediatamente que su bella figura empezaba a envejecer, para transformarse en pocos minutos en una anciana con el pelo tan blanco como la nieve y el rostro surcado por profundas arrugas. Poco después, murió. Dios había escuchado el ruego hecho a su madre. Enterraron su cuerpo con el de sus padres y un maravilloso trébol creció sobre la tumba.

Han pasado los años, y las hadas no han vuelto a aparecer, pero todavía en las terribles noches de tormenta del mar de Aran se puede ver un maravilloso barco que con todo su velamen desplegado, tan blanco como la luna, surca majestuosamente las encrespadas olas.

(Ramón Sainero, Leyendas celtas en la literatura irlandesa, Madrid: Akal, pp. 125-7).



viernes, 31 de marzo de 2006

La letra pequeña


Cuentan que el sabio francés Gilberto de Aurillac (955-1003) hizo un pacto con el Diablo para llegar a ser Papa. Entre otras maravillas, el Demonio le ayudó a construir una cabeza encantada de latón que era capaz de contestar o no. Gilberto preguntó si llegaría a ser papa, y la cabeza dijo sí; a continuación le preguntó si moriría antes de haber dicho misa en Jerusalén. La cabeza dijo no. Felicitándose por su astucia, el mago decidió que jamás viajaría allí y sería, por tanto, inmortal.

Una vez elegido como Papa, con el nombre de Silvestre II, el brujo disfrutó durante muchos años de los placeres de la gloria, engañando a todos con sus artes. En el Vaticano todos le admiraban por su ciencia y su piedad, y a nadie pareció chocarle su negativa pertinaz a viajar a Tierra Santa.

En una ocasión, cumpliendo sus deberes eclesiásticos, Silvestre tuvo que decir misa en una pequeña iglesia de Roma, y mientras consagraba el pan y el vino comenzó a sentirse mal. Miró hacia arriba, a una de las vidrieras, y vio un enjambre de demonios que la golpeaban con sus alas, luchando por entrar. Con la frente bañada en sudor, cayó de repente en la cuenta: aquel templo se llamaba santa María de Jerusalén.

Comprendiendo que estaba perdido, Gilberto, tembloroso, se dirigió a los feligreses y les pidió disculpas por la misa atípica que iba a ofrecerles. Una por una, fue desgranando todas sus culpas como un collar de perlas negras, y al fin, casi sin voz, hizo un ruego. Si los presentes estimaban en algo la salvación de su mal pastor, todos los miembros de su cuerpo con los que había servido al Diablo (sus brazos, piernas, manos, lengua, ojos y cabeza) le habían de ser arrancados y esparcidos por los vertederos y pozos negros de la ciudad.

Cumpliendo su voluntad, los cardenales despedazaron su cuerpo, y decidieron colocar sus restos sangrientos en un carro, dejando que los caballos lo llevasen donde quisiera la providencia. El carro se detuvo ante la iglesia de san Juan Laterano, lo que se interpretó como una señal del perdón divino. Desde entonces, según se dice, cuando un papa va a morir la tumba de Silvestre II, situada en esta iglesia, se humedece de sudor. Si acercas el oído a la losa, puedes oír cómo tiemblan sus huesos.

lunes, 27 de febrero de 2006

Se apunta a todas las mascaradas


Esta historia sucedió en Hurepoix, cerca de Arpajon. Yo estaba todavía en la adolescencia pero tenía ya la curiosidad de un viejo investigador y quería saberlo todo acerca del Diablo de los campos.

Tras haber atormentado alegremente a un personaje de paja llamado
Bineau, mis compañeros me convencieron para ir a beber la última botella a la casa de uno de ellos. Éramos cinco y nuestros rostros estaban cubiertos con grotescas máscaras. El que había hecho la invitación fue a buscar el aguardiente, puso cinco vasos sobre la mesa y los llenó hasta el borde.

Nos levantamos las máscaras para beber y cada cual cogió su vaso, pero sobre la mesa quedó uno que nadie reclamó.
Sorprendidos, nos contamos. ¡No éramos más que cuatro!

A petición del más avisado de nosotros, que se había puesto súbitamente pálido y grave, volvimos a colocarnos las máscaras y, sin posibilidad ninguna de duda, volvimos a ser cinco. Nos quitamos de nuevo las máscaras y otra vez volvimos a ser cuatro.
—Vayámonos enseguida... Él está aquí... El quinto es Él... —murmuró con voz apagada el que primero había sospechado.

Así tuve, muy joven aún, la revelación de que el Diablo se apunta a
todas las mascaradas.

[Claude Seignolle, Los evangelios del Diablo, Barcelona: Crítica, 1990, tr. A. López Tobajas y M. Tabuyo]

jueves, 2 de febrero de 2006

El origen de un mito



A veces ocurre, raramente, que se tiene la ocasión de presenciar en vivo la transformación de un acontecimiento en mito. Poco antes de la última guerra, el folklorista rumano Constantin Brailoiu tuvo ocasión de hallar una admirable balada en un pueblecito de Maramuresh. En ella se habla de un amor trágico; el joven prometido había sido hechizado por un hada de las montañas y, pocos días antes de su matrimonio, el hada, celosa, le había arrojado desde lo alto de unas rocas. Al día siguiente, los padres habían encontrado su cuerpo y su sombrero enganchados en un
árbol. Trasladaron el cadáver al pueblo, y la joven llegó a su encuentro; al ver el cuerpo inerme de su prometido entonó un canto fúnebre, lleno de alusiones mitológicas, texto litúrgico de una nostálgica belleza.

El folklorista, al registrar las variantes que había podido recoger, se interesó por la fecha en que había ocurrido la tragedia: le respondieron que se trataba de una historia muy antigua, que había ocurrido “hacía mucho tiempo”. Pero, prosiguiendo su
investigación, el folklorista averiguó que el suceso databa de cuarenta años antes. Acabó incluso descubriendo que la heroína estaba viva todavía. Fue a visitarla y escuchó la historia de su propia boca. En realidad era una tragedia bastante trivial: su novio, por un descuido, cayó una noche por un precipicio; no murió al instante; sus gritos fueron oídos por unos montañeses que le transportaron al pueblo donde falleció poco después. Durante el entierro, su novia, junto con otras mujeres del lugar, había repetido las lamentaciones rituales acostumbradas sin hacer la menor alusión al hada de las montañas. Así habían bastado unos cuantos años para que, a pesar de la presencia del testigo principal, el acontecimiento se viera desprovisto de toda autenticidad histórica, para transformarse en un relato legendario: el hada celosa, el asesinato del novio, el descubrimiento del cuerpo inerme, el lamento, rico en temas mitológicos, de la prometida.

Casi todo el pueblo había vivido el hecho auténtico, histórico, pero ese
hecho, en tanto que tal, no les satisfacía: la muerte trágica de un joven en la víspera de su boda era algo diferente a la simple muerte por accidente; poseía un oculto sentido que sólo podía revelarse una vez integrado en la categoría mítica. La mitificación del accidente no se había limitado a la creación de una balada: se contaba la historia del hada celosa aun cuando se hablaba libremente, “prosaicamente”, de la muerte del novio. Cuando el folklorista llamó la atención de los habitantes del lugar sobre la versión auténtica, éstos le respondieron que la vieja, en su dolor, había olvidado, que casi había perdido la cabeza. El mito era el que contaba la verdad: la historia verdadera no era sino mentira. El “mito” no era, por otra parte, cierto más que en tanto que proporcionaba a la “historia” un tono más profundo y más rico: revelaba un destino trágico.

(Mircea Eliade, El mito del eterno retorno, Madrid: Alianza, 1972, pp. 49-51).

¿Cuál es el origen de la balada? ¿Recibe su significado de los hechos 'reales' de los que parte o de la distorsión mitificadora que se ha desarrollado a su costa?

Para Eliade (reverso de los evemeristas) el origen 'histórico' de cualquier leyenda, mito o ritual (el Arturo o el Agamenón históricos, si los hubo; la cena que, reentendida a la luz de los acontecimientos, se convirtió en la Última Cena) es accesorio. El verdadero sentido de los mismos reside en la manera en que responden a un tipo o arquetipo ahistórico.

No se trata de algo previo, anterior en el tiempo contado, sino exterior al mismo, situado in illo tempore, en un tiempo 'exterior' o sagrado que se renueva cada vez que se vuelve a contar un mito o a realizar un ritual. Salustio el neoplatónico apunta a lo mismo al decir de los mitos que «estas cosas no sucedieron jamás, pero son siempre». En fin (la antropóloga Penélope Ranera dixit), cada vez que ponemos en marcha el video o entramos en un cine o un teatro estamos ante un 'tiempo' que se actualiza pero que no 'ha pasado' definitivamente nunca.

Cualquier suceso puede cobrar significado trascendente, sacralidad, si se ve obligado a bailar al son de una coreografía mítica.

Sucede que este fenómeno está también detrás de algunos de los padecimientos más siniestros de la gente desde que hay mundo y tiempo. Recuérdese el aforismo: «No dejes que la realidad te estropee una buena noticia» y nótese lo cercano que está al proceso descrito por Eliade.

Imaginemos un pueblecillo (lo vamos a hacer también rumano) con malas cosechas, y niños malnutridos que mueren. Imaginemos a la misma viuda, ya un poco chocha, que vive retirada. Imaginemos que la gente empieza a murmurar que, con su vida rota, aislada de los demás del pueblo, la viuda se ha ido convirtiendo en alguien a quien se le ve poco y que tiene una mirada rara. Imaginemos, en fin, que la gente empieza a especular sobre los poderes de esa mirada, y lo pone en relación con lo que sucede. El hada mala no sólo mató a su prometido: es evidente que ha maldecido a la viuda, y la ha convertido en una bruja, una envidiosa. En algún momento de especial angustia (la muerte de un varón recién nacido), los ánimos se encrespan y los aldeanos van hasta la cabaña a dar su merecido a la bruja.

Otra imaginación, más lejana en el tiempo y con nombres propios. Atenas, siglo V. La guerra con Esparta ha ido todo lo mal que podía ir. La gente murmura que toda la culpa la tienen los sofistas, esos tipos que han enseñado a los jóvenes a pensar mucho y obedecer poco, a justificar cualquier cosa y a no respetar las leyes y principios heredados. La mayor parte de los sofistas no están a mano, o son intocables por una u otra razón. Pero está un tal Sócrates que parece tener más delito que nadie: por de pronto, si los otros son extranjeros, Sócrates es ateniense, y debería obrar como tal y no como adepto de modas extranjerizantes; además, los otros cobran por sus enseñanzas, pero el tal Sócrates anda soltando sus monsergas a todo aquel que quiera oírle, y su influencia nefasta se expande no sólo entre las élites, sino por todo el pueblo llano. Finalmente, surgen voces que sugieren que es hora de que este tipo pague por lo que ha pasado. Lo llevan a juicio, y en vez de declararse culpable, el tipo se reafirma en sus posturas y hasta dice que el Estado debería mantenerle a perpetuidad por sus buenas acciones para con el pueblo.

Y como no importan los hechos, sino lo que necesitamos ver en ellos para ponerlos en relación con arquetipos (aquí, el del farmakós o chivo expiatorio), ale a la hoguera o a la cicuta con la viuda y con Sócrates...

Una suerte que Platón dedicase su vida a no dar por buena la versión 'mitologizante' de la muerte de Sócrates; que en época de la caza de brujas hubiera algunas voces que pusieran en duda la realidad literal de los vuelos mágicos, los aquelarres y el mal de ojo.

viernes, 27 de enero de 2006

El Bosque


Un niño acaba por perderse siempre en el bosque de los adultos. Quizá
sea ése el significado de los cuentos infantiles.
(Francisco Umbral, Mortal y rosa)

Todos los niños terminan en el bosque. Los padres los abandonan allí cuando no pueden alimentarlos; o es el príncipe que sale en busca de aventuras quien, siguiendo una gacela, se extravía y encuentra las huellas de unos pasos diminutos. En el bosque viven los niños que nunca crecerán, los siete enanitos, los gnomos; sólo recientemente, con la deforestación, algunos han ido a vivir con Peter Pan, y fundaron Nuncajamás, que es una especie de reserva espacial, una muestra del ecosistema de los cuentos de hadas conservado lejos de nuestro alcance. Al bosque van los cazadores con los niños o princesas que los reyes les mandan degollar (Blancanieves, Edipo) pero luego tienen pena y traen de vuelta el corazón de un ciervo. Y llega la Loba (que a veces es eso: una mujer de mal vivir pero buen corazón) y recoge a los niños. O, como a los niños salvajes, una manada de lobos o de monos los recogen y adoptan...

En el bosque vive también la bruja, en su casa de chocolate. Algunos cuentos dicen que vive en una cabaña con patas de gallina; otros, que ella misma tiene patas de gallina, o una pata que es sólo esqueleto. A veces es uno mismo, como Gretel, el que le da una pata de gallina para que crea que aún no has crecido, y no te eche a dar vueltas en la olla. La bruja te da de comer cuando te has perdido: una píldora te hace crecer y la otra volverte pequeño. Tom Bombadil y Bárbol os dan de beber, y os hacéis más altos y fuertes. Las comidas del bosque son mágicas, hacen que oigas y entiendas a las bestias y a los pájaros; o te convierten en uno de ellos. La bruja te enseña el camino de los muertos; o te transforma en uno de ellos. Hay quien se lo toma a mal. Como un canguro, como el Lobo de Caperucita, la bruja te guarda en su morral, hasta que un día te hartas y estallas y naces de nuevo. Y entonces suele ser hora de sentar la cabeza y casarte con el cazador que un día te abandonara en el bosque, y los cuentos se terminan (qué pena). O te echas a dormir en un árbol, y el árbol se abre y te digiere, y ha de venir Tom Bombadil a sacarte.

No hay que apartarse del camino del bosque. Dicen, sin embargo, que en algún lugar del mismo se oyen canciones y música. Dicen que hay plantas encantadas que, cuando las pisas, pierdes el camino, y estás toda la noche dando vueltas... Y así se llega a sitios que no vienen en los mapas, pero que todos conocen de oídas. Algún día te preguntas quién eres. Y el bosque se te acerca y, ¡zas!, cuando quieres darte cuenta ya estás atrapado en el bosque. Y es que el Hombre Astado se acerca, subido en una gran excavadora. Y huyendo de la sierra mecánica, ves, a lo lejos, la Casa de la Pradera. Y las niñas te sonríen y hacen gestos con la mano, invitándote a pan con mantequilla, pero al buscar refugio bajo su falda (tulipán) ves que sólo son muñecas de Famosa, y que no tienen sexo ni alma. Así que continúas corriendo, y ves pasar el gran carruaje, teñido de terciopelo rojo, y arrastrado por siete lobos blancos...

¿Qué ha venido a buscar al bosque? ¿Es Vd. conejo o guardabosques? Pero no hay tiempo para presentaciones, y al subir la tapia llena de hiedra sientes que empiezas a dormirte. Y ves el lecho vacío, las sábanas blancas de piedra, la trampa de cazar Bellas Durmientes. Y según te caes, vencido por el sueño, alcanzas a leer tu nombre y tus datos, y comprendes que el mármol de tu tumba florece. Una capa de musgo negro y roja te cubre las mejillas. Las luciérnagas se duermen en tu pelo. Una gran mariposa brillante desciende muy poco a poco del techo hasta llegar a sellarte la boca. Y ahora eres el Señor del Castillo, pero sólo te levantas de noche; los invitados no pueden visitarte en las horas diurnas. Nadie sabe con qué riegas tus rosas, que están siempre tan rojas y floridas. Caramba con las rosas de la Bestia. Se diría que queman. Y al fin un día algún huésped comete el error de cortar una para su hija pequeña, y los pétalos empiezan a contar. Esa noche ella se despierta en su cama, y siente que está como sucia. Mamá, me voy a morir. Y es que vino a visitarte la Bestia, y desde hoy lo hará todos los meses. Pero tú no puedes ver a Bella, no le puedes explicar lo que pasa las noches de luna; ella, aburrida, se va a merendar al Viejo Roble; y un día, inevitablemente, te cuentan que se fue con Robin Hood, ese bandido de sangre noble que nunca se baja de los árboles, y cuyas expediciones financia en secreto el dinero del castillo. Y un día tu castillo se derrumba, y una tribu de indios amazónicos, desplazados por la desforestación, llegan y ocupan las habitaciones, y hacen fuego con todos los libros. Y tú vives abajo, en los sótanos, huyendo de todos los vivos. Hasta que un día la luz te alcanza. Y al ver tus astas en el espejo, comprendes que la flor ha dado frutos. Y que tú ya eres del bosque o viceversa. Y saltas a correr por la floresta. Y cantas con la voz ronca y pelada:

Yo soy el Hombre Astado; no me busques
si temes encontrar lo que más quieras.