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jueves, 6 de marzo de 2014

My White Bicycle (despedida a Leopoldo María Panero)


La muerte y un señor en bicicleta 
me saludan: '¿Adónde, Leopoldo?'
 '¡A la mierda!', repongo, y Fernán Gómez 
me habita con su risa cavernosa. 
Toma nota el lector y el entusiasmo, 
ese vil blandiblú, nos envenena, 
nos alza, nos descalza, nos despoja 
de toda dignidad inconveniente. 
Abajo, en los cimientos de la vida, 
un ratón chiquitín roe la mano 
podrida e incorrupta de mi padre. 
Leopoldo María, Leopoldo 
Sánchez Dragó (las siglas nos avalan: 
L.S.D.), Leopoldo en fosfatina, 
Leopoldo este sángüich vegetal 
donde el bosque completo se atesora 
y regadas de luz manan las fuentes 
lenguas de gato, vértigos posados 
desde antiguo en la taza del retrete. 
Una dosis fetal de soledad 
nos vuelve irreductibles al olvido, 
a la inmortalidad de lo que escapa 
ileso, impune, incógnito a las manos 
de tantos filisteos. Corro, piedra, 
al ojo del dragón cuya pupila 
se ensancha, se dilata, me hace un hueco 
donde poderme hallar. Por fin pagada, 
mi muerte se relame las encías 
y besa al portador. Vuelta al silencio, 
vuelta y media al dolor. Otra de todo 
y esta vez ya verás cómo es de veras.

domingo, 2 de marzo de 2014

Ana María Moix besa la espuma


Ayer circuló por la Red la muerte de Ana María Moix, el gran amor de Leopoldo María Panero. Como tal llegué a ella a través de la biografía del poeta maldito. El título del primer libro de Panero, Así se fundó Carnaby Street (dedicado a los Rolling Stones), encaja estupendamente con los títulos de los primeros libros de Moix, no menos anglófilos y stonianos: Baladas del Dulce Jim, No time for flowers y Call me Stone. (Disuena en cambio el título más actual, tan sobrio él, que recoge los tres libros: A imagen y semejanza.) Los géneros también cuadran: eso que llamamos, si hablamos en serio, poema en prosa, a la manera de Novalis y Max Jacob; pero que hace años solíamos los amigos llamar postripi —y, en verdad, en estos textos de finales de los 60 e inicios de los 70 la referencia al enteógeno parece bastante ajustada.

Del mismo modo que bajo la fiebre química cualquier dibujo cobra vida (y acaso hasta voz y aroma), en estos prosemas se parte de un nombre propio o de una frase cualquiera (cotidiana o tópicamente literaria) y se salta por asociación de ideas a otro plano de realidad en que los personajes del cómic o del pop adquieren la estatura arquetípica de un Gilgamesh o un Beowulf y las palabras se abren en recovecos caleidoscópicos. El viaje imaginario a los confines (el Polo, el fin del mundo, el centro de la Tierra, la isla perdida) es el correlato del viaje verídico de la mente, espoleada por el ácido o el cáñamo indiano, por ese parque temático que forman nuestros recuerdos, deseos y temores.

Abriendo al azar el libro, encuentro estos dos textos (pp. 44-45), que hablan del mar, la nieve y otras imágenes de consumación y muerte. Parecen apropiados, además de muy bellos. Allá van.

Nevó en el mar. Y por fin caminé sobre el inmenso hielo hacia la blanca lejanía. Una cruz señalaba el lugar en el mapa. Crucé el océano y ya iba a alcanzar el sol cuando grité de pena y con las uñas abrí hendiduras en la helada capa para ver el mar. Las gaviotas, muertas de frío en las rocas, me ayudaron a recobrar el miedo que sienten los adolescentes cuando cesan en su llanto por las noches y se inventan un amable desconocido que acariciándoles la cabezas les ayuda a hablar sobre el amor.

*

Partieron muchos barcos aquel año. En la playa quedaron algunos cascos de botella sin mensaje y un plano muy completo del lugar donde empieza la aventura. A golpes de olas fui recobrando la memoria y tuve ganas de llorar sobre la arena, como si en aquel último barco hubiera partido alguien muy importante para mí. Si hubiese nevado sobre la playa y me hubiera sido imposible regresar a las ciudades, sabría ahora por qué es temible el mar, y a quién pertenecía el pañuelo blanco que flotaba en los océanos cuando el trasatlántico entraba en aguas internacionales y alguien, en cubierta, me recordaba quizás en jazz-band.

Empecé a ver elefantes color de rosa bailando sobre las olas, como las pesadillas de los alcohólicos que tiemblan ante un vaso de cerveza y beben para ahogar sus penas. Y fue entonces cuando muy despacio caminé hacia la orilla y me alcanzó el mar.

jueves, 1 de julio de 2010

El inquilino del abismo



El contorno del abismo llamó J. Benito Fernández a su biografía de Leopoldo María Panero, que exploro estos días. Con sentimientos encontrados: no creo que quepa otra. Sería moralista hablar de 'talento desperdiciado' (¿en dónde querríamos ponerlo a trabajar? ¿En Telefónica?), pero según avanzan las páginas, llenas de gracia, se percibe cómo una vida aventurera se va volviendo esclerótica, pasando del 'me arriesgo' al 'no me queda otra'. Casi todas las biografías tienen algo de esto (al avanzar a la muerte, / allí lo llaman progreso), pero en el caso de Panero se nota más que en el de otros. Pienso en Timothy Leary, del que también leí este mes su bio, auto en este caso: Flashbacks. El paralelismo tiene su aquél porque tanto Panero como Leary pasaron tiempo en la cárcel por acusaciones ridículas, con el claro propósito de doblegarlos. Ninguno se dejó, pero se diría que Panero acabó cogiéndole cierto gusto masoquista al encierro, a la limitación.

De todas formas, hay que estar de acuerdo con él en que de lo mucho bueno que escribió, probablemente su primera época es la mejor. Los cuatro o cinco años, o sea.

Las estrellas
El mar
una voz honda
una voz clara
Todo había amanecido
los trenes, las casas
una cabeza misteriosa
que aparecía
por todos los jardines
Por todas partes apareció
eso misterioso.

Entonces dije yo, es mi padre
dejadme y la gente pasaba
y los borrachos pasaban
yo me hallaba en la tumba
echado con las piedras, yo
decía
Sacadme de la tumba pero
allí me dejaron con los habitantes
de las cosas destruidas
que no eran ya más que
cuatro mil esqueletos.

Y mi corazón temblaba
pero era un sueño
que mi corazón lo soñaba
y fueron muriendo muchos soldados
de la guardia del Rey
pero mi corazón estaba temblando.

jueves, 24 de junio de 2010

Parecidos razonables


(Que diría Rafa Corega)

Prometo escribiros, pañuelos que se pierden en el horizonte, risas que palidecen, rostros que caen sin peso sobre la hierba húmeda, donde las arañas tejen ahora sus azules telas. En la casa del bosque crujen, de noche, las viejas maderas, el viento agita raídos cortinajes, entra sólo la luna a través de las grietas. Los espejos silenciosos, ahora, qué grotescos, envenenados peines, manzanas, maleficios, qué olor a cerrado, ahora, qué grotescos. Os echaré de menos, nunca os olvidaré. Pañuelos que se pierden en el horizonte. A lo lejos se oyen golpes secos, uno tras otro los árboles se derrumban. Está en venta el jardín de los cerezos.

(Leopoldo María Panero, Así se fundó Carnaby Street)

*



Por la casita encantada
no te has dejado caer.
Los dulces se están perdiendo,
está volviendo a llover.
Regalos amontonados,
Hansel y Gretel están llorando.
Las hadas buenas ya se han marchado.

La pequeña bailarina
por ti ha vuelto a preguntar.
Sentados los dos al fuego,
cuenta cosas de su capitán.
Te echamos todos de menos,
no han vuelto a dar cuerda a la caja musical.
¡Qué tristes parecen las burbujas del champán!

¿Y en qué he vuelto esta vez a fallar?

Se van quedando dormidos
en cada rincón del hogar,
los corazones de trapo
están muy lejos de la realidad.
Dejo entornada la puerta,
de un momento a otro puedes cruzar el umbral,
aferrado a tu retrato...

No das señales de vida,
yo ya empiezo a envejecer.
¿Te acuerdas de la casita?
Pues ahora han construido un hotel.
Regalos amontonados,
Hansel y Gretel están llorando.
Las hadas buenas ya se han marchado.

viernes, 4 de junio de 2010

¿Para qué volver?


Antes de que Spielberg soñara las bicis volantes de ET, Panero las vio alejarse (1970). Años después, La Buena Vida les dedicó una gimnopedia pop (1993).

El rapto de Lindberg

Al amanecer los niños montaron en sus triciclos, y nunca regresaron.

(Leopoldo María Panero, Así se fundó Carnaby Street).





domingo, 28 de octubre de 2007

Frank Mills invade Londres


Lo admito: para mí la primera versión de esta canción (con Shelley Plimpton) será siempre la definitiva; pero ha sido un regalo inesperado topar con esta interpretación tan distinta. Sonja Kristina (luego cantante de Curved Air) hizo el papel de Crissey, la chica que canta la canción, en el primer montaje británico de Hair. Hay algo germánico (y magnético) en su manera de abordar los tramos más altos de la melodía.



La canción en sí me maravilla cada vez más. La rima delicadamente ausente y esa fusión inusitada de géneros: el anuncio que suele ponerse por pérdida de gato o caniche (Se le vio por última vez... Se agradecerá a quien lo encuentre) y la denuncia de un robo que se resuelve de manera perfecta: el angelote infernal puede quedarse con los dos dólares, pero Crissey no parará hasta recuperarle *a él*. Como escribe el enorme LMP (sobre trazas de Lope y otros clásicos),

Al alba te fuiste,
dejándote sin mí.