No recuerdo ahora si debemos a Ferlosio o a Muñoz Molina cierto artículo estupendo que apareció unos años en El País. Eran los días en que se discutía (y cuándo no) la futura ley de educación que vendría a salvarnos del desasosiego, y los nacionalistas luchaban por subir el tanto por ciento de los contenidos 'autonómicos' de las asignaturas. El argumento, ya lo saben: qué sentido tiene que el alumno conozca el Partenón y los órdenes de las columnas griegas si no sabe reconocer los estilos de los edificios más o menos ilustres de su patria chica. De ahí a defender que leer a Carolina Coronado es mucho más urgente que perderse en Safo o Emily Brönte sólo hay un paso, tan resbaladizo como concurrido.
Con valentía, señalaba nuestro columnista que, lejos de centrarse en el entorno inmediato del alumno, la educación tenía por objeto llevarle de paseo por esos mundos, cuanto más lejanos mejor, ofreciéndole el conocimiento de lo que (en segunda instancia) podría o no 'gustarle' e 'interesarle'. Ni qué decir tiene que al final la única manera de valorar adecuadamente lo 'autóctono' es poder situarlo en un marco más amplio y distinguir lo que hay en ello de copia de segunda o tercera mano de logros provenientes de otras latitudes y lo que pueda haber de realmente peculiar e interesante: siendo esto último precisamente lo que trasciende la mera 'gloria local' y constituye materia de interés general (y uno piensa, por ejemplo, en Rosalía de Castro: mujer, sí, y gallega, pero sobre todo, al margen de cuotas feministas o galleguistas, una escritora como la copa de un pino).
Por estas fechas, los profesores de lengua y literatura, que venimos siéndolo cada vez menos, nos planteamos siempre las causas del desencuentro de nuestros alumnos con las lecturas obligatorias que les planteamos. Partiendo de que yo siempre me quedo en minoría cuando se votan estas cosas, tampoco pierdo mucho por señalar lo que realmente pienso: que la mayor parte de la literatura 'juvenil', escrita por viejos para jóvenes, es deshonesta y estéril y se mueve, como aquellas películas de los años 70 sobre adolescentes que hacen surf por el vicio, entre la explotación del morbo y la catequesis políticamente correcta; que en modo alguno la lectura de ese tipo de obras prepara al alumno para otras menos obvias, favoreciendo más bien su cretinización crónica; y que, si no queremos convertirnos en el enésimo altavoz de 'los más vendidos', nuestra labor es poner ante los ojos de nuestros chavales lo que la industria del entretenimiento no les ofrece.
Machado, también educador, fue despiadado con quienes desprecian lo que ignoran. Puestos a ignorar, ignoremos ese desprecio como lo que es (ausencia de criterio), en vez de respetarlo como sagrado gusto personal, y procuremos darles una oportunidad a los textos que no fueron escritos al servicio del negocio ni se han plegado con el tiempo al mismo. ¿Podría ser? ¿Nos atreveríamos?